domingo, 4 de enero de 2015

EEUU: ¡Para acabar con la brutalidad policial, acabemos con el capitalismo!




El lado oscuro de aquella “esperanza en la que podemos confiar” de Obama ha salido a la luz nítidamente. Los asesinatos extrajudiciales de Michael Brown, Eric Garner y de Tamir Rice, de tan sólo 12 años de edad, todos ellos ciudadanos negros desarmados, ha desatado una tormenta de protestas y de indignación en una escala que los EEUU no veían desde hacía años.
Más allá de las muertes en sí, la gota que colmó el vaso fue la negativa por parte de dos jurados de condenar a los policías que mataron a Brown y a Garner. En particular, el vídeo de la muerte de Garner, asfixiado hasta la muerte mientras suplicaba a la policía con gritos de “¡no puedo respirar!” han conmocionado a los norteamericanos y al mundo entero.

Protestas masivas

La respuesta ha sido espontánea, global y orgánica, con decenas de miles de personas de prácticamente todos los grupos étnicos y culturales participando en toda una serie de protestas que van desde sentadas silenciosas a huelgas escolares; de vigilias masivas a manifestaciones en los centros de las ciudades; de la ocupación de autopistas y cruces de carretera a individuos coreando apasionadamente “¡las vidas negras importan!” en lugares abarrotados.
Todo el mundo, desde los sintecho, a inmigrantes recién llegados, albañiles, enfermeras hasta facultades enteras de derecho y medicina se han organizado y movilizado entorno a este asunto. Incluso jugadores de la NBA y la NFL y otros famosos se han solidarizado. Muchas protestas han vinculado estos asesinatos con la brutalidad del Estado en México y su colaboración con el narco, con protestas en solidaridad con Ferguson y Ayotzinapa solapándose en las últimas semanas.
Con el auge de las redes sociales, los vídeos de asesinatos policiales y de abusos son fácilmente accesibles y el bulo de que la policía está ahí para “servir y proteger” ha sido desvelado. Los medios de comunicación han virado, predeciblemente, desde una cobertura más o menos honesta a un enfoque sensacionalista que se centra en escaparates rotos y en pequeños puñados de anarquistas violentos y provocadores policiales. Pero este movimiento va mucho más allá de gente desahogándose y dañando coches de la policía. Lo que estamos presenciando es el principio de un cambio masivo en la conciencia de clase y en la relación de fuerzas en la sociedad norteamericana.
En el pasado, el Ku Klux Klan era una fuerza importante en EEUU, con puntos de apoyo que iban del sur profundo a la Casa Blanca. No sólo aterrorizaba a minorías étnicas y raciales y a sus defensores, sino que también organizaba grandes concentraciones racistas. Incluso hasta hace unos años, las tensiones raciales tendían a degenerar en “disturbios raciales” elementales, con saqueos y peleas entre negros, latinos, asiáticos y otros. La respuesta a esta reciente farsa escandalosa de la llamada justicia burguesa ha sido algo del todo diferente. Representa el surgimiento de una nueva ola de acción unida y de solidaridad entre la clase obrera y la juventud, aunque sea en un nivel básico, individual y descoordinado. Reflejando la creciente integración y concentración de la economía, los cambios demográficos y el mayor acceso a la cultura y los medios, la actitud hacia la cuestión racial se han transformado de manera dramática en los últimos años. No sólo ha sido electo un presidente negro, sino que le resultará mucho más difícil a la clase dominante en un futuro el sacar la “baza racial” para enfrentar a la clase obrera entre sí.
Sin una dirección clara por parte de los líderes del movimiento sindical en este o cualquier asunto de interés vital para la clase obrera, la necesidad se ha visto expresada a través del accidente y ha salido a la luz siguiendo este canal. La indignación por el incesante racismo y el abuso ha liberado una acumulación profunda de frustración. Millones de estadounidenses, sobre todo los jóvenes, se sienten desde hace tiempo impotentes frente a poderes sociales y económicos que parecen estar fuera de su control. Decenas de miles de personas que previamente aparentaban ser “apáticos” o “apolíticos” se han despertado políticamente de golpe. Las ilusiones sobre la imparcialidad del sistema judicial norteamericano o sobre el carácter supuestamente “post-racial” de EEUU se han venido abajo.
Si bien el movimiento no tiene una dirección real o demandas claras, y se limita fundamentalmente a una solidaridad anti-racista cruda y a la ira frente a la violencia policial, no deja de marcar un cambio cualitativo. Junto con acontecimientos como el alzamiento de Wisconsin o el movimiento Occupy, estos sucesos representan otro jalón importante en la transformación de la conciencia de los estadounidenses. Más y más gente está llegando a la conclusión de que los problemas a los que nos enfrentamos tienen raíces profundas y no pueden ser sencillamente ignorados o rechazados.

Brutalidad policial

Los EEUU tienen una historia sórdida y extensa de racismo y violencia del Estado. Desde el tratamiento discriminatorio de los rebeldes negros y blancos tras la rebelión de Bacon en 1676, al ahorcamiento, despellejamiento y decapitación de Nat Turner tras el alzamiento esclavo fallido de 1831; a los perros policiales lanzados sobre los manifestantes pacíficos en Birmingham (Alabama) en 1963 al bombardeo de los activistas del movimiento MOVE en Filadelfia en 1985; a la grabación de la paliza a Rodney King en Los Ángeles, al asesinato a sangre fría del inmigrante desarmado Amadou Diallo en 1999, disparado 19 veces por la policía neoyorkina; el hilo sangriento del horror y la represión conduce siglos atrás y continúa de manera cotidiana.
Según los propios datos del FBI, hay más de 400 “homicidios justificados” cada año en los que la policía mata a ciudadanos. Estas cifras se basan en informes preparados por la propia policía; el número de muertes e incidentes de violencia policial contra gente bajo custodia probablemente sea mucho mayor. El Wall Street Journal recientemente investigó las muertes relacionadas con la policía en 105 de las 110 comisarías más grandes del país, y encontró que los datos del gobierno federal excluían o manipulaban cientos de casos de maltrato. El criminólogo de la USC, Geoff Alpert, ha señalado que alrededor de un 98,9% de casos de denuncia por malos tratos se acaba fallando a favor de los agentes. Incluso en el Departamento de Justicia, un componente clave del aparato de Estado, ha concluido que las comisarías de Albuquerque y Cleveland “llevan a cabo prácticas de violencia excesiva, a veces letal, que violan la Cuarta Enmienda”.
Aunque la discriminación y la segregación legal fueron abolidas formalmente a través de grandes luchas en el pasado, una aplastante disparidad racial continúa existiendo en la práctica. Se refleja en las tasas de pobreza, acceso a la sanidad, a la vivienda, a la educación, en los casos de enfermedades cardiovasculares, de diabetes, en la calidad de vida en general y en la esperanza de vida. Pero tal vez su expresión más escandalosa sea en el uso de violencia policial. Agentes blancos matan a sospechosos negros dos veces por semana en los EEUU – una media de 96 veces al año. De acuerdo con un informe de ProPublica, los jóvenes negros se exponen a un riesgo 21 veces mayor de ser disparados por la policía que los blancos. “Los 1.217 asesinatos policiales entre 2010 y 2012 registrados en los datos del gobierno muestran que los negros de entre 15 y 19 años fueron disparados en una proporción de 31,17 por millón, mientras que el promedio de los blancos era de 1,47 por millón.” En Ferguson, un 92% de la gente arrestada en 2013 era negra, aunque los negros representan un 65% de la población de la ciudad.
No sorprende que el doble de blancos que de negros diga creer que su policía local trata a ambos grupos raciales con paridad (74% contra 37%). Los latinos, también discriminados y sometidos a prejuicios, tienen un punto de vista parecido, con sólo un 45% de éstos afirmando que su policía local es imparcial. Parecería que la relación entre raza y violencia policial está bastante clara.
Sin embargo, como ocurre con cualquier fenómeno polifacético, las cosas no son tan sencillas. Un estudio de 2003 reveló que el uso de la violencia policial está vinculado al nivel de “malestar económico” de los barrios. Es decir, cuanta más pobreza, más crimen, más violencia policial, sin importar la composición racial de la zona. Ya que la discriminación institucional supone que negros y latinos generalmente están más concentrados en zonas pobres, el ciclo de crimen, racismo y brutalidad policial se perpetúa.
El racismo de la policía no es, por tanto, un mero constructo ideológico, el resultado de “malas personas”, “malas voluntades” o “malas ideas”. Más bien, refleja una realidad objetiva más profunda. El ser social determina la conciencia social. La carestía da lugar a una lucha sobre los recursos que escasean. Aquellos que poseen la mayor parte de las riquezas son una minoría, y por lo tanto deben de tener a su disposición una fuerza que sea capaz y esté dispuesta a desatar el terror contra la mayoría para “mantenerles a raya”. Pero la coacción pura no es suficiente. Otros medios más sutiles han de emplearse. El desarrollo de un sistema basado en la discriminación por el color de piel durante el auge del capitalismo y el renacimiento de la esclavitud se convirtió en un arma indispensable en el arsenal capitalista para “dividir y conquistar”. Al conseguir que los explotados y los oprimidos se peleen entre sí por unas migajas, se les distrae de las verdaderas relaciones de riqueza y de poder en la sociedad.
Es el racismo estructural del sistema capitalista el que conduce a una cosmovisión y a una ideología racista – no al contrario. No hay duda de que hay un componente racista considerable en la selección, el grado y la frecuencia de la brutalidad policial. Los marxistas no reducen tal o cual fenómeno social complejo “sólo” y mecánicamente a la cuestión de clase. Pero en última instancia, si no hubiese clases, no habría necesidad de tener policía y sin policía no habría brutalidad policial. Sólo en una sociedad de superabundancia, en la que no haya escasez, y en la que por lo tanto no hay una lucha a vida o muerte por la subsistencia, los prejuicios de la gente se evaporarían. Es por ello que los marxistas continuamente explican que no hay ningún antídoto perenne contra el racismo dentro de los límites del capitalismo, que ha confeccionado y compartimentado esta sociedad para beneficiar el dominio de la burguesía.
Esto no significa que debamos esperar pasivamente al socialismo antes de combatir el racismo y la brutalidad policial. ¡Todo lo contrario! Es precisamente en el transcurso de la revolución socialista, que combinará la lucha política con la lucha económica contra los patronos, así como contra el racismo, el machismo, la xenofobia y todas las formas de discriminación y opresión, cuando la unidad de clase necesaria para la victoria se forjará. Sólo mediante una lucha común contra nuestros opresores colectivos la mayoría de los trabajadores se dará cuenta de que tenemos mucho en común entre nosotros, y nada en común con los capitalistas.

La clase obrera puede responder y vencer

Sólo la clase obrera unida y librando una lucha militante puede derrotar el poderío de los patronos. Muchos de los Panteras Negras, así como Martin Luther King Jr y Malcolm X, llegaron a esta conclusión. Antes de ser asesinado a sangre fría por el departamento de policía de Chicago y por el FBI, Fred Hampton resumió esta posición así:
“Hay que enfrentarse a los hechos. Que las masas son pobres, que las masas pertenecen a lo que podríamos llamar las clases bajas, y cuando me refiero a las masas, hablo de las masas blancas, negras, morenas y amarillas. Hay que rebatir a la gente que dice que el fuego se combate con fuego, nosotros decimos que el fuego se apaga con agua. Decimos que el racismo no se combate con racismo. Se combate con solidaridad. Decimos que no se lucha contra el capitalismo con un capitalismo negro, se lucha contra el capitalismo con el socialismo.”
Dado su posición en la sociedad, organizando a millones de trabajadores en industrias claves, el movimiento obrero debe estar al frente de esta lucha. Desafortunadamente, esto no ocurre hoy en día. Los actuales dirigentes sindicales siguen la línea de la colaboración de clase que les lleva a hacer brindis al sol sobre esta cuestión decisiva, cuando lo que se requiere es la movilización de masas de las bases sindicales, un empuje por la afiliación sindical, campañas de educación a gran escala para arrancar el racismo de las organizaciones obreras, huelgas, huelgas generales y la creación de un partido de masas del trabajo para combatir al capital políticamente. Sin embargo, incluso sus llamamientos de boquilla a la unidad son un paso hacia delante teniendo en cuenta el pasado, cuando muchos sindicatos estaban al frente de la defensa de la ley Jim Crow de segregación tanto en el norte como en el sur.
Debemos recordar también que la creciente militarización de la policía es una expresión de la debilidad, no de la fuerza, del Estado burgués. Han de recurrir a la fuerza bruta y a ala intimidación en un periodo en el que los caramelos económicos que le dieron a los trabajadores tras la Segunda Guerra Mundial par apaciguarles ya no están ahí.

Sentando las bases del futuro

La decisión escandalosa de no condenar a los policías involucrados en los asesinatos de Mike Brown y de Eric Garner han sacado a la gente a la calle en una escala que no veíamos en EEUU desde hacía tiempo. Para mucha gente la concienciación de que persiste la discriminación racial, de género y de otros tipos y de que representa un componente sistemático del capitalismo, es un primer paso importante hacia un grado de conciencia de clase más desarrollado. Podríamos decir que el despertar político entorno a estos asuntos es en muchos sentidos “la cáscara de un bolchevismo inmaduro”, parafraseando la caracterización de Trotsky del nacionalismo de los trabajadores y los oprimidos de las minorías nacionales de la Rusia zarista (en contraposición al nacionalismo burgués y pequeñoburgués).
La reciente ola de protestas multirraciales y de solidaridad marca otro punto de inflexión en la polarización de la sociedad estadounidense – una polarización, por encima de todo, de clase y no racial, como ocurrió en décadas pasadas. Pero al contrario de lo que piensan muchos activistas bienintencionados en su impaciencia por “hacer algo”, la principal tarea de los marxistas no es “construir el movimiento”. Los estallidos de protestas multitudinarias a lo largo y ancho del mundo que hemos visto recientemente muestran que, cuando se dan las condiciones, los movimientos emergen como resultado de las contradicciones internas y las dinámicas del propio sistema. Pero como Sam Adams dijo una vez, y él sabía una cosa o dos sobre revoluciones, “nuestra tarea no es crear los acontecimientos, sino mejorarlos con sabiduría.”
Así que, mientras que los marxistas de EEUU han participado en docenas de estas protestas, han intervenido en varias e incluso han organizado algunas, nuestro principal objetivo en el periodo actual es “explicar pacientemente” y conectar con aquellos que buscan explicaciones y perspectivas a largo plazo de cómo transformar el sistema colectivamente de una vez por todas. Sin organización seria y una lista clara de demandas conectadas a los problemas más amplios de la clase obrera y la juventud, como el desempleo, los salarios, la deuda, la sanidad y la educación, los movimientos tenderán a disiparse. Sin embargo, todos estos problemas seguirán ahí, y sólo generarán más y mayores movimientos en el futuro.
Aceptar que este veneno no puede eliminarse dentro de los limites del sistema es en realidad en un gran paso, y no es uno que se pueda tomar fácilmente. Ya que si sigues tus convicciones hasta su conclusión lógica, significa que has de emprender acciones para hacer algo al respecto. Como se suele decir, “si no formas parte de la solución, formas parte del problema”. Es la tarea de los marxistas el ayudar a la gente a llegar a estas conclusiones revolucionarias.
La experiencia muestra que es normalmente después de que un movimiento haya decaído cuando se puede empezar un diálogo con los individuos más clarividentes y sacrificados, aquellos que han presenciado los sucesos o los han vivido en sus propias carnes y buscan algo más sustancial. No será un proceso linear o automático, pero participando en este y otros movimientos parecidos en los meses y años que tenemos por delante, seremos capaces de ganarnos a muchos nuevos compañeros y compañeras a las banderas del marxismo revolucionario, del socialismo y de la Corriente Marxista Internacional.

John Peterson