sábado, 15 de septiembre de 2012

El regreso del viejo cabo Anselmo, asesino de Soledad Barret



En un tiempo supo defender los derechos de los marineros, pero después se transformó en un espía y se infiltró en la guerrilla. Durante quince años no se supo nada de él.

El cabo Anselmo es un hombre sin rostro de 67 años. Nadie en Brasil sabe cómo es, pero sí muchos escucharon hablar de los crímenes que cometió. Cuando sólo era conocido como José Anselmo dos Santos, lideró un movimiento de marineros que luchaba por reivindicaciones gremiales e integró Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), una fuerza de izquierda. Pero hace más de tres décadas que se transformó en otra persona. Su perfil actualizado debería contener dos datos más: que fue un agente de Inteligencia infiltrado en la guerrilla y que entregó a decenas de militantes populares en los ’70 (incluida su propia compañera embarazada de cinco meses). A principios de agosto, el diario Jornal do Brasil informó que este represor quiere ser el sucesor de Lula en 2010. Y le atribuyó una frase hecha a medida de la Guerra Fría: “Salvé a Brasil del comunismo en 1964 y quiero salvarlo de nuevo”.
Ese concepto -una provocación al mejor estilo de Luciano Benjamín Menéndez- fue tomado en broma por el mismo autor del artículo: el periodista Vasconcelo Quadros. La definición paleozoica del cabo Anselmo se difunde cuando en el país vuelven a hacer ruido las violaciones a los derechos humanos de la dictadura militar que gobernó entre 1964 y 1985. El vocero del ex militar, Carlos Alberto Augusto (delegado de la Policía Civil paulista), señaló que primero el cabo deberá recuperar la documentación que le devuelva sus derechos políticos.
Ocurre que Anselmo es un espectro. Tuvo que modificar su identidad, que incluyó una cirugía plástica, tras el episodio que se conoció el 8 de enero de 1973 como la masacre de la Chacra de São Bento. Allí, en la región metropolitana de Recife, fueron torturados y asesinados seis miembros de una célula de VPR, el grupo guerrillero que él había infiltrado. Entre ellos estaba Soledad Barret Viedma, su joven mujer que, dos días antes, había cumplido 28 años y tenía un embarazo de cinco meses. Paraguaya y nieta de un escritor anarquista español (Rafael Barret), su caso se hizo famoso cuando Mario Benedetti le dedicó un poema y su compatriota Daniel Viglietti una canción.
Protegido por el Cenimar (Centro de Información de la Marina) y por la CIA, el cabo Anselmo ha vivido en la clandestinidad desde la década del ’70 y apenas tuvo un par de apariciones públicas en las que confirmó su traición. La primera sucedió el 28 de marzo de 1984, cuando le concedió una entrevista a la revista Isto é, en la que contó cómo había sido pasar de la lucha armada a colaborar con el aparato represivo de la dictadura brasileña. Durante quince años no volvió a saberse de él, hasta que en 1999, otra revista, Epoca, le hizo un nuevo reportaje en el que confirmó que fue el principal responsable en el desmantelamiento de la VPR. Como fuere, Marco Aurelio García, el actual asesor especial de Lula en temas internacionales, había sido el primero que escribió sobre su historia.
La Vanguardia Popular Revolucionaria a la que pertenecía el cabo de la marina nació de la unión de disidentes de la organización Política Operaria (Polop) y militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Anselmo se atribuye haberla desarticulado con sus delaciones, al igual que a la comunista Alianza Libertadora Nacional (ALN), fundada por el revolucionario Carlos Marighella, autor del manual del guerrillero urbano.
Desde un acto político que compartió con João Goulart el 30 de marzo de 1964 durante la rebelión de los marineros -acaso su última aparición pública-, el cabo Anselmo es como un fantasma que vuelve reencarnado en lo peor de la condición humana. Nacido el 13 de febrero de 1941 en Sergipe, se había incorporado a las fuerzas armadas en 1958 y cuatro años más tarde se afilió a la Asociación de Marineros y Fusileros Navales de Brasil (Amfnb), donde llegó a ejercer la presidencia.
Partidario de reformas que apoyaba el propio presidente Goulart en los turbulentos días previos al golpe que lo derrocó, Anselmo fue detenido. Pero se asiló brevemente en la embajada de México, anunció que se sumaba a la lucha armada contra el régimen militar, se fugó al Uruguay después y según los organismos de derechos humanos de su país, hasta participó de la primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) realizada en La Habana, Cuba, donde se sentaron las bases para la lucha revolucionaria en el continente.
En 1970 habría regresado a Brasil desde Cuba y a partir de ese momento su rastro se pierde entre las mazmorras de la temida DOPS, la Policía Civil de San Pablo y las acciones insurgentes de VPR, que lo señala como traidor después del sangriento episodio de Chacra de São Bento. El infiltrado de los servicios de Inteligencia que acaba de anunciar su marginal candidatura presidencial ni siquiera tendría documentos que prueben su verdadera identidad. Sin embargo, eso parece importarle muy poco. Porque además de azuzar a la casa de brujas desde algún lugar desconocido de su gigantesco país, el cabo Anselmo reclama una pensión por los servicios prestados en la marina de guerra.

Gustavo Veiga

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