miércoles, 15 de agosto de 2018

La crisis en Turquía que arrastra a la economía argentina




La tormenta económica que azota Turquía viene gestándose desde hace tiempo, y tiene entre sus causas la mayor vulnerabilidad de este país emergente a los vaivenes internacionales, desde la apreciación del dólar a la suba de las tasas de interés en Estados Unidos.

El derrumbe de la lira turca dio un salto el viernes 10 de agosto con respecto a las caídas de los últimos meses. Y aún no tocó fondo. El lunes 13 siguió en picada y arrastró también a la baja a los mercados europeos, por el famoso temor al efecto contagio al que son tan sensibles los mercados.
Muchos analistas alertan que esta crisis tiene el potencial de una mancha venenosa que podría extenderse a la economía internacional, que a pesar de la recuperación exhibe los signos preocupantes que llevaron al estallido de la crisis de 2008.
Pero la crisis turca tiene un costado netamente geopolítico. Porque quien le dio el empujón a la lira cuesta abajo fue nada menos que el presidente norteamericano, Donald Trump quien decidió castigar a Turquía con un aumento en las tarifas sobre el acero y el aluminio.
Erdogan parece sufrir una importante desorientación sobre la política exterior de Estados Unidos bajo la presidencia de Trump. El presidente turco decidió emprender el camino de la confrontación diplomática con Washington en un momento poco oportuno, porque quien ocupa la Casa Blanca ha cambiado la lógica de la diplomacia norteamericana. Ya no aplica la “moderación” y el “multilateralismo” que adoptó Barack Obama para remontar el fracaso ruidoso del unilateralismo y las “guerras preventivas” de George W. Bush, de las que aún queda la pesada herencia de la ocupación de Afganistán, y remontar la decadencia del poderío imperial norteamericano.
Este cambio del “multilateralismo” al “America First” es lo que están comprendiendo a los golpes quienes se habían acostumbrado a un liderazgo de Estados Unidos que pretendía ser “hegemónico” y que priorizaba la estabilidad como condición en primer lugar de la prosperidad propia, pero que derramaba también a la ajena. El portazo en la cumbre del G7, el desaire a los socios europeos de la OTAN, las guerras comerciales no solo contra rivales sino también contra socios tradicionales. Como resultado las relaciones con Alemania y la UE están en su punto más bajo. Esto incluye a Gran Bretaña, un socio privilegiado que ha actuado históricamente como caballo de Troya norteamericano en la UE.
Trump hace ostentación mediante medios poco diplomáticos de esta política agresiva. Y tiene otros predicadores del mensaje como su exasesor Steven Bannon que asumió el rol de organizador de la internacional de los populistas de extrema derecha, nacionalistas y xenófobos. Fue un detalle de color que mientras Trump fustigaba a sus aliados de la OTAN Bannon reunía en un coqueto hotel de Londres a dirigentes de estas variantes euroescépticas. Y no oculta sus simpatías por el proto fascista Jair Bolsonaro que consecha la segunda intención de voto detrás de Lula en Brasil.
Erdogan por ahora eligió el camino del desafío, esperando que la importancia geopolítica de Turquía como bisagra entre Europa y Asia, y que además es miembro de la OTAN desde 1952, haga que Trump afloje la soga con la que lo viene estrangulando.
El emergente del conflicto diplomático es la negativa de Erdogan de liberar a Andrew Brunson, un pastor norteamericano que tiene preso desde 2016 acusado de supuesto terrorismo. Según algunos medios, la intención de Erdogan era canjearlo a Brunson por Hakan Atilla, un banquero preso en Estados Unidos, acusado de haber propiciado un esquema financiero para burlar las saciones norteamericanas contra Irán.
En un acto durante el fin de semana, Erdogan acusó a Trump de cambiar un aliado estratégico por un pastor. Y desde las páginas del New York Times recordó otras afrentas como la falta de cooperación de Washington para entregar a Fethullah Gulen, el clérigo musulmán acusado por Ankara de ser el promotor del intento fallido de golpe contra Erdogan en 2016. Y también la alianza táctica de Estados Unidos (que empezó bajo Obama y siguió con Trump) con las milicias radicales kurdas en Siria, contra las que Turquía lanzó su propia guerra.
Erdogan usó un tono de advertencia: si Washington optaba por mantener una “relación asimétrica” Turquía buscaría nuevos aliados y amigos, leáse China y Rusia. De hecho, luego de una crisis diplomática peligrosa con Moscú por un incidente en la guerra civil en Siria, Erdogan y Putin han recompuesto sus relaciones. Y para indignación de Estados Unidos y Bruselas, Turquía acaba de comprarle a Rusia un lote significativo de misiles y otras armas defensivas.
Pero ni China ni Rusia, menos aún Qatar que también cuenta entre posibles aliados alternativos, parecen tener la intención de reemplazar al FMI.
Y las opciones de Edogan parecen limitadas. En el plano interno, su retórica nacionalista es completamente reaccionaria. El presidente turco encabeza un régimen bonapartista autoritario, basado en el retorno de un islamismo moderado, que se cimenta en medidas neoliberales y un recrudecimiento contra la minoría kurda.
Luego del intento de golpe de 2016 esta persecución se agudizó y las cárceles se poblaron con decenas de miles de presos políticos, entre ellos intelectuales, periodistas, sindicalistas y dirigentes políticos opositores, en particular del Partido Democrático de los Pueblos que ha tomado la causa nacional kurda junto con otras reivindicaciones democráticas, y es acusado de terrorismo.
Es verdad que Turquía tiene una gravitación propia no solo en la política en el Medio Oriente. Tiene bases de la OTAN. Y es un socio estratégico de Estados Unidos que tiene fronteras terrestres con Siria e Irán y comparte orillas del Mar Negro con Rusia. Además, Erdogan transformó a Turquía en un muro de contención de las oleadas de inmigrantes desesperados que tratan de llegar a la Unión Europea.
Pero ni el potencial de contagio que tiene la crisis turca ni el rol de gendarme del régimen de Erdogan parecen ser garantías suficientes para eximirlo del ejercicio de imperialismo agresivo de Trump, para quien no hay intangibles excepto el interés nacional norteamericano.

Claudia Cinatti

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