viernes, 12 de junio de 2020

Francia: la rebelión popular se fortalece; el gobierno se descompone




La rebelión popular contra la crisis capitalista y el gobierno de Macron se extiende, mientras el gobierno entró en una fase de desarticulación. Día a día se producen nuevos episodios y las semanas y meses próximos del verano serán muy agitados. Macron va a tomar “solemnemente” la palabra el domingo 14 para anunciar el levantamiento cuasitotal del confinamiento y el programa de recuperación de la actividad económica, la explotación capitalista, y lo hará nuevamente en la primera quincena de julio para explicitar, si puede, su nuevo programa político. El verano será caliente. Es muy posible que Francia esté nuevamente en el ojo de la tormenta de la crisis capitalista en Europa y en el mundo en los próximos meses.

Juventud divino tesoro… que odia a la policía

Como ya indicamos en una nota anterior, la masiva y combativa movilización de la juventud y los barrios contra el racismo del martes 2 de junio marcó un viraje político. El pánico ganó al gobierno y la consigna fue “no hay que perder la juventud”. El resultado ha sido desastroso.
A diferencia de otros gobiernos burgueses de Europa, Macron permaneció en silencio ante el asesinato de Floyd y las bestialidades de Trump, convencido de su omnipotencia de monarca de la Va República y para no empeorar sus relaciones con Washington. Tuvo que moverse luego de la manifestación y ordenó a su ministro del Interior, Castaner, que hiciera gala del humanismo del gobierno. Unas simples palabras y alguna medida menor iban a calmar los malos vientos.
Castaner convocó a una conferencia de prensa el lunes y enunció que Francia no es Estados Unidos, que la policía no era racista pero que de todos modos iba a sancionar las sospechas de actitudes y palabras racistas y que iba a prohibir la detención de personas con la “técnica del estrangulamiento”. No convenció a nadie, por supuesto, de sus buenas intenciones pero la policía reaccionó con una dureza a la altura de la hipocresía del Ministro.
Se sucedieron las manifestaciones policiales, con las esposas arrojadas a las calles, y las entrevistas sin ningún acuerdo, en las cuales los llamados sindicatos de policías pronunciaron su “desconfianza” hacia el Ministro.
El enfrentamiento no tiene antecedentes en las últimas décadas y hay que retroceder a Mitterrand y Badinter en los años 80 para encontrar un antecedente similar.
El gobierno utilizó a la policía como tropa de asalto durante las manifestaciones de los chalecos amarillos y contra la reforma de las jubilaciones. Todos los días, esta policía práctica el racismo en los barrios populares contra los jóvenes negros y magrebinos. Los golpes, los insultos e incluso las muertes se han vuelto cotidianas en Francia. Pero el Ministro dice que la policía no es racista y los “sindicatos” no aceptan ninguna observación, ninguna demagogia de buenas intenciones ante las manifestaciones y las críticas. Estos sindicatos llaman a que la policía se comporte como milicia, si es necesario. Este conflicto político significa un enorme deterioro del gobierno y de Macron.
Esta misma semana hubo nuevos atropellos policiales, como la detención y la golpiza de cuatro jóvenes de 15 años en un pueblo de los suburbios parisinos, por simple portación de cara y de piel. En los barrios, los padres tienen miedo a dejar salir de las casas a los jóvenes adolescentes y la policía les da la razón.

La movilización antirracista

El gobierno no va a saldar esta crisis con dos o tres concesiones menores. La represión y la policía que ataca violentamente a los jóvenes, los inmigrantes y las movilizaciones son un elemento constitutivo de la política del gobierno y de las exigencias de la burguesía. Francia tiende a vivir en un estado de excepción desde los atentados del 2015. La emergencia sanitaria ha sido el pretexto para anular libertades públicas fundamentales.
Vale la pena subrayar que el gobierno acaba de presentar un proyecto de ley que prorroga el estado de emergencia sanitaria hasta el 10 de julio pero prolonga por cuatro meses algunas de sus principales medidas restrictivas: el control de la libertad de circulación de personas y vehículos y la limitación y/o prohibición de las concentraciones en la vía pública y de todo tipo de reuniones. Puede decirse sin exageración que Francia vive un estado de sitio cuya prolongación está sujeta al capricho de los gobiernos. La izquierda guarda un silencio cómplice ante esta descomposición.
La movilización antirracista y contra las violencias policiales es más que una fisura en esta armadura represiva. Es la vía que ha tomado ahora el movimiento de rebelión. El Comité Adama, que llamó a la manifestación del martes 2, llama a una nueva movilización para el sábado 13 y en la semana rechazó todas las ofertas del gobierno de reuniones con los ministros para entretener a la platea. La hermana de Adama proclama “queremos actos y no palabras”.
La intervención del Comité Adama contrasta con la política de los partidos institucionales de izquierda, incluida la Francia Rebelde de Melenchon. El gobierno “autorizó” un encuentro en la Plaza de la República de solidaridad con Georges Floyd y los partidos de izquierda participaron en esta oportunidad. El Comité Adama se negó a estar presente. Esta izquierda se presta a los debates institucionales sin ninguna trascendencia y se acopla a las movilizaciones populares cuando toman fuerza, para encausarlas.
Mientras tanto, otros sectores están entrando en la lucha y el más importante es el personal hospitalario. Las movilizaciones se repiten los jueves en los hospitales y una gran manifestación unitaria está llamada para el martes 16, que va a ser también un canal de expresión de las reivindicaciones obreras y de la ira de la población contra el gobierno. Los sectores sindicales de oposición a las direcciones, como la Federación Química de la CGT, llaman a convertir este movimiento en una jornada de huelga general.
El gobierno tiene a su favor, o piensa tener, la disposición de las centrales sindicales y los partidos de izquierda a sentarse a negociar -y hasta a sentarse a tomar café- y a aceptar su legitimidad democrática. Se dedican a redactar manifiestos por “un mundo mejor, más solidario” y son una fuente de dispersión y confusión.
La dispersión de los grupos militantes, de lucha de clases, revolucionarios, impide que sean una fuerte palanca en este proceso de movilización. Con sus orígenes, tradiciones, modos de militancia y políticas diversas y divergentes, no logran estructurar siquiera un cuadro unitario que facilite un reagrupamiento de la vanguardia obrera y militante. El NPA no puede tampoco convertirse en este instrumento, porque su dirección mayoritaria está permanentemente a la búsqueda de un “frente democratizante de izquierda” y sus minorías están divididas. La trayectoria de Podemos, del movimientismo a la participación en un gobierno burgués de salvataje del capitalismo, es ilustrativa y está demasiado presente. Hay que avanzar en iniciativas comunes de reagrupamiento, en lugar de refugiarse en las fórmulas que cada grupo se ha dado y que devienen una rutina. Las energías militantes de la juventud, el movimiento obrero y la población pobre se están desplegando y pueden cristalizar en una gran ola de movilización, con una huelga política de masas que pondrá al día la caída del gobierno y la apertura de una situación revolucionaria.

Roberto Gramar
París, 12 de junio 2020

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