jueves, 9 de julio de 2020

Opresión racial y lucha de clases




La rebelión norteamericana cuestiona la estructura sobre la que se construyó la potencia mundial

La rebelión popular que sigue en curso en Estado Unidos no tiene antecedentes históricos directos. Desde 1968 no había manifestaciones y rebeliones tan extendidas. Pero, a diferencia del ’68, estas revueltas, que tienen a la comunidad negra como protagonista central, tienen un masivo carácter multirracial. No como manifestaciones solidarias de sectores blancos radicalizados con la lucha negra sino realmente como una lucha común.
Según cuatro encuestas citadas por el New York Times (3/7), entre 15 y 26 millones de estadounidenses han participado de las movilizaciones, a lo largo de 2.500 ciudades y pueblos. En un solo día, el 6 de junio, hubo acciones de lucha en 550 poblaciones.
El alcance de la lucha en curso se destaca por su empalme con la creciente conflictividad obrera y por la gravedad de la crisis del país, tanto económica como política.
Las huelgas y protestas obreras se han multiplicado sin antecedente cercano por las condiciones de trabajo con el agravamiento de la pandemia. En este caso, los comentaristas deben remitirse al ascenso obrero de la década de 1930, con la gran depresión y la fundación de la CIO, para encontrar un registro de esta cantidad de conflictos obreros.
El verdadero salto cualitativo ha sido la existencia de huelgas y protestas obreras como parte de la rebelión contra los asesinatos policiales. Esto marca una tendencia de la clase obrera organizada a confluir en esta lucha. Al mismo tiempo, ha golpeado la autoridad de la burocracia sindical, que defiende la pertenencia a la AFL-CIO de los archireaccionarios sindicatos policiales, que han empezado a ser expulsados de comités sindicales locales, como el de Seattle, a instancias de sectores de izquierda.
El alcance de la rebelión está relacionado directamente a la gravedad de la crisis capitalista y la depresión económica, de la experiencia reciente de las masas con un manejo de la pandemia que dejó librada a su suerte a las masas sin gozar de apoyo alguno frente a la enfermedad, mientras demócratas y republicanos colocaron millones de dólares del tesoro nacional en manos del gran capital, mediante el paquete de rescate votado en el Congreso, que los recibió con una fiesta en las cotizaciones de Wall Street. Esta experiencia, que ha golpeado a toda la clase obrera, ha sido particularmente cruenta en sus sectores más explotados, particularmente negros y latinos.
Esta rebelión tiene sus raíces en una ofensiva que sufren todos los explotados de la nación. Ha involucrado fuerzas de casi todos los sectores de los explotados, no solo urbanos, sino hasta de poblados rurales. Pero se ha desarrollado como una rebelión esencialmente contra la opresión a la población negra y está dirigida por los movimientos de lucha negros en términos de sus consignas y de las acciones de lucha.
Hay razones estructurales para que la rebelión, frente a la mayor crisis, parta de las fracciones más oprimidas de los trabajadores. La división de la clase obrera norteamericana ha dado un mayor margen de maniobra a su clase dominante, superexplotando a una parte de los trabajadores, mientras una aristocracia obrera, generalmente blanca, pudo gozar de privilegios relativos, fruto de los beneficios de la explotación, no sólo de las minorías domésticas sino de la dominación económica, militar y política establecida sobre el mundo colonial y semicolonial.
Quebrar esta estructura particular de opresión es quebrar el modelo de desarrollo capitalista sobre el que se ha asentado el ascenso de Estados Unidos como potencia imperial. La guerra civil no sólo terminó con la derrota del sur esclavista sino con el acuerdo entre los ex esclavistas del sur y la burguesía industrial del norte, de que los negros tengan el estatus de ciudadanos de segunda, imponiendo por casi un siglo la segregación legal.
La necesidad de mano de obra formal o realmente segregada se ha reafirmado con la absorción de millones de inmigrantes legales e ilegales, en particular de Latinoamérica.

El éxito integracionista

Es evidente que, junto a la autoridad política del propio Trump, cuya cruzada racista ha quedado en ridículo al no poder contener las movilizaciones luego de un mes y medio, la otra gran derrota política ha sido la de los políticos patronales de descendencia africana, que ofician de representantes políticos de la población negra, haciendo carrera en ambos partidos patronales norteamericanos, pero particularmente en el Partido Demócrata.
Esta dirección (un sector del activismo negro los ha llamado la “clase de mala dirección negra”) es una casta ligada al manejo del Estado y ligada a los sectores que han podido esquivar el destino social y económico que cae sobre el grueso de su comunidad, con ascensos profesionales, empresariales, académicos o militares, que han podido progresar de manera aislada luego del fin de la segregación legal en los ’60 y luego con legislación de discriminación positiva que favorece una integración puntual de minorías en distintas esferas. La propia lucha en esa época vivió una disyuntiva entre quienes pujaban por lugares dentro del sistema y quienes promovían el poder negro o la liberación negra como una solución radical a la opresión.
Quienes plantearon la lucha por la liberación enfrentaron todo el peso de la represión del Estado. Los asesinatos políticos fueron desde un líder integracionista como Martin Luther King, que fue asesinado cuando giró a denunciar la guerra de Vietnam y a la pobreza de los guetos negros como base de las revueltas de las comunidades negras en zonas no segregadas a la liquidación de decenas y decenas de cuadros de las Panteras Negras. Esa generación de luchadores sigue teniendo 54 presos políticos, como Mumia Abu-Jamal, miembro de las Panteras Negras y Move, que ha cumplido 35 años de cárcel. Quienes optaron por la integración componen los más de 7 mil funcionarios electos negros, que incluso han llegado a la presidencia con Barack Obama, que tuvo como antecedente a los secretarios de Estado republicanos Condoleezza Rice y Colin Powell.
Este ascenso en cargos estatales de los “integradores” ha permitido un balance. El grito de Black Lives Matter fue una respuesta a cómo la presidencia Obama dejó intacto el aparato policial racista. La mayoría de la comunidad no ha vivido el ascenso social de esta casta asociada al manejo de los negocios de la gran burguesía yanqui, como lo indican los números de negros (y latinos) despedidos, pobres, empleados en trabajos “esenciales” bajo la pandemia, encarcelados o víctimas de la violencia del Estado. La crisis capitalista y la pandemia han llevado esta opresión especial a niveles insoportables, causando este estallido.
Hace unos meses, los medios de comunicación mostraban a la comunidad negra como el baluarte de la política moderada, ya que el aparato demócrata, ligado a la burguesía negra, las iglesias, sistemas de universidades y escuelas propias, se movilizó de manera decisiva para darle la candidatura demócrata a Joe Biden, un representante innegable del establishment capitalista. En particular, fue decisivo el apoyo de Jim Clyburn, diputado por Carolina del Sur, miembro de la bancada de diputados negros y jefe de la bancada demócrata en la cámara. Clyburn es parte de la aceitada maquinaria del Estado imperial, llegando a oponerse a la existencia de la universidad gratuita, diciendo que la privatización permite a la comunidad negra desarrollar sus propias universidades, haciendo caso omiso de los enormes niveles de deserción académica por razones económicas que eso conlleva en su comunidad. Es verdad que el candidato en la interna demócrata, autoproclamado revolucionario y socialista, así como las organizaciones que lo apoyan, han hecho muy poco para ganarse el apoyo de la comunidad negra. Pero la rebelión ha mostrado que la sumisión y adhesión al status quo que la ingeniería electoral, los medios y las encuestas asignaban al “electorado negro” no tiene nada que ver con el estado de ánimo real en las comunidades de trabajadores del país, y en particular las negras.
¿Qué nueva dirección ha emergido para reemplazarla? El movimiento es descentralizado, sin liderazgos nacionales claros, pero tiene su núcleo en el Movimiento por Vidas Negras, en cuyo núcleo está Black Lives Matter. En este movimiento conviven tendencias contradictorias, que se pueden apreciar por distintas consignas e iniciativas que atraviesan los movimientos de lucha, pero que no son fáciles de contrastar o delimitar, ya que no existe una práctica asamblearia para votar programas, consignas o iniciativas. Medidas radicales, como la abolición de la policía o las prisiones, son para algunos consignas revolucionarias, mientras otros tratan de mostrar su viabilidad como reformas parlamentarias y articular con los diputados de la izquierda del Partido Demócrata.
Para la fiesta nacional del 4 de Julio, mientras Trump daba un discurso fascista a lo Bolsonaro, llamando a terminar con la ideología izquierdista que estaría penetrando todos los ámbitos del país, se volvía tendencia en las redes #AbolishAmerica, entendiendo que la historia de Estados Unidos es la de la opresión racial y colonial, y que su disolución será un hecho de liberación.
Yahné Ndgo, vocera de la Black Alliance for Peace, planteó en el canal Press TV, el 2 de junio, que la lucha negra contra la opresión implica “ejercer el poder y el control sobre sus propias vidas. Somos una nación dentro de la nación. Queremos nuestro propio Estado-nación y el fin de la guerra de Estados Unidos contra la gente africana que se libra dentro del país y en el extranjero”.
La mayoría de la izquierda norteamericana, en particular la que se ha encolumnado con Bernie Sanders, como la poderosa organización de Demócratas Socialistas (DSA), no apoya este reclamo de autonomía. DSA atraviesa crisis periódicas por su hostilidad a los reclamos raciales, diciendo solo que deben privilegiarse los reclamos que implican a “toda la clase”.
Esta crítica “por izquierda” a la centralidad de demandas raciales, con un lenguaje clasista, esconde que DSA está por detrás de los sectores más combativos del movimiento negro, que identificaron al Estado imperialista de Estados Unidos como su enemigo principal y a los luchadores anti-imperialistas del mundo como sus aliados.
Las tendencias más combativas retoman la elaboración de Malcolm X o las Panteras Negras, que identificaron el lugar de potencia imperialista de Estados Unidos con la opresión sufrida puertas adentro. Como León Trotsky señaló en sus debates con sus partidarios norteamericanos en los años ’30, cuando defendió la obligación de defender el derecho a la autodeterminación del pueblo negro bajo la forma que este elija reclamar, cualquier principio de autonomía de la comunidad negra equivale a la declaración de hostilidad al Estado imperialista norteamericano. De esto, las corrientes más profundas del movimiento negro han deducido, y deducen, su comunidad de intereses con los revolucionarios del mundo entero. No se trata de imponer a la comunidad negra su separación nacional. Una victoria revolucionaria tendría que ser la base de una unidad mayor, sin separaciones étnicas ni nacionales. Pero esa unidad no puede esquivar la opresión histórica sufrida, sino reconocerla y derrotarla. Solamente reivindicando incondicionalmente los derechos de la población negra, incluido el derecho a su autonomía, se pueden sentar las bases y avanzar en la unidad de todos los trabajadores y explotados estadounidenses contra el orden social capitalista vigente.

Guillermo Kane

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