miércoles, 4 de diciembre de 2019

Una visita a Julian Assange, preso político de Gran Bretaña




Me pongo en marcha de madrugada. La prisión de Belmarsh, en la planicie de la periferia de Londres, al sureste de la capital, es una franja de muros y alambradas sin horizonte. En lo que llaman el centro de visitantes, entrego mi pasaporte junto con la cartera, tarjetas de crédito, tarjetas médicas, dinero, llaves, teléfono, peine, bolígrafo y papel.
Yo necesito dos pares de gafas, pero me obligan a dejar una de ellas. Optó por entregar las de leer. A partir de ahora, no podré leer, al igual que Julian, que no pudo leer las primeras semanas de su encarcelación. Se supone que le iban a enviar sus gafas, pero inexplicablemente tardaron meses en llegar.
El centro de visitantes está cubierto de grandes pantallas de televisión. Siempre están encendidas, según parece, con el volumen alto. Concursos televisivos, anuncios de coches, de pizzas, de ofertas funerarias, charlas TED… Parecen la fórmula perfecta para una prisión, como un valium visual.
Me uno a una cola de personas tristes, nerviosas, en su mayor parte mujeres y niños pobres, y abuelas. En el primer mostrador me toman las huellas dactilares, si es que dicho término se sigue utilizando para nombrar las comprobaciones biométricas.
Me dicen: “¡Coloque ambas manos y apriete!” En la pantalla aparece un expediente sobre mí.
Ahora ya puedo cruzar la puerta principal, abierta en los muros de la prisión. La última vez que estuve en Belmarsh para visitar a Julian Assange estaba diluviando. Como no me dejaron llevar el paraguas más allá del centro de visitantes, tuve que escoger entre empaparme o correr como el diablo. A las abuelas tampoco les quedó otra opción.
En el segundo mostrador, la guardiana tras la alambrada me preguntó: “¿Qué es eso?”
“Mi reloj”, contesté sintiéndome culpable.
“Tiene que dejarlo atrás”, me dijo.
Así que tuve que volver a correr bajo la lluvia para regresar a tiempo de repetir la prueba biométrica. Después me sometieron a un escáner corporal y a un cacheo completo, incluyendo una comprobación de las suelas de los zapatos y del interior de la boca.
En cada parada, nuestro grupo silencioso y obediente volvía a juntarse en lo que llaman un espacio sellado y se apretaba tras una línea amarilla. Pobres los claustrofóbicos; una mujer se restregaba los ojos cerrados.
Luego nos formaron en otra zona de espera, también con pesadas puertas metálicas que se cerraban ruidosamente delante y detrás de nosotros.
“¡Manténganse tras la línea amarilla!”, se oyó decir a una voz incorpórea.
Otra puerta electrónica se abrió parcialmente. Titubeamos prudentemente. Dio una sacudida antes de cerrarse y volverse a abrir. Otra zona de espera, otro mostrador, de nuevo el estribillo: “¡Muestre sus dedos!”.
Así llegamos hasta una gran habitación con recuadros en el suelo en los que nos dijeron que nos colocáramos, de uno en uno. Llegaron dos hombres con unos perros que nos olfatearon, por delante y por detrás y me babearon la mano. Luego se abrieron otras puertas y se escuchó una fuerte voz que decía: “¡Muestre su muñeca!”.
Una marca de láser era nuestro ticket para la gran sala en la que los presos nos aguardaban sentados en silencio, frente a sillas vacías. En el extremo final de la habitación estaba Julian Assange, con un brazalete amarillo sobre sus ropas carcelarias.
Al ser un preso preventivo, Julian podría llevar sus propias ropas, pero cuando los matones le sacaron a la fuerza de la embajada ecuatoriana el pasado abril, no le dejaron llevarse una pequeña bolsa con sus cosas. Le dijeron que se lo enviarían después pero, como ocurrió con sus gafas de lectura, se perdió misteriosamente.
Durante 22 horas al día, Julian está confinado en “enfermería”. No es realmente un hospital de prisión, sino un lugar en donde puede estar en aislamiento, recibir medicación y ser espiado. Cada 30 minutos unos ojos le escudriñan a través de la puerta. Dicen que es para evitar “el suicidio”.
Las celdas contiguas hay asesinos convictos y más allá un demente que da alaridos toda la noche. “Vivo una versión personal de Alguien voló sobre el nido del cuco”, dice Julian. La supuesta “terapia” consiste en alguna partida ocasional del Monopoly. La única actividad social en la que participa es el servicio religioso que se celebra una vez a la semana en la capilla. El sacerdote, un hombre amable, se ha hecho su amigo. El otro día atacaron a un preso en la capilla; le dieron un puñetazo en la cabeza desde atrás mientras cantaban himnos.
Cuando nos saludamos me doy cuenta de que se le notan las costillas. Su brazo ha perdido el músculo. Puede que haya adelgazado de diez a quince kilos desde abril. Lo que más me sorprendió la primera vez que le visité, en mayo, fue cuánto había envejecido.
“Creo que me estoy volviendo loco”, me dijo entonces.
Yo le respondí: “No, en absoluto. Mira el miedo que te tienen, lo poderoso que eres”. Creo que precisamente su inteligencia, su resiliencia y su excelente sentido del humor –que desconocen los desgraciados que le difaman– son lo que impide que pierda la razón. Se encuentra tremendamente herido, pero no se está volviendo loco.
Mientras charlamos coloca la mano sobre la boca para que no puedan escucharle las cámaras que tenemos sobre nuestras cabezas. Cuando estaba en la embajada de Ecuador, solíamos conversar usando notas escritas y ocultándolas de las cámaras del techo. Es evidente que tiene miedo del Gran Hermano.
En la pared hay lemas felices exhortando a los presos a “no darse por vencidos” y a “estar contentos, mantener la esperanza y reír a menudo”.
El único ejercicio que realiza consiste en caminar sobre una zona asfaltada, rodeada de altos muros con más expresiones felices que les instan a disfrutar de “la hierba bajo los pies”. Pero no hay hierba alguna.
Todavía no le han permitido acceder a un ordenador con el que preparar su defensa ante la extradición solicitada. Todavía no ha podido llamar a su abogado estadounidense, ni a su familia de Australia.
La omnipresente mezquindad de Belmarsh se te adhiere como el sudor. Si te acercas demasiado al preso, un guardián te dice que te sientes bien. Si quitas la tapa al vaso de café, un guardián te grita que vuelvas a colocarla. Te permiten llevar diez libras para comprar algo en la pequeña cantina que llevan voluntarios. “Me gustaría tomar algo saludable”, me dijo Julian, que devoró un sándwich.
Al otro lado de la sala, un preso y una mujer se enzarzan en una discusión, lo que podría llamarse una riña “doméstica”. Cuando interviene un guardián, le manda “a tomar por culo”.
Esa es la señal para que una panda de guardias, la mayor parte hombres y mujeres gordos y enormes, se lancen con ganas a por él, lo arrojen al suelo y lo arrastren hasta la salida. En el aire queda flotando una impresión de violenta satisfacción.
Ahora los guardianes nos gritan que es hora de irse. Junto a las mujeres, los niños y las abuelas, comienzo el largo recorrido a través del laberinto de áreas selladas, líneas amarillas y controles biométricos hasta llegar a la puerta principal. Cuando salgo de la sala de visitantes vuelvo la vista atrás, como siempre hago. Julian está sentado, solo, con el puño cerrado y en alto.

John Pilger, reportero y periodista de investigación australiano, residente en Londres. Es autor de múltiples documentales y libros y ha sido galardonado con innumerables premios a lo largo de su carrera, incluyendo el de Periodista del Año en Gran Bretaña y el Premio de la Paz a los Medios de Comunicación de la ONU.

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