martes, 15 de enero de 2019

El legado revolucionario de Rosa Luxemburgo




En el centenario de su asesinato.

El 15 de enero de 1919, a los 47 años de edad, fue detenida en Berlín Rosa Luxemburg. Arrastrada a golpes y empujones hacia el vehículo que la trasladaría a la prisión, recibió el ataque de uno de los oficiales de asalto, el mismo que antes había hecho lo propio con Karl Liebknecht. Minutos después fue fusilada a quemarropa, por el teniente Vogel, y su cuerpo fue arrojado al canal. Los soldados actuaban por cuenta y orden de los gobernantes socialdemócratas, para quienes el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht venía a sepultar definitivamente a los instigadores del levantamiento revolucionario, que había sido derrotado días antes.
El odio y desprecio de los personeros de la burguesía para con Rosa, concentraba el odio a toda una vida dedicada a la revolución. Hasta último momento no paró de desafiar a la burguesía.
“ ‘¡El orden reina en Varsovia!’, ‘¡El orden reina en París!’, ‘¡El orden reina en Berlín!’, esto es lo que proclaman los guardianes del ‘orden’ cada medio siglo de un centro a otro de la lucha histórico-mundial. Y esos eufóricos ‘vencedores’ no se percatan de que un ‘orden que periódicamente ha de ser mantenido con esas carnicerías sangrientas marcha ineluctablemente hacia su fin.” (Luxemburgo, 1919). Con estas palabras, Rosa en su artículo “El orden reina en Berlín”, llamaba a los revolucionarios a realizar un balance ante el triunfo de la contrarrevolución alemana consumado el 11 de enero de 1919, porque “la revolución no tiene tiempo que perder”. Ella le atribuía la derrota de la revolución alemana en gran medida al aislamiento que sufría Berlín respecto de las provincias, y a las dificultades para establecer una avanzada organizada en la acción directa: “la inmadurez del elemento militante no es sino otro síntoma de la inmadurez general de la revolución alemana” (Luxemburg, 1919). Sin embargo, el centro de la crítica refiere a las vacilaciones de una dirección que no fue capaz de orientar una irrupción espontánea de las masas, a la vez que llama a los trabajadores a reconstruir una dirección revolucionaria.
Aún en sus peores momentos Rosa no abandonó su norte estratégico. Días después del triunfo de la contrarrevolución alemana, analizaba con precisión las condiciones de la derrota, a la vez que recordaba: “¡Pero la revolución es la única forma de ‘guerra’ -también es ésta una ley muy peculiar de ella- en la que la victoria final sólo puede ser preparada a través de una serie de ‘derrotas’!” (Luxemburg, 1919). Su entereza y convicción fue puesta a prueba más de una vez; en su pasaje por la cárcel durante la Primera Guerra Mundial mostró una integridad y compromiso excepcional. A pesar de la dureza de la represión que sufrió, nunca cesó su lucha contra la explotación.

Una vida dedicada a la revolución

Constructora del partido revolucionario, primero dentro de las filas de los Partido Socialdemócrata alemán y polaco y luego liderando la Liga Espartaquista y el Partido Comunista alemán, Rosa desarrolló enormes aportes teóricos, políticos y organizativos a la lucha revolucionaria. Su planteo sobre el ‘espontaneísmo’ no debe leerse como un rechazo a la estructuración consciente de una vanguardia revolucionaria, sino más bien como una resistencia a la burocratización del aparato de los sindicatos y del partido. Cuando las masas intervienen en el proceso social en un determinado momento histórico son las portadoras de un desarrollo transformador, en el que la tarea del partido revolucionario consiste en preparar la vanguardia para su intervención. Esto fue así comprendido por Rosa, al señalar que ‘el proletariado alemán tiene una crisis de dirección’.
Durante su pasaje por el SPD alemán sostuvo fuerte polémicas con el revisionismo de Bernstein que quedaron plasmadas en su obra “Reforma o revolución”. Durante la revolución rusa de 1905, jugó un papel de liderazgo en Polonia, por lo que fue encarcelada en Varsovia. De esta experiencia extrajo la conclusión de la centralidad de la huelga de masas -es decir, de la huelga general por tiempo indeterminado- en la revolución obrera. Su planteo en torno a la ‘huelga de masas’, plasmado en obra como “Huelga de masas, partido y sindicatos”, suscitó fuertes enfrentamientos con la burocracia sindical. Ya en 1907, en la resolución sobre el militarismo adoptada por el congreso de la Segunda Internacional en Stuttgart, escrita por Rosa y Lenin, al mismo tiempo que instaba a la clase obrera y a sus representantes parlamentarios a “hacer toda clase de esfuerzos para evitar la guerra por todos los medios que parezcan efectivos”, concluía con las siguientes palabras: “En caso de que a pesar de todo estalle la guerra, es su obligación intervenir a fin de ponerle término en seguida, y con toda su fuerza aprovechar la crisis económica y política creada por la guerra para agitar los estratos más profundos del pueblo y precipitar la caída de la dominación capitalista” (Joll 1976). Rechazó tenazmente las desviaciones parlamentaristas de la dirección socialdemócrata, posiciones que se cristalizaron con la postración del SPD alemán ante la guerra, lo que motivó su ruptura con el SPD y la llevó a conformar una liga internacional que se convertiría en el partido espartaquista años después.

La mujer proletaria

Bajo este título, Rosa publicó uno de sus textos dedicados a la lucha por la liberación de las mujeres trabajadoras en 1914 donde explica el carácter de clase de la lucha por el sufragio femenino. En una polémica con las líderes del movimiento sufragista, Rosa señala que “la mujer proletaria necesita derechos políticos, porque ejerce la misma función económica en la sociedad, trabaja como un esclavo de la misma manera para el capital (...) Ella tiene los mismos intereses y necesita las mismas armas en su defensa. Sus demandas políticas están profundamente arraigadas en el abismo social que separa a la clase de los explotados de la clase de los explotadores, no en el contraste entre hombre y mujer, sino en el contraste entre capital y trabajo” (Luxembur 1914). De esta manera llama a los partidos socialistas a esforzarse en la organización política y sindical de las trabajadoras, en la conquista de sus derechos políticos y civiles, no como un fin en sí, sino como un medio para lanzarlas a la lucha revolucionaria.
Si bien no fue su principal frente de militancia, Rosa le otorgó una importancia central a la organización del proletariado femenino. Compañera y amiga de Clara Zetkin, participó de la estructuración de una organización de mujeres socialistas que adquirió característica de masas en Alemania, llegando a organizar a 120.000 mujeres en 1914.
Su lucha contra las adaptaciones reformistas hizo incluso su aparición en este terreno. En una polémica con los socialistas belgas, quienes defendían el voto censitario, Rosa escribió un ataque punzante titulado "Una cuestión táctica," en el que los criticó por haber renunciado a una cuestión de principio y a la utilización de métodos revolucionarios en aras de un acuerdo con las fuerzas políticas de la burguesía, y conectó este oportunismo con la controversia revisionista, en la que Bernstein abogó por dichas alianzas.
Su preocupación por la organización socialista de las mujeres trabajadoras quedaba plasmada en el siguiente señalamiento: "todo individuo que piense con claridad debe esperar, tarde o temprano, nada menos que una poderosa fase de expansión del movimiento obrero como resultado de la inclusión de las mujeres proletarias en la vida política. Este punto de vista no sólo abre un enorme nuevo campo para el trabajo de agitación de la Socialdemocracia. En su vida política y social, además, un fuerte viento fresco soplará como resultado de la emancipación política de las mujeres, que va a limpiar el aire sofocante de la filistea vida familiar actual, que impregna tan inequívocamente incluso a nuestro partido, a los trabajadores y a los líderes por igual" (Luxemburg 1902).
Fueron sus posiciones revolucionarias, también en este terreno, las que permitieron que Rosa, junto a Clara Zetkin y las líderes socialistas rusas, entre ellas Kollontai, impulsaran en 1915 la tercera Conferencia Internacional Socialista de Mujeres, que sesionó a pesar de la estricta negativa de la mayoría de los partidos socialdemócratas enrolados en la Segunda Internacional quienes se habían alineado tras sus respectivas burguesías nacionales; en el caso del SPD alemán, votando créditos de guerra en el parlamento burgués. Esta conferencia retomó las líneas programáticas fijadas por Rosa y Lenin en la resolución sobre el ‘militarismo’, votando una resolución de rechazo a la guerra y un llamado a retomar la unidad internacional del proletariado bajo las consignas: ¡Abajo la guerra! ¡Adelante hacia el socialismo!

Su legado

Tras una vida dedicada a la revolución, Rosa no logró preparar a tiempo la ruptura con el Partido Socialdemócrata Alemán, lo que le costó su la vida. El naciente partido Espartaquista no era aún un partido arraigado en las masas, capaz de dirigir el levantamiento revolucionario de 1919. Su brutal asesinato fue un acto desesperado de cobardía y preservación de un régimen en descomposición, que adoptó la forma de una contrarrevolución democrática -la llamada república de Weimar- para luego dar paso al fascismo.
Su asesinato, sin embargo, no nos privó de su enorme legado político y teórico. En su constante preocupación por elaborar herramientas para la intervención revolucionaria dejó importantes textos como “Reforma o revolución”, con su énfasis en la teoría del colapso.
A 100 años de su asesinato, las aspiraciones y tareas en la lucha revolucionaria y la emancipación de las mujeres, que impulsaron la vida de Rosa, se encuentran intactas. Para quienes luchamos a diario por el socialismo, su trayectoria y sus aportes siempre serán una fuente de inspiración, de análisis y aprendizajes.

Cintia Frencia

Referencias

Luxemburg, Rosa (1914), El orden reina Berlín.
Luxemburg, Rosa (1902), Cuestión de táctica.
Joll, James. (1976), La Segunda Internacional, 1889-1914.

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