lunes, 1 de abril de 2019

Brexit: naufragio de May e incertidumbre en el Reino Unido




El día tan temido llegó. El 29 el Reino Unido tenía que retirarse de la Unión Europea tras el proceso de negociaciones conducidos por la primera ministra, Theresa May, y sus socios europeos en Bruselas. Desde que el Reino Unido activó el artículo 50 del Tratado de Lisboa, con el que se inician las negociaciones con Bruselas para su retirada de la Unión Europea, solo hubo malas noticias para May. Además, lejos de una “salida ordenada” las últimas semanas se transformaron en un caos político. La mandataria, acorralada por su propia ineficacia política, llegó incluso a ofrecer su propia dimisión.
Las negociaciones del plan de salida sacaron a la superficie las viejas divisiones internas del partido conservador. Dos hechos anecdóticos ejemplifican esta fractura. En la noche del referéndum de 1975, sobre la pertenencia o no al mercado común, Margaret Thatcher, la entonces líder de los conservadores, apareció con un suéter adornado con la bandera de los nueves países que en ese momento conformaban la Comunidad Europea en un ostentoso acto de desafío al ala europeísta de su partido. Casi una década después, en su discurso en Bruselas en 1988 la “dama de hierro” afirmó: “el destino del Reino Unido está en la Comunidad Europea”.
Desde entonces, la relación con sus socios europeos es lo que está detrás de la aguda crisis del partido conservador. En 2016, el primer ministro de entonces, David Cameron, convocó un segundo referéndum con el objetivo de aplacar al sector euroescéptico de su formación y evitar una sangría de diputados a las filas del nacionalista y xenófobo UKIP. Visto en retrospectiva, podría pensarse que Cameron convocó el referéndum de una manera precipitada. Con una arrogancia propia de la elite dirigente pensó que iba a ganar, pero no fue así. Ayer Cameron, hoy los dirigentes euroescépticos, recurren al Brexit para dirimir sus luchas internas. En los últimos meses se confirmó la hipótesis de una tendencia a la profundización de la polarización y la fractura.
El partido histórico de la clase dominante se encuentra dividido entre el sector europeísta, que favorece las relaciones comerciales con sus socios continentales del cual el capitalismo británico es cada vez más dependiente y el sector más ortodoxo, que quiere tener las manos libres para comerciar a su antojo con quien le plazca. Este último, al igual que UKIP, el recientemente formado “Brexit Party” liderado por Nigel Farage y demás formaciones de la extrema derecha en Europa, coinciden en un discurso populista, antiinmigrante y de neoliberalismo económico. Sus referentes hablan de ejercer el mandato popular de salir de la UE y de romper las cadenas que atan a Bruselas para ser nuevamente una nación libre y poder comerciar con quien se quiera en las condiciones que se quieran.
El efecto Brexit traspasa las fronteras nacionales ya que representa un golpe para el bloque europeo que no quiere que se concrete el divorcio. La partida de uno de sus principales socios no es un síntoma de buena salud. Después de todo, el Reino Unido es la 10ª mayor economía de exportación en el mundo y, después de Estados Unidos, los principales destinos de las exportaciones de este son Alemania, los Países Bajos, Francia y China. Los principales orígenes de sus importaciones son Alemania, los Países Bajos, Estados Unidos y Francia.
El momento político tampoco parece ser el oportuno, sobre todo si tenemos en cuenta que la figura de Emmanuel Macron está cuestionada por el movimiento de los chalecos amarillos y Angela Merkel, uno de los pilares del proyecto europeísta ha anunciado que no volverá a presentarse a la presidencia de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU)
En el plano interno, May se ha convertido en un cadáver político. Su intento de jugar de árbitro entre las dos alas fracasó. Su acuerdo está prácticamente muerto. Está por verse quien quedará al mando de su formación. El parlamento decidió tomar las riendas del asunto y así erosionó su autoridad a nivel nacional. Sin embargo, el hecho de que ninguna de las alternativas del proceso de votaciones indicativas del miércoles haya obtenido mayoría habla de la crisis orgánica abierta.
El opositor partido laborista también está atravesado por fracturas internas. Por una parte, sectores de su histórica base obrera en el referéndum del 2016 votaron irse: no solo aquellos afectados por la desindustrialización sino también con empleo, seducidos por un discurso proteccionista y antiinmigrante. Luego de la elección de Jeremy Corbyn como líder, esta formación recibió un afluente de votos de la juventud organizada alrededor de Momentum. Esta organización cuenta con casi 40.000 afiliados y una consulta a 6.500 miembros de noviembre de 2018 arrojó que un 89% considera que un Brexit sin acuerdo debe ser rechazado y el 82% considera que el Brexit empeorará la situación de sus amigos, su familia y su comunidad. La juventud de Momentum, que participa de las huelgas de trabajadores precarios en distintos sectores es favorable a mantener la unidad con Europa y se moviliza contra la xenofobia y organiza acciones de defensa de inmigrantes y refugiados. Corbyn, trata de hacer acrobacia entre estos dos sectores.
Otro aspecto de la profundidad de la crisis está relacionado con la unidad estatal del Reino Unido. En Escocia, donde el “remain” ganó con un 62%, han aumentado las tendencias separatistas del país, varias encuestas realizadas muestran que los indecisos estarían más inclinados a votar por la independencia si hay un Brexit sin acuerdo.
Por otra parte, en Irlanda del Norte, el voto por “remain” conquistó un 55,8% de los votos. Una serie de encuestas realizadas en esta región arrojó un aumento en el deseo de separase del Reino Unido y unificarse con la República de Irlanda. Nadie quiere volver a la frontera blindada, ni volver a escribir el Acuerdo de Viernes Santo, con el que Tony Blair desactivó el conflicto entre las dos Irlandas en 1998.
Todo indicaría que en la situación política actual el Reino Unido se encamina a un Brexit sin negociación —una salida salvaje—, el escenario más temido para los líderes de Bruselas y para el sector empresarial británico. Si bien no se puede descartar que encuentren alguna fórmula de último momento que combine algunos de los aspectos contemplados en el voto indicativo, en particular, un mercado único o una unión aduanera, el tiempo no actúa a favor. Por ahora parece que no hay una propuesta de consenso que unifique las distintas alas, ni una figura que se ubique por encima para presentar una alternativa a la crisis del Brexit. A solo dos semanas de la fecha de salida no sé sabe con certeza quien llevará adelante la compleja tarea del divorcio con la UE. Lejos de una “salida ordenada”, como prometió May, lo que hay es una receta para el desastre.

Alejandra Ríos

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