viernes, 28 de septiembre de 2012

La innegable actualidad de la URSS



“Querido compadre, seguramente también allí han oído hablar de bolcheviques, de mencheviques, de social-revolucionarios. Bueno, compadre, le explicaré que son los bolcheviques. Los bolcheviques, compadre, somos nosotros, el proletariado más explotado, simplemente nosotros, los obreros y los campesinos más pobres. Éste es su programa: todo el poder hay que dárselo a los diputados obreros, campesinos y soldados; mandar a todos los burgueses al servicio militar; todas las fábricas y las tierras al pueblo. Así es que nosotros, nuestro pelotón, estamos por este programa”.

(Carta de un soldado ruso a su familia campesina escrita a final de verano de 1917)


“El terror rojo nació del terror blanco. Los proletarios y los campesinos, poco inclinados a servirse de la espada, por su idealismo generoso y su inexperiencia del poder, aprendieron en la escuela del antiguo régimen y del capitalismo. Tiene algo de desconcertante la indulgencia de los vencedores para con los vencidos después de la caída de la autocracia, así como después de la insurrección de octubre. El líder ultrarreaccionario Purichkevich recobra tranquilamente la libertad después del octubre rojo. El atamán cosaco Krasnov, al que se ha cogido con las armas en la mano, recobra la libertad bajo palabra. Lo único que se hace con los junkers moscovistas, autores de la degollina de los obreros del arsenal del Kremlin, es desarmarlos… ¡Sólo al cabo de diez meses de luchas cada vez más encarnizadas, de complots, de sabotajes, de hambre, de atentados, de intervención extranjera, del terror blanco en Helsingfors, en Samara, en Bakú, en Ucrania, del atentado contra Lenin, se decide la revolución a descargar su hacha! ¡Y esto en un país en el que la autocracia había formado a las masas en la escuela de las persecuciones, de los latigazos, de la horca y de los fusilamientos en masa!”.

(Victor Serge: “El año I de la revolución rusa”)

“Durante la guerra civil menos de un tercio de la dieta de las ciudades provenía de las raciones proporcionadas por el estado; el resto de debía obtener de los llamados “hombres del saco”, que viajaban desde las aldeas para vender sus productos en las esquinas de las calles, desafiando a la Cheka. El mercado negro era una parte consustancial de la economía del período de guerra, y los obreros estaban decididos a suplir la insuficiencia de sus raciones mediante la venta ilegal de artículos hechos a mano o incluso robados. Los salarios monetarios perdieron prácticamente todo su valor: en 1921 la moneda se devaluó hasta un 0,006 por 100 del valor que tenía antes de la guerra. El objetivo de todos era la simple supervivencia física. La producción industrial registrada por las estadísticas oficiales bajó bruscamente: en 1921 el nivel productivo de la industria pesada se redujo a una quinta parte del registrado en 1913. Las fábricas de armamentos clave y las textiles eran las principales empresas que seguían funcionando. Sin embargo, el ejército rojo atacaba a los blancos principalmente con viejos suministros militares, y la disciplina laboral, pese a la introducción de una legislación cada vez más severa, era floja”.

( Robert Service: “Historia de Rusia en el siglo XX”)

1. PRESENTACION

2. MUNDIALIZACION E INTERNACIONALISMO

3. CONCIENCIA Y ECONOMIA: ¿DIRIGIR LA HISTORIA ?

4. DEMOCRACIA SOCIALISTA O BUROCRATISMO BURGUES

5. PLANIFICACION SOCIALISTA O IRRACIONALISMO BURGUES

1.- PRESENTACION:

¿Por qué resucitar ahora el debate sobre las causas del hundimiento de la URSS , del “socialismo realmente inexistente”, cuando la humanidad se enfrenta a una crisis “nueva”, una crisis que si bien recoge y multiplica las contradicciones fundamentales del capitalismo, sin embargo es “nueva” porque se le han añadido problemas estructurales que antes no tenían las gravedad actual, como el desastre medioambiental, el agotamiento de los recursos, el empeoramiento de la salud, et.? La respuesta es muy simple, porque la impresionante experiencia desarrollada por y gracias a la revolución bolchevique, y a toda la oleada revolucionaria mundial que le siguió, sacó a la luz muchos de los problemas actuales y, sobre todo y decisivo, el método científico-crítico, la praxis revolucionaria en cuanto tal, necesaria para lograr ahora que la humanidad escoja el camino que va al comunismo en vez del que nos hundirá en el caos generalizado.
En la charla-debate que tuvimos aquí mismo hace un mes sobre qué socialismo necesitamos para Euskal Herria, para garantizar nuestra independencia nacional como pueblo trabajador en un contexto imperialista quebrado por una serie de crisis y problemas que van agravándose, en aquella discusión topamos una y otra vez con la URSS y con todo lo que significó en su momento y lo que puede aportar en el presente. Ahora vamos a desarrollar exclusivamente aquellas cuestiones relacionadas con la URSS que tienen una actualidad práctica, que pueden servir como lecciones para nosotros y nosotras, pero en su contenido dialéctico y crítico, que no en forma de copia y calco dogmático.
Durante los más de setenta años que duró la URSS se acumularon múltiples experiencias que no podemos exponer aquí en su totalidad, así que vamos a resumir aquellas que consideramos más importantes, las que más pueden aportar a la solución de los problemas que ahora aquejan a la humanidad. La valía del método dialéctico se demuestra en su capacidad para descubrir lo que sigue teniendo de positiva la experiencia de la URSS en sus dos formas de expresión: lo positivo por cuanto se desprende de sus aciertos y avances innegables, y lo positivo por cuanto se desprende de una lectura crítica de sus errores y deficiencias y, al final, de su fracaso. Aunque son dos formas diferentes, nos conducen en realidad a lo mismo: mejorar nuestra práctica mediante la crítica constructiva de los aciertos y errores de otras luchas revolucionarias. Con respecto a la URSS , debemos aprender las muy presentes aportaciones del bolchevismo, sabiendo aplicarlas en el capitalismo de comienzos del siglo XXI, a la vez que evitamos, por fin, no repetir los nefastos dogmas de la casta burocrática posterior.
La URSS implosionó desde dentro, se hundieron sus pilares materiales y simbólicos porque estaban carcomidos por la degeneración burocráticas, aunque en la fase final de su existencia, las cada vez mayores presiones y ataques imperialistas multiplicaron su debilidad, su desplome fue debido a la interacción sistémica de una serie de crisis irresolubles desde que el poder soviético, los bolcheviques y los campesinos pobres que los apoyaban se debilitaron, perdieron poder y al final fueron aplastados por la victoria de la casta burocrática. Muy sintéticamente, fueron cinco grandes crisis internas las que al confluir en una sola desde mediados de los ’70 llevaron a la situación insostenible de los ’80, a la desesperada alternativa de la perestroika y a la implosión de comienzos de los ’90 propiciada por el grueso de la casta que dirigía al partido “comunista”, al Estado y al resto de instituciones.
Los cinco grandes bloques de problemas fueron estos: Uno, querer construir el socialismo con el recurso de instrumentos capitalistas sin tener en cuenta las advertencias negativas que al respecto ya planteaba la teoría marxista hasta entonces elaborada. Dos, querer controlar los peligros mortales por necesidad inherentes al recurso del capitalismo sin a la vez desarrollar la plena y total democracia socialista, sino sólo el poder de la casta que acaparaba más y más privilegios. Tres, rechazar la teoría bolchevique sobre las naciones oprimidas y recuperar el nacionalismo gran-ruso como cemento ideológico de la casta burocrática, a la vez que se recomponían lentamente otras fuerzas subjetivas conservadoras como el poder patriarcal, la sexualidad machista, el alcoholismo masivo y más tarde la religión, en medio de un marco de censura cultural y artística. Cuatro, llevar una política internacional que supeditaba las luchas y revoluciones en el mundo a los intereses de la URSS , reduciendo el internacionalismo bolchevique a mera goma maleable según las coyunturas y necesidades de la casta burocrática; y quinto, destrozar el marxismo en su misma esencia, la dialéctica, y a los marxistas que no aceptaban el poder burocrático para crear un “marxismo” tan amoldable a las distintas coyunturas como lo era la propaganda internacionalista.
Hablamos de cinco grande bloques de problemas porque no tenemos espacio para analizar en detalle cada una de las múltiples fisuras que fueron creciendo en la URSS desde sus primeros días de existencia, y que provenían, en buena medida, de las muy estremecedoras condiciones en las que nació. Las fisuras se transformaron en grietas, y éstas en fallas estructurales que minaban los cimientos revolucionarios y que se enredaban cada vez más como las raíces de un árbol en pudrimiento, infectándose unas a otras, hasta deshacerse todas ellas en el subsuelo. Sin raíces vivas, el árbol se pudrió por dentro, siendo empujado en su caída por los golpes terribles de sucesivos ataques imperialistas. Hubo intentos por evitar el desastre, por corregir errores y por experimental soluciones, pero desde el “gran debate” de mediados de los ’20, todas las alternativas se caracterizaron por respetar la enfermedad misma, sin combatirla, el poder de la burocracia.
Pese a esto, y como veremos, la actualidad de la URSS es innegable. Más aún, es cada día más actual y viva porque sus logros, méritos y conquistas iniciales siguen siendo un foco de luz potentísima que llega hasta el interior de las contradicciones del modo de producción capitalista, mostrando que no existe salida alguna mientras no se supere históricamente la propiedad privada de las fuerzas productivas.
En síntesis, la actualidad de la URSS se confirma porque en cada uno de estos bloques de problemas, y en todos ellos como unidad, hubo serios y enriquecedores debates teóricos dentro de los bolcheviques, entre los bolcheviques y otros marxistas no rusos y entre los viejos bolcheviques y la nueva casta burocrática. La historia del marxismo desde 1917 en adelante exige comprender esas discusiones, pero lo fundamental es que siguen aportando elementos imprescindibles para el presente y el futuro.

2.- MUNDIALIZACION E INTERNACIONALISMO

En este sentido es necesario dejar sentado desde el principio de este segundo debate que, en realidad, la experiencia bolchevique fue una guerra revolucionaria de liberación nacional, algo que ha sido obsesivamente ocultado por la tergiversación stalinista posterior, y por las corrientes que de algún modo ha menospreciado o minusvalorado la importancia de las luchas de liberación nacional. Desde finales de 1917, pero especialmente desde comienzos de 1918, los bolcheviques empezaron a tomar conciencia de que la revolución sólo podía sobrevivir si además de un conjunto de medidas radicales se reconocía oficialmente que era una lucha a vida o muerte por lo que denominaron la “patria socialista”, especialmente aquél celebérrimo comunicado de urgencia, redactado en el Moscú a punto de ser ocupado por los ejércitos contrarrevolucionarios zaristas e imperialistas, comunicado que llevaba el expresivo título “La patria socialista en peligro” y que llamaba a la desesperada movilización total para vencer al capitalismo.
Naturalmente, se trata de una “patria” opuesta irreconciliablemente a la burguesa porque, por un lado, las clases oprimidas son ahora las propietarias de las fuerzas productivas, de la nación; y por otro lado, porque se trata de una nación diferente ya que ha dejado de oprimir y ocupar a otras naciones, a otros pueblos, sino que les ha reconocido su derecho a la independencia, si así lo quieren, y ha aceptado de facto, en la práctica, esa independencia; más aún, como algunas naciones, como en Finlandia, por poner su solo caso, su independencia nacional, la independencia finesa fue apoyada activamente, con las armas en las manos, por los soldados bolcheviques que lucharon hasta morir en la defensa de la “comuna de Helsinki”, capital de la “patria roja” finlandesa, con su “independencia obrera” atacada por las fuerzas criminales de la burguesía finlandesa que nunca había luchado decididamente por la libertad de su país.
La “Patria socialista en peligro” era esencialmente internacionalista y defensora práctica de las independencias de otros pueblos. Semejante paso histórico en la práctica de una democracia cualitativamente opuesta a la burguesa, y sobre todo al modelo imperialista del Presidente norteamericano Wilson que en esa misma época había hablado de un “derecho de autodeterminación” ideado para facilitar la expansión económica, política, militar y cultural de los EEUU, ese avance bolchevique sin el cual la revolución hubiera sido aplastada mediante un genocidio implacable, es de una actualidad aún mayor ahora que entonces ya que si analizamos una a una todas las luchas que en estos momentos se enfrentan de algún modo al imperialismo, todas ellas nos conducen por diversas vías, directas o indirectas, siempre al problema decisivo de la independencia práctica de las naciones saqueadas y explotadas por el capitalismo mundializado, y especialmente por los EEUU y la UE.
La concepción bolchevique de la “patria socialista” es especialmente valiosa en la actualidad para intentar solucionar las muy justas reivindicaciones históricas de las naciones originarias, de los pueblos llamados “ancestrales” que en todos los continentes colonizados por el imperialismo eurocéntrico han visto cómo era destrozados sus territorios históricos, sus sistemas de relaciones mutuas internacionales, etc. La admirable capacidad con la que los bolcheviques destrozaron las fronteras externas e internas zaristas, reconocieron los derechos nacionales y, en especial, por primera vez, reconocieron la importancia de las tribus, etnias, pueblos y naciones preclasistas y precapitalistas, así como a la cultura y la religión musulmana, etc., sentando las bases de una resoluciones futuras que, de haberse producido tal cual se bosquejaron al inicio, hubiesen ahorrado dolores sin fin; este logro inseparable del concepto de “patria socialista” tiene ahora, como decimos, una actualidad multiplicada y aplicable a todo el planeta.
Pero allí donde no existen naciones oprimidas, es decir, en los pocos Estados que no oprimen nacionalmente a pueblos dentro de sus fronteras, o que no saquean mediante el expolio imperialista a pueblos situados en otros continentes, en estos pocos Estado ahora también es más urgente que en 1918 la consigna y el logro de la “patria socialista”. La razón es muy simple: conforme el capitalismo de comienzos del siglo XXI obliga a las burguesías débiles a aceptar aún más las exigencias de las fuertes, creándose bloques imperialistas más amplios y numerosos que los anteriores, en esta medida tienden a aparecer nuevas formas de marginación y opresión nacional, además de las ya existentes, dentro de esos bloques.
La decidida obediencia de las burguesías débiles hacia las fuertes agudiza las separaciones de clase dentro de esos Estados secundarios, porque son sus masas trabajadoras las que pagan las consecuencias de la larga cadena de explotación. De este modo, los pueblos que no sufrían hasta entonces opresión nacional en su forma clásica, empiezan a sufrir ahora una nueva forma de supeditación y explotación por parte de las burguesías hegemónicas dentro de ese bloque imperialista. En estas nuevas realidades, la reivindicación de la “patria socialista” adquiere dos maneras de expresión: hacia dentro del propio Estado, y hacia fuera, hacia el bloque imperialista, en nuestro caso la Unión Europea , en donde se plantea un modelo de solidaridad interestatal e internacional radicalmente diferente, socialista en vez de imperialista.
Solamente la ceguera nacionalista más fanática, sea de derechas o reformista, y también de “izquierdas”, puede negar que el imperialismo actual ha exacerbado hasta lo insufrible la tendencia objetiva de las primeras formas del imperialismo tan bien teorizadas por los marxistas de comienzos del siglo XX, y en especial las que se refieren a la opresión de los pueblos, a la expansión del capital financiero y a la militarización del capitalismo. Ahora, como entonces, el espacio material, el territorio físico resulta ser a la larga el espacio imprescindible para asegurar la propiedad privada burguesa, los beneficios obtenidos y, desde ahí y gracias a las fuerzas del Estado y de otras instituciones burguesas que garantizan todo ello, localizar la acumulación y protegerla y después facilitar su expansión mediante la penetración en otros territorios, en otros mercados, o mediante su conquista militar.
A comienzos del siglo XX eran los grandes Estados entonces establecidos --Alemania, Gran Bretaña, Estado francés, EEUU, Japón, etc.-- los que realizaban estas funciones. Ahora, un siglo después, la ley de la acumulación y centralización de capitales, la tendencia a la financierización creciente para detener la tendencia a la caída de la tasa media de beneficios y otras medidas burguesas que actúan en el mismo sentido, estas y otras contradicciones capitalistas, hacen que los Estados citados que hace un siglo actuaban relativamente en solitario, se hayan extendido geográficamente, controlando a otros Estados más débiles y creando bloques imperialistas estructuralmente coherentes, que no existían antes.
Pero el problema de la ocupación física del territorio sigue siendo exactamente el mismo, en lo esencial, ahora que entonces. Una de las muchas cosas que ha demostrado la actual crisis capitalista mundial es la mentirosa falsedad de toda la propaganda e ideología burguesa de hace muy pocos años, de ayer mismo, sobre el supuesto triunfo definitivo de la “economía inmaterial”, de lo “intangible”, de la “inteligencia”, de la “nueva economía”, del llamado “capitalismo cognitivo”, del “cibercapitalismo”, sobre la economía material, productiva, la que vive bebiendo la sangra y respirando la psique, consumiendo la personalidad entera, de la fuerza de trabajo humana. Y al final, cuando fallan todos los recursos explotadores previos, cuando la resistencia es tenaz y creciente y debido a ella se reducen los beneficios imperialistas, entonces sólo queda al capital y a su Estado invadir el territorio rebelde, el que fuera, desde una fábrica o un universidad recuperada por los obreros y estudiantes, o los campos por los campesinos, hasta una nación entera que mantiene su independencia y se niega a ser engullida por el atacante imperialista.
La consigna bolchevique de “patria socialista”, adquiere ahora mismo una urgencia incuestionable porque es la única consigna que convenientemente adaptada y concretada en cada lucha particular plantea al desnudo la cuestión clave: quién tiene el poder, qué poder se tiene, y para qué y cómo se usa ese poder. El imperialismo no puede tolerar un segundo la existencia de poderes socialistas que sean, además de un ejemplo y por ello mismo, la demostración práctica de que es posible vencer al monstruo y construir un mundo mejor. Las potencias colonialistas de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX no podían permitir el asentamiento de la república antiesclavista y antioccidental de Haití. La alianza imperialista franco-alemana no podía permitir la Comuna de París de 1871.
El imperialismo mundial no podía permitir la revolución bolchevique de 1917 y las posteriores. ¿Y China Popular, Corea del Norte, Palestina, Cuba, Argelia, Vietnam, Chile, República Árabe Saharaui, Argentina, Nicaragua, Guatemala, Venezuela, Iraq, Afganistán, Bolivia… por citar unas pocas experiencias triunfantes, estancadas o fracasadas contra las que el imperialismo ha empleado y emplea masivamente todas sus fuerzas destructivas con la finalidad de aplastar su independencia práctica?
Sin embargo, esta consigna fue tergiversada para favorecer no el internacionalismo proletario sino los intereses de la casta burocrática que terminó apoderándose de los resortes del poder en la URSS , como veremos. La preocupación por las luchas de los pueblos y por el internacionalismo están presentes en el bolchevismo desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la tenaz resistencia del pueblo chino a la invasión zarista impresionó a Lenin. Con la revolución de 1905 la cuestión de las nacionalidades cobró más importancia, y volvió a la palestra con más fuerza a finales de 1912 y en 1913. Pero no fue hasta la guerra del año siguiente, y hasta cuando los estudios en profundidad por varios marxistas sobre el imperialismo, que Lenin escribió su obra sobre El Imperialismo… en 1916, cuando se concreta definitivamente lo esencial de la visión bolchevique en su aspecto teórico-abstracto.
Si la revolución bolchevique sobrevivió en sus años más duros fue gracias a la confluencia de cuatro factores: la alianza entre el proletariado y el campesinado pobre; la participación de las naciones oprimidas por el zarismo que optaron por la solidaridad internacionalista con el bolchevismo desde su nueva independencia de clase; la solidez y arraigo de los bolcheviques y de los sectores de izquierda que les apoyaban, y la debilidad de muchos imperialismos que invadieron la URSS pero que estaban cansados internamente por la guerra de 1914-18, con fuertes tensiones sociales en su interior, así como por la expansión de una oleada revolucionaria dentro de Europa. Como vemos, las cuestiones nacionales, el internacionalismo y el derecho de autodeterminación actuando dialécticamente fueron decisivas para la victoria revolucionaria.
Hasta 1922, aproximadamente, la totalidad de los bolcheviques estaban de acuerdo con esta realidad constatada. Pero fue en esa época cuando comenzó a coger fuerza de manera incontrolable la burocratización de las instituciones y del partido, que había empezado antes, y uno de los cánceres que se expandieron con esta plaga fue el renacimiento del nacionalismo gran-ruso con argumentos diferentes a los zaristas pero igual en el fondo: la necesidad de supeditar los derechos de las naciones periféricas a las “necesidades revolucionarias” tal cual se definían desde Moscú.
Sin la acuciante necesidad de aunar fuerzas contra la reacción que avanzaba, con la tranquilidad relativa de la victoria militar y de la recuperación económica propiciada por la NEP en su comienzo --como veremos luego--, con una “nueva” militancia de reciente entrada en el partido --como veremos luego--, ahora, un sector creciente del bolchevismo empezó a aceptar una “centralización técnica” que si bien no debía mermar los derechos nacionales y las independencias conseguidas, en la práctica las reducía de forma gradual.
Entre 1922 y 1923 la expansión del nacionalismo gran-ruso se realizó de la mano de la expansión de la casta burocrática y viceversa. La revolución bolchevique, que desde antes de triunfar siempre había afirmado que su futuro dependía de la victoria de la revolución europea, empezaba a ver cómo ésta era derrotada, se retrasaba y retrocedía. Los bolcheviques siempre habían sido conscientes de que para avanzar al socialismo hacía falta disponer en las capacidades productivas alemanas y europeas en general, muy superiores a las rusas. La revolución exige, antes que nada, la participación masiva de la gente explotada, y eso exige que con el nuevo poder obrero se reduzca al máximo posible el tiempo de trabajo necesario y se amplíe al máximo posible el tiempo de ocio, de libertad, para que las clases explotadas intervengan diariamente en las decisiones políticas. La Rusia zarista no disponía de fuerzas productivas suficientes como para garantizar la educción de las horas de trabajo y el aumento correspondiente de las horas de libertad para la acción política constante y consciente.
La recuperación del nacionalismo gran-ruso se hizo bajo este retroceso y sensación de soledad y aislamiento. Pero también, y en esto hay que ser muy preciso por cuanto muestra la importancia de la autonomía y duración en el tiempo de los factores subjetivos, tal recuperación fue debida a la propia fuerza e inercia de la ideología nacionalista opresora, del nacionalismo del Estado opresor, capaz de recomponerse y de contraatacar aunque el Estado hubiera sido destruido en buena medida. Hay que decir lo mismo de la fuerza de recuperación del patriarcado, de la ideología y práctica de la explotación de la mujer, que al principio retrocedió en derrota tras derrota por el empuje revolucionario de la mujer pero que a los pocos años empezó a recuperarse bajo nuevas formas, como el nacionalismo gran-ruso. Con tiempos más largos o cortos según los casos, ha sucedido igual con la recuperación del opio religioso.
Marx y Engels ya habían advertido de la fuerza reaccionaria de todo este mundo “del pasado” sobre la conciencia de los vivos; Lenin fue tomando cada vez más amarga y alarmada conciencia de ello, aunque llegó tarde, y también otros bolcheviques y marxistas de diversas corrientes que habían estudiado críticamente el psicoanálisis, pero fueron silenciados y reprimidos por la burocracia en ascenso. Sin profundizar ahora en lo relacionado tanto con el “factor subjetivo” cómo con el denominado freudo-marxismo, hay que decir que la prohibición de profundizar en todas estas cuestiones fue, por un lado, una de las causas que explican el fracaso de la burocracia stalinista para comprender en su momento qué era el fascismo y el nazismo, su verdadero peligro; y, por otro lado, dejar en manos de la burguesía todo el impresionante universo de la estructura psíquica de masas, fácilmente manipulable desde el poder capitalista. En buena medida, la desaparición práctica de los partidos comunistas oficiales, ideológicamente atados al stalinismo, tiene en aquella prohibición una de las causas de sus fracasos irreversibles.
El nacionalismo gran-ruso, al que Lenin se enfrentó de manera absoluta, desesperada y total al final de su vida, una vez que comprendió que ya era una de las lacras mortales de la revolución, junto con la burocracia a la que odiaba a muerte, fue reconquistando el poder ideológico, cultural y político dentro y fuera de la URSS. Dentro mediante la centralización de todos los recursos en Moscú y mediante el vaciamiento de los poderes de las culturas, etnias, pueblos y naciones no rusas, hasta quedar aquellos en una cáscara hueca vaciada muy frecuentemente con gran dureza represiva.
Fue este retroceso el detonante del enfrentamiento entre Lenin y Stalin, que llevó al primero al pedir la destitución del segundo de los cargos que ocupaba. Fuera, el nacionalismo gran-ruso se presentó con el ropaje de la “patria del socialismo” atacada por el capital mundial, que el resto de naciones y pueblos del mundo debían defender a cualquier precio, sacrificando sus propias revoluciones socialistas en aras de la rusa, posponiendo sus conquistas independentistas y revolucionarias para no dar excusas al imperialismo en sus ataques a la URSS.
Es innegable que la URSS ayudó económica, militar y políticamente a muchas luchas de liberación, y que cientos de millones de seres humanos mejoraron sus condiciones de vida, su educación y su libertad, gracias a esas ayudas. No es menos cierto, sin embargo, que en el cómputo global as ayudas estuvieron, primero, dentro de una estrategia de contención de esos conflictos buscando dirigirlos hacia pactos con la denominada “burguesía nacional” para, así, realizar la “revolución democrático-burguesa y antiimperialista”, fase primera y obligada; una vez conquistada la “democracia”, podría avanzarse hacia la “segunda fase”, la específicamente socialista, pero nunca antes.
Este esquema mecánico y lineal ha sido desastroso, y todas las luchas revolucionarias de liberación que han triunfado lo han hecho yendo en contra de las directrices de Moscú, superándolas. Y segundo, la URSS frenó deliberadamente la lucha revolucionaria en el interior del capitalismo imperialista, o “desarrollado”, abandonó a su suerte condenada a otras luchas decisivas, y respetó a pies juntillas sus acuerdos secretos con el imperialismo, primero con el nazi y luego con el norteamericano.
Para finales de los ’20 y comienzos de los ‘30, la “patria del socialismo” ya no era la “patria socialista en peligro” de verano de 1918, era otra cosa que analizaremos más adelante. Como su propio enunciado indica, la “patria del socialismo” da a entender de manera casi tajante que el socialismo verdadero en los años ’30 sólo existía en la URSS , mientras que el enunciado de la “patria socialista en peligro” es menos contundente: la URSS de verano de 1918 era una “patria socialista” pero no “la del socialismo”. Podían y deberían existir gracias a las luchas de otros pueblos tantas “patrias socialistas” como se fueran conquistando y construyendo.
La duda surge cuando nos preguntamos ¿cuántas “patrias del socialismo” pueden coexistir? Las tensiones y conflictos armados entre la URSS y China Popular, o las guerras entre China Popular y Vietnam, o entre Vietnam y Camboya, por ejemplo ¿fueron guerras entre “patrias del socialismo”? ¿o entre “patrias socialistas”? No se trata de un juego de palabras porque ¿qué “socialismos” eran que se enfrentaban en campos de batalla?
La única forma de salir de este galimatías abstruso, pero de terribles efectos sobre la emancipación humana por cuanto refleja contradicciones objetivas, es comprender que en 1918 los bolcheviques tenían razón en definirse como “patria socialista en peligro”; que luego la burocracia tergiversó totalmente el contenido y la forma de la “patria socialista” al imponer un “socialismo” diferente y al monopolizarlo; que más tarde surgieron revoluciones que degeneraron en el mismo sentido burocrático y que por las mismas razones necesitaron apropiarse en exclusiva del concepto de socialismo, pero terminaron chocando militarmente entre ellas; y que, por último, de lo que se trata es de volver al modelo inicial bolchevique de la “patria socialista” a secas, que puede y debe convivir según los parámetros internacionalistas con otras “patrias socialistas” --que no “del socialismo”-- en una dinámica de avance al comunismo, fase histórica en la que los Estados hayan desaparecido, y en la que las culturas e identidades nacionales adquirirán contenidos inimaginables desde la idiotez ideológica burguesa actual.
El nacionalismo gran-ruso fue el cemento ideológico que soldó internamente las irresolubles contradicciones e incoherencias teóricas que surgieron cuando la casta burocrática impuso la tesis del “socialismo en un solo país”, tesis antagónicas con el marxismo en sí y con todo lo que habían sostenido los bolcheviques hasta entonces. La única forma de dar una pátina de “marxismo” a esta tesis era desde la falsa visión previa del nacionalismo gran-ruso. Creado semejante engrudo dogmático, desde finales de los ’20 la burocracia fue imponiendo en la medida de sus fuerzas a las luchas revolucionarias en el mundo salidas negociadas con sus correspondientes burguesías, buscando con ello que éstas apoyasen a la URSS o no le atacasen. Los ejemplos son tantos y tan tremendos que no podemos resumirlos aquí. A la vez, se destrozó la teoría marxista del Estado y se creó otra antagónica en la que el “socialismo” no era sino un producto del accionar del Estado. De este modo, surgió una adoración burocrática al Estado como el demiurgo del socialismo imposible de explicar teóricamente desde el marxismo.
Por último en esta cuestión, el culto al Estado y al nacionalismo gran-ruso fue reforzado con una decapitación mecanicista y eurocéntrica el materialismo histórico, excomulgando como “error” las impresionantes potencialidades teóricas y prácticas que se abrían en los rigurosos estudios de Marx sobre otros modos de producción precapitalistas como el “asiático”, el “incaico”, el “germánico”, etc.; sobre el papel de las comunidades campesinas precapitalistas, sobre etnología y formación del lenguaje, la cultura, la tierra comunal, la guerra y la propiedad privada. Resultó de todo ello una visión del futuro ineluctable en el que las clases y naciones del mundo debían cumplir mecánicamente los pasos seguidos por la URSS , supeditando su liberación a las directrices de Moscú. Para imponer tal interpretación de la historia, la burocracia no dudó en recurrir a los métodos más contrarrevolucionarios como, además de las purgas internas, también la colaboración directa con fuerzas represivas burguesas, fascistas o “democráticas”, pasándoles listas de las organizaciones revolucionarias no fieles a Moscú para que fueran aplastadas.
La actualidad de la URSS , dialécticamente estudiada, es sobrecogedora en estas cuestiones y en estos momentos en los que a la crisis capitalista se le enfrentan desde las naciones originarias despreciadas por el stalinismo hasta las clases trabajadoras de pueblos que siguieron este modelo sin crítica alguna repitiendo fracasos y derrotas, derrotas y fracasos. Como hemos dicho arriba, no se trata de la tarea antidialéctica e idealista de, como los cristianos, “separar el trigo de la paja”. Se trata de aprender de las decisivas aportaciones para el presente de la revolución bolchevique mientras fue bolchevique, y de no repetir ni aplicar los dogmas de la casta burocrática que se levantó sobre la extinta revolución bolchevique.

3.- CONCIENCIA Y ECONOMÍA: ¿DIRIGIR LA HISTORIA ?

Cuando el campesino soldado escribió en la carta a sus familiares arriba citada que las fábricas y los campos debían ser para quienes las trabajan, para el pueblo, estaba a la vez sintetizando los sueños utópicos de la humanidad trabajadora y las más modernas y científico-críticas innovaciones realizadas por el marxismo, por el bolchevismo. Casi un siglo después, ahora mismo, la defensa o la recuperación de los campos, de los bosques, de los desiertos y de los océanos, de la naturaleza, de los códigos genéticos, de la salud, del aire, de la cultura y del arte, de las fábricas, de las empresas, de las infraestructuras, de los bancos, de las armas y de los arsenales, de las sexualidades y de los afectos, de la vida misma privatizada por la burguesía, dar la vuelta a todo esto, devolver al pueblo lo que es sólo del pueblo, es decir, todo porque todo surge del trabajo humano o depende ya de la conciencia revolucionaria para no ser convertido en mercancía y valor de cambio, lograrlo se ha convertido en una exigencia ineludible. Como nunca antes en la historia humana, la URSS bolchevique llevó a cabo en la medida en que pudo y en que le dejaron, la teoría marxista tal cual ésta había podido desarrollarse hasta eso momento.
Llegamos así a la decisiva y más grande aportación de la URSS a la historia y al futuro de la humanidad. Las consignas de “patria socialista en peligro”, “ todo el poder hay que dárselo a los diputados obreros, campesinos y soldados”, y “todas las fábricas y las tierras al pueblo”, no podían existir en los hechos, ni pensarse en la teoría, sin la afirmación marxista de que la historia puede tener y tiene un sujeto consciente que la guíe por entre las complejidades de sus recovecos y las crueldades asesinas de las clases propietarias de las fuerzas productivas. Hasta el marxismo, la historia era el efecto de las voluntades y caprichos del destino, de los poderes malignos, de los espíritus, dioses y de los grandes hombres, héroes, reyes y caudillos y líderes bienintencionados o dictatoriales, pero nunca de las masas, de las mujeres y hombres concretos. Hasta el marxismo, la historia era, además de incognoscible en última instancia, efecto de fuerzas incontroladas e incontrolables. Las utopías intentaron conducir la historia según ideas preconcebidas, o siguiendo la lógica del Espíritu, de la Idea.
Los bolcheviques, como otros marxistas, rechazaron estas creencias y sostuvieron que la historia puede dirigirse conscientemente hacia un futuro mejor, hacia la reducción del tiempo de trabajo explotado e inhumano y hacia el aumento del tiempo propio, libre, de trabajo creativo no esclavizado por la dictadura del salario. La teoría juega un papel clave en esta praxis y por eso los bolcheviques defendieron que no podía haber revolución sin teoría revolucionaria, la cual, a su vez, ha surgido de la práctica revolucionaria anterior y presente. Uno de los requisitos necesarios para dirigir conscientemente la historia es controlar la irracionalidad del mercado y la ley del valor-trabajo hasta lograr su extinción histórica definitiva. Dominar, reducir y extinguir paulatinamente la irracionalidad del mercado y la ley del valor-trabajo requiere de forma ineludible y objetiva, en el sentido fuerte de la palabra, el más amplio y concreto ejercicio de la democracia socialista.
La burguesía rechaza esta visión marxista. De hecho ninguna “teoría” económica burguesa se ha creado y aplicado como con plena consciencia teórica, sino que todas ellas lo han sido sólo después de que los hechos socioeconómicos hubieran sentado las bases para ello. Es decir, el capitalismo real va por delante de la historia oficial y de la economía-política burguesa. El saqueo pirateril, el comercio a larga distancia, la trata de esclavos, las invasiones esquilmadoras, la sobreexplotación de los campesinos, las protecciones a los mercados urbanos, la inquietud por el agotamiento de la rentabilidad de la agricultura, etc., todo esto se practicaba antes de que surgieran las “teorías” mercantilistas y fisiocráticas. Los “economistas clásicos” burgueses, elaboraron sus ideas cuando ya eran irreversibles los problemas planteados por la primera industrialización británica, y lo más significativo es que detuvieron sus investigaciones cuando llegaron al borde del origen de la plusvalía.
Los “economistas neoclásicos” o “marginalistas” o “liberales”, echaron marcha atrás ante la realidad de la explotación obrera, rechazaron la objetividad de la producción material y se hundieron en el pantano de los deseos subjetivos del consumidor individual. Para cuando los keynesianos se integraron en algunos gobiernos burgueses, otros ya habían aplicado buena parte de sus “descubrimientos” sin ponerles apellidos. En su afán por vencer a la revolución socialista, la dictadura pinochetista aplicó salvajes medidas denominadas “neoliberales” que no eran sino una adaptación del “marginalismo” y del individualismo básico de la “economía clásica” elaborada desde el último cuarto del siglo XVIII. Ahora, el capitalismo busca un híbrido entre neoliberalismo y keynesianismo para intentar salir de su crisis.
Esta experiencia innegable muestra que la burguesía ni quiere ni puede dirigir la historia desde una perspectiva consciente y premeditada. Muchos intelectuales progresistas divagan sobre el “fracaso de la modernidad” (¿?) diciendo que ésta no ha cumplido sus promesas de “igualdad, justicia y fraternidad” y de “progreso”. De hecho, se refieren a algunos burgueses revolucionarios que aunque hablaban del “ciudadano” sólo se referían a las clases ricas, a otros burgueses, despreciando a las clases trabajadoras, a las que reprimían y trataban a golpes, negándoles derechos elementales sólo permitidos a los propietarios. La burguesía sólo piensa en sí misma, y apenas lo hace con un idea de clase y de nación sino únicamente cuando está en peligro por la lucha popular. En estos casos, el grueso de la burguesía se somete a la fracción más poderosa, pero buscando siempre satisfacer los intereses individuales de cada burgués. Impelido por el canibalismo mutuo, por la ley de la competencia de precios y de costos, cada burgués sueña con aplastar a su competidor y quedarse con su negocio.
Para lograrlo debe racionalizar su negocio lo más posible, disminuyendo gastos y aumentando ganancias, reduciendo el tiempo total, etc.; pero una cosa es la racionalidad relativa de cada burgués y otra de el resultado último del capitalismo en su conjunto, de modo que la suma de las racionalidades aisladas termina en una irracionalidad total. El momento crítico de la irracionalidad total desplegándose con su poder destructivo, es el momento de la crisis socioeconómica, momento crítico que puede durar años y que confirma que el capitalismo no puede, ni sabe ni quiere dirigir la historia para obtener objetivos colectivos y justos. Su incapacidad para dirigir la historia conscientemente queda demostrada de forma irrefutable con el estallido de las guerras interimperialistas y contrarrevolucionarias. Otro ejemplo de su fracaso es su impotencia para detener la catástrofe medioambiental que se está extendiendo por el planeta.
De hecho, la burguesía creyó a comienzos de los ’90 del siglo XX que, por fin, había dado con la piedra filosofal que le garantizaba la vida eterna. Al desaparecer la URSS y el “socialismo realmente inexistente”, el imperialismo creyó, primero, que el movimiento revolucionario mundial estaba definitivamente vencido; segundo, que los nuevos mercados a su disposición con decenas de millones de seres indefensos y vencidos a su entera disposición le garantizaban una inacabables ganancias económicas, lo que le permitiría recuperar su tasa media de beneficios; y, tercero, que este reforzamiento súbito desanimaría a otros imperialismos en ascenso, como la UE , a competir con los EEUU. Nada de esto ha ocurrido, sino al contrario.
Pocas veces en la historia, tanta euforia ha sido tan rápidamente desbaratada por los acontecimientos, en especial por la capacidad de lucha de las clases y naciones oprimidas del mundo. Teniendo todas las bazas a su favor, el imperialismo no ha podido aumentar su tasa media de beneficios, no ha podido derrotar al movimiento revolucionario, no ha podido mantener el orden interimperialista y, como síntesis, no ha evitado la crisis sino que la ha agravado con su irracionalismo. La burguesía no puede dirigir la historia de manera consciente porque es la ley del valor-trabajo la que le dirige a ella.
La ventaja cualitativa del socialismo en esta cuestión ha quedado también demostrada por la historia pese a la extinción de la URSS y de su “área de influencia”. Para entender lo que sigue debemos intentar mirar con cierta frialdad el proceso histórico en su conjunto, y no dejarnos llevar ni por la propaganda capitalista ni por la angustiada situación actual de la humanidad, que bordea el abismo de una crisis de alcance y gravedad desconocidas hasta ahora. Desde esta perspectiva, debemos entender dos cosas incontrovertibles: una, que las revoluciones obreras y campesinas, que las guerras de liberación nacional, que las luchas sociales de todo tipo, especialmente de las mujeres y de las minorías étnicas oprimidas pero también de otros muchos colectivos explotados y dominados, estas luchas han logrado más conquistas y mejoras, y más derechos de todo tipo desde finales del siglo XVIII que lo logrado por la burguesía desde que irrumpió como clase con embrionaria conciencia de sí a finales del siglo XIII en el norte de Italia.
Y dos, que en esta especie de examen histórico con resultados favorables a la humanidad oprimida que ha aplicado tesis que se inscriben dentro de la corriente que se inicia en el socialismo utópico y llega al presente; y otra, que de entre todas las luchas habidas, la de la URSS destaca con brillo propio, aunque conforme pasa el tiempo aparecen otras luchas con méritos tan destacables, como la de Cuba, por ejemplo. La voluntad de dirigir conscientemente la historia por caminos de justicia, en vez de dejarla que se precipite a la crisis y al caos por el irracionalismo burgués, esta voluntad es una de las razones que explican la superioridad práctica de la corriente que surgió desde el socialismo utópico en adelante.
Esta perspectiva histórica nos permite calibrar las dificultades y deficiencias iniciales de la URSS ; sus inmensos logros; su degeneración posterior y sus intervenciones contrarias al marxismo, con los efectos negativos sobre el proceso revolucionario mundial y, al final, comprender que las causas últimas de su fracaso fueron más internas que externas, debidas a la lógica inherente y ciega de la tendencia de la casta burocrática dominante a dar el paso a nueva clase burguesa reinstaurando la propiedad privada. A la vez, nos permite comprender lo que ha aportado la URSS a nuestra especie porque su existencia no fue un hecho aislado, una especie de singularidad irrepetible, sino un paso más en la larga historia de la emancipación social y de la muy corta historia de las revoluciones comunistas.
Del mismo modo, por marxismo debemos entender mucho más que la obra concreta de sus dos fundadores clásicos, sino que es una teoría de la revolución comunista que va enriqueciéndose con las experiencias concretas, que va complejizándose y diversificándose a partir de una especie de tronco básico del que salen ramas de diversas formas, entrelazadas muchas de ellas, otras diferentes en sus formas externas, algunas de las cuales se han marchitado y caído ya, otras son válidas y otras nacerán en respuesta a nuevas necesidades. Las raíces del tronco común arraigan en lo más profundo del dolor y del padecimiento humano, de la explotación y de la injusticia, así mientras estas realidades sigan existiendo el tronco marxista seguirá vivo renovándose cada primavera de nuevas revoluciones.
La actualidad de la URSS tiene, además, otras razones que la explican, relacionadas con las anteriores, que serían suficientes por sí mismas. De entre ellas, destacamos en primer lugar la que se refiere a la necesidad de controlar el irracionalismo del mercado y los peligros mortales inherentes a la ley del valor-trabajo. La incapacidad burguesa para dirigir conscientemente la historia está en la base del poder omnívoro e insaciable que tiene el capital para acumular y ampliar su beneficio. Si no puede hacerlo por los métodos “normales” recurre a los “anormales”, como, generalmente, volcarse en el capital financiero para obtener lo beneficios que no logra en el industrial y en el comercial, o para no perder tanto en caso desesperado. Semejante “solución” transitoria ya fue descubierta y teorizada por Marx pero sin poder profundizar en ella por limitaciones de información. El sobredimensionamiento del capital financiero fue una de las causas fundamentales de la crisis de octubre de 1929, y su descontrol absoluto ha sido el detonante de la crisis actual, aunque en ambas situaciones actuaba por lo bajo la lenta o rápida caída de la tasa media de beneficios.
La expansión del poder económico y político del capital financiero, si bien ha gozado en sus últimos tiempos de una pujanza arrasadora, venía de antes. Hay que decir que una de sus primeras fase expansivas durante el denominado “capitalismo tardío”, de decir, la forma desarrollada a partir de los ’60, fue la de conceder grandes préstamos a bajo costo a las burguesías del “tercer mundo”. La acumulación de “petrodólares” en la banca norteamericana y luego en el resto, capitales excedentarios que se encontraban cada día con más dificultades para ser invertidos en industria y servicios, fue solventada por su préstamo masivo a los países “en vías de desarrollo”.
De inmediato, los imperialismos en ascenso, pero sobre todo los EEUU, se percataron de que esos préstamos bancarios podían ser --fueron, son y seguirán siéndolo-- “cadenas de oro”, recurriendo a Marx, que ataban de forma atroz a los pueblos endeudados con los prestamistas. Las “cadenas de oro” se forman al ampliarse los préstamos a bajo interés, al empezar a no poderlos pagar los pueblos endeudados por la codicia de sus explotadores internos, al recurrir de nuevo estos ladrones a otros préstamos para pagar los sobrecostos de los retrasos y las nuevas deudas, y así se acelera la caída en el abismo de la denominada “deuda externa” impagable durante generaciones.
Y aunque hemos hablado sobre cómo estas “cadenas de oro” se soldaron a partir de los ’60 del siglo XX, podemos descubrir sus rastros anteriores hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX, sobre todo cuando imperios en decadencia como el turco, el ruso, y el chino, se endeudaron cada vez más con los grande bancos británicos, norteamericanos, alemanes, franceses, etc., de modo que al no poder pagar sus deudas fueron sometidos a implacables exigencias capitalistas. De hecho, cuando Marx definió como “cadenas de oro” a los crecientes préstamos que las cajas de ahorro daban en su época a las empobrecidas familias obreras y pequeño burguesas, acertó al decir que esas deudas contraídas, además de aumentar, encadenaban a las atemorizadas familias al sistema explotador que podía quedarse con sus pocas propiedades. Luego, los préstamos al consumo reforzaron y extendieron esas ataduras.
Lo que ahora nos interesa, para resaltar la actualidad de la URSS en esta y en el resto de problemas tan presentes, en especial en lo que concierne a la soberanía nacional frente al capital financiero transnacional. Las sucesivas crisis de impago de la deuda externa que se iban produciendo desde lo ’80 del siglo XX así como las crecientes resistencias de los pueblos endeudados a pagar al imperialismo, ayudaron de mil modos tanto a la que se multiplicasen las alternativas de bonos basura, de alto riesgo, de “economía de casino”, por la necesidad urgente de asegurar los beneficios, como a que se deteriorase cada vez más la débil confianza en el capital industrial.
En este sentido, la denominada hipócritamente “crisis de la deuda” está dentro de la actual crisis del capital. Algo parecido sucedió a comienzos del siglo XX cuando ninguno de los tres imperios citados, chino, turco y zarista, pudieron pagar sus deudas internacionales agravando así los problemas que estallarían en 1929. Aunque en el tema que más nos interesa en este debate, es decir, la teoría que podemos extraer de aquella situación para aplicarla en el presente, ocurrió antes de la crisis de 1929.
Efectivamente y dejando claro que aquella la “crisis de la deuda” estaba inmersa en un contexto general que no podemos explicar, sí debemos comprender que como efecto de todo ello y con ritmos, intensidad y radicalidad diferentes, los tres imperios vieron agudizarse tanto sus contradicciones internas y las presiones externas, que en los tres estallaron guerras de liberación nacional más o menos revolucionarias. En China la contradicción social interna y el expolio imperialista externo llevaron a la caída del imperio y a la proclamación de la república en 1911. La Rusia zarista no pudo superar el fracaso caótico de la ofensiva de verano de 1916 y todas las tensiones irresolubles se agudizaron rápidamente hasta llegar a la revolución bolchevique de 1917; y el imperio otomano que también perdió la guerra de 1914-18 se hundió en múltiples guerras menores y medias que concluyeron en la guerra de la independencia con creación de Turquía en 1919. China tuvo que esperar 38 años para poder dar el salto a la independencia nacional plena, con la revolución socialista. Pero Turquía no pudo lograrlo.
La revolución bolchevique triunfó tan pronto porque su proletariado era el más fuerte de los tres, porque su campesinado empobrecido se alió con el proletariado, porque las naciones que oprimía el zarismo se sumaron a la revolución al ser conscientes de que su independencia dependía del triunfo bolchevique, y porque solamente en el imperio zarista existía una organización revolucionaria como la bolchevique. Sin duda, las tres primeras causas de las cuatro citadas, y de otras que no hemos citado, tuvieron una importancia enorme; tampoco hay duda de que ninguna de ellas podía ser la única causa de la revolución, ni la cuarta tampoco en aislado.
Aclarado lo anterior, el bolchevismo actuó como el timón de la nave impulsada por el motor de sus contradicciones objetivas. La interacción entre poder soviético y bolchevismo actuó como timón, guiando la nave por entre las gigantescas olas de los sucesivos huracanes, hasta que el motor se agotó y el timón se rompió por las razones que estamos analizando. La teoría marxista de la organización revolucionaria encuentra en esta triple experiencia una de tantas confirmaciones prácticas que llenan la historia entera de la lucha contra la explotación, pero este debate no es para discutir sobre la necesidad de la organización de vanguardia, que damos por asumida.
La actualidad de la URSS en este problema concreto de los efectos de la deuda y de la financiarización, unidos en sus causas de fondo, surge cuando, por ejemplo, Ecuador se reafirma en su derecho y en su necesidad de no pagar a imperialismo bandolero, y cuando su presidente viaja a Cuba para ampliar la cooperación internacionalista. Podemos poner muchos más ejemplos, o podemos ceñirnos sólo a los desesperados esfuerzos del imperialismo para asegurar el cobro del grueso de la “deuda de sangre” aunque sea “perdonando” una parte, así cómo sus esfuerzos por “reformar” el sistema financiero para que siga saqueando a la humanidad trabajadora. Y el ejemplo ecuatoriano nos sirve, en lo que conocemos hasta ahora, porque repite en lo decisivo la decisión tajante de los bolcheviques de no pagar las deudas que la burguesía zarista había contraído con el imperialismo. Correa no es bolchevique, por desgracia, pero su decisión, según nuestros datos presentes, le acercan en lo esencial a los bolcheviques: defender la independencia económica de su nación.
Pero los bolcheviques no solamente declararon su independencia económica negándose a pagar a los bandoleros capitalistas, sino que además asestaron un tremendo golpe a tres de los pilares del poder del capital financiero: el control estatal del comercio exterior, el secreto empresarial, y la burocracia. Los tres son vitales para el beneficio burgués en general y en concreto para los bancos. Sobre el primero, el control estatal del comercio exterior permite, si se aplica con efectivo rigor, descubrir las trampas de todo tipo que utilizan los bancos y sus empresas satélites, y la burguesía en su conjunto, para eludir la vigilancia y negociar dentro de los “espacios grises”, alegales e incontrolables que existen en todas las leyes internacionales, sobre todo en las relacionadas con negocios de alto rendimiento, espacios que fácilmente se extienden a la “economía sumergida” e ilegal.
Todavía hoy, cuando los escándalos por corrupción, estafa, soborno, doble o triple contabilidad, desaparición de datos e informaciones, mentiras y silencios institucionales, etc., desbordan todo lo imaginable mostrando la verdadera naturaleza falsaria y pérfida del capitalismo, aún ahora las burguesías no quieren investigar a fondo su podredumbre mafiosa, y menos controlarla y combatirla. La administración entrante de Obama, por ejemplo, está ya sometida a dudas muy serias y hasta a peticiones de investigación por las irregularidades que se aprecian en su interior.
Sobre el segundo golpe bolchevique, el poder obrero organizado en los soviets decretó el control obrero de todos los asuntos económicos, la supresión del secreto diplomático y la transparencia administrativa. El control obrero es incompatible con el secreto empresarial. La clase trabajadora tiene el derecho y la necesidad del control obrero, pero la burguesía tiene a su vez la necesidad y el derecho del secreto empresarial. ¿Entonces? La suerte de la revolución decide qué derecho se impone. El bolchevismo hizo públicos los pactos secretos del zarismo y del gobierno menchevique con la banca transnacional y con el imperialismo, demostrando que aceptaban la hipoteca imperialista y vendían la independencia de los pueblos a los intereses extranjeros. El conocimiento público de esas y otras traiciones fue un acicate poderosísimo para el avance revolucionario.
Sobre el tercer golpe, las fuerzas revolucionarias en general actuaron conscientemente sin el recurso a las burocracias medias y altas, entre otras cosas porque habían huido, se habían escondido a la espera de la victoria de la contrarrevolución para volver triunfadoras y atrozmente vengativas, pero sobre todo porque las masas insurrectas se autoorganizaron sin pedir consejo alguno ni a la burocracia inferior, muchos de cuyos miembros cobraban lo mismo o poco más que un obrero medio. La revolución de febrero de 1917 barrió a los sectores medios y altos del aparato estatal, pero el parón posterior y la entrada de nuevos burócratas mencheviques, socialrevolucionarios, burgueses y ex monárquicos, reinstauró parcialmente en algo el poder del Estado, aunque todavía muy debilitado frente al poder efectivo del Soviet de San Petersburgo.
Fue esta recuperación parcial del Estado con mencheviques y socialrevolucionario, la que pensó en destrozar con la represión a los bolcheviques, desarmar a los soviets, depurar el ejército zarista, implicarse aún más en la guerra y reforzar su dependencia para con el imperialismo. Pero la revolución de octubre de ese año lo impidió. Sin el poder burocrático, la burguesía zarista estaba manca. Generalmente, se olvida el papel del reformismo menchevique en la recuperación del poder reaccionario, en la preparación de un plan represivo que, de haber triunfado, hubiera retrasado por mucho tiempo la revolución. Lo cierto es que solamente los bolcheviques, más algunos grupos anarquistas y socialrevolucionarios de izquierdas, optaron decididamente por la revolución, asumiendo los riegos vitales que su praxis conlleva. El resto, que después vociferó y grito, se posicionó por alguna forma de pacto o espera desmoralizadora.
¿Qué sucedería ahora si se aplicasen estas y otras medidas bolcheviques que no podemos detallar?¿Qué ocurriría si se conociesen los acuerdos secretos entre fracciones burguesas, entre las grandes transnacionales monopolísticas, entre los Estados imperialistas, etc., sobre problemas vitales para la humanidad como recursos energéticos, producción alimentaria, catástrofe ecológica, deudas financieras y situación de las grandes economías, acuerdos privados sobre patentes sanitarias, por no hablar de plenas militares en todos los sentidos, armas secretas y experimentos para multiplicar el control y la vigilancia, y la omnipresencia del terrorismo imperialista?
Más aún, ¿cómo reaccionaría el capital si un poder popular implantado y asentado en el principio marxista del pueblo en armas instaurase el impago de la “deuda externa”, la nacionalización de las empresas, el control estatal y obrero, y si se depurase a la podrida burocracia, por citar algunas medidas? ¿No son estas posibilidades existentes de forma todavía descortinada y embrionaria las que llevan al imperialismo a militarizarse al extremo? En última instancia, tales medidas y avances sociales destruyen el soporte material de existencia del modo de producción capitalista: la propiedad privada de las fuerzas productivas.

4.- DEMOCRACIA SOCIALISTA O BUROCRATISMO BURGUES

La actualidad de la URSS y de todos los pueblos trabajadores que lo han intentado es tan patente como imprescindible estudiar críticamente sus desarrollos posteriores. Ciñéndonos a la URSS , el poder obrero quiso controlar el mercado y atar en firme al monstruo de la ley del valor-trabajo en unas condiciones socioeconómicas y políticas extremas. El zarismo y la guerra de 1914-18 habían arruinado el país. Los trenes apenas funcionaban, y las pocas carreteras estaban casi destrozadas. Las fábricas no tenían repuestos para sus máquinas. Las cosechas fueron un desastre, y los terratenientes y campesinos ricos guardaban el trigo y el ganado para el mercado negro. Casi no quedaba petróleo y el carbón no podía llevarse a las ciudades. Al hambre se le unió el frío, y aparecieron junto a prácticas de canibalismo, las epidemias y la alta mortalidad. La delincuencia, la prostitución, el alcoholismo y el bandolerismo surgieron por todo esto pero también como arma contrarrevolucionaria organizada por el zarismo y el imperialismo.
La Patria Socialista e internacionalista estaba bordeando la fina distancia entre el caos y la catástrofe, pero lo peor aún no había llegado. Lo peor llegó cuando se constató que la clase obrera-industrial y la clase trabajadora en su conjunto habían mermado en cantidad por las bajas mortales, por los heridos y por la pésima alimentación y salud, que muchos bolcheviques afirmaron que había desaparecido el proletariado o estaba a punto de hacerlo. La situación verdaderamente podría llegar a ser crítica porque ¿qué revolución se podía hacer sin clase revolucionaria?
Pero lo peor de lo peor salió a la luz cuando se constató que, de un lado, había muerto lo mejor de la vieja militancia bolchevique y de los pocos grupos anarquistas y socialrevolucionarios que se sumaron a la revolución en sus momentos críticos, y el resto de los que seguían vivos luchaban esparcidos en los inmensos y distantes frentes de combate, muchos de ellos con tuberculosis y otras enfermedades; y por otro lado, se empezó a constatar la entrada en el partido y en sus organizaciones, en los soviets, consejos y asambleas debilitadas en extremo y en los pocos aparatos de Estado que no luchaban a la desesperada en los frentes, en estos y otros sitios, fueron entrando voluntarios con poca y débil formación política y teórica, o con ninguna, sin experiencia en la lucha revolucionaria anterior, ignorantes de lo duro de la militancia revolucionaria, y sobre todo la entrada de técnicos que se decían “neutrales” o “bolcheviques” pero de origen burgués y pequeño burgués, que habían sido mencheviques y eseristas y que seguían siéndolo en su fuero interno.
En estas condiciones era casi imposible controlar la irracionalidad del mercado que se expresó abiertamente en la masificación del mercado negro, en la doble economía y en la corrupción que también empezó a pudrir a algunos revolucionarios. Los bolcheviques y las pocas fuerzas de izquierda que les apoyaban activamente, decidieron en 1921 dar un paso atrás para coger impulso, para recuperar aliento: fue la NEP , la “nueva política económica” cuyo objetivo básico era llevar algo de comida al mercado público no controlado por las mafias y la corrupción, reactivar la producción agraria e industrial, controlar la circulación de los capitales y, por no extendernos, obtener un tiempo vital para que la clase trabajadora se recuperara y creciera de nuevo a la vez que estrechaba sus lazos con el campesinado pobre.
Se trataba de impedir que la mayoría de la población, las masas campesinas empobrecidas, las fracciones menos concienciadas y más desmoralizadas de la clase trabajadora y las naciones antes oprimidas pero ahora agotadas por las guerras girasen a la derecha ante la espantosa realidad cotidiana. Pero una condición inexcusable para la eficacia de la NEP era la que se reactivase la democracia socialista, el poder soviético, la iniciativa de las masas y su participación directora en la política socialista. Sin esta condición inexcusable fracasaría todo el plan de salvamento desesperado de la revolución.
No podemos entrar aquí al debate histórico y también actual sobre lo acertado de esta decisión, sobre sus efectos positivos a corto plazo pero desastrosos a largo plazo, sobre si la NEP o formas actualizadas de ella, es válida parcial o totalmente en situaciones actuales como China Popular, Vietnam, Cuba, etc. Sospecho que esta cuestión tan presente e inmediata, nos llevará a un tercer debate más o menos próximo pero siempre teniendo en cuenta la realidad estructural del capitalismo vasco y europeo. Lo que ahora nos interesa es la actualidad del requisito imprescindible de la democracia socialista para que la NEP o cualquier otra política parecida, tenga éxito en el socialismo de comienzos del siglo XXI dado el avance de las múltiples formas de control, vigilancia y represión, de restricciones de la democracia burguesa, de neofascismo y de “Estado fuerte”, etc., que el capitalismo está aplicando mundialmente. Lo cierto es que la defensa de los derechos democráticos elementales se está convirtiendo en una necesidad cada vez más perentoria no sólo para avanzar al socialismo, que también, sino a la vez para frenar el cáncer neofascista y reaccionario, patriarcal, fundamentalista judeocristiano e imperialista que desarrolla la burguesía.
La actualidad de la URSS se reafirma al ver la insistencia bolchevique en precisar el antagonismo irreconciliable entre la democracia burguesa y la democracia socialista, en su lucidez teórica al insistir en que no existe la “democracia” abstracta, que es imposible que exista tal cosa vacía, hueca, sin esencia ni contenido interno, sino sólo como forma externa elaborada por la propaganda ideológica capitalista. Sin contenido concreto de clase, de nación y de sexo-género, la “democracia” es como esas palabras grandilocuentes pero tramposas que usan ampulosamente los teólogos cristianos para obnubilar y fascinar con sus abstrusas filigranas metafísicas a las gentes alienadas por el opio religioso.
Siendo verdad que defendemos como comunistas los comunes derechos elementales a la especie humana-genérica, también es verdad que su práctica concreta ha de realizarse en situaciones sociohistóricas de explotación, opresión y dominación. Y hay que optar en base al criterio de la práctica, el criterio de la objetividad de la explotación de la mayoría por la minoría.
Un ejemplo brillante sobre este debate estratégico lo tenemos ahora mismo cuando la burguesía en su conjunto, como clase mundial dirigida por sus fracciones más poderosas, decide en base a su democracia minoritaria e inaccesible, practicada en los consejos de ministros, en las ejecutivas de los partidos reaccionarios, en los despachos de los bancos y de las grandes transnacionales monopolísticas, entregar centenares de miles de millones de euros, dólares, yenes y otras monedas a quienes han provocado la crisis, al capital financiero. La industria político-mediática, la tramoya parlamentaria y el reformismo político-sindical aplauden y legitiman esta “nacionalización del desastre” lo mismo que antes aplaudían la privatización de las ingentes ganancias.
¿Democracia? Incuestionablemente que sí, pero burguesa, mientras que sus fuerzas represivas machacan las manifestaciones populares y obreras que, practicando la democracia socialista, protestan en las calles, en las fábricas, en las universidades contra semejantes injusticias. La democracia burguesa ha masacrado a la democracia socialista en Grecia en las últimas semanas, y ahora mismo la democracia burguesa, sionista y machista está asesinando en masa al pueblo palestino en Gaza, con el apoyo activo de las “democracias occidentales”, y pasivo de la democrática ONU. Los bolcheviques, y el marxismo, tenían, tiene razón al separar y enfrentar una democracia a otra. ¿Y en Euskal Herria?
La burocracia es una fuerza social decisiva en el funcionamiento del capitalismo desde su origen como modo de producción. La incontrolable expansión del capital financiero en los últimos años hubiera sido imposible sin la colaboración directa o indirecta de las burocracias estatales, de las grandes corporaciones y de la banca. La infecta corrupción generalizada que pudre al capital financiero-industrial, y el caso Madoff es sólo un botoncito de muestra, tiene en la burocracia uno de sus soportes básicos. La lucha contra esta hidra de infinitas cabezas y tentáculos que penetran cada vez más en los rincones más íntimos y “privados” de la vida cotidiana, se ha convertido en una necesidad diaria, confirmando lo ya planteado por los primeros textos marxistas de los ’40 del siglo XIX.
Las burocracias de los partidos, sindicatos, ongs y asociaciones que se autodenominan “progresistas”, son hoy anclajes materiales y psicológicos de la ideología reformista, conformista y servil fuertemente enganchados en el interior de las clases explotadas. Las burocracias existen en pueblos que quieren desarrollar el socialismo pero que se enfrentan a una casta burocrática, o a una clase burguesa recuperada que todavía, por táctica oportunista, todavía no ha decidido declararse oficialmente capitalista.
La actualidad de la URSS también es incuestionable en este problema acuciante. El rechazo absoluto y radical a la burocracia se muestra ya en los primeros textos marxistas, y los primeros bolcheviques de la clandestinidad se caracterizaron por una tenaz oposición a los riesgos de la burocracia sustitucionista entre ellos. Mientras que en la socialdemocracia la burocratización se multiplicaba al son del parlamentarismo electoralista y del reformismo práctico, esquizofrénicamente oculto bajo la verborrea revolucionaria, no sucedía lo mismo en las organizaciones clandestinas porque los riegos de la clandestinidad, la detención, tortura, cárcel, exilio o muerte, no son aptos para la mentalidad egoísta y cómoda del burócrata. Pero hemos de tener presente, además del contexto de crisis total arriba expuesto en lo básico, también otro factor que se olvida: la cortedad del tiempo cronológico, es decir, la rapidez con la que las crisis se sucedían unas a otras, interactuaban y fusionaban dando cuerpo a una dinámica muy difícil de controlar.
La revolución tomó el poder en octubre de 1917; en marzo de 1918 se firma la paz con Alemania; en verano de 1918 se extiende la guerra civil en todos los frentes y entre varios bandos; en 1919-20 sólo la disciplina de hierro del “comunismo de guerra” logra mantener viva la revolución; para finales de 1920 y comienzos de 1921, pese a todo, la situación es crítica con rebeliones campesinas por hambre, fábricas cerradas, absentismo y robo de materiales, y crecientes huelgas por penuria total, y en marzo de 1921 se subleva la base de Kronstadt precisamente cuando los bolcheviques se encuentran debatiendo cómo salir de la crisis total. La NEP se impone en ese contexto que se ha formado con la rapidez del relámpago. La devastación generaliza obliga a los viejos bolcheviques a seguir taponando las enormes brechas sociales, desatendiendo la burocratización interna que se acelera al calor de las mejoras socioeconómicas logradas con la NEP , pero que, a la vez, exigen más administración, más burocracia.
Dentro del partido fue creciendo un casta burocrática que se aglutinaba alrededor de los militantes que controlaban la vida organizativa interna, las designaciones de responsabilidades y cargos intermedios, la creación de nuevos aparatos y responsabilidades, etc. La destrucción del antiguo Estado zarista había sido tan profunda que debía montarse otro Estado y otras administraciones. Los bolcheviques clásicos, históricos o “viejos”, los que habían sobrevivido en la desde finales del XIX y comienzos del XX, que habían sido insustituibles, no prestaron apenas atención, en un principio, a estos “problemas técnicos”.
Más aún, los datos disponibles indican que el puesto de “secretario general”, que sería empero omnipotente e incuestionable en los posteriores partidos stalinistas, este puesto no tenía ningún valor político para los bolcheviques históricos y clásicos, que lo reducían a una mera oficina más dentro del partido. Sin embargo, desde comienzos de los ’20, el “secretario general” fue acumulando poder práctico, fue decidiendo quienes dejaban tal puesto “técnico” y quienes lo ocupaban u ocupaban otro nuevo. Imperceptiblemente para los viejos bolcheviques creció bajo sus pies un poder “técnico” que acabó controlando su vida interna.
Hay que partir de esta situación para entender por qué se produjo el alejamiento entre la velocidad de asentamiento de la casta burocrática y la velocidad de recuperación del movimiento obrero, o hablando con más propiedad, de creación de un “nuevo” movimiento obrero porque el que había realizado la revolución estaba agotado. La distancia entre la formación de la casta burocrática y la recomposición del movimiento obrero, de los soviets y de la democracia socialista, esta distancia aumenta en vez de retroceder porque, objetivamente hablando, es más fácil y rápido crear despachos y oficinas administrativas con funcionarios sin apenas conciencia ni capacidad teórica, que recomponer las infraestructuras, trenes, carreteras, fábricas y almacenes, llenarlos de reservas y materiales y, a la vez, encontrar obreros cualificados que las hagan funcionar a pleno rendimiento. Este segundo objetivo se logró, pero fue más lento que el primero, que la burocratización.
Una de las peores consecuencias de la burocratización era que indefectiblemente creaba privilegios exclusivos para los funcionarios con la excusa de que para rendir lo necesario en situaciones de hambruna, frío y enfermedad necesitaban algo más de sueldo, fuera en dinero o en especias, o en mejores viviendas. El mismo problema había surgido con los técnicos y obreros cualificados, y a regañadientes los bolcheviques cedieron esos privilegios corporativos aunque la mayoría de ellos siguieron fieles al igualitarismo marxista.
Pero los viejos bolcheviques bien pronto se encontraron en minoría, oponiéndose a una creciente número de “nuevos” bolcheviques que veían normal esos pequeños privilegios --grandes en una situación tan dura--, y que más tarde pasaron a exigir más. Además, la distancia entre burocracia y democracia socialista se incrementaba a favor de la primera al producirse un lógico bajón en la tensión revolucionaria de la sociedad rusa, agotada tras feroces conflictos iniciados en 1914, al comienzo de la guerra. También empezó cierta desmoralización en sectores críticos de las juventudes comunistas y en militantes históricos; los suicidios empezaron a ser aldabonazos de advertencia.
En estas condiciones se libró a mediados de los años ‘20 el denominado “gran debate”. Fue un debate complejo pero decisivo no sólo para la URSS sino para la actualidad porque, en lo básico, todos los problemas cruciales del presente tienen una conexión directa o indirecta con lo allí discutido. Muy en síntesis, y evitando citar nombres, inicialmente se enfrentaron tres posturas que más adelante establecerían distintas alianzas que sería prolijo detallar aquí. Muy en síntesis, la primera y segunda corrientes estaban compuestas mayoritariamente por los viejos bolcheviques, con una pequeña cantidad de “nuevos”; en la tercera era a la inversa, los “viejos” eran minoría, abundaban los “nuevos” pero también integraba a muchos antiguo reformistas, eseristas, mencheviques y técnicos del viejo zarismo “concienciados” súbitamente.
La pequeña y primera corriente, con cierto peso en la militancia bolchevique directamente entroncada en los soviets y en los sindicatos, que venía de antes en sus críticas, sostenía una alternativa socioeconómica y política basada en la práctica independización de los sindicatos, de los soviets y de los consejos, y era manifiestamente inviable. La segunda, con peso en la vieja militancia, formada y culta, y que como la primera había sobrevivido a todos los peligros, proponía un desarrollo equilibrado en la medida de lo posible entre la producción industrial y la agrícola, buscando la acumulación socialista de capital y priorizando el control estatal sobre la iniciativa privada. La tercera y última, con más advenedizos y novatos, sin negar el control estatal, daba mayor libertad a la empresa privada, al mercado y a la urgencia por un crecimiento económico sin prestar tanta importancia a su contenido esencial de clase: uno de los lemas de esta tercera corriente era la de “enriqueceos” lanzada a la mediana propiedad agraria e industrial.
De cualquier modo, el prestigio de las dos primeras corrientes era tal, que muchos de los partidarios de la tercera sentían un respeto profundo hacia ellos. Fue esta admiración por sus capacidades la que hizo que los sectores más duros e intransigentes de esta tercera corriente no pudieran forzar la máquina, pese a ser mayoría, y tuvieran que andar con tiento y cuidado; pero era esta tercera corriente la que controlaba una pieza clave: la de la designación de los puestos, de los cargos y de los sueldos.
No queremos caer en la mitificación de Lenin, pero hay que decir que si bien tardó un tiempo en tomar conciencia de la gravedad del peligro burocrático, y de otros peligros tan dañinos como el del gran-nacionalismo ruso en contra de los derechos nacionales, etc., fue desde entonces un enemigo implacable y mortal de la burocracia, pidiendo la destitución de los principales dirigentes de lo que sería al poco tiempo la tercera corriente, la vencedora. Lenin, por personalizar ahora, tomó conciencia de los principales problemas que menos de setenta años más tarde acabarían con la URSS , e intentó evitarlos, pero resultó tarde porque las dinámicas objetivas de fortalecimiento de una casta burocrática estaba ya daba en los últimos años de su vida.
Venció la tercera corriente porque concordaba de pleno con los intereses de la casta burocrática en expansión. Pero en su interior se surgió al poco tiempo otro choque de índole “menor” entre dos tendencias, conflicto que ganó precisamente el más partidario de potenciar el crecimiento económico a cualquier precio, de modo que, al final, el sector que había vencido en el debate era el partidario de una economía con muy pocos controles estatales. Durante unos pocos años, todo parecía indicar que esta tesis era correcta, que el crecimiento económico era “neutral”, que no conllevaba de manera obligatoria el correspondiente afianzamiento de la mediana clase propietaria en el campo y en la industria.
Pero la ley del valor-trabajo actuaba en silencio y los que se estaban enriqueciendo querían enriquecerse más envalentonados por la consigna de “enriqueceos” lanzada por el sector mayoritario del partido. Subieron los precios de los productos, del pan y de la carne sobre todo, pero de otros también necesarios. Los defensores de la segunda tesis, que habían propugnado un crecimiento lo más armónico posible bajo control obrero y estatal, llamaron a esta separación creciente entre el aumento de los precios y la capacidad de compra como “crisis de la tijera”: cuanto más subían los precios más bajaban los salarios, y la tijera se abría. Los problemas sociales reaparecieron al final de los ’20 y el bloque mayoritario, el tercero, se escindió en dos, el que propuso volver a una centralización estatal y el que propuso seguir con la misma política.
La mayoría del tercer bloque comprendió que estallarían serios problemas si no se paraban los pies a las nuevas clases ascendentes, por lo que dieron paso a un brutal giro centralista y estatalista, especialmente en el campo, en donde los medianos propietarios se habían enriquecido tanto que podían boicotear la alimentación de las ciudades. En vez de aceptar que el segundo bloque tenía razón, que había que volver al desarrollo coordinado y equilibrado, decidieron “superarlo por la izquierda”, en un aventurerismo que resultó desastroso para la producción agropecuaria rusa ya que los campesinos que tenían incluso alguna pequeña propiedad decidieron quemar las cosechas y matar el ganado antes que socializar esos bienes. La mayoría de la casta burocrática optó por esta solución drástica, sin ninguna autocrítica y sin reconocer que el segundo bloque tenía razón. Pero no podía imponer una corrección de línea tan drástica sin a la vez endurecer la vida social porque el distanciamiento progresivo de la casta con respecto a la clase obrera y a los pueblos tendía a agudizar toda serie de problemas.
Desde finales de los años ’20 y de forma irreversible durante los ’30, dominaba una casta burocrática que había depurado por tres veces al partido bolchevique: una, a la alianza entre la primera y la segunda tendencias, corriente que fue una síntesis de los denominados “obreristas”, “sindicalistas”, “consejistas”, etc., con los denominados trotskistas, seguidores de Preobrajensky, etc.; dos, a los sectores de la tercera corriente llamados zinovievistas, seguidores de Kamenev y otros, y que se dieron cuenta de que la razón estaba de parte del bloque anterior pero no pudieron vencer ni incluso aliándose con los restos de este bloque ya derrotado; y, tres, más tarde, la ruptura dentro del bloque vencedor compuesto por las corrientes bujarinistas y stalinistas, ruptura que supuso la victoria de la última sobre la primera. A lo largo de estas sucesivas depuraciones, el partido se ampliaba con nuevos miembros que no tenían casi nada que ver con los primeros, que aceptaban cada vez más obedientemente las órdenes superiores.
Las purgas de los años ’30 certifican la victoria definitiva de este sector que procedió, por un lado, a reprimir a los viejos bolcheviques y otros revolucionarios, y también a los bujarinistas, fusilando a muchos de ellos; y por otro lado, a crear un nuevo “marxismo” que contradecía lo esencial de la teoría bolchevique sostenida hasta entonces, un “marxismo” que legitimaba los privilegios de la casta burocrática, restringía prácticamente a nada la democracia socialista, acababa con buena parte de las conquistas sociales, culturales, estéticas, sexuales, antipatriarcales y feministas, matrimoniales y familiares, pedagógicas, psiquiátricas, ecologistas, igualitaristas, etc., logradas a partir de octubre de 1917, pero aún no reinstauraba la propiedad privada de las fuerzas productivas. Para dar este retroceso cualitativo al pasado, para saltar de casta a clase, tendría que esperar a comienzos de los ’90 del siglo XX.
Mientras tanto, la URSS se lanzó a una industrialización acelerada con la obsesión de recuperar tiempo y recortar las enormes distancias que le separaban del capitalismo. Fue una tarea titánica basada en la contradicción entre el potencial creativo que aun quedaba de las conquistas de octubre y el contenido de casta del poder estatal de modo que las medidas impuestas a la clase trabajadora por dicho poder fueron muy duras, en algunos casos peores que las vigentes en el capitalismo desarrollado, con horarios agotadores y condiciones a veces brutales. Las resistencias pasivas no tardaron en aparecer y luego aparecieron las activas pese a la represión a finales de los años ’30. Entonces estalló la guerra de 1939 y en 1941 la invasión alemana, que la URSS intentó evitar por todos los medios y que le cogió totalmente desprevenida, tema al que luego volveremos al analizar la actualidad del la URSS con respecto a la mundialización capitalista y al internacionalismo en nuestro presente.
Las lecciones que se extraen en la degeneración burocrática en la URSS son de una vigencia y actualidad incuestionables. Lo esencial del debate que ahora se libra sobre el supuesto “socialismo de mercado” fue discutido en el “gran debate” que hemos intentado resumir, y la experiencia histórica es concluyente al respecto. La tesis de “enriqueceos”, que favoreció la recuperación clasista y burocrática, sembrando los vientos que acabarían en los huracanes posteriores, esa tesis reaparece con otros maquillajes en las discusiones presentes en y sobre China Popular, Vietnam, Corea del Norte, Cuba, etc., y sobre ciertas tesis respecto a Venezuela, Bolivia y otros países. A la vez, cuando estas cuestiones de fondo se planteen en las luchas sociales en el capitalismo imperialista, volverán a reaparecer porque surgen de las contradicciones insalvables e inevitables del capitalismo mientras este exista.

5.- PLANIFICACI0N SOCIALISTA O IRRACIONALISMO BURGUES

La actualidad de la URSS en lo que respecta al debate que ahora mismo se libra entre quienes defienden una vuelta al neokeynesianismo, quienes defienden quitar lo “malo” del neoliberalismo fracasado para quedarse con lo “bueno”, y quienes insisten en seguir igual, es, también, innegable. La burguesía discute sobre si “volver al Estado” o “reformar el mercado”. Una disyuntiva falsa e irreal, además de tramposa, porque nunca se ha producido la desaparición del Estado, y nunca el mercado ha estado más controlado en muchos aspectos que en el capitalismo actual.
Lo que se ha liberalizado siempre con el apoyo estatal ha sido, primero, la impunidad del capital financiero; segundo, la impunidad del saqueo de los bienes públicos y comunes, de los servicios sociales, de las propiedades estatales, etc., para entregárselos al capital; tercero, la impunidad de la burguesía para aumentar la explotación; cuarto, la impunidad represiva del Estado, y último y quinto, la impunidad de la casta intelectual para decir todas las absurdas tonterías reaccionarias que padecemos. A la vez, el Estado se ha fortalecido en otras cuestiones, como esas represivas, y ha ampliado su integración con otros Estados para crear los bloques imperialistas arriba citados. Más aún, las impunidades descritas necesitan la acción del Estado para ser efectivas, pero de manera diferente a las anteriores.
Sin embargo, la gravedad de las crisis parciales y de la crisis sistémica que azota al capitalismo pone de manifiesto la incapacidad burguesa en general para dirigir la historia, como hemos dicho arriba, pero también y más concretamente para elaborar planes coherentes de salida que no se saben en un aumento de la explotación. Se sabe que las primeras medidas yanquis desde agosto de 2008 inyectando descomunales masas de capital a la gran banca no han servido apenas de nada, además de que enormes sumas han desaparecido en la corrupción reinante, y se sabe que ahora mismo el desconcierto reina en las instituciones yanquis.
Conocemos cómo la UE ha tenido y tiene enormes dificultades para encontrar un plan único de ayuda, y que, a grandes rasgos, cada Estado de la UE busca primero salvar a su burguesía respectiva que aceptar sacrificios cara a la UE , y que todo esto está aumentando las distancias entre los Estados de la UE , con efectos sobre el futuro que tendremos que analizar en su momento. Los datos sobre la efectividad de las medidas japonesas son también muy críticos con la capacidad de previsión racional de su Estado, que lleva más de una década intentado reactivar su capitalismo a costa de echar océanos de dinero público al saco roto de la economía, sin conseguir ponerla en marcha.
No debemos pensar que los Estados burgueses se han topado con la crisis sin imaginar que ésta iba a llegar, sorpresivamente. Desde hace tiempo, muchas y muchos marxistas debatían sobre el “océano de deudas” en el que flotaba la economía mundial, explicando cómo más temprano o tarde ésta empezaría a tener vías de agua que aumentaría en la medida en que la clase dominante no tomase medidas con antelación. Desde mediados de 2006, por poner una fecha, los comentarios sobre el incremento de riesgos en la prensa especializada capitalista eran cada vez más frecuentes. Desde primavera de 2007 instituciones internacionales como la OCDE se cercioraban del claro retroceso de la tasa media de ganancia a nivel mundial, y en el verano de ese mismo año estalló ya abierta y definitivamente la crisis financiera. Pero como ésta se presentó con la forma de crisis de los “préstamos basura”, la burguesía no le prestó apenas atención aunque, de nuevo, los marxistas y muy pocos economistas oficiales, acertaron en que era sólo la primera erupción de un volcán incontenible.
¿Por qué no reaccionaron los Estados e instituciones capitalistas o lo hicieron tarde y mal? Por tres razones: porque no se imaginaban la gravedad real del problemas y en su ensoberbecimiento despreciaban a las y los marxistas y a los pocos economistas suyos que, más tarde que los anteriores, les advirtieron; porque cuando empezaron a sospechar del problema, la fuerza económica y política del capital financiero impidió toda reflexión y porque la burguesía en su conjunto exigía ciegamente que se siguiera con la misma política suicida sin recapacitar en los peligros ya inmediatos, obsesionada sólo por las ganancias en el presente; y porque ya en la boca del volcán, la mezcla de corrupción y amiguismo, ineficiencia burocrática y canibalismo burgués para comerse unos a otros, todo esto y más propició el cúmulo de fracasos que se suceden desde entones.
Por ejemplo, ahora mismo los EEUU son incapaces de tomar una decisión unitaria porque la administración entrante de Obama debe unificar sus criterios, además de estar debilitada por la corrupción interna, pero, encima, tampoco puede llegar a un acuerdo con la administración saliente de Bush por las mismas razones, mientras que todos los especialistas advierten de que cada día que se pierda, las soluciones tendrán menos efectividad y se agravará la crisis estructural que mina al imperialismo yanqui.
La actualidad de la URSS emerge aquí de nuevo. La superioridad de una economía planificada centralmente en base a criterios de desarrollo equilibrado dentro de las prioridades aceptadas tras un debate masivo garantizado por la democracia socialista, y con unos objetivos a medio y largo plazo, es innegable. Con todas las dificultades del momento y sin entrar ahora en precisiones, una de las virtudes iniciales de la NEP era esa. Sin embargo, en el “gran debate” sobre objetivos y estrategia socioeconómica posterior, se rompió este principio marxista, y tampoco se recuperó luego, cuando la burocracia impuso una acelerada industrialización pesada descuidando la producción de bienes de consumo.
Aún así, el crecimiento cuantitativo de la URSS fue espectacular, aunque también se sabe que las cifras oficiales fueron desde el principio manipuladas por la burocracia por necesidades propagandísticas. Mientras que el capitalismo mundial se debatía con el agua al cuello en la tremenda crisis desatada en 1929 y que propició el estallido de la guerra de 1939-45, la URSS dirigida por la casta burocrática avanzaba de forma apreciable en lo cuantitativo, pero acumulando problemas cualitativos que se volverían incontrolables desde finales de los ’60.
La invasión de los ejércitos internacionales del nazismo en junio de 1941 fue un golpe devastador sobre la capacidad industrial soviética. Antes de seguir y de modo telegráfico, debemos saber que: la cúpula stalinista conocía la fecha y los planes del ataque pero no tomó precauciones, facilitando el desastre; buena parte del Ejército Rojo fue aplastado al comienzo pero Alemania se dio cuenta muy pronto que no lo tendría fácil; sectores sociales y populares, y de las naciones oprimidas, descontentos con la burocracia no se enfrentaron decididamente al nazismo, al comienzo, y algunos colaboraron; el grueso de la dirección del partido, excepto muchas bases, se diluyó como un azucarillo.
Pero al poco tiempo las bases y el pueblos construyeron desde abajo lo que se puede denominar como “otro partido” que, sin embargo, fue diezmado por la burocracia recuperada al acabar la guerra; fue este partido “nuevo” y los restos del Ejército Rojo los que obraron el “milagro” de salvar la mayor parte de la industria pesada trasladándola a retaguardia; fueron estos sectores más la recuperación de la combatividad perdida en las zonas ocupadas por los nazis los que crearon las poderosas guerrillas rojas, que obstaculizaron muy mucho al ocupante.
Hay que destacar en esta serie de hecho uno previo y desastroso para la capacidad de combate rusa: el extermino de lo mejor, más moderno y preparado para las nuevas formas de guerra del Ejército Rojo en las purgas de la segunda mitad de los ’30. La casta burocrática arremetió durante las grandes purgas contra el Ejército Rojo, decapitándolo en su dirección más brillante, disolviendo las mejores y más modernas unidades acorazadas y aerotransportadas y, sobre todo, rechazando su doctrina, sistema y estrategia militar e imponiendo un retroceso cualitativo al viejo esquema de la guerra civil de 1918-20. La mayoría de los expertos rusos que sacaron lecciones autocríticas de la guerra de 1936-39 en el Estado español, de la humillante derrota en su invasión a Finlandia en 1939 y de las nuevas teorías aéreas británica y de guerra relámpago alemana --que el Ejército Rojo había superado al integrarlas en el “Combate en Profundidad”--, fueron purgados, pero la casta en el poder los recuperó rápidamente tras la invasión alemana.
Por ejemplo, si los nuevos y excelentes blindados, cazas y cazabombarderos rusos se hubiesen utilizado según la doctrina del “Combate en Profundidad”, con mucha probabilidad la guerra hubiera acabado antes en beneficio de la URSS y de la humanidad. Al margen de los debates sobre las causas de esta y otras purgas, es incuestionable que debilitaron sobre manera a la URSS , lo que unido a la cerrazón irracional de su cúpula ante los datos ciertos de la fecha, direcciones y cuantía de los invasores, nos da una imagen exacta de la responsabilidad histórica del stalinismo en las decenas de millones de muertos.
Pues bien, a pesar de estos obstáculos y gracias a la recuperación del espíritu revolucionario y de resistencia nacional, la URSS fue capaz de heroicidades de masas inconcebibles de no ser por algo tan simple como que todavía sobrevivían restos prácticos de las cualitativas conquistas históricas logradas con la revolución bolchevique. La mayoría de las poblaciones de la URSS comprendieron que el ataque nazi tenía como objetivo la destrucción, el extermino de esas conquistas pero a la vez de los pueblos que habitaban la URSS , y de este mismo “experimento social”. Sobre esta base material y psicológica, la centralización y la planificación así como la “nueva” democracia socialista recuperada, obraron milagros sin la intervención de dios alguno.
La propaganda capitalista ha intentado magnificar la cantidad del materia militar y de la comida enviada a la URSS , pero, por un lado, aun existiendo, fue una gota en el océano; por otro lado, su calidad no era superior en modo alguno a la del material soviético, que inquietó muy desagradablemente a los nazis; y por último, no hay posibilidad de comparación entre el esfuerzo total de guerra y el de los EEUU, ya que los soviéticos se las vieron con las dos terceras partes del ejército alemán, mientras que todos los aliados capitalistas sólo con la parte restante que, además, era la peor de todas.
La URSS quedó casi exhausta por la guerra, pero también los aliados capitalistas, y si bien los EEUU podían seguir con el esfuerzo militar se sabe que el cansancio y el miedo de sus tropas a enfrentarse con la URSS , aparte de una radicalización en algunas tropas de base, todo esto convenció a la burguesía yanqui para que no secundara los planes belicistas e imperialistas de su fracción más anticomunista que había pensado arremeter contra la URSS , en especial una vez demostrada la eficacia inhumana de las bombas nucleares que fueron lanzadas más para atemorizar a los rusos que para aplastar a un Japón destrozado que ya no tenía apenas comida ni petróleo.
También se ha dicho que la efectividad de la planificación rusa no tiene nada de extraño porque otro tanto hicieron los capitalistas. Pero hay que responder que, primero, ninguna de estas potencias partía del atraso ruso previo, de las destrucciones causadas por las sucesivas guerras desde 1914, y de los costos añadidos por el bloque imperialista posterior. Todas las capitalistas partían con la ventaja de decenios de desarrollo industrial y tecnocientíficos, con grandes reservas en los países ocupados por su imperialismo y con ejércitos intactos.
Los EEUU, por ejemplo, habían implementado --antes que Keynes-- un plan de recuperación socioeconómica para salir de la crisis de 1929 denominado New Deal, aplicado entre 1933 y 1937 que si bien sirvió al principio como contención del malestar social creciente por la generalización de paro y de la miseria mediante grandes obras públicas y otras medidas, con un incremento de los gastos estatales de más del 80%; sin embargo no logró reactivar lo necesario la tasa de beneficio de la clase burguesa. Para 1937 la situación económica presentaba serios nubarrones, y el New Deal fue abandonado a la espera de que estallase una nueva guerra.
La política de asfixia energética y de cerco militar y económico del Japón, aplicada por los EEUU y la Gran Bretaña , buscaba precisamente que los japoneses, desesperados, les declarasen la guerra, como así sucedió en diciembre de 1941. Con anterioridad, aumentaba la propaganda belicista y de forma subterránea la economía se fue militarizando. Tenía a su favor la experiencia del New Deal en centralización estatal y administración de recursos, y cuando Alemania invadió Polonia en 1939 la militarización de la economía se aceleró instantáneamente aunque no estuviera en situación de guerra. La URSS en ningún momento dispuso ni de estos medios ni de esas posibilidades.
Al acabar la guerra en 1945, en la URSS se vivió una contradicción ya conocida antes pero ahora con bases nuevas: por un lado, las clases trabajadoras habían saboreado de nuevo la democracia socialista, sin la cual no se hubiera producido el espectacular desarrollo económico-militar teniendo en cuanta las condiciones, y por otro lado, la burocracia se había recuperado de su práctica desaparición de escena en los dramáticos momentos de la segunda mitad de 1941. Ahora bien, a diferencia de 1917-21, antes de la NEP , en 1945 la industria soviética era potente. Todo indicaba que iba a producirse un choque social entre la recuperada clase trabajadora y la burocracia recuperada, pero ésta lo evitó de modo indirecto, atacando primero a los sectores que podían contar la verdad sobre por qué se había producido el desastre de 1941. Los campos de concentración volvieron a abrirse; la represión física, las torturas y los asesinatos no alcanzaron la gravedad de los ’30 pero silenció buena parte de las críticas sobre las responsabilidades de la burocracia y su debacle.
En ese contexto, una parte de la casta burocrática optó por reabrir tímidamente el debate sobre qué medidas socioeconómicas había que tomar para compensar el peso desproporcionado de la industria pesada en detrimento de los muy necesarios bienes de consumo, además de cómo modernizar y multiplicar la producción campesina. Desde luego que no eran las condiciones en las que se libró el “gran debate” en los años ’20, pero los problemas de fondo sí seguían siendo los mismos, por lo que el ambiente político empezó a complicarse de nuevo dentro y fuera del partido. Los rumores sobre que se desatarían nuevas purgas corrían de voz en voz mientras que la economía se había militarizado de nuevo buscando la bomba atómica y la defensa necesaria frente al nuevo cerco imperialista. Desde 1950 la salud de Stalin empeoraba y con ella su capacidad de control, lo que permitió más autonomía a las diferentes tesis sobre todo cuando se constató en 1952 la ralentización del crecimiento económico.
No tiene sentido divagar sobre qué hubiera pasado de no morir Stalin en marzo de 1953, ni sobre qué sucedió realmente durante los tres días que estuvo paralizado. Lo cierto es que al poco de su muerte, el grueso de la burocracia aflojó el control y la represión, abrió espacios de cierta creatividad y marginó y depuró a los sectores más stalinistas y duros de la propia burocracia, pero no a la mayoría. Las reformas fueron tímidas debido a la resistencia de la mayoría de la casta. En 1955 un alto cargo tuvo que reconocer el atraso de la agricultura; en 1958 se crearon los “consejos permanentes de producción”; en 1965 facilitó la entrada de activos en las empresas. Estas y otras medidas permitieron que desde 1966 se recuperara la economía, y en 1969 se suavizó la centralización estatal pero el crecimiento empezó a caer en 1970 acelerándose casi sin interrupción a pesar de todos los intentos realizados hasta el hundimiento de la segunda mitad de los ’80 y el caos de comienzos de los ’90.
La caída económica desde 1970 en adelante, con repuntes pequeños que no detuvieron el hundimiento, se vio impulsada por las crecientes amenazas directas y agresiones del imperialismo, en especial la desarrollada con acelerones intensos por la militarización estructural del imperialismo en su conjunto, aunque fueran los EEUU quienes lo dirigieran. La casta burocrática fue volcándose cada vez más en la industria militar y en el desarrollo tecnocientífico unido a ella, abandonando o desentendiéndose de otras necesidades cada vez más urgentes. Las sucesivas reformas puntuales en el sentido de mejorar el consumo y la calidad de vida iban siempre perdiendo terreno frente a las urgencias de la respuesta militar, en medio de una casta burocrática cada vez más corrupta y alejada del pueblo, con privilegios en aumento y, lo que remata el problema, cada vez más atada al capital financiero internacional por los préstamos que se pedían para sufragar compras en el mercado capitalista de recursos alimentarios, sanitarios y tecnocientíficos.
La perestroika fue el último esfuerzo por aplicar en medio de la crisis agónica de finales de los ’80 medidas esencialmente idénticas a las propiciadas por el sector bujarinista y “derechista” en el “gran debate” arriba descrito y en los años posteriores hasta que fracasaron entre 1928-29. Se dio vida a la vieja tesis del “socialismo de mercado” que no era otra cosa que preparar las condiciones para el triunfo irreversible del “mercado sin socialismo”, como ocurrió a los pocos años. La descomposición de la URSS era, además de económica, también política, ética y científico-cultural.
La casta burocrática decidió liquidar el partido “comunista” desde dentro, y era tal su endeblez, dogmatismo y corrupción que la gran mayoría de cuadros medios y altos se lanzaron a quedarse en forma de propiedad privada con toda la propiedad estatal y pública que podían acaparar, mientras que los cuadros bajos permanecían pasivos y desconcertados, reaccionando muy pocos de ellos. El desprestigio ético del “socialismo” explica que las clases trabajadoras y la gran mayoría del pueblo no opusieran una tenaz resistencia a semejante contrarrevolución interna. La poderosa industria científico-militar comprendió que se enriquecería al máximo si se convertía en capitalista de la noche a la mañana.
La actualidad de la URSS en lo que concierne a los debates actuales dentro de la burguesía y del reformismo internacional radica en que ha demostrado la incuestionable superioridad de la planificación estatal basada en el poder popular y en la democracia socialista, en los peores momentos. Incluso cuando la planificación se ha reducido sólo a estatal porque el poder popular ha ido quedando al margen, y porque la democracia socialista ha sido reducida a una caricatura, incluso así, ha sido superior a las políticas burguesas más ortodoxamente keynesianas e intervencionistas. Únicamente cuando el “socialismo de mercado” abrió las puertas de par en par al “mercado sin socialismo”, sólo entonces la planificación estatal dejó definitivamente de tener alguna influencia, y al desaparecer ésta la miseria más dura azotó a los pueblos de la ex URSS, a sus clases trabajadoras, a sus ancianos y jubilados. La mujer fue la más golpeada por el retroceso cualitativo al modo de producción capitalista.
Mientras tanto, la planificación estatal fue decreciente en la medida en que aumentaba la “iniciativa” de las empresas, su capacidad para jugar en su beneficio aceptando cada vez más los dogmas del “socialismo de mercado” y el veneno dulce pero mortal de la ley del valor-trabajo. Pero dado que la propiedad seguía en manos del Estado y de que éste no estaba todavía en manos de la clase burguesa, el sistema incorrectamente denominado “soviético”, siguió siendo un sistema aparentemente estancado en su tránsito del capitalismo al socialismo. Estancado en apariencia porque, como indica la dialéctica, nada permanece estable e inmutable, todo cambia y se mueve; y en lo relacionado con la sociedad, si no avanza, retrocede aunque sea imperceptiblemente. Mientras, crecía la tensión entre la centralidad económica que aún mantenía el Estado y la “iniciativa” empresarial, hasta que la casta decidió hacerse propietaria.
Los propagandistas burgueses creyeron equivocadamente que con la implosión de la URSS la denominada “mano invisible del mercado” había vencido para siempre, sin darse cuenta que desaparecida la URSS se esfumaba también uno de los sistemas de contención de la lucha revolucionaria a escala mundial más efectivos desde finales de los ’20. Los denominados “treinta gloriosos”, las tres décadas de expansión del capitalismo imperialista en algunas áreas del planeta, se asentaron en una serie de coincidencias extraordinarias que muy probablemente nunca más vuelvan a juntarse, al contrario.
La “convivencia pacífica” decretada por la URSS ayudó sobremanera a la “paz social” durante dichas décadas. Ahora, el sub-imperialismo ruso no puede cumplir ese papel, y los EEUU, la UE , Japón, etc., se enfrentan a problemas de orden y de control muy superiores a los que tuvieron antes entre otras razones porque el capitalismo ha entrado en una larga fase de crisis. Los pueblos oprimidos, las clases trabajadoras, las mujeres, las minorías sometidas a opresiones concretas pero insertas en la explotación capitalista, debemos estudiar la innegable actualidad de la URSS y aplicar al presente el potencial revolucionario que guarda en su interior la revolución bolchevique.

Iñaki Gil de San Vicente

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