viernes, 8 de febrero de 2019

Los “cambios de régimen” propiciados por Estados Unidos: Antecedentes históricos




Intervención en Venezuela

Mientras Estados Unidos procura por todos los medios derrocar al gobierno democrático e independiente de Venezuela, las consecuencias a corto, medio y largo plazo de los golpes de Estado que propició en el pasado son contradictorias.
En este artículo, nos proponemos examinar las consecuencias y el impacto de las intervenciones de EE.UU. en Venezuela a lo largo del último medio siglo para posteriormente pasar a analizar el fracaso y el éxito de los “cambios de régimen” impulsados por Estados Unidos en toda América Latina y el Caribe.

Venezuela: Resultados y perspectivas 1950-2019

Durante la década posterior a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, a través del Pentágono y de la CIA, aupó al poder a regímenes clientelares autoritarios en Venezuela, Cuba, Perú, Chile, Guatemala, Brasil y otros países.
En el caso de Venezuela, Estados Unidos apoyó una dictadura de casi una década (la de Pérez Jiménez), entre 1951 y 1958. Esta fue sustituida por una coalición de centro-izquierda un breve periodo de tiempo. Posteriormente, EE.UU. reestructuró su política para promover regímenes democristianos y socialdemócratas de centro-derecha, que gobernaron en alternancia durante casi cuarenta años.
En los años noventa, los regímenes clientelares de EE.UU., acorralados por la corrupción y profundas crisis socioeconómicas, fueron apartados del poder y dieron paso a un gobierno independiente y antiimperialista dirigido por Hugo Chávez.
La elección libre y democrática del presidente Chávez derrotó varios intentos de “cambio de régimen” dirigidos desde Estados Unidos a lo largo de las siguientes dos décadas.
Tras la elección de Nicolás Maduro como presidente, Washington organizó la maquinaria política para impulsar un nuevo cambio de régimen. EE.UU. ha lanzado a todo gas un golpe de Estado en el invierno de 2019.
El historial de las intervenciones estadounidenses en Venezuela es variado: un golpe de Estado que duró menos de una década; regímenes electorales pro-EE.UU. durante cuarenta años que fueron reemplazados por un gobierno populista y antiimperialista nacido de las urnas, que ha mantenido el poder casi veinte años. Hasta llegar al despiadado golpe de Estado dirigido por Estados Unidos activo en estos momentos.
La experiencia de “cambio de régimen” venezolana nos permite entender la capacidad estadounidense para conseguir el control a largo plazo reorganizando su base de poder de una dictadura militar a un régimen electoral, financiado mediante el expolio petrolero, con el respaldo de un ejército de confianza y “legitimado” por la alternancia de partidos políticos vasallos que acepten su sumisión a Washington.
Los regímenes clientelares de EE.UU. están gobernados por élites oligárquicas, con escasa capacidad empresarial, que viven de las rentas estatales (petroleras). Al tener una estrecha relación con EE.UU., las élites gobernantes no son capaces de conseguir la lealtad del pueblo. Por dicha razón, los regímenes clientelares dependen de la fuerza militar del Pentágono para conservar el poder, pero esa es precisamente su mayor debilidad.

El cambio de régimen bajo una perspectiva histórica y regional

La imposición de gobiernos títeres es un objetivo estratégico primordial del Estado imperial. Los resultados varían a lo largo del tiempo en función de la capacidad que tengan gobiernos alternativos independientes para la construcción nacional.
Esos gobiernos-títere tienen más éxito en naciones pequeñas con una economía vulnerable. El golpe de Estado de Guatemala ha durado más de sesenta años, de 1954 a 2019. En este país, las principales insurgencias indígenas han sido reprimidas gracias a los asesores militares y la cooperación estadounidense.
Otros gobiernos-títere que han tenido un éxito similar son los de Panamá, Granada, República Dominicana y Haití. Cuando se es pobre y pequeño y se tiene un ejército débil, Estados Unidos no tiene ningún problema en invadir y ocupar directamente el país, con un reducido coste económico y en bajas militares.
En los países mencionados, Estados Unidos consiguió imponer y mantener regímenes títere durante largos periodos de tiempo.
Los resultados de los golpes de Estado dirigidos por Estados Unidos en el último medio siglo han sido contradictorios.
En el caso de Honduras, el Pentágono consiguió derribar un gobierno liberal-democrático progresista de muy corta duración. El ejército de Honduras estaba bajo dirección de EE.UU. y el elegido presidente Manuel Zelaya dependía de una mayoría popular de electores sin acceso a las armas. Tras el triunfo del golpe de Estado, el régimen títere de Honduras ha permanecido bajo tutela de Estados Unidos durante una década y probablemente lo seguirá estando.
Chile ha permanecido también bajo el tutelaje de Estados Unidos durante la mayor parte del siglo XX, salvo el breve respiro que le supuso el gobierno del Frente Popular, entre 1937 y 1941, y el gobierno socialista democrático de Salvador Allende, entre 1970 y 1973. El golpe de Estado orquestado por EE.UU. en 1973 impuso la dictadura de Pinochet, que duró 27 años. La siguió un régimen electoral que continuó la agenda neoliberal de Pinochet-Estados Unidos, que incluía el desmantelamiento de todas las reformas nacionales y sociales del gobierno popular de Allende. En resumen, Chile ha permanecido dentro de la órbita política de EE.UU. durante la mayor parte del último medio siglo.
El régimen socialista democrático de Allende nunca dio armas al pueblo ni estableció relaciones económicas en el extranjero capaces de sostener una política exterior independiente. No sorprende que estos días Chile haya seguido el llamamiento de Trump para derribar al presidente venezolano Maduro.

Los resultados contrapuestos de los regímenes títere

Algunos de los golpes de Estado orquestados por EE.UU. fueron derrotados antes o después.
El clásico ejemplo que ilustra la derrota de un régimen clientelar es el de Cuba, que logró derribar la dictadura de casi diez años de Batista y ha conseguido resistir una invasión directa organizada por la CIA y un bloqueo económico durante el último medio siglo (hasta nuestros días).
Cuba fue capaz de derrotar la política restauracionista gracias a la decisión de Fidel Castro de armar al pueblo, expropiar y tomar el control de las multinacionales hostiles de Estados Unidos y establecer aliados estratégicos en el exterior: la URSS, China y, mucho después, Venezuela.
Por el contrario el golpe de Estado respaldado por el ejército estadounidense en Brasil (1964) mantuvo el poder más de veinte años, hasta que se restauró parcialmente la política electoral bajo la dirección de las élites.
Dos décadas de programas económicos neoliberales fallidos propiciaron la elección de los reformistas sociales del Partido del Trabajo (PT), que comenzó a poner en marcha grandes programas para combatir la pobreza encuadrados en el contexto de políticas neoliberales.
Tras década y media de reformas sociales y una política exterior relativamente independiente, el PT sucumbió ante la recesión de una economía dependiente de las materias primas y ante unos estamentos hostiles (la judicatura y el ejército, concretamente) y fue reemplazado por un par de regímenes clientelares de extrema derecha que han funcionado bajo la dirección de Wall Street y del Pentágono.
Estados Unidos ha intervenido con frecuencia en Bolivia, apoyando golpes militares y regímenes clientelares y en contra de regímenes nacional-populistas (1954, 1970 y 2001). En 2005, un levantamiento popular dio paso a elecciones libres que llevaron al poder a Evo Morales, líder de los movimientos cocaleros. Entre 2005 y el momento actual, el presidente Morales ha dirigido un gobierno moderado de centro-izquierda y antiimperialista.
El fracaso de las iniciativas estadounidenses para derribar a Morales es consecuencia de diversos factores: Morales organizó y movilizó una coalición de campesinos y obreros (especialmente mineros y cocaleros). Se ganó la lealtad del ejército, expulsó a las “agencias de cooperación” que actuaban como caballo de Troya, amplió el control sobre los hidrocarburos y promovió los vínculos con la agroindustria.
La combinación de una política exterior independiente, una economía mixta, alto crecimiento y reformas moderadas neutralizó los intentos estadounidenses por derribar su gobierno.
No es ese el caso de Argentina. Tras el sangriento golpe de Estado de 1976, en el que el ejército respaldado por EE.UU. asesinó a 30.000 ciudadanos, el ejército fue derrotado por la Arma da Británica en la guerra de las Malvinas y se retiró después de siete años en el poder.
El régimen títere nacido tras el de los militares gobernó y saqueó el país durante casi una década antes de hundirse en 2001 a causa de una insurrección popular. Sin embargo, la izquierda radical, carente de cohesión, fue reemplazada por gobiernos de centro izquierda (Kirchner-Fernández) durante alrededor de una década (2003-2015).
Los regímenes neoliberales del bienestar entraron en crisis y fueron reemplazados en 2015 por otro régimen títere de Washington encabezado por Macri, que procedió a revertir las reformas, privatizar la economía y subordinar el Estado a los banqueros y especuladores estadounidenses.
Tras dos años en el poder, el gobierno títere se tambaleó, la economía entró en una espiral descendente y comenzó otro ciclo de represión y protestas populares. La debilidad del gobierno lanzó a la gente a la calle mientras el Pentágono afila sus cuchillos y prepara nuevos títeres para reemplazar al actual régimen clientelar.

Conclusión

Estados Unidos no ha podido consolidar los cambios de régimen en aquellos países grandes que cuentan con organizaciones de masas y un ejército leal. Sí lo ha conseguido en regímenes nacional-populares como Brasil y Argentina. Pero, con el tiempo, los gobiernos títere han sido derrotados.
Así como Estados Unidos recurre a una única “vía” (golpes militares e invasiones) para aplastar a los gobiernos populares pequeños y más vulnerables, utiliza una estrategia de “múltiples vías” con los grandes países poderosos.
Por lo general, en el primer caso es suficiente una llamada al ejército o el envío de los marines para acabar con una democracia electoral. En el caso de países poderosos, EE.UU. utiliza una estrategia de múltiples agentes que incluye el bombardeo propagandístico en los medios de comunicación y, catalogar a demócratas como dictadores, extremistas, corruptos, amenaza para la seguridad, etc.
Cuando la tensión aumenta, los clientes regionales y los estados europeos se organizan para apoyar a los títeres locales.
El presidente de EE.UU., cuyo dedo índice vale tanto como el voto de millones de electores, corona a presidentes impostores. Las manifestaciones en la calle y la violencia organizada y pagada por la CIA desestabilizan la economía; las élites empresariales boicotean y paralizan la producción y la distribución. Se gastan millones en sobornar a jueces y altos oficiales del ejército. Si el cambio de régimen puede lograrse a través de sátrapas militares locales, Estados Unidos evita la intervención militar directa.
Los cambios de régimen en los países más grandes y más ricos duran entre una y dos décadas. Sin embargo, el cambio a un régimen electoral títere puede consolidar el poder imperial durante un periodo más prolongado, como fue el caso de Chile.
Cuando el régimen democrático tiene un fuerte apoyo popular, Estados Unidos proporciona la asistencia ideológica y militar para una masacre a gran escala, como ocurrió en Argentina.
La próxima confrontación en Venezuela será un caso de cambio de régimen sangriento, pues Estados Unidos tendrá que asesinar a cientos de miles y derrotar a los millones de personas comprometidas con los avances sociales, con su lealtad a la nación y con su dignidad.
Por el contrario, la burguesía y los traidores políticos que la siguen buscarán venganza y recurrirán a las más infames formas de violencia para despojar a los pobres de sus avances sociales y sus recuerdos de libertad y dignidad.
No debe sorprender que el pueblo venezolano se esté preparando para una lucha prolongada y decisiva: se lo juegan todo en esta confrontación final con el imperio y sus títeres.

James Petras
Rebelión
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Cumbre en Uruguay: una salida negociada para la crisis venezolana a la medida de la injerencia extranjera




El gobierno uruguayo y mexicano impulsan en Montevideo una posición conjunta llamando al diálogo en Venezuela. A quién podría beneficiar una posible negociación.

Desde este miércoles las reuniones y encuentros bilaterales se suceden en la capital uruguaya, el objetivo no es muy ambicioso pero parece difícil de lograr: abrir un canal de diálogo entre el presidente venezolano, Maduro, y el opositor autoproclamado presidente, Guaidó.
La cumbre fue llamada luego de que los gobiernos de Uruguay y México decidieran no seguir a sus pares del Grupo de Lima, encabezados por el presidente argentino Mauricio Macri y el brasileño Jair Bolsonaro, en el apoyo a las medidas golpistas impuestas por Estados Unidos contra Venezuela.
La autoproclamación de Guaidó como presidente, seguida del rápido reconocimiento por Estados Unidos, los gobiernos de derecha de la región y varios de la Unión Europea parecía precipitar los tiempos, consumando un golpe apoyado en la administración de Donald Trump contra el gobierno de Maduro.
Las sanciones impuestas por Trump, que alcanzan hasta a la estatal PDVSA, buscaron acelerar el paso al bando opositor de la Fuerza Armada venezolana, principal sostén del regimén de Maduro. Por el momento las medidas no lograron ese efecto, aunque si se podrían hacerse sentir agravando las penurias económicas, lo que demuestra que la injerencia estadounidense está lejos de favorecer al pueblo venezolano.
Por el momento la avanzada golpista no logró el ansiado apoyo de un sector de los militares lo que ha llevado a una situación de impasse, dando tiempo al gobierno de Maduro. Esta situación llevó a que la carta de una salida negociada comience a tener más peso.
Una negociación a la medida de la injerencia imperial
Jugando a dos puntas la Unión Europea no tardó en acoplarse al llamado de varios países latinoamericanos y aseguró su participación en Montevideo. España, Francia, Alemania, Italia, Portugal, Suecia, Países Bajos y Reino Unido enviaron representantes.
Los gobiernos de esos países europeos pocos días atrás habían desconocido a Maduro, brindando su apoyo al golpista Guaidó. Cínicamente ahora aseguran apoyar el objetivo de propiciar un diálogo político en Venezuela que evite opciones violentas, mientras mantienen el apoyo al opositor autoproclamado presidente.
El juego a dos puntas de las principales potencias europeas parece responder también al intento de no dejar la carta del “diálogo” en manos de los gobiernos de Rusia y China. Tanto rusos y chinos se mostraron proclives a una salida negociada, aunque por el momento sosteniendo a Maduro, movidos por el intento de mantener los acuerdos petroleros y económicos, firmados con el gobierno, ante el avance de Estados Unidos que busca recuperar su papel hegemónico en la región.
Por su parte México y Uruguay mantienen una posición diferente. Proponen el llamado "Mecanismo de Montevideo", con el que buscan avanzar en lograr “la paz en Venezuela”. Ese mecanismo consta de cuatro etapas centradas en Diálogo Inmediato, Negociación, Compromisos e Implementación.
“Proponemos el Mecanismo de Montevideo a partir de nuestro legítimo interés y disposición de coadyuvar a que el pueblo venezolano y los actores involucrados puedan encontrar una solución a sus diferencias”, señala un comunicado conjunto de ambos países, respaldado también por la Comunidad del Caribe (Caricom).
En contraposición con el rápido alineamiento a los dictados estadounidenses de la mayoría de los países que integran el Grupo de Lima (12 países latinoamericanos, entre ellos Brasil y Argentina, y Canadá), que reclamó una inmediata renuncia de Maduro, la posición mexicana y uruguaya parece una salida “opuesta al intervencionismo”. La realidad es que más allá del llamado al “diálogo y la paz”, el gobierno de López Obrador y el de Tabaré Vázquez han evitado manifestarse abiertamente contra las sanciones impuestas por Trump. Además han reconocido implícitamente la legalidad de los actos de la oposición golpista venezolana.

Maduro busca ganar tiempo

Maduro busca avanzar en un posible diálogo con la oposición, sabiendo que eso sería tiempo ganado para recomponerse del asedio impulsado desde el imperio estadounidense.
El intento golpista de la oposición, auspiciado por Estados Unidos, buscó montarse en el descontento popular con la catastrófica situación económica que vive el país y el creciente autoritarismo del gobierno. El fracaso y el colapso del chavismo terminó llevando la situación de calamidades para el pueblo trabajador, avanzando hacia un bonapartismo reaccionario y represivo, lo que ha servido en bandeja la situación para que esta cruzada de la oposición derechista tome más cuerpo. Ensayando un senil discurso antiimperialista Maduro buscó ganar apoyo para mantener su gobierno, mientras se muestra proclive a negociar nuevas condiciones que le den una sobrevida al actual régimen.
El golpista Guaidó, y toda la derecha que lo respalda alentado de manera alevosa por el imperialismo, usa la demagogia de la democracia para favorecer la escalada injerencista norteamericana, con el apoyo de la derecha regional, en su cruzada en el subcontinente.
Esto ha llevado a que algunos sectores vean el apoyo al gobierno de Maduro, o el llamado a una mediación, como caminos para enfrentar la avanzada imperial. Pero lejos de esto el gobierno de Maduro no plantea ninguna alternativa al imperialismo, por el contrario, uno de los “logros” del chavismo en decadencia ha sido la desmoralización y decepción de amplios sectores populares, lo que se refleja en el bastardeo del significado de términos como “socialismo”, “revolución”, “nacionalización”, “poder popular”, “control obrero”, etc. generando así confusión ideológica y facilitando las cosas a la demagogia de la derecha.
Por otra parte, la catástrofe económica imperante con las calamidades que conlleva para todo el pueblo, sobre la que se ha montado la oposición de derecha con Guaidó a la cabeza, está llevando a que otros sectores se sumen a las movilizaciones impulsadas por la derecha producto del hartazgo imperante, cuando en verdad una salida de la mano del imperialismo y de esta oposición no hará más que redoblar las cadenas imperialistas sobre el país así como imponer planes de ataque a los trabajadores y al pueblo.

La necesidad de una salida independiente

Ni de la mano del imperialismo, ni de su títere Juan Guaidó, no se puede esperar algo a favor del pueblo trabajador. El plan económico presentado por la oposición derechista implica más ahogo en sus condiciones de vida y llevará a Venezuela un gobierno afín a los EE.UU., además de contemplar despidos masivos en el sector público (bajo el eufemismo "reducción del tamaño del Estado"), liberación total de precios, privatización de empresas y servicios públicos, mayor endeudamiento externo, entrega acelerada de la industria petrolera al capital transnacional.
Pero la sobrevida del gobierno de Maduro implica la continuidad del descalabro económico con medidas que terminarán haciendo estragos en la población y beneficiando a sectores empresariales incluidas las transnacionales. El gobierno, en medio de una gran debilidad, da manotazos de ahogado, con medidas que aumentan más la catástrofe social y económica, pero exonerando de ella a los grandes capitalistas y permitiéndoles hacer grandes negocios.
En medio de esta crisis exasperante, los trabajadores y el pueblo pobre son los que pueden y tienen el derecho de echar a Maduro y no el imperialismo y sus títeres con sus planes golpistas, levantando un programa propio que dé una salida progresiva en función de sus intereses fundamentales. Un programa que contemple medidas de emergencia para dar solución ya a los problemas que sufren millones.
Como plantean los compañeros de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS), acompañado de un programa obrero y popular de emergencia y demandas democráticas, es fundamental en la actual situación imperante "alentar el surgimiento y desarrollo de formas superiores de frente único de los trabajadores y los sectores populares, en el camino de constituir consejos obreros y populares, y acercar a las masas a la convicción de que es preciso, urgente e impostergable la toma del poder político en sus propias manos para instaurar un Gobierno obrero y popular, basado en los organismos de lucha que las propias masas se den".

Diego Sacchi
@sac_diego

jueves, 7 de febrero de 2019

Cómplice: hace décadas que Bergoglio sabe de las violaciones de monjas




Y no hizo nada. Hoy reconoce públicamente que curas y obispos violan, embarazan y obligan a abortar a religiosas en todo el mundo. En 2001 el Vaticano ya había sido sancionado por el Parlamento Europeo. Él ya era cardenal.

Este martes Francisco regresó al Vaticano luego de su gira estelar por los Emiratos Árabes. En el avión de vuelta lo acompañaban periodistas de algunos de los medios más grandes del mundo.
Allí le consultaron, por un lado, sobre la última edición de la revista vaticana L’Osservatore Romano, Mujeres Iglesia Mundo, donde se denuncia el silencio que reina en la Iglesia frente a los abusos sexuales contra monjas cometidos por sacerdotes y el consecuente ’escándalo’ de religiosas obligadas a cometer abortos o dar a luz niños que no son reconocidos.
También le preguntaron por sus expectativas respecto a la cumbre de la Iglesia del próximo 21 de febrero, para analizar el escándalo de los abusos sexuales contra menores por parte de miembros del clero. Y el Papa se despachó con algunas definiciones, tal vez inesperadas por sus acompañantes.

Confesiones de invierno

Primero recordó que Benedicto XVI, su antecesor, había “tomado medidas” contra una orden francesa porque todos sus sacerdotes reducían a la servidumbre sexual a varias de sus monjas. Y sin ningún filtro dijo que “no es que todo mundo haga esto, pero ha habido sacerdotes y obispos que lo han hecho. Y continúa, porque no es como que una vez que te das cuenta se detiene”. Más claro, echale agua bendita.
Sin dar ninguna explicación y mucho sin pedir perdón al mundo entero, Francisco reconoce como si tal cosa fuera que sabía desde hace años de las violaciones constantes de monjas por parte de curas y obispos en todo el planeta. ¿Ningún periodista le repreguntó lo obvio, por qué no hay desde hace años miles de curas presos en las cárceles del mundo? ¿Tan mal anda el periodismo?
No hay miles de curas presos en todo el mundo porque Bergoglio, al igual que su antecesor Ratzinger, que Wojtyla y que toda la caterva de cardenales no quieren, porque se encubren entre ellos mismos y porque en casi todo el mundo la Iglesia teje alianzas de compromiso mutuo con los Estados y el poder económico.
Pero incluso en un mundo plagado de esas obscenas relaciones, en 2001 el propio Parlamento Europeo se vio obligado por las circunstancias a emitir una resolución “resolución sobre la violencia sexual contra las mujeres y, en particular, contra religiosas católicas”. El texto completo puede leerse en español en la web del Parlamento Europeo. Compartamos algunos pasajes contundentes.

Denuncias desde 1994

La resolución del 5 de abril de 2001 (firmada en la ciudad francesa de Estrasburgo), dice que vistas todas las convenciones y declaraciones internacionales sobre derechos humanos, sociales, de la niñez y la adolescencia, de las mujeres y de las personas vulnerables, la denuncia de la revista estadounidense National Catholic Reporter sobre “un importante número de monjas católicas violadas por sacerdotes en al menos 23 países” cuestiona de forma directa a la máxima autoridad eclesiástica.
Fue en 2001. En febrero de ese mismo año Juan Pablo II lo nombró cardenal, máximo escalón en la carrera curial, con lo cual también se convirtió en miembro del Colegio cardenalicio, es decir la cohorte del monarca sucesor de Pedro. Bergoglio no podía no saber en ese momento de la resolución del Parlamento Europeo. ¿Y qué hizo entonces? Nada, se calló la boca.
La resolución del europarlamento recordaba que “la Santa Sede ha confirmado que estaba al corriente de la existencia de casos de abusos sexuales y violación de mujeres, incluidas monjas, por parte de sacerdotes católicos, habida cuenta, en particular, de que desde 1994 se han remitido al Vaticano al menos cinco informes sobre ese asunto”. ¿Tampoco sabía eso Bergoglio?
El Vaticano no adoptó “medidas adecuadas” a pesar de estar bien informado “acerca de esas violaciones de los derechos humanos”. “Varias de las monjas violadas también han sido obligadas a abortar y a dimitir o, en ciertos casos, han sido contaminadas por el virus del sida”. El portavoz del Vaticano Joaquín Navarro Valls “ha afirmado que el problema es conocido pero limitado desde el punto de vista geográfico”. Todas citas textuales de la resolución.
Con todo eso el Parlamente Europeo condenó “todas las violaciones de los derechos de la mujer así como los actos de violencia sexual, en particular contra religiosas católicas, y manifiesta su solidaridad con las víctimas”; pidió “que los autores de estos crímenes sean detenidos y juzgados”; que “las autoridades judiciales de los 23 países citados en los informes mencionados más arriba garanticen que se va a sacar a la luz, en términos judiciales, todo lo relativo a esos de casos de violencia contra mujeres”; a la Santa Sede le exigió “que tome en serio todas las acusaciones de abusos sexuales dentro de sus organizaciones, coopere con las autoridades judiciales y aparte a los autores de sus funciones oficiales”, al tiempo que “reintegre a los miembros de sexo femenino que hayan sido apartados de sus puestos por atraer la atención de sus superiores en relación con esos abusos”.
Por último, encargaba “que transmita la presente resolución al Consejo, a la Comisión, a las autoridades de la Santa Sede, al Consejo de Europa, a la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y a los Gobiernos de Botswana, Burundi, el Brasil, Colombia, Ghana, la India, Irlanda, Italia, Kenya, Lesotho, Malawi, Nigeria, Papua Nueva Guinea, Filipinas, Sudáfrica, Sierra Leona, Uganda, Tanzania, Tonga, los Estados Unidos, Zambia, la República Democrática del Congo y Zimbabwe”.

Menos pregunta Dios

¿Cuánto de todo eso no se enteró Jorge Mario Bergoglio en 2001? ¿Y en los años posteriores? Ahora dice que sí, que lo sabía y hasta que Benedicto había tomado cartas en el asunto. Una verdadera confesión que debe estar causando náuseas, descomposturas y crisis de nervios en muchas de las víctimas sometidas por sus colegas.
Apelando a su talento político, Bergoglio hizo algunos malabares retóricos para intentar salir airoso de la conversación. “Algunos clérigos fueron suspendidos por abusar de las religiosas, pero el maltrato de las mujeres es un problema de la sociedad en general, que aún las considera ciudadanas de segunda clase”, gambeteó. Porque, dijo, “es un problema cultural” ya que “la humanidad no ha madurado” y “en algunos lugares del mundo el maltrato llega al punto del feminicidio”.
¿Tampoco sabe Francisco que en muchísimos lugares de la Tierra la educación y la regimentación de las vidas (es decir, algo así como la cultura) llevan siglos moldeadas y formateadas por la misma institución que la que él se “casó” hace cincuenta años y que conduce desde hace seis? Vamos.
Enterado de las nuevas declaraciones del sumo pontífice, el abogado Carlos Lombardi, profesor de la Universidad de Cuyo, especialista en Derecho Canónico y asesor de la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico lanzó una reflexión contundente ante La Izquierda Diario: “Es una nueva infamia, una nueva mentira de Bergoglio, haciéndose el sincero, que reconoce con valentía histórica que sus curas y sus obispos violan monjas, las embarazan y las mandan a abortar”.
Para Lombardi lo del Papa es otro acting para proteger a la institución. “El Vaticano sabía del fenómeno, por lo menos, desde el 2001, año en que reconoció públicamente que cientos de monjas fueron violadas por misioneros. Estos hechos motivaron la sanción por parte del Parlamento Europeo”, recuerda.
El abogado, conocedor como pocos de las argucias y maniobras eclesiásticas, cierra con una definición: “el papa continúa su ‘cultura demagógica’ y deshonesta. La iglesia católica sigue siendo usina generadora de violencia de género, en su estructura, organización, funcionamiento y doctrina”.
De todo eso, de todo eso sí, Bergoglio sabe.

Daniel Satur
@saturnetroc

Trump, el muro y una llamativa arenga contra el socialismo




Trump se mostró alarmado por la creciente simpatía por el socialismo, que detectan las encuestas sobre todo entre los más jóvenes. Es un síntoma de una situación que está cambiando, hechos nuevos que no sucedían hace décadas.

Los discursos de los presidentes de Estados Unidos sobre el Estado de la Unión suelen ser aburridos y tediosos. Una puesta en escena ritual del poder político en pleno que, con algunas interrupciones, se ha regularizado desde principios del siglo XX una vez al año.
El discurso de Trump de 2019 no fue una excepción, aunque por la disputa con los demócratas por el shutdown del gobierno, fue en febrero. El libreto es conocido, y por lo tanto, ya se sabe a lo que hay que prestar atención para captar el estado de situación del establishment político-estatal: el grado de entusiasmo de los aplaudidores del partido oficial; la cohesión de la oposición de cómo presentarse ante el discurso presidencial –si aplaude, si elige hacer el vacío, o si se divide. Y los infaltables ciudadanos de a pie a los que el presidente pone como ejemplo de los valores americanos: militares de todas las guerras –desde la Segunda Guerra Mundial a las aventuras en Medio Oriente- policías, niños/as, padres y hermanos con alguna historia de superación personal.
En el terreno de la producción escénica del evento la nota la dieron las legisladoras demócratas que fueron vestidas de blanco, una estrategia para visualizar el avance que han logrado en las últimas elecciones de medio término. Las legisladoras hicieron su performance dirigidas por Nancy Pelosi, que desde las espaldas de Trump aplaudía políticas imperialistas, como la injerencia en Venezuela, o la hostilidad hacia China, mientras conducía con su dedo índice el caucus femenino.
En síntesis no hay mucho para resaltar. Nada fuera de lo esperado. Trump eligió la elipsis para referirse al Rusiagate con el que el FBI y los demócratas que lo tiene cercado, y habló de sus temas favoritos de campaña: el muro, la demagogia nacionalista y xenófoba hacia la clase obrera, su cruzada contra el aborto, y hacer grande de nuevo a Estados Unidos.
Lo que hizo más desopilante el discurso de Trump es el contraste entre su pintura de un mundo perfecto y la realidad. En el plano externo, la de una situación internacional en la que Estados Unidos actúa como un factor de inestabilidad y polarización. Y en el plano doméstico, la de un gobierno débil e inestable, que perdió el control de la cámara de Representantes y que sufrió una derrota en la pulseada del shutdown ejecutada por el partido demócrata pero propinada por el paro de los controladores aéreos que se hartaron de no recibir su salario y obligaron a Trump a retroceder. Es más, casi todos sus asesores de campaña están procesados, convictos o en acuerdos con la justicia, por el Rusiagate y otros escándalos.
Para encontrar una analogía habría que remontarse al fin de la presidencia de Richard Nixon. Los supuestos “adultos en la sala”, es decir el ala “realista” que incluye a los militares, ha sido desplazada de la Casa Blanca. Los reemplazan personajes como Bolton y Pompeo, que sintonizan bien con el “trumpismo”. Hay muchos cargos clave vacantes u ocupados por personal inexperto. Y con Elliott Abrams hicieron su regreso los neoconservadores que fueron los arquitectos del último desastre estratégico de envergadura para Estados Unidos en Irak y Afganistán.
La mayor contradicción discursiva de Trump es que a la vez que dijo que Estados Unidos y sus trabajadores están mejor que nunca, se mostró alarmado por la creciente simpatía por el socialismo, que detectan las encuestas sobre todo entre los más jóvenes.
Se sabe que para la derecha norteamericana, y sobre todo para sus expresiones más extremas, como el propio Trump o el Tea Party, cualquier política mínimamente redistributiva es “socialismo”. Incluso le decían “comunista” a Obama, que más allá del aura progre, fue el presidente que rescató con fondos estatales a Wall Street y General Motors, es decir al gran capital imperialista, de la crisis de 2008.
Los demócratas aplaudieron a rabiar el renovado juramento de Trump de que “Estados Unidos nunca será un país socialista” y aprovecharon para pasarle factura a Bernie Sanders, que enfrentó en la primaria demócrata a Hillary Clinton contraponiendo el establishment a una vaga revolución política y un “socialismo democrático”. El problema para la clase dominante no es Sanders, que no está por hacer ninguna revolución sino que propone algunas políticas similares al New Deal, y que ha demostrado ser muy valioso para contener la crisis del partido demócrata después de la derrota de los Clinton.
La campaña de Sanders no fue más que un revelador de un fenómeno político que es candidato a tener dimensiones y consecuencias históricas. En las condiciones de crisis orgánica, pos crisis de 2008, ha surgido una nueva generación a la vida política, que está en términos etarios más cerca de la crisis capitalista y del agotamiento de la hegemonía neoliberal que de la caída del muro de Berlín de 1989 y el triunfalismo capitalista que le siguió. Muchos de esos jóvenes, que son estudiantes, trabajadores precarios, mujeres, afroamericanos, latinos, se han sumado a las filas del DSA, un partido socialdemócrata reformista que se ha visto revitalizado y que hoy tiene más de 50.000 miembros. Y muchos de ellos, hoy protagonizan oleadas de huelgas como las de docentes, las de trabajadores de los fast food, o los controladores aéreos. Son síntomas de una situación que está cambiando, hechos nuevos que no sucedían hace décadas.
Sería uniltareal tomarlo como el único fenómeno. Existe la reacción, las extremas derechas en Europa, Bolsonaro y los gobiernos de las derechas latinoamericanas. El intento de golpe en Venezuela. Pero el despertar político de esta nueva generación es la buena nueva que viene del gigante del norte y, si se desarrolla, tiene el potencial de cambiar verdaderamente la historia. Y eso es lo que une al establishment político burgués, desde Trump hasta los demócratas “progresistas”.

Claudia Cinatti

miércoles, 6 de febrero de 2019

Venezuela define el futuro de toda la región




La autoproclamación de Guaidó es la apuesta golpista más ridícula y peligrosa de los últimos años. Con el descarado sostén de Washington, la derecha pretende colocar a un desconocido en la primera magistratura.
Esta vez la señal de largada no fue un acto terrorista, ni otro intento de asesinato de Maduro. Trump puso al frente de la escalada a varios expertos en conspiraciones (Abrams, Pence, Bolton, Rubio) y decidió capturar la empresa venezolana que opera en Estados Unidos (CITGO). Sepultó todos los principios de la seguridad jurídica, para comenzar la apropiación del petróleo de un país que concentra la principal reserva mundial de crudo.
Los gobiernos derechistas de Sudamérica propician el golpe por otras razones. Duque pretende enterrar los Acuerdos de Paz con la guerrilla, luego de encabezar el desmantelamiento de UNASUR. Ya alberga en Colombia al contingente de marines requerido para acompañar cualquier provocación.
Bolsonaro continúa identificando a Venezuela con todas las desgracias del "populismo". Con esa retórica encubre su improvisado debut en la presidencia y pospone la inevitable decepción de sus votantes.
Macri es un cruzado de la primera hora, que compite con otros servidores del imperio. Por eso redobla los actos de sumisión, designando a una funcionaria de su propio equipo como embajadora de Guaidó. Exime a los inmigrantes venezolanos del hostigamiento a los extranjeros, para que no se hable de la inflación, el desempleo o las tarifas. Fractura además a la oposición, compartiendo la denigración de Venezuela con los líderes del peronismo federal (Urtubey, Massa, Pichetto).
Sin el sostén del mandante norteamericano, Duque, Bolsonaro y Macri son totalmente inefectivos. Su "Grupo de Lima" no logró siquiera boicotear la asunción de Maduro. A esa ceremonia concurrieron más delegaciones extranjeras que a la investidura del delirante capitán brasileño.
La atomizada derecha venezolana actúa bajo las faldas de un presidente de fantasía. Nunca pudo ganar la elección presidencial y fracasó en todos los intentos de impugnación de esos comicios. Aceptó sin chistar el veto yanqui a las negociaciones con el chavismo y periódicamente se desbarranca con brutales acciones de violencia. Por el momento actúa como simple marioneta del Departamento de Estado y ha quedado sujeta a los humores tuiteros de Trump.

La doble vara

Los golpistas caribeños han reaparecido como grandes estrellas de los medios de comunicación. Cuentan con la complicidad de los periodistas, que atribuyen a Maduro una variedad de pecados visibles en otras administraciones de la región. El simple registro de esa similitud tornaría injustificable el complot o exigiría el mismo cambio de régimen en numerosos países.
Se resalta especialmente el carácter ilegítimo del gobierno venezolano, como si hubiera surgido de un fraude electoral. Pero en realidad fue ungido con la participación del 67% de la población, es decir con un porcentual superior a los últimos comicios de Chile o Colombia. Esta baja concurrencia de electores no induce a ningún comunicador a proponer el derrocamiento de Piñera o Duque.
Es cierto que un sector de la oposición convocó a la abstención, pero otro participó y los resultados finales no fueron impugnados. Tampoco se presentaron evidencias de fraude, en un sistema electoral que ha sido elogiado por varios organismos (Carter) y figuras (Zapatero) internacionales. Con la misma modalidad de votación fueron electas en el 2015 las autoridades de la Asamblea Nacional que lidera la oposición. Compartiendo un mismo cimiento electoral, Maduro es objetado y Guaidó es reconocido.
En las últimas dos décadas el régimen chavista ha celebrado 24 elecciones, que incluyen una significativa modalidad de revocatoria presidencial. Ese derecho no rige en ningún otro país de la región. La participación de los votantes no es obligatoria, pero ha sido habitualmente superior al promedio latinoamericano. La oposición nunca reconoce las derrotas y siempre justifica los resultados adversos con denuncias de fraude.
Con su habitual duplicidad, los comunicadores que critican esos comicios consideran totalmente normales las elecciones brasileñas, que se desarrollaron con Lula en prisión. Impugnan el sistema judicial venezolano, enalteciendo al magistrado que persiguió al líder brasileño (Moro). Ni siquiera objetan el premio ministerial que le otorgó Bolsonaro.
Los medios también denuncian la detención de líderes opositores (Carmona, Ledesma, López), pero omiten precisar las causas de ese encierro. No fueron a prisión por emitir opiniones críticas, sino por incentivar golpes de estado o por su complicidad con las sangrientas guarimbas callejeras. Al chavismo se le exige una conducta tolerante que no impera en ningún rincón de Latinoamérica. Se supone que debería ser comprensivo con los intentos de magnicidio.
Los comunicadores tampoco mencionan la brutal violación de los derechos humanos que practican los gobiernos más enemistados con Venezuela. Desde la suscripción de los Acuerdos de Paz, los paramilitares colombianos (amparados por el oficialismo) han asesinado centenares de líderes sociales. En Argentina se multiplican los presos políticos y rige la impunidad para los responsables de los crímenes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. En Brasil aumentaron los atentados contra los cooperativistas del MST y se destaparon los vínculos de los asesinos de la luchadora Marielle Franco con el hijo de Bolsanaro.
El chavismo es también denunciado por imaginarias conexiones con el narcotráfico. Pero los acusadores ocultan el comprobado financiamiento que brinda esa mafia a la derecha de Colombia. Ningún organismo internacional penaliza tampoco a ese país por el continuado cultivo ilegal de drogas. Lo ocurrido en México es mucho más grave. Todo su territorio quedó desgarrado por una masacre de 200.000 muertos, sin que la OEA promoviera alguna intervención regional.
Ciertamente Venezuela padece una emigración masiva como consecuencia del drama económico que afronta. Pero en coyunturas semejantes, estos mismos desplazamientos se han verificado en otros países. La miseria siempre empuja a buscar refugio en algún vecindario.
Si esas desgracias constituyen "crisis humanitarias", la misma caracterización correspondería aplicar a las migraciones equivalentes. Pero nadie presenta en esos términos la terrible huida de las familias centroamericanas hacia el Norte. Ese tormento no incentiva ninguna recolección piadosa de socorros. Sólo induce a construir un terrible muro fronterizo. Durante la guerra interna que vivió Colombia se registraron también masivos traslados humanos, que tampoco suscitaron convocatorias a la intervención extranjera.
Los grandes medios siempre coronan sus coberturas de Venezuela con alguna imagen de violación de la libertad de prensa. Pero los trastornos que retratan son irrelevantes, en comparación al sistemático asesinato de periodistas que han padecido México y otros países centroamericanos. Los fabricantes de mentiras aplican la doble vara a su propia actividad.

Contradicciones bajo la superficie

Basta recordar lo ocurrido en Irak y Libia para notar la gravedad de la amenaza actual. El imperialismo puede provocar destrucciones inimaginables. Si consuma una intervención de gran porte, América Latina perderá el resguardo que mantuvo frente a las catástrofes bélicas de África o Medio Oriente.
La derecha descarta ese peligro y supone que obtendrá un rápido triunfo, sin ningún costo. Ya anuncia la retirada del chavismo, el aislamiento de Maduro y la próxima deserción de la cúpula militar. También remarca la cohesión de su propio campo y el respaldo internacional unánime a su causa. Pero esas fábulas no resisten el menor análisis.
El propio comando de Washington está afectado por severas disidencias, en el difícil contexto político-judicial que afronta Trump. Los fiascos de Medio Oriente han multiplicado las prevenciones frente a cualquier incursión externa. Los militares yanquis están desconcertados y fueron obligados a retirar sus tropas de Siria y Afganistán. Las propuestas de repetir la ocupación de Granada o Panamá han sido desechadas y se pospone el típico ultimátum que precedió el ataque contra Hussein o Gadafi. Por ahora el Pentágono sólo evalúa operaciones acotadas, que comenzarían con el burdo pretexto de ingresar ayuda humanitaria.
Tampoco los socios europeos están dispuestos a participar en aventuras bélicas. Intervienen en el complot contra Venezuela sin emitir amenazas contundentes. Hay divergencias en el mando occidental, que han impedido consensuar la aplicación de sanciones en la OEA y en la ONU, mientras persiste la neutralidad del Vaticano.
Los conspiradores han tomado nota también del creciente protagonismo de Rusia en el aprovisionamiento del ejército venezolano. Esa presencia puede complicar la jugada petrolera de Trump, si se confirma la tenencia de acciones rusas en CITGO. No se sabe, además, quién será el principal perjudicado por esa expropiación. Algunos expertos estiman que Estados Unidos logró autonomizar su provisión del combustible venezolano. Pero esas compras aún representan el 13% de las importaciones y su cancelación podría impactar sobre el precio de la energía.
Todas las dificultades que enfrentan los golpistas son rigurosamente ocultadas por los medios. Despliegan una cobertura triunfalista, silenciando la ausencia de logros significativos de la derecha en la primera quincena del complot. Mientras los sobornos, las amenazas y las promesas yanquis no erosionen a las fuerzas armadas, Guaidó seguirá ejerciendo un mandato fantasmal.

Batallas en dos frentes

Es cierto que la derecha recuperó capacidad de movilización, pero el chavismo ha respondido con manifestaciones igualmente masivas. En el pico de la crisis social el gobierno mantiene una llamativa capacidad de convocatoria. Todos saben que el gobierno no entregará el poder por la simple repetición de marchas callejeras. La indefinición actual puede resultar muy problemática para la oposición.
Sus líderes afrontarán nuevamente el dilema de retomar la violencia (que los aisló en el 2017) o aceptar un status quo (que los desgasta). Por ahora evitan la repetición de las guarimbas en los barrios ricos, mientras ensayan algunas provocaciones en las zonas populares.
También el gobierno aprendió de las confrontaciones anteriores y se maneja con cautela. Tolera las fotogénicas apariciones de Guaidó, apostando a su paulatina desmoralización. Pero el derrumbe de la economía crea serios interrogantes sobre el acompañamiento popular en la batalla contra la derecha. Toda la sociedad venezolana está desgarrada por un colapso mayúsculo del ingreso.
La contracción del producto registrada en el último quinquenio ya destruyó el 30% del PBI. Esa regresión tiene el mismo alcance que la Gran Depresión sufrida por Estados Unidos en 1929-1932. La debacle golpea a todos los sectores.
La estratégica extracción de petróleo se ha reducido a la mitad y el financiamiento monetario del déficit fiscal ha provocado la mayor hiperinflación del siglo XXI. El índice de precios saltó del 300% (2016), al 2.000% (2017) y actualmente promedia una cifra incuantificable.
Esa escala demuele el salario, recrea el trueque y provoca una aguda escasez de alimentos y medicinas. Los padecimientos cotidianos son terribles y la supervivencia depende de las redes oficiales de abastecimiento (CLAPS).
Los medios de comunicación presentan este desmoronamiento como una inexorable consecuencia del "populismo chavista". Pero omiten la responsabilidad directa de los artífices de la guerra económica. El cerco exterior y el sabotaje interno desplomaron la extracción de petróleo, achicaron las reservas internacionales y encarecieron las importaciones básicas. Los capitalistas extranjeros y locales han provocado ese desmoronamiento, para facilitar el advenimiento de un régimen político afín a sus negocios.
Esta indescriptible adversidad de la economía ha sido agravada por la improvisación, la impotencia y la complicidad del gobierno. Maduro ha tolerado pasivamente el derrumbe de la producción. Rechazó todas las propuestas del chavismo crítico para penalizar a los burócratas corruptos y a sus socios millonarios.
Estas iniciativas constituyen el punto de partida para frenar el desmoronamiento del nivel de actividad. Incluyen un control efectivo sobre los bancos para impedir la fuga de capital, cambios radicales en la asignación de divisas al sector privado, gravámenes progresivos al patrimonio, incentivos a la producción local de alimentos y numerosas medidas para involucrar a la población en el control de los precios.
Este programa requiere además un replanteo de la deuda, para lograr un anclaje de la moneda que permita contener la hiperinflación. Ningún "petro" o "bolívar soberano" podrá funcionar, mientras subsista el amparo oficial a la boliburguesía. Esa franja de privilegiados sobrefactura importaciones, transfiere fondos al exterior y se enriquece con la especulación cambiaria y el desabastecimiento. La derecha no sólo está embarcada en tumbar el chavismo. También opera al interior de un gobierno que no frena la demolición de la economía.

Compromiso o neutralismo

Frente al agravamiento del conflicto, muchas voces proponen generar nuevas condiciones para que los venezolanos puedan resolver democráticamente su futuro. La legitimidad de ese principio es indiscutible. Pero el gran problema radica en precisar cómo implementarlo, puesto que si triunfa el golpe esa aspiración quedará definitivamente enterrada. La vigencia de la soberanía del país y la defensa de los derechos populares requieren ante todo la derrota de los escuálidos.
El conflicto en curso ya perdió su condición de "asunto interno" de Venezuela. La confrontación desbordó ese punto de partida territorial y actualmente involucra a toda la región. Los dos principales fogoneros de la crisis tienen objetivos muy precisos. Estados Unidos pretende recuperar el dominio pleno de su patio trasero y las clases dominantes locales intentan sepultar todas las demandas populares, que emergieron durante la década pasada.
Si los golpistas logran derrocar al chavismo, avanzarán inmediatamente sobre Bolivia y Cuba, para extender el autoritarismo neoliberal a todo el continente. En Venezuela se disputa el freno o la extensión de esa oleada reaccionaria.
Esta disyuntiva ha sido correctamente percibida por los partidos, organizaciones e intelectuales que rechazan el golpe en forma categórica. Esa contundencia se verifica en su impulso de movilizaciones antiimperialistas. Las vacilaciones que se observaron durante las guarimbas del 2017 han decrecido significativamente. Los propósitos de la derecha están a la vista y son evidentes los daños irreparables que causaría un Bolsonaro en la presidencia de Venezuela.
El dramatismo de esa perspectiva no atempera ninguna de las objeciones al rumbo que ha seguido el gobierno chavista. Pero resulta indispensable situar esos cuestionamientos en un campo común de batalla contra los golpistas.
Esta lucha exige superar también las posturas de ambigua neutralidad que transmiten ciertos pronunciamientos. Esas declaraciones toman distancia de los protagonistas del conflicto situándolos en un mismo plano. Cuestionan con la misma vara a Maduro y a Guadió sugiriendo una ilegitimidad compartida. Critican simultáneamente el autoritarismo del régimen y las aventuras de la oposición. Objetan tanto la amenaza militar de Estados Unidos como la presencia geopolítica de Rusia.
¿Pero esa condena conjunta de Maduro y Guaidó supone el desconocimiento de ambos? ¿Implica la abstención frente a las marchas que convoca el gobierno y la oposición? ¿Entraña una indiscriminada condena de los marines y del ejército bolivariano?
Los neutralistas elogian la actitud de los gobiernos de México y Uruguay, que promueven la inmediata reanudación de las negociaciones entre ambas partes. Esa iniciativa abre un canal de conversaciones que Maduro ya aceptó y Guaidó rechaza.
Es evidente que la concreción de esas tratativas dependerá del desenlace de la lucha. La derecha no aceptará negociar mientras vislumbre alguna posibilidad de capturar el gobierno. Derrotar esa pretensión es la condición para recomponer las tratativas. Los resultados de esas conversaciones reflejarían, además, el balance de fuerzas. Derrotar a la derecha es la categórica prioridad del momento. En esa batalla se juega el destino de América Latina.

Claudio Katz
Aporrea

lunes, 4 de febrero de 2019

Las hadas de la Comuna de París




Es la historia de las famosas petroleras de la Comuna de París quienes para sus detractores incendiaron la ciudad. Un mito para desacreditar la lucha de las mujeres y borrarlas de la historia.

La creación de este mito sin dudas se convirtió en un estandarte de lucha en la Comuna de París de 1871 cuando se formó el primer gobierno obrero de la historia entre marzo y mayo de ese año. Hablamos de las trabajadoras petroleras.
Repasando un poco de historia, la comuna surgió tras la caída del Segundo Imperio ante los prusianos que pusieron a Francia de rodillas frente a un enemigo que lograba su unificación, pasando a ser Alemania. Los saldos de la guerra franco-prusiana habían sido altos en cuanto a vidas y por sobretodo en cuanto a lo económico y social. Como consecuencia se instauró forzadamente la Tercera República (cuyo sistema político era un bote para salvar a la burguesía quienes eran responsables de la derrota militar).
La derrota era vista como “la debacle”, denominada así por el extenso libro de Emilie Zola. Aparecen preguntas obvias ¿Qué hacer luego de haber sido vencido por el enemigo? ¿Quién pagará el coste de la guerra? La respuesta es la de siempre, los trabajadores y el pueblo pobre.
Las reglas de la guerra implicaron que el pueblo se sacrificara y se pusiera de rodillas ante la derrota, mientras la clase política y económica enriquecida buscó salvarse y desligarse de responsabilidad. En este caso transformándose en una república (borrón y cuenta nueva). El tratado de Frankfurt refleja aquello, se entregaría a Alemania la ciudad de Alsacia y Lorena, y no solo eso, sino que Francia debe pagar 5000 millones de francos de compensación, de lo contrario el ejército de Bismarck ocuparía Francia hasta que cada ciudadano pagase por los sueños imperialistas de Napoleón III. Ante este escenario la sublevación de París no es extraña.
En respuesta la capital fue tomada por los comuneros, los y las trabajadoras de París, ante una Francia devastada. Los parisinos se pusieron de pie izando las banderas rojas para defender la ciudad de los alemanes y de los propios franceses pertenecientes a otras comunas. El trasfondo de la historia no es patriótico sino todo lo contrario, los comuneros no se levantaron por la defensa de la patria sino por el derecho a determinar sus condiciones de existencia ante la ilusoria consigna igualdad, fraternidad y libertad de la revolución francesa y ante la ocupación extranjera.
Los comuneros buscaban la conformación de un gobierno proletario por lo que no se rendirían tan fácilmente ante el gobierno provisional de Adolphe Thiers, quien comandó la masacre de la revolución de 1848, y pretendía entregarle París a los prusianos como parte del tratado de rendición incondicional. En este contexto comenzó el mito protagonizado por las petroleras, mujeres combativas que redujeron a cenizas gran parte de París.
Para hablar de ellas hay que entender que las mujeres fueron el principal bastión de la resistencia: fueron llamadas a organizarse. Siguiendo a Andrea D’Atri [1], en los primeros días de abril, los diarios publicaban una convocatoria en la que se les pedía a las parisinas apoyar el combate de sus maridos y hermanos y también tomar las armas ellas mismas. Era la convocatoria de Elizabeth Dmitrieff, representante de la Primera Internacional enviada a París, que llamaba a poner en pie comités de mujeres en todos los distritos y formar la Unión de Mujeres por la Defensa de París.
La Unión de Mujeres organizó numerosas asambleas públicas, sus comités organizaban la provisión de víveres, enviaban ambulancias y atendían a los heridos. La ciudad era un laberinto de barricadas descrita por W. Benjamín en su Libro de los Pasajes: “La barricada es resucitada durante la Comuna. Es más fuerte y segura que nunca. Se extiende a través de los grandes bulevares, a menudo alcanzando una altura de dos pisos, y protege las trincheras detrás de ella”.
Las mujeres fueron las primeras en acudir al combate cuando el Ejército de la Asamblea Nacional precedida por Thiers intentó arrebatarles los cañones. Fueron la principal resistencia para que éstos no pusieran un pie en la ciudad que se encontraba rodeada. La victoria o la muerte se definirían calle por calle.
Prender fuego, todo a su paso, no era la idea para combatir de los comuneros ni tampoco pretendían llevarse la ciudad con ellos. El fuego no era una venganza sino una forma de defensa. Antes de la retirada quemaban los edificios para que el enemigo no pudiera usarlos como resguardo, lo usaban para cortar el avance enemigo en las avenidas o quemar cadáveres que se apilaban ante la matanza; para que éstos no sean usados como trofeo o sean transmisores de enfermedades que diezmaran las filas. Otros eligieron usarlo para quemar lo que realmente les interesaba a los burgueses: la propiedad. Por lo que ver en llamas el Palacio de las Tullerías y demás edificios emblemáticos representaba algo tan imponente como fue en la Revolución francesa de 1789 la toma de la Bastilla.
Las mujeres encendieron las barricadas de París dirigidas por la escritora Louise Michel, docente y una de las precursoras principales de la vertiente feminista anarquista. Combatieron junto a los hombres siendo parte de la Guardia Nacional de la Comuna que buscaba una sociedad de igualdad de derechos dando una lucha heroica. Popularmente estas mujeres luchadoras fueron denominadas las incendiarias o petroleras (petroleuses). Fueron señaladas como las responsables de los incendios en París por la prensa que las satirizaba con el objetivo de ridiculizarlas en su lucha. Fueron perseguidas bajo aquel estereotipo.
Es recordada la imagen del diario Le Fígaro publicado en un folletín donde representaban a las comuneras con la imagen de una mujer que cabalga sobre una hiena, dejando tras su paso las llamas negras de las casas que ardían. Las petroleras representaban lo que una mujer no debía ser, eran feas, marimachos, rameras y malas madres [2]; culpables de crímenes imperdonables como subvertir el orden. Corrió el rumor de que las furias lanzaban petróleo ardiendo a los sótanos. Toda mujer mal vestida o que llevaba un cacharro para leche, una botella vacía, podía ser acusada de petrolera [3] es decir una mujer pobre que buscaba alimentar a su familia.
Esta imagen construida por la prensa burguesa trataba de deslegitimar los principios y la lucha de la Comuna y el buen nombre de quiénes fueron sus protagonistas principales. Las mujeres, quienes se mostraban rebeldes e ingobernables ante un orden social que las oprimía y demostraban su voluntad de transformarlo en el campo de batalla.
Las petroleras estaban instaladas en la imagen popular incluso como brujas. Un cuento de 1873 de Alphonse Daudet relata el juicio a una de las “brujas locas”. Posiblemente se trate de la figura de Louise Michel en su juicio. Compartiré los siguientes fragmentos que pertenecían al alegato de una de estas mujeres:
“Sí, rían cuanto quieran. Ya acaban de comprobar qué es un pueblo que carece de hadas. Ya han visto a todos esos aldeanos burlones y bien comidos abrir sus arcas del pan a los prusianos y guiarlos por los caminos […] Si nosotras hubiéramos estado en nuestro sitio, ninguno de los alemanes que han entrado en Francia habría salido vivo. Nuestros fuegos fatuos los habrían arrastrado hacia las ciénagas; en todas las claras fuentes que llevan nuestros nombres, habríamos vertido brebajes encantados que los habrían vuelto locos […]. Los campesinos habrían luchado. Con las hermosas flores de nuestros estanques habríamos elaborado bálsamos para los heridos; con los “hilos de la Virgen”, habríamos tejido hilas; y en el campo de batalla, el soldado agonizante habría visto al hada de su aldea inclinarse sobre sus ojos a medio cerrar para mostrarle un trozo de bosque, un recodo del sendero, cualquier cosa que le recordase su tierra. Así es como se hace la guerra nacional” [4].
Las mujeres recibieron el peor de los castigos ante la derrota. Lissagaray relata las humillaciones que sufrían estando presas tratando de quitarles la dignidad. Aquello debía servir para toda mujer que se atreviese a levantarse y desobedecer lo pensase dos veces. Eran golpeadas no solo por sus carceleros sino en las plazas públicas por todo aquel que se considerase “de bien”. Mercereau, veterano “cent-gardes”, tenía a su cargo aquella sentina, hacía amarrar a las detenidas que no le caían en gracia, las golpeaba con su bastón, paseaba por sus dominios a las bellas damas de Versalles, curiosas de ver petroleras, decía delante de ellas a sus víctimas: “¡Vamos, pícaras, bajad los ojos!”.
Muchas en las cárceles en Versalles y Montmartre fueron golpeadas, violadas y obligadas a abortar o dieron a luz niños muertos, algunas se volvieron locas. Sin embargo nunca pudieron doblegarlas.
La caza de brujas era un hecho. Bastaba con ser mujer y ser pobre para ser apresada. Las mujeres como en el combate ocuparon la primera fila en las ejecuciones ante la derrota de la Comuna, muchas mujeres comuneras fueron acusadas de petroleras terminaron siendo ejecutadas, otras lograron huir o fueron deportadas con suerte. Así es como se intentó eliminar o tergiversar de la historia a miles de mujeres valientes organizadas. Hoy muchas otras la están escribiendo sosteniendo las antorchas de las luchas de las anteriores generaciones en las calles. Nada es definitivo la historia está siempre queda abierta.
Como decía en uno de sus cuentos Alphonse Dauder: “¡Ay! ¿Dónde están ya las hadas de Francia? Todas han muerto, señores. Yo soy la última; no queda ninguna más que yo… Y de verdad es una lástima, porque Francia era mucho más hermosa cuando aún vivían sus hadas”.

Juan C. Cisnero

[1] D’Atri, Andrea, La participación de las mujeres en la Comuna de París”, en https://www.eldiario.es/contrapoder/louise_michel_6_471812820.html, consultado el 08-01-2019.
[2] Gulllickson, Guy, Mujeres sin reglas en la Comuna de París, Cornell University.1992.
[3] Lissagaray, Oliver, Historia de la Comuna de París. FCE. Barcelona. 1990.
[4] Daudet, Alphonse, Cuentos del lunes, ediciones Zig-Zag. Chile. 1946.

domingo, 3 de febrero de 2019

Juan Sartori y sus amigos




Sartori y Bolsonaro en Davos

De formación tecnocrática y con una oscura carrera internacional en las finanzas, desde hace unos meses ha lanzado sorpresivamente su campaña presidencial usando el viejo discurso de “gestión”, rodeado de “amigos” empresarios, militares y políticos derechistas.

Juan Sartori ha incursionado sorpresivamente en la política criolla lanzando su campaña presidencial en los últimos meses, confirmando posteriormente su adherencia dentro de la interna del Partido Nacional. El empresario radicado por años en Europa, financista y dueño de un club de fútbol inglés y con inversiones en el agro uruguayo dio la noticia de su entrada al mundo político luego de deshacerse de, según él, de la mayoría de sus negocios hasta ahora.
Su estrategia es una mezcla de demagogia y discurso apolítico de gestión que intenta ganar adhesiones mostrando su “capacidad” para administrar el país así como lo hizo con sus empresas. Sus polémicas declaraciones, su enigmático vínculo con la fortuna de su suegro el magnate ruso Dmitri Rybolovlev, y el frío recibimiento en la interna del Partido Nacional han sido fuente de publicidad y polémica desde el lanzamiento de su campaña.

Devolvé la bolsa

¿Quién es Juan Sartori? Es un empresario internacional de origen uruguayo, de formación tecnocrática en prestigiosas universidades. Es miembro fundador de Union Group, grupo inversor concentrado en el área de las comodities y el sector inmobiliario en América Latina.
Es yerno del magnate ruso Dmitri Rybolovlev arrestado recientemente en Francia por corrupción y que forma parte de la casta de burócratas rusos devenidos en capitalistas en base al pillaje de los bienes públicos de la extinguida ex URSS.
Este magnate le obsequió a su hija y esposa de Sartori Ekaterina Rybolovleva, la isla griega de Skorpios por motivo de su cumpleaños número 25 en una muestra de obscena opulencia. De acuerdo a medios de prensa se lo identifica como de confianza del presidente ruso Vladimir Putin y es investigado también en EEUU por su relación con Donald Trump a quien en 2008 le compró una mansión por 95 millones de dólares de los cuales se calcula que hay un sobre precio de 54 millones. La estimación del monto de la fortuna del magnate ruso es de 10 mil millones de dólares.
En Uruguay opera a través de la firma Union Agriculture Group especializada en el sector agropecuario, dueña de decenas de miles de hectáreas y cabezas de ganado. Esta empresa debe en el sector financiero uruguayo unos 63 millones de dólares de los cuales 43 millones de dólares corresponden al estatal Banco República que lo tiene calificado como “deudor irrecuperable”.
Su mano derecha en esta empresa es Óscar Costa un coronel retirado que fue oficial (Alférez según lo confesó en twitter en polémica con Victor Hugo Morales) durante la dictadura militar y vinculado al Partido Nacional. También con Costa fundaron la ICC, International Cannabis Corp aprovechando el nuevo negocio de marihuana legal, hasta vender dicha empresa a la empresa canadiense Aurora. Ambos abandonaron UAG en junio de este año, conservando el 20% de las acciones del grupo. Según la publicación argentina Noticias Juan Sartori es dueño del portal de noticias ECOS.

Macrismo tardío o cómo gobernar un país como si fuera una empresa

Juan Sartori se suma a la lista de empresarios devenidos a políticos como fenómeno internacional y en particular de Sudamérica como el chileno Piñera o el argentino Macri. La presentación es la “buena gestión” y la renovación de la política, vendiendo como soluciones a los problemas del país la gestión “eficiente” como si fuera una empresa.
Si bien lo Sartori por ahora lo disimula, expresándolo sutilmente mediante su defensa del pragmatismo: “mi plan no va a ser de Sartori ni de un gurú de la seguridad o de la educación sino el que recibamos de la gente, elaborado de una manera profesional y bien concreta. Denme un poco de tiempo para ir evolucionando en propuestas concretas y pragmáticas.” y la solución de “problemas concretos”, o su oposición de esto frente a la “ideología”: “Yo veo a mucha gente enfrentada por temas ideológicos o históricos, que quizás hoy no sean tan importantes. Entonces, me gustaría escuchar a todos y tener planes para todos, pero no planes teñidos de mucha ideología. Soy una persona pragmática que quiere resolver problemas. Creo que hay que tener ideas, ejecutar las cosas, hay que organizarlas y hacerlas realidad.”
Los trabajadores y los sectores más humildes ya saben lo que significa el gobierno de los CEOS, en los ejemplos de Chile y Argentina, con sus políticas de favores al gran capital de recortes de impuestos, ataque a los servicios públicos como la educación y la salud, “apertura al mundo” del país o sea “libre comercio” para garantizar las ganancias del capital transnacional y los negocios del capital criollo, pauperización de las condiciones de vida del pueblo trabajador, entre otras perlas del “exitoso” modelo para el beneficio de unos pocos.

Las soluciones del “sentido común” burgués

El trabajo y el empleo son dos elementos permanentes en el discurso de Sartori, para enseguida vincularlo a lo “caro” que es tener una empresa en Uruguay, sin especificar mucho más a qué se refiere salvo en el argumento de los “altos impuestos”.
El empresario se presenta con su experiencia de gestión que viene a dar una solución nacional. Sostiene que no hay intereses contrapuestos de clase, sino problemas entre individuos y de gestión. La nación bien gestionada no tendría los problemas que tiene porque argumenta que “la gente” con su “sentido común” tiene las soluciones y “los políticos” no la escuchan.
Pero el sentido común es la ideología hegemónica y en su mayor parte es la ideología del capital, en particular por ejemplo discursos a media verdad como que “las cosas se administran mal” o “hay corrupción”, sin ir a la raíz fundamental de esos problemas que es el propio sistema capitalista. No será novedad cuando el señor Sartori avance en publicitar su plataforma programática, hasta ahora oculta, presentando como solución las recetas del “buen gestor” incorruptible por todos ya conocida y que en realidad “los políticos” ya la usan abundante.

Indicios de ideología

Por más que diga que no la tenga y se cuida mucho de ser explícito arguyendo que a él le interesa “lo concreto”, muestra la imagen del joven empresario exitoso y buen gestor, con su pragmatismo sobre “lo concreto”, demuestra la reedición de un viejo discurso para el que el problema no es el capital sino la incapacidad de los individuos (que no tienen una capacidad o predisposición “emprendedora”), la mala gestión y las distorsiones en el mercado (ocasionada habitualmente por “los políticos tradicionales”) que impiden la libertad de empresa.
La pobreza, el desempleo, los bajos salarios, se explican por estas supuestas causas y no por la naturaleza intrínseca del capitalismo que necesita de bajos salarios para obtener más ganancias, de desempleo para tener un ejército de reserva que tire a la baja el salario de los que tienen suerte de tener un empleo, etc.

Mostrando la hilacha

En entrevista con el periódico La Diaria el empresario devenido en político eludió opinar casi sobre cualquier tema argumentando su “pragmatismo”, pero sobre el tema derechos humanos opinó abiertamente diciendo que es un tema ideológico y cada vez menos relevante. Quizás porque su socio Óscar Costa es un ex militar de la dictadura, oficial (alférez) del Batallón Florida conocido centro de tortura y asesinato, confesado por el mismo Costa en polémica por twitter con Víctor Hugo Morales.
En las palabras del mismo Sartori “Eso es un tema ideológico que venimos cargando desde hace tantos años... y cada vez es menos relevante. ¿Cuántas personas que votan habían nacido en esa época? A mí me gusta enfocarme y hablar de qué vamos a hacer mañana. No me gusta en general meterme a revisar la historia, o ver qué lado tenía razón, qué lado hizo las cosas bien o mal. Para mí son temas que no son de actualidad y que no son prioridad (…) Lo transforman todo en un tema ideológico. Entonces, hoy no es para nada la prioridad de acción, el tema en el cual hay que enfocarse o pasar tiempo discutiendo. Yo soy de otra generación, hay cosas que me ocupan más. Mi visión es esa. Estamos redondeando. ¿No?”
Posteriormente Sartori para acomodar el cuerpo trató de arreglar la brutal declaración argumentando que lo mal interpretaron y que iba a destinar fondos para la búsqueda de desaparecidos. Tal vez Sartori le debería preguntar a su gran amigo y socio empresarial – político Costa, qué sabe él sobre la represión en dictadura y los desaparecidos, dado que fue oficial en el Batallón Florida en los años más duros de la represión dictatorial.

Amigo de Bolsonaro

“Ve y quita a la izquierda de allí” eso le dijo Bolsonaro a Sartori en el Foro de Davos según las palabras del propio Sartori, encuentro durante el cual hizo buenas migas con el ultraderechista brasileño. Sartori para no quedarse atrás respondió que solo quedaban dos países en Sudamérica para tal tarea (Venezuela y Uruguay) y él se encargaría del 50%.
Además aseguró que la charla con el ultraderechista fue “privada y muy buena”, donde se estableció una relación “de confianza” y para "trabajar juntos con algunos objetivos comunes para nuestro continente".
En sintonía con estas declaraciones no demoró en alinearse con la avanzada imperialista sobre Venezuela, asegurando que sobre ese tema la posición es “una sola: desconocer a Nicolás Maduro, reconocer a Juan Guaidó y reclamar elecciones democráticas”.

Historia selectiva

En sus propias palabras se identifica con la historia del Partido Nacional: “Estudiando la historia me sentí en más sintonía con el PN. Me identifico con su historia y con su proyecto político hoy. Por eso decidí hacer mi carrera política ahí.” Pero a su vez desprecia la discusión sobre el terrorismo de Estado. Su visión selectiva de la historia hace omisión de una época donde la miseria de los trabajadores y el pueblo uruguayo se profundizo como nunca antes.
Luego habla de los “problemas de la gente” como si los mismos hayan aparecido de la nada, como si éstos no tuvieran nada que ver con historia de opresión y explotación que ha sufrido el pueblo uruguayo por parte de los capitalistas locales e internacionales y sus representantes políticos entre ellos su propio partido.

La hipocresía del Partido Nacional

Desde la entrada al Partido Nacional distintos dirigentes, sobre todo Jorge Gandini, han protestado airadamente contra Sartori e incluso lo han acusado de su historial oscuro y de las deudas que mantiene con el BROU. Lo cierto es que lo dejaron entrar por más que presenten el argumento poco creíble de que “entró por la ventana” ¡qué fácil es entrar al Partido Nacional! ¡Sobre todo si se tiene una billetera bien gorda! Además de que como empresario del agro es un fiel representante del sector de clase históricamente identificado con este partido.
Acerca de los dichos de Sartori sobre los desaparecidos el Partido Nacional salió a desmarcarse hipócritamente enseguida declarando que para ellos “los derechos humanos son un tema de primerísimo nivel”. Declaración que viene de parte de un partido pilar de la impunidad del régimen post dictadura, redactores y defensores de la tristemente célebre Ley de Caducidad y militantes activos contrarios a su eliminación en los dos plebiscitos que se dieron históricamente.
Además de su constante discurso a favor del olvido y el “dar vuelta la página”, no perdiendo oportunidad de defender a los criminales de lesa humanidad agitando constantemente la teoría de los dos demonios, entre otras perlas. Tampoco el Partido Nacional demostró su interés por los derechos humanos cuando en su último gobierno durante la presidencia de Luis Alberto Lacalle en que se dio la represión más sangrienta y asesina de las últimas décadas en las inmediaciones del Hospital Filtro con un saldo de dos muertos (los últimos dos asesinados políticos en democracia durante una manifestación) y decenas de heridos.

No todos los jóvenes somos garcas

Hablando de sentido común, el discursito de que a los que nacimos después de la dictadura no nos interesan las discusiones de la dictadura y los desaparecidos, no es nada nuevo sino que es un sentido común introducido intencionalmente por el régimen político de impunidad y los sectores de poder (económico, militar, mediático) interesados en que las nuevas generaciones no se preocupen de esos temas. El “joven” empresario y recién bajado del avión, amigo de un ex milico de la dictadura, nos viene a decir como pensamos los jóvenes.
Nosotros decimos que es mentira que a los jóvenes (generalizando) no nos interesan esos temas, habemos muchos jóvenes que sí nos interesan esos temas y pensamos que es imprescindible el conocerlos como causa que explican en mucho nuestro presente y de los peligros y lecciones hacia futuro no por nada, cada vez van más jóvenes a la Marcha de Silencio.
Por eso no somos neutrales frente a los criminales de lesa humanidad y exigimos justicia, no somos neutrales ante la necesidad de los familiares y sobre todo las madres como Luisa Cuesta que se van muriendo de encontrar y enterrar los restos de sus seres queridos, no somos neutrales ante los miles de trabajadores y jóvenes uruguayos que sufrieron persecución, cárcel y tortura.
Habemos muchos jóvenes gritamos bien fuerte que tomamos partido del lado de los trabajadores y jóvenes revolucionarios que pelearon por un mundo mejor que este en el que nacimos y que pensamos que a los “jóvenes” que no les interesan todas estas cosas les debería interesar, incluso pensando en su propio futuro.

Sebastián Artigas

sábado, 2 de febrero de 2019

Plan País de la derecha: una Venezuela neoliberal con más deuda y entrega




La oposición de derecha quiere vender al pueblo venezolano las fórmulas que están fracasando y haciendo crecer la pobreza en Argentina.

Liberación, empoderamiento, reinsertarse en el mundo. Con estas palabras de manual, Juan Guaidó presentó el jueves pasado en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, el Plan País, el proyecto con el que la derecha golpista pretende transformarse en socia menor de la entrega al imperialismo.
Más allá de su formulación, con la que pretende dialogar con el hastío de los trabajadores y el pueblo con la situación de ahogo económico, social y político reinante -de la que el chavismo y Maduro son responsables- lo cierto es que es una receta bien conocida por los países dependientes como los latinoamericanos.
“Un Estado que esté al servicio de la gente”, una generalidad que busca hacer pasar como universal un plan que visa los intereses del minoritario sector empresarial, significa promover “el emprendimiento, la competencia”, en un marco de libertad y reglas claras para que los “ciudadanos empoderados” puedan “superar la pobreza y generar oportunidades para sí mismos, para los suyos y para la sociedad como un todo”. Eso sí, solo aquellos que cuenten con las “capacidades” para ello.
Cualquier similitud con el verso del “empreendedorismo” con el que el macrismo pasó gato por liebre en Argentina para desarrollar la brutal transferencia de recursos del pueblo trabajador a los banqueros y especuladores, no es mera coincidencia. La apología del individualismo y la meritocracia es el fondo ideológico con el que los capitalistas de todo el mundo pretenden convencer a las grandes mayorías empobrecidas que si no pueden salir de la pobreza es porque no son competitivos, porque no tienen las capacidades o no hacen el suficiente mérito para ello.
El plan lo aclara, por las dudas: “Empoderar a los ciudadanos implica Restablecer los mecanismos de mercado y las libertades económicas que le permiten a la sociedad organizarse de manera autónoma para resolver sus problemas. Levantar el sistema de controles que ahoga a la producción nacional, recrear un sistema judicial independiente que garantice la propiedad privada, el estado de derecho y proteja al ciudadano. Adelantar una política social solidaria que permita sortear la emergencia y contribuya a que los venezolanos alcancen todo su potencial.”
O sea, libertad para que los empresarios hagan sus negocios sin controles, una justicia que garantice su propiedad y migajas para los pobres.
“Reinsertar al país en el concierto de naciones libres del mundo” es quizás el ítem más específico para demostrar el carácter entreguista del Plan País. Su objetivo de aprovechar la "ayuda" de la "comunidad internacional" podría terminar en mayor endeudamiento, privatizaciones al estilo menemista -como las que Paulo Guedes pretende hacer en Brasil con Bolsonaro- y ventajas para el gran capital imperialista, como modo de lograr alguna “lluvia de inversiones”, como las que prometió Macri en Argentina.
El plan contiene la clásica receta neoliberal: financiamiento externo, sistema de anclaje cambiario y recesión para frenar la inflación, recapitalizar la banca, reactivar el mercado de capitales, promover las inversiones internacionales con desregulación para el saqueo y garantía de la propiedad privada, concesión de los servicios públicos a los empresarios, reestructuración de la deuda, entrega del petróleo al capital extranjero. No podía faltar la típica “reducción del Estado”, es decir, despidos masivos en el sector público.
Con el detalle de la tercerización de la asistencia social, desplazando los "mecanismos de distribución centralizados, irregulares y sujetos a corrupción y exclusión" por "mecanismos de distribución desarrollados por la iniciativa privada y las organizaciones que se encuentran atendiendo la Emergencia Humanitaria Compleja".

Queda claro al servicio de qué gente la derecha quiere poner el Estado.

Para revertir la baja producción de petróleo, el Plan País propone una nueva Ley de Hidrocarburos que permita "que el capital privado sea accionista mayoritario en proyectos petroleros" y "diseñar un régimen fiscal competitivo", o sea, exenciones impositivas para los que quieran expoliar los recursos petroleros y gasíferos. Al servicio de este plan entreguista y pro imperialista el Estado sí se agranda y se creará la Agencia Venezolana de Hidrocarburos.
Para lograr servicios públicos de calidad, licitación al sector privado. A lo que si el Estado deberá dedicar recursos es en las fuerzas represivas: además de duplicar la cantidad de jueces antes del primer año de gestión, poner más efectivos, equipamientos y tecnología para la policía, más recursos de inteligencia, más cárceles.
Si la población no rechaza más abiertamente este plan es porque años de chavismo han llevado a un hundimiento social que habilita este tipo de salidas. Su desastrosa política económica pudo redistribuir algo de la agigantada renta petrolera durante algunos años, pero lejos estuvo de implementar un plan de cambio profundo de la estructura económica que le permitiese salir de la enorme dependencia del capital extranjero, sea estadounidense, ruso o chino.
El verdadero empoderamiento de las masas laboriosas es el que le permita imponer un plan económico y político que responda a sus intereses, y que pueda ser debatido y decidido democráticamente en sus propias organizaciones.

Isabel Infanta
@isabel_infanta

Peculiaridades del imperialismo estadounidense en América Latina

Entender el imperialismo como un fenómeno general pierde de vista su 'modus operandi' en cualquier contexto específico y significativo
Si bien el ejercicio del poder imperialista es una estrategia común, sus motivos, instrumentos, objetivos y participación varían, dependiendo de la naturaleza del gobernante imperial y el país objetivo.
Venezuela, el objetivo actual del presidente de EEUU, Donald Trump, es un caso que ilustra las "peculiaridades" de la política imperialista. Procederemos a delinear los antecedentes, las técnicas y el impacto de la toma de poder imperial.

Antecedentes históricos

EEUU tiene una larga historia de intervención en Venezuela, principalmente para obtener el control de su riqueza petrolera. Durante la década de 1950, Washington respaldó una dictadura militar, dirigida por Pérez Jiménez, hasta que fue derrocada por una alianza masiva de partidos socialistas revolucionarios, nacionalistas y socialdemócratas. Washington no pudo y no intervino; en cambio, se alió con los partidos Acción Democrática (AD) de centro-izquierda y COPEI de centro-derecha, que procedieron a declarar la guerra contra la izquierda radical. Con el tiempo, los EEUU recuperaron la hegemonía hasta que la economía entró en crisis en la década de 1990, lo que condujo a levantamientos populares y masacres estatales.
Los EEUU no intervinieron inicialmente ya que consideraban que podían cooptar a Hugo Chávez porque no estaba afiliado a la izquierda. Además, los EEUU estaban militarmente comprometidos con los Balcanes (Yugoslavia) y el Medio Oriente y se preparaban para las guerras contra Irak y otros países nacionalistas que se oponían a Israel y apoyaban a Palestina.
Usando el pretexto de una amenaza terrorista global, Washington exigió la subordinación a su declaración de una "guerra mundial contra el terrorismo".
El presidente Chávez no se sometió. Declaró que "uno no lucha contra el terrorismo con el terrorismo". Los EEUU decidieron que la declaración de independencia de Chávez era una amenaza para la hegemonía estadounidense en América Latina y más allá. Washington decidió derrocar al presidente electo Chávez, incluso antes de nacionalizar la industria petrolera de propiedad estadounidense.
En abril de 2002, los EEUU organizaron un golpe militar-corporativo, que fue derrotado en cuarenta y ocho horas por un levantamiento popular respaldado por sectores militares. Un segundo intento de derrocar al presidente Chávez fue puesto en marcha por los ejecutivos del petróleo a través de un cierre patronal. Fue derrotado por los trabajadores petroleros y los exportadores de petróleo de ultramar. La revolución nacional-populista de Chávez procedió a nacionalizar las corporaciones petroleras que apoyaron el "cierre patronal".
Los fallidos golpes de estado llevaron a Washington a adoptar temporalmente una estrategia electoral fuertemente financiada a través de fundaciones y ONG controladas por Washington. Las repetidas derrotas electorales llevaron a Washington a cambiar a boicots electorales y campañas de propaganda diseñadas para deslegitimar el éxito electoral del presidente Chávez.
Los fallidos esfuerzos de Washington por restaurar el poder imperialista se desbordaron. Chávez aumentó su apoyo electoral, expandió el control estatal sobre el petróleo y otros recursos y radicalizó su base popular. Además, Chávez aseguró cada vez más el respaldo de sus políticas antiimperialistas entre el gobierno y los movimientos en toda América Latina y aumentó su influencia y vínculos en todo el Caribe al proporcionar petróleo subsidiado.
Si bien los comentaristas atribuyeron el apoyo y la influencia masiva del presidente Chávez a su carisma, las circunstancias objetivas propias de América Latina fueron decisivas. La derrota de la intervención imperialista por el presidente Chávez puede atribuirse a cinco objetivos y condiciones.
1. La profunda participación de EEUU en múltiples guerras prolongadas al mismo tiempo, incluso en Oriente Medio, el sur de Asia y el norte de África, distrajo a Washington. Además, los compromisos militares de EEUU con Israel socavaron los esfuerzos de EEUU para reenfocarse en Venezuela.
2. La política de sanciones de EEUU tuvo lugar durante el auge de las materias primas entre 2003 y 2011, que proporcionó a Venezuela los recursos económicos para financiar programas sociales nacionales y neutralizar los boicots locales por parte de aliados de los EEUU.
3. Venezuela se benefició de las crisis neoliberales de la década de 1990-2001 que llevaron al surgimiento de gobiernos populares nacionales de centro-izquierda en toda la región. Este fue especialmente el caso de Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia y Honduras. Además, los regímenes "centristas" en Perú y Chile se mantuvieron neutrales. Más aun, Venezuela y sus aliados aseguraron que EEUU no controlara las organizaciones regional.
4. El presidente Chávez como ex oficial militar aseguró la lealtad de los militares, socavando los planes de EEUU para organizar golpes de estado.
5. Las crisis financieras mundiales de 2008-2009 obligaron a los EEUU a gastar varios billones de dólares para rescatar a los bancos. Las crisis económicas y la recuperación parcial fortalecieron la mano del Tesoro y debilitaron la influencia relativa del Pentágono.
En otras palabras, si bien las políticas imperiales y los objetivos estratégicos se mantuvieron, la capacidad de los EEUU para perseguir las conquistas se vio limitada por condiciones objetivas.

Circunstancias que favorecen las intervenciones imperiales

Las circunstancias inversas que favorecen al imperialismo se pueden ver en tiempos más recientes. Estos incluyen cuatro condiciones:
1. El fin del auge de las materias primas debilitó las economías de los aliados de centro-izquierda de Venezuela y llevó al surgimiento de regímenes de extrema derecha, peones dirigidos por los EEUU, así como a aumentar las actividades golpistas de los opositores respaldados por los EEUU del recientemente electo Presidente Maduro.
2. La falta de diversificación de las exportaciones, los mercados, los sistemas financieros y distributivos durante el período expansivo condujo a una disminución en el consumo y la producción y permitió que el imperialismo atrajera a los votantes, especialmente consumidores de clase media y media baja, empleados, comerciantes, profesionales y empresarios.
3. El Pentágono transfirió su enfoque militar de Medio Oriente a América Latina, identificando peones militares y políticos entre regímenes clave, a saber, Brasil, Argentina, Ecuador, Perú y Chile.
4. La intervención política de Washington en los procesos electorales de América Latina abrió la puerta a la explotación económica de los recursos y al reclutamiento de aliados militares para aislar y rodear a la Venezuela nacionalista y populista.
Las condiciones externas objetivas favorecieron la búsqueda imperial de dominación de Washington. Las configuraciones de poder oligárquicas domésticas reforzaron la dinámica de la intervención imperial, la dominación política y el control sobre la industria petrolera.
El declive de los ingresos petroleros de Venezuela, la movilización de la base electoral de la élite y su sabotaje sistemático de producción y distribución tuvieron un efecto multiplicador. Los medios de comunicación y la autoproclamada derecha electoral abrazaron el golpe de estado de extrema derecha de EEUU que manipuló la retórica democrática y humanitaria.
Washington incrementó las sanciones económicas para matar de hambre a los partidarios chavistas de bajos ingresos y movilizó a sus peones europeos y latinoamericanos para exigir la rendición de Venezuela mientras planeaba un sangriento golpe militar.
La etapa final del golpe militar planificado y organizado por los EEUU requirió tres condiciones:
1. Una división dentro del ejército proporciona al Pentágono y a los planificadores del golpe de estado una "cabeza de puente" y un pretexto para una invasión "humanitaria" de los EEUU.
2. Un liderazgo político negociador, que persigue diálogos políticos con adversarios que se preparan para la guerra.
3. La congelación de todas las cuentas en el extranjero y el cierre de todos los préstamos y mercados de los que Venezuela sigue dependiendo.

Conclusión

El imperialismo es un aspecto central del capitalismo global estadounidense. Pero no puede lograr sus objetivos y medios cuándo y cómo lo desee. Los cambios globales y de régimen en la correlación de fuerzas pueden frustrar y retrasar el éxito imperial.
Los golpes pueden ser derrotados y convertidos en reformas radicales. Las ambiciones imperialistas pueden ser contrarrestadas por políticas económicas exitosas y una alianza estratégica.
América Latina ha sido propensa a los golpes de Estado y las intervenciones militares. Pero también es capaz de construir alianzas regionales, de clase e internacionales.
A diferencia de otras regiones y objetivos imperiales, América Latina es terreno para las luchas de clase y antiimperialistas. Los ciclos económicos acompañan el ascenso y la caída de las clases y, como consecuencia, el poder imperial avanza y se retira.
La intervención de los EEUU en Venezuela es la guerra más larga de nuestro siglo (dieciocho años), superando la invasión estadounidense de Afganistán e Irak. El conflicto también ilustra cómo los EEUU confían en peones regionales y aliados en el extranjero para brindar cobertura a las tomas de poder imperiales.
Si bien los golpes son frecuentes, sus consecuencias son inestables: los peones son débiles y los regímenes están sujetos a un levantamiento popular.
Los golpes estadounidenses contra los regímenes populares conducen a masacres sangrientas que no logran asegurar una consolidación a gran escala a largo plazo.
Estas son las "peculiaridades" de los golpes de América latina.

James Petras

viernes, 1 de febrero de 2019

Martí, Cuba y el Equilibrio del Mundo.


Fuera el imperialismo de Venezuela y America Latina




Macri, Guaidó y Bolsonaro, los títeres de Trump

El gobierno norteamericano ha dispuesto un bloqueo económico contra Venezuela. Los 5.000 soldados que Donald Trump ha resuelto enviar a Colombia podrían ser el primer paso de una intervención militar.
Esta escalada ha sido justificada en nombre de la“democracia” y los “derechos humanos”. Cuando históricamente los golpes de Estado de Latinoamérica y del mundo han sido orquestados desde Washington.
Cuando el imperialismo es el principal promotor de las guerras y las catástrofes humanitarias, en primer lugar, en Medio Oriente y el norte de Africa. Donald Trump viene persiguiendo a los migrantes y está empeñado en levantar un muro con México.
Este brutal atropello ha sido saludado por los principales gobiernos latinoamericanos.
Ninguno de ellos, sin embargo, está habilitado para hablar en nombre de la "democracia". Ni el fascista Bolsonaro, rodeado de militares, que revindica la dictadura militar brasileña y plantea una persecución ideológica de sus opositores. Ni Macri, que pretende profundizar un giro represivo, acentuando la criminalización de la protesta social.
Macri no está solo en esta cruzada. Massa, Pichetto y Urtubey han dado su reconocimiento al falso presidente designado por la Casa Blanca.
A esto se suma el silencio estruendoso de Cristina Kirchner. El bloque de diputados de Unidad Ciudadana propuso el ‘diálogo’ -o sea, una negociación con los golpistas.
Quienes defienden el intervencionismo yanqui en Venezuela anticipan que gobernarán en Argentina aplicando los planes del FMI. Ya lo vienen haciendo: le han votado a Macri más de cien leyes y aplican rigurosamente su ajuste en las provincias que les toca gobernar.
Llamamos a los trabajadores a movilizarnos en común en todo el continente contra esta intentona imperialista. La derrota de esta escalada será un golpe a todos los gobiernos latinoamericanos que actúan como cómplices y secuaces del imperialismo yanqui y vienen llevando adelante rabiosamente acuerdos con el FMI y planes de guerra contra el pueblo trabajador.
La lucha contra el golpe no puede implicar ningún apoyo al régimen de Maduro. Estamos ante una camarilla cívico-militar descompuesta, responsable de haber llevado a los trabajadores a un callejón sin salida.
Por una salida política de los trabajadores para Venezuela y para el conjunto del continente.
Por la unidad socialista de América Latina.

Prensa Obrera