domingo, 21 de junio de 2020

El delantero que a los 19 años quedó libre por acordarse de los presos políticos




Julio Filippini hoy en su casa de Canelones.

El caso de Julio Filippini quizás no tenga antecedentes en el mundo. En 1976 le dedicó su único gol en Primera al hermano tupamaro que estaba detenido. Salió campeón con Defensor de Montevideo y no jugó nunca más.

1976 fue un año desgraciado en las dos orillas del Río de la Plata. Los vuelos de la muerte terminaban en vidas sumergidas. Los secuestros se daban de una costa a la otra con un final previsible de desaparición forzada. Al gran estuario color de león -la tonalidad que le vio Leopoldo Lugones- lo sobrevolaba un Cóndor transformado en plan regional de exterminio. En ese contexto represivo montado por las dictaduras argentina y uruguaya había otras historias menos trágicas pero igual de dolorosas.
El fútbol no detenía su marcha, aunque sí era posible que dejara excluidos por pensar distinto. En Montevideo, por la cuarta fecha del torneo, Julio Filippini viviría su debut y despedida con la camiseta lila número 17 del campeón. Defensor, su equipo, no era todavía Defensor Sporting. El producto de una fusión que se produjo en 1989 con el club de básquetbol que le dio su segundo nombre. Al pibe de 19 años que provenía de una familia comprometida con la política, no lo perdonaron por dedicarle un gol a su hermano tupamaro preso. Nunca más jugó un partido oficial en Primera después de aquel 28 de marzo. Todo terminó el 25 de julio con la vuelta olímpica y la hegemonía en títulos durante 44 años de Nacional y Peñarol. Pero el final para el delantero fue un incomprensible pase en blanco.
--Usted les dedicó un gol a su hermano detenido y a los presos políticos de la dictadura militar uruguaya. ¿Ese acto fue deliberado o espontáneo?
--Había pensado hacerlo, saludar a mi hermano. Le habían pasado un partido, sabía que escuchaba la radio y entonces se me ocurrió: si hago un gol se lo dedico, me dije.
--En las entrevistas que dio en Uruguay nunca apareció el nombre de su hermano y es parte importante de esta historia. ¿Por qué no nos habla de él?
--Es verdad, mi hermano Eduardo tiene 68 años, es mayor que yo. El estaba haciendo la facultad de Agronomía, pertenecía al Movimiento Tupamaro. Cayó en el año '75, estuvo siete años en prisión y lo liberaron en noviembre del '82. Tenía dos hijos de antes de caer en prisión y tuvo dos más cuando salió. Hoy recibe una pensión que les da el gobierno a los que sufrieron cárcel y tortura durante el régimen, y vive la vida que le queda.
--¿Cuántos eran en su familia?
--Mis padres, mi hermano mayor Eduardo, mi hermana Mercedes y yo. Ella no era tupamara y se escapó a la Argentina. Pertenecía a un movimiento comunista y se fue para allá. No era de ningún grupo armado y solo por pensar diferente se tuvo que ir. Allá estuvo un año y pico escondida, tuvo un hijo argentino y se asiló en Holanda hasta que volvió en el '82, '83. Estudiaba medicina, tuvo que aprender el idioma en Holanda y empezar de cero hasta recibirse en ese país. Hoy vive acá.
--Cuando debutó en Defensor con 19 años. ¿Se sentía cerca de la política, aunque más no fuera a través de sus hermanos?
--Yo era del Frente Amplio pero no militaba.
--Hay una historia dentro de la historia. Usted le regaló la camiseta de aquel partido a su hermano cuando empataron 2-2 con Nacional. ¿Qué pasó con ella?
--Eduardo estaba en el penal de Libertad del departamento San José. Pasó por diversas unidades militares hasta que lo mandaron ahí. Yo cuando debuté lo hice con la 17, mi número de las inferiores y después de aquel partido se la llevé al penal y cuando él salió se la dejó a otros compañeros. Debe haber quedado en la cárcel, le perdí el rastro.
--Un libro que escribió el periodista Santiago Díaz se llama "Memorias de una hazaña en dictadura" y cuenta la historia de aquel Defensor campeón del '76. ¿Ese título le cabe perfecto a aquel equipo o es exagerado? Porque su caso no fue el único de persecusión al plantel. Hubo otros como los de Pedro Graffigna, Beethoven Javier y el técnico José Ricardo De León…
--No sé si es exagerado, no creo. Fue una hazaña en virtud de la situación política que había porque siempre salían campeones Nacional y Peñarol, y nosotros éramos un cuadro chico y definido como obrero. Porque en ese equipo había trabajadores que no se dedicaban al fútbol nada más. Tenían otras ocupaciones, eran humildes, venían a entrenarse después de laburar, y no había ningún jugador estrella hasta que llegó Luis Cubilla, el único de renombre. Nosotros sabíamos que las cosas estaban mal, pero éramos un grupo muy comprometido.
--¿Ese único partido que jugó fue determinante para definir el título a favor de Defensor?
--Fue determinante y yo lo digo porque cuando me veo con amigos me cargan, dicen que me hice famoso y apenas jugué, pero la verdad es que me siento campeón a pesar de que entré 75 minutos. En ese partido a mí me hicieron el penal, marqué el segundo gol y empatamos 2-2, y ganamos el campeonato por un punto de diferencia.
--¿Es cierto que su padre lo sacó del estadio y lo escondió después de que había trascendido que le dedicó el gol a los presos del penal en una entrevista que le hizo Víctor Hugo Morales?
--Yo vivía con mis padres y cuando se iban del estadio escucharon la entrevista con Víctor Hugo, dieron la vuelta, mi padre llamó a mi suegra, la madre de Adriana, mi señora en la actualidad. Ella es la que me dio asilo y me escondió cuatro o cinco días.
--¿Su padre era militar?
--Mi padre Romildo Osmundo, al que le decíamos 'Mili', era paraguayo y mi madre belga. El fue militar en Paraguay y en los años '40 participó de un bando revolucionario, cayó preso y lo mandaron a una isla en el norte, cerca de Brasil. Cuando se enteró de que lo iban a fusilar con otros compañeros se escaparon, se metieron en un bote y remaron como dos o tres días seguidos hasta que se separaron, y mi padre decidió viajar a la Argentina. Para ir se subió a un barco que pasó por el puerto de Asunción e iba escondido. También se trasladaban los que serían mis abuelos y mi madre. Ahí se enamoraron mis padres y él, en lugar de ir para Argentina se vino para Uruguay porque mis abuelos bajaban en Montevideo. Fue del Frente Amplio y era un tipo muy rígido, orgulloso, pero muy derecho, muy leal, de un pensamiento progresista.
--¿Tomó conciencia después de la dedicatoria a su hermano que a sus compañeros de equipo los habían ido a buscar?
--Mi conciencia surge cuando a Víctor Hugo lo llevan a declarar y me enteré después que le dijeron: esto es tarjeta amarilla. Yo le fui a pedir disculpas por lo que había pasado. Me dijo: no, tranquilo gurí, no tenés nada que ver, que había sido un saludo y bueno, después de la dedicatoria, no me acuerdo exactamente qué hice y qué no hice.
--¿Cuánto tiempo pasó entre aquel partido y que a usted le comunicaron que lo dejaban libre?
--La fecha del partido fue el 28 de marzo y a mi me dieron la libertad de acción a fin de año, aunque todo el resto del '76 volví a las divisiones inferiores a jugar en cuarta división.
--¿Pensó en ese momento que le habían pasado una factura?
--No, la verdad que no pensé en una represalia. Sí en que no les serviría como jugador, pero nunca en que había sido por la dedicatoria.
--¿En qué puesto jugaba?
--Jugaba de puntero izquierdo y de nueve.
--¿Es raro que a un delantero que debuta y hace un gol contra Nacional lo dejaran libre siendo tan joven?
--Un directivo de las inferiores que había tenido en años anteriores me contó: esto es por política.
--¿Se propuso seguir su carrera en otro club, porque a esa edad tenía todo un futuro por delante?
--Mire, muchas de las cosas de las que he tomado conciencia sobre aquel episodio fueron este año y el anterior. Me estuve enterando ahora por mis ex compañeros de cuarta y de primera división. Yo había ido después a practicar a Bella Vista, que en ese momento estaba en la B. Me fui a probar, jugué, no me dijeron nada de seguir y no volví. También me habían ido a buscar de Fénix, pero surgió la posibilidad de ir a Estados Unidos a una Liga Universitaria, y cuando volví yo decidí dedicarme al estudio. Mi padre siempre me decía que entre el deporte y el estudio tenía que elegir el estudio.
--Usted contó en una entrevista que al profesor José Ricardo De León, el técnico campeón con Defensor del '76, no lo dejaron dirigir la Selección Uruguaya porque era de izquierda. ¿Fue así?
-Era vox populi. Pero jamás que yo recuerde, nos habló de política en ningún entrenamiento. En las prácticas y partidos siempre se charlaba de fútbol y de su filosofía de juego, que quizás no gustaba pero que dio resultados. Nosotros teníamos un equipo en que el preparador físico fue fundamental, volábamos de cómo nos preparaba.
--¿En ese plantel de Defensor los jugadores ganarían salarios más bajos que en Peñarol y Nacional?
--Sí, sí, claro, mucho menos. Pero ese año teníamos un sistema progresivo de premios por partidos ganados. Pero claro, nadie pensaba que podía salir campeón Defensor.
-Hoy a 44 años de aquel campeonato, ¿cómo recuerda lo que le tocó vivir, qué significado tiene para usted?
--Me emociono (se quiebra y hace silencio). Es una situación insólita porque 44 años después se sigue hablando de lo que pasó.

Gustavo Veiga
gveiga@pagina12.com.ar

La historia contada por Víctor Hugo

El contador Julio Filippini vive en Montevideo pero trabaja en el gobierno de Canelones, a poco más de cincuenta kilómetros de la capital uruguaya. Cuando debutó en la primera de Defensor el 24 de marzo de 1976, Víctor Hugo Morales, el relator que haría historia a ambas orillas del Río de la Plata seguía la campaña de su equipo por CX 12 Radio Oriental. Tenía 28 años y era espiado por la dictadura de su país. Durante la entrevista al pibe que le había marcado el gol a Nacional, saludó su dedicatoria al hermano tupamaro preso con un gesto de aprobación.
Hoy, 44 años después, Víctor Hugo recuerda con precisión algunos detalles de aquel episodio: “Los hechos tienen alguna cosa difusa, pero la cuestión es que él mete el gol, debuta ese día y el muchacho del vestuario me lo pone para que haga la nota. Yo lo felicito por el gol, se lo hago escuchar y cuando termina él me dice: ‘muchas gracias Víctor Hugo, se lo quiero dedicar a mi hermano y a sus compañeros en el penal de Libertad’. Yo le respondo: ‘muy bien, recibido, lo acompaño’, es decir, le doy buena onda a lo que él me dice. Al otro día me llamaron de un cuartel, el cuartel del Prado. Me tuvieron desde las 11 de la mañana hasta las 3 de la tarde y no sabía qué hacer. Pasaban, miraban, y yo era un tipo realmente muy conocido en ese momento. Era feo lo que estaba pasando. Me atendió un militar cuyo nombre no recuerdo y me sienta a una mesa, se sienta enfrente, pone un grabador Geloso en el medio, aprieta un botón y sale el reportaje. Es decir, lo habían grabado y me pregunta: ¿tiene una explicación para esto? Yo le dije: ‘mire, esto se hace siempre. Si me decía que era para mi tía Elena, aunque no son exactamente esas mis palabras, hubiera sido lo mismo. Uno no escucha, no presta atención totalmente al entrevistado, está atendiendo mil cosas’. El tipo me miró y me dijo: ‘usted me va a entender muy bien lo que le quiero decir: tarjeta amarilla’”.
Para el periodista cuyos datos constaban en una ficha de la Junta de Comandantes en Jefe, el caso de Filippini “es la historia fascinante y dolorosa de un chico que debuta con un futuro enorme, mete un gol, le cometen un penal en el otro gol de Defensor, y después de esa pequeña hazaña no juega nunca más. Debe ser una historia única en el mundo…”.

GV

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