El pedido de detención de Uribe por parte de la Corte Suprema es un shock político para Colombia. La Corte Suprema ordenó la detención domiciliaria del ex presidente por casos de sobornos y manipulación de testigos, en el proceso de una denuncia hecha hace varios años por el diputado del Polo Democrático, Iván Cepeda. Uribe es senador nacional y la Corte impuso una medida de aseguramiento para que no pueda utilizar sus fueros, por lo que deberá cesar su rol de legislador. Al ser elegido Senador en 2014, perdió su fuero presidencial y a partir de allí, sus actos quedaron bajo la tutela de la Corte Suprema de Justicia. “En el caso de Uribe proceden las mismas circunstancias que recién sacaron del cargo de gobernador de Antioquia, Aníbal Gaviria. Cuando la Fiscalía resolvió imponerle medida de aseguramiento consistente en detención domiciliaria” (semana, 4/8). No va a la cárcel, sino que cumplirá prisión domiciliaria (cárcel por casa), decidido por los magistrados.
La causa tiene que ver con el momento en que Cepeda quiso interpelar a Uribe en el Senado, acusándolo de organizar y financiar a la organización paramilitar más grande de Colombia (las Autodefensas Unidas Colombianas). Uribe solicitó pedir la investigación del legislador del Polo Democrático, y durante el proceso fue acusado de haber sobornado a un paramilitar para que atestigüe contra Cepeda. La semana pasada la fiscalía imputó cargos al abogado de Uribe, Diego Cadena, por ofrecer 200 millones al paramilitar Carlos Enrique Vélez y ayuda al otro paramilitar, Juan Guillermo Monsalve, para declarar a favor del ex presidente (el tiempo, 4/8).
Contra Uribe “se tiene una serie de interceptaciones en las que se demostrarían los presuntos sobornos a Monsalve y otros exparamilitares para que cambiaran su testimonio y exculparan al expresidente además de señalar que el senador Cepeda los había comprado para incriminar a su contradictor” (infobae, 4/8).
Duque salió a pedir la libertad de Uribe, horas antes de la definición. “Ya nadie está pidiendo que no se avance, que no se haga justicia, pero que se haga con las garantías de hacerse en libertad”, planteó el mandatario.
Crímenes de lesa humanidad y narcotráfico
Los motivos de su detención no tienen que ver con crímenes de lesa humanidad y de corrupción durante su presidencia. Uribe, desde sus comienzos en la política en Antioquia, tuvo manifiestos vínculos con el tráfico de drogas y el cartel de Medellín dirigido por Pablo Escobar. Posteriormente como gobernador de Antioquia crea las “fuerzas convivir”, bandas paramilitares para expulsar y matar trabajadores y campesinos, defender los intereses de los hacendados y los intereses del capital internacional. Esto da pie a la formación de las Autodefensas Unidas Colombianas (AUC) que impulsa el fenómeno paramilitar en el país, un ataque directo al movimiento obrero y campesino. Entre los delitos que se le conocen están las denuncias por “falsos positivos”, donde el ejército asesinaba campesinos, opositores políticos y los hacía pasar por caídos del enemigo en incursiones del ejército. Como también diferentes masacres a poblaciones civiles y decenas de atentados. Estos actos criminales y otras violaciones de los derechos humanos marcaron sus períodos presidenciales.
Uribe expresó el ascenso de una camarilla ligada al narcotráfico, las fuerzas armadas y a la concentración de tierras expropiadas a los campesinos. Uribe durante décadas fue la persona más poderosa de Colombia: “uno de los más grandes escándalos del Gobierno de Álvaro Uribe Vélez tiene que ver con las interceptaciones ilegales a jueces, periodistas y miembros de la oposición, las cuales se orquestaron desde el extinto organismo de inteligencia adscrito a Presidencia y que se conocen como las “chuzadas del DAS”; de las cuales fueron víctimas varios magistrados del Supremo colombiano” (ídem).
Crisis política y social
El país atraviesa uno de los más duros períodos, que combina una crisis sanitaria y económica aguda. Claudia López, alcaldesa de Bogotá y el presidente Iván Duque tratan de minimizar el colapso sanitario e ignoran los reclamos de las asociaciones de trabajadores de la salud. La pandemia está haciendo estragos: los barrios más pobres son escenarios de cortes de calles para pedir comida.
Mientras Duque anuncia el éxito de la reapertura, Colombia tiene más de 9.000 fallecidos por Covid-19 y 9.000 muertos extra por otras enfermedades dentro de la pandemia, y más de 270 mil contagiados. Petro, candidato a presidente por Colombia Humana, dijo que el 90% de los muertos venían de los barrios más pobres de Bogotá (estrato 1, 2 y 3). Se obliga a volver al trabajo, y las nuevas disposiciones definen que no se hagan testeos, sino el aislamiento y la vuelta al trabajo después de ese aislamiento. Las protestas entre el personal médico crecen, ya que la amplia mayoría no tiene contrato laboral y les adeudan meses de salario.
La crisis también se desató por las denuncias sobre las fuerzas armadas por corrupción y abusos sexuales. Las fuerzas armadas y Duque ordenaron que más de 800 militares participaran en la fallida operación de destitución del gobierno Venezolano, junto a Trump.
Los acuerdos de paz implosionaron. Aumentaron los asesinatos políticos de líderes sociales, indígenas, ambientalistas y sindicalistas, y hay denuncias de que bandas criminales y paramilitares tomaron territorios desmovilizados (prensa-latina, 31/7). Las FARC dicen que ya son 220 los exguerrilleros firmantes de la paz asesinados desde la firma del Acuerdo y casi 1.000 los líderes sociales exterminados desde entonces (nodal, 4/8).
La crisis política y social en Colombia se agudiza como en todo el continente. Las condiciones que hicieron salir a millones de colombianos a las calles el año pasado e impulsar tres huelgas generales, las primeras en 40 años, no sólo no están superadas, sino que están agravadas por la pandemia y la crisis política.
Emiliano Monge
05/08/2020
viernes, 7 de agosto de 2020
jueves, 6 de agosto de 2020
Engels: la condición obrera

A propósito del 125 aniversario de su muerte
En 1892, Friederich Engels repasa una nueva edición de aquello que había publicado cuando tenía 24 años: “la primera cosa inglesa”. En aquel entonces, estaba de regreso en Barmen, su ciudad natal, tras su estadía en Manchester, y terminaba de escribir una extensa y detallada denuncia de La situación de la clase obrera en Inglaterra: sus extenuantes jornadas de trabajo (“aquél que desde la infancia, cada día, por doce horas o más, ha hecho alfileres o pulido peines… ¿qué sentimientos humanos y qué aptitudes puede tener después de los treinta años?”), sus barrios y viviendas (“en esas habitaciones solo una raza no ya humana, degradada, enferma del cuerpo, moral y físicamente rebajada al nivel de las bestias, puede sentirse feliz y a su gusto”), sus vestimentas (“los trajes son un harapo”), su comida diaria (“las papas compradas por los obreros son, en su mayor parte, malas; las legumbres pasadas, el queso viejo y de mala calidad, el tocino rancio, la carne flaca, vieja, dura, de animales viejos o enfermos, a menudo ya medio podrida”), la vida de las mujeres trabajadoras (“regresan a la fábrica tres o cuatro días después de dar a luz, dejando desde luego la criatura en la casa; durante las horas de descanso, ellas corren deprisa a sus casas para amamantar al niño y comer ellas mismas un poco”).
Aquel libro era el lado oscuro de los discursos celebratorios sobre el capitalismo, un alegato contra la burguesía (“tan profundamente desmoralizada, tan irremediablemente corrompida por el egoísmo, íntimamente corroída e incapaz de todo progreso”), que dirige el mundo (“hipócritamente, bajo la apariencia de la paz y aún de la filantropía”) para ocultar la “guerra social”, abierta, contra el proletariado. A la economía política de la burguesía -cuyas armas son la propiedad privada (“la posesión directa o indirecta de los medios de subsistencia”) y la fuerza del Estado (“la burguesía no puede tener frenado al proletariado sin el Estado, que le es necesario”)-, el joven Engels contraponía la economía política de la clase obrera y los principios de una guía para la acción revolucionaria. El grado de desarrollo del capitalismo impulsaba también al proletariado a su organización colectiva, a la lucha por su emancipación, a encontrar una salida a la guerra declarada por la burguesía a través de la revolución (que “debe venir, es ya demasiado tarde para llegar a una solución pacífica del conflicto”).
La situación… fue el fruto tanto de su experiencia personal (“es la condición de la clase obrera inglesa, tal como yo la conocí en veintiún meses, con mis ojos”), recorriendo las calles y estableciendo lazos políticos con los cartistas y los exiliados alemanes, como de sus primeras lecturas de la teoría económica burguesa, de los reportes oficiales y de artículos periodísticos.
Tres situaciones
Pero fue, sobre todo, el resultado de tres situaciones anudadas en las que persistió porfiadamente a lo largo de su vida. Por un lado, esa larga conversación intelectual, que iniciara en esos mismos años y que iría madurando hasta la muerte de su amigo. Las charlas, los intercambios de cartas, las obras en común, los trabajos que uno firma por el otro, la escritura periodística y la fundación de periódicos, los dos tomos de El capital que Engels terminara de editar y componer en el nombre de Marx. Se ha hablado mucho sobre esas relaciones que, como apuntó Lenin, “superan a todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad”. Pensar con Marx, ir juntos desembarazándose de su herencia filosófica y política -la ideología alemana- para construir una teoría y una práctica revolucionarias.
También -la segunda situación- pensar en y a través de la polémica: contra el enemigo de clase, contra la sagrada familia de los intelectuales críticos, contra las tendencias conservadoras, oportunistas o antipolíticas que se expresaban en el movimiento obrero y frente a las cuales se oponía el programa comunista y la organización de los trabajadores en un partido revolucionario.
Finalmente, pensar en y desde la lucha de clases. A partir no solo de la comprensión de la historia de la humanidad sino también de su intervención en ella: forjando relaciones con la vanguardia obrera allí donde despuntara un movimiento de lucha (en Inglaterra, en Francia, en Alemania); combatiendo desde las barricadas en la revolución alemana del ’48 o creando comités de apoyo a la Comuna de París; como factor clave en la fundación del Comité Comunista de Correspondencia de Bruselas y de la Liga Comunista, en el desarrollo de la Primera y el fortalecimiento de la Segunda Internacional, en la defensa de la causa de las naciones oprimidas (Polonia, Irlanda), en la orientación de los primeros partidos comunistas (en Alemania, en primer lugar, pero también en Francia, Bélgica, Austria, Suiza, Noruega, Dinamarca).
Fue de los más sólidos pensadores revolucionarios, a quien se le aplica, además, aquello de que nada del mundo le era ajeno a su perspectiva materialista: literatura, historia, economía, filología, ciencias naturales, matemáticas y hasta la ciencia militar, a la que cada vez prestó más atención -sobre todo después de la derrota de la primavera de los pueblos-, reflexionando sobre los más puntuales aspectos de la estrategia militar, la necesidad de evitar las derrotas del pasado y de concentrar todas las fuerzas para conquistar el gobierno de los trabajadores.
Una controversia saldada
En la biografía de Tristram Hunt (Marx’s General, 2009) se insiste en la conversión a última hora del revolucionario, el tópico consolatorio que atribuye los excesos a pecados de juventud, otro modo de exorcizar el fantasma de la revolución. Según el historiador inglés, antes marcado por la condición posmoderna que por la obrera, “Engels se había inclinado al final de su vida por abogar por un camino pacífico y democrático hacia el socialismo”, mientras mantenía siempre “el derecho moral a la insurgencia”. Una observación sin referencia, que parece aludir al prólogo de Las luchas de clases en Francia (1895), su última publicación.
La controversia en torno de este texto es demasiado larga de exponer -está documentada en otra biografía, la de Heinrich Gemkow y otros (1970), y fue saldada. Basta referir que Engels había aceptado la solicitud de la dirección de la socialdemocracia alemana para que suavizara el tono revolucionario del prólogo, a fin de no dar fundamentos a las clases dominantes que preparaban un proyecto de ley sobre actividades subversivas. Sobre ese trabajo, cuya nota residía en la valoración del crecimiento del partido alemán por la vía electoral, alertaría poco después a Paul Lafargue: que podrían usarla “para apoyar la táctica de la paz a cualquier precio y de la oposición a la fuerza y la violencia… pero estoy predicando estas tácticas solo para la Alemania de hoy, e incluso con una condición importante. En Francia, Bélgica, Italia y Austria, estas tácticas no se pudieron seguir en su totalidad y en Alemania podría volverse inaplicable mañana”. De hecho, su sospecha se confirmaría más tarde: Eduard Bernstein asumiría ese prólogo como su testamento político para justificar un programa de transición pacífica al socialismo.
El viejo Engels -lógicamente sin poder imaginar estos revisionismos póstumos- repasa una vez más La situación de la clase obrera en Inglaterra. Se dice que “lleva el sello de su juventud tanto en lo bueno como en lo malo” y encuentra que no tiene nada de qué arrepentirse.
Santiago Gándara
miércoles, 5 de agosto de 2020
Escala la tensión bélica en Libia

Detengamos la barbarie imperialista
A fines de julio, el parlamento egipcio habilitó al Poder Ejecutivo, en manos de Abdelfatah Al-Sisi, a poder intervenir militarmente en el vecino país de Libia. Esta resolución es la muestra más saliente de la escalada en las tensiones bélicas que está teniendo lugar entre las distintas facciones nativas libias (con sus respectivos aliados foráneos), que se disputan el control de ese territorio. El país africano entró en un estado de disolución y división completa luego de la invasión imperialista que derribó al reaccionario gobierno de Muamar Gadafi en 2011. La actual situación refleja que esa intervención imperialista, lejos de revestir un carácter humanitario ante un gobierno que reprimía violentamente a la rebelión popular encuadrada en la primavera árabe, buscaba preservar los intereses de los monopolios extranjeros, ponerle un freno a la acción independiente de las masas y erigir un régimen títere. Este último objetivo se encuentra completamente empantanado.
Balcanización
Libia actualmente se encuentra dividida en dos bloques principales. Uno en el oeste del país, alrededor de Trípoli, la capital, donde reside el Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), un gobierno constituido en 2015 a partir de una elección parlamentaria y de un precario acuerdo entre las fuerzas políticas actuantes en ese momento. El GAN es reconocido oficialmente por la ONU y apoyado por Italia, Qatar y, especialmente, por Turquía. El otro bloque controla la mayor parte del este y el sur, con capital en Tobruk y está dirigido por Jalifa Haftar, un “señor de la guerra” que desconoce la constitución del GAN ya que denuncia que fue organizado bajo presión de potencias extranjeras y con una elección legislativa ilegítima. Haftar, quien fuera opositor a Gadaffi, controla buena parte del antiguo ejército libio y cuenta con el apoyo de Rusia, Francia, Emiratos Árabes Unidos y Egipto. Estados Unidos por su parte viene manteniendo lazos con ambos bandos. Tanto las potencias de la Otan como los gobiernos árabes aparecen divididos en la contienda, apoyando a uno u otro bando.
La situación militar parecía llegar a una resolución a fines del 2019 con el avance de las fuerzas de Haftar sobre Trípoli, pero la intervención de Turquía le puso un límite a esa ofensiva y le permitió a las fuerzas del GAN iniciar un contraataque que las llevó a la posibilidad de tomar Sirte, una ciudad portuaria estratégica para la exportación de petróleo. Este nuevo viraje en la situación militar es la causa de la resolución egipcia favorable a una intervención directa de sus fuerzas armadas en apoyo a Haftar, en el marco de una escalada militar general. Junto con esto, ha aumentado el tráfico de armas organizado por las distintas potencias, aun cuando rige una prohibición internacional de venta de material bélico a cualquiera de las facciones. A comienzos de junio se estuvo al borde de una batalla naval entre buques franceses y turcos cuando los primeros buscaron detener un barco de transporte de bandera tanzana presumiblemente repleto de armamentos en camino a Trípoli, lo que fue impedido por la marina turca (El País 3/7). A principios de julio, una base aérea en territorio libio controlada por Turquía fue bombardeada por aviones de origen ruso o francés, y en los últimos días, fue noticia el arribo de nueve aviones de transporte rusos cargados de pertrechos militares (La Vanguardia 2/8). El cuadro se completa con el reclutamiento de mercenarios de distintas regiones contratados por ambos bandos y la existencia de pequeñas regiones gobernadas por señores tribales en el interior del país.
Petróleo sangriento
El elemento determinante, aunque no el único, de la escalada bélica y de la intromisión creciente de las potencias es la explotación del petróleo de Libia, donde yacen las mayores reservas de toda África. La cercanía con Europa, transforma a sus yacimientos en estratégicos y económicamente rendidores y le ha dado a las empresas europeas un predominio en los mismos. La española Repsol, la francesa Total y, especialmente, la italiana ENI, cuentan con importantes inversiones y prerrogativas, la última de estas empresas extrae en Libia el 10 por ciento de su producción mundial. La apuesta de cada potencia por uno u otro bando en la guerra civil apunta a aumentar su participación en este negocio o a sumarse al mismo. Solo la empresa nacional libia, administrada por el gobierno del GAN tiene la autorización para exportar petróleo, a pesar de que la mayor parte de los pozos están bajo el control de Haftar, lo que se ha traducido en una baja dramática en la cantidad de combustible exportado.
Al mismo tiempo, al ubicarse las costas libias en el Mediterráneo oriental, el conflicto suma otras aristas, en una región atravesada por distintos choques políticos y por la explotación de las ricas reservas de gas que se encuentran en la plataforma submarina. Turquía firmó a comienzos del año un acuerdo con el GAN para crear una zona económica exclusiva común entre ambos espacios marítimos, lo que crea una franja divisoria en el Mediterráneo suponiendo límites al proyecto que impulsa el gobierno israelí de construir un gasoducto submarino desde Oriente Medio a Europa. El gobierno de Erdogan busca a la vez romper el aislamiento frente al bloque que representan en la región Israel y Grecia, país con el que Turquía mantiene conflictos limítrofes.
Por su parte, el gobierno egipcio de Al Sisi, que se hizo con el poder luego del golpe de Estado al gobierno de los Hermanos Musulmanes, busca terciar en el conflicto regional y propinarle un nuevo golpe a esa agrupación islamista que apoya al gobierno del GAN. Francia no solo busca aumentar la penetración de sus empresas petroleras, sino también ampliar la exportación de armamentos ya que entre la coalición que apoya a Haftar, se encuentran países que son sus principales compradores en este rubro, como los Emiratos Árabes Unidos.
Detengamos la barbarie imperialista
La desintegración de Libia ha provocado un desastre humanitario con miles de desplazados y la destrucción de las condiciones de vida de la población en aras del interés imperialista. Libia, a su vez, es también un país de tránsito de migrantes de otras naciones africanas asoladas por la guerra que buscan arribar a Europa. La crisis capitalista mundial y el acrecentamiento de la disputa por mercados y zonas de influencia son la causa última de esta situación de barbarie. La tendencia a la guerra que engendra toda crisis capitalista encuentra en Libia una de sus principales expresiones y todo indica que la escalada tiende a aumentar. En este contexto, una nueva intervención independiente de las masas trabajadoras de la región, como ocurriera en la primavera árabe es más necesaria que nunca para echar a todos los imperialismos y a sus personeros nativos.
Leandro Morgan
martes, 4 de agosto de 2020
A 75 años de Hiroshima y Nagasaki

En 1945, Japón estaba vencido y en las vísperas de su capitulación, la Italia fascista había caído hacía casi dos años; desde el 2 de mayo, Berlín estaba libre de la bota hitleriana. Las bombas estallaron el 6 y el 9 de agosto de 1945. “La catástrofe más concentrada y destructora que jamás se haya abatido sobre seres humanos”, diría el premio nobel de literatura Elías Canetti.
“A una altura de 580 metros sobre el centro de la ciudad y sobre el hospital Shima estalló la primera bomba nuclear de la historia con una fuerza de 12 mil 500 toneladas de trinitrotolueno. A las 8:17, en plena hora pico matutina, una enorme esfera de fuego envolvió al centro de la ciudad, la temperatura alcanzó 300 mil grados celsius en una millonésima fracción de segundo; las personas que estaban en el hospital se evaporaron y una onda expansiva de 6 mil grados de calor carbonizó los árboles a 120 kilómetros de distancia; de las 76 mil casas y edificios de Hiroshima, 73 mil desaparecieron. Mientras tanto se había levantado un hongo atómico de 13 kilómetros de altura que expandía material radiactivo por toda la región y, 20 minutos después, comenzó la lluvia atómica contaminando de muerte a las personas que habían escapado del calor y las radiaciones …Dos horas después habían muerto entre 90 mil y 200 mil personas, y el 80% de la ciudad había desaparecido” (La Jornada, 11/8/2005).
“Al igual que la ciudad de Dresde -destruida meses antes por la Fuerza Aérea británica- la mayoría de los habitantes de Hiroshima eran civiles, entre ellos 30 mil coreanos, 10 mil chinos y algunos estadunidenses prisioneros de guerra. Tres días después, el jueves 9 de agosto, la fuerza aérea de Estados Unidos lanzó otra bomba atómica sobre Nagasaki. Por causas que se desconocen la bomba se desvió y no estalló en el centro de la ciudad, las víctimas fueron 70 mil personas” (ídem).
Al momento de la primera explosión “Nadie está seguro de haber escapado al peligro y a la muerte; los efectos «secundarios» de la explosión nuclear son más terribles que cualquier otro síntoma, destruyen todos los pronósticos «normales» de la medicina, nadie sabe qué tienen los heridos. (El Dr.) Sasaki se dio muy pronto cuenta de que avanzaba a ciegas en medio de la oscuridad más absoluta …. La gran mayoría de los heridos nunca llegará al hospital; al atardecer del 7 de agosto de 1945, el pastor Tanimoto transporta a los heridos de la explosión de una orilla a la otra (de la ciudad), que todavía no está en llamas. Tanimoto se improvisa como barquero, va de un lado al otro, infatigable, toma las manos de una mujer para subirla a bordo y su piel se desprende en grandes pedazos que parecen guantes, la mujer se va deshaciendo por partes hasta desaparecer en el agua. A pesar de su pequeña estatura, Tanimoto logra poner muchos cuerpos en la otra orilla, pero la piel de los heridos está viscosa y azul. El doctor Sasaki se estremece al imaginar todas las quemaduras que ha visto en el día, heridas nunca antes vistas: amarillas, luego rojas e hinchadas, con la piel acostrada, y al final, cuando llega la noche, supurantes y hediondas” (ídem).
Hiroshima tenía 225 mil habitantes. Sobrevivieron sólo 25 mil. Dos días después, el 8 de agosto, la Unión Soviética invadió Manchuria y le declaró la guerra al Japón. El 14 de agosto el imperio japonés anunció su rendición incondicional. Al día siguiente se levantó la censura vigente durante todos los años de guerra, con excepción de que no se podía informar sobre los efectos de la bomba atómica (rigió por casi dos décadas).
El ´arma milagrosa´ salvó, sin embargo, al imperio de Japón y hasta su figura más icónica: el emperador Hirohito, quien gobernó ininterrumpidamente desde 1926 hasta su muerte en 1989.
Un tribunal internacional declaró entonces que “los bombardeos aéreos de ciudades y fábricas se han convertido en práctica habitual y reconocida por todas las naciones”, o sea que desde el momento que el bombardeo de civiles se había convertido en derecho común y no serían punibles. “Cuando el 16 de julio se llevó a cabo el primer ensayo de la bomba nuclear, Leo Szilard (uno de los que la diseñó) y otros 69 científicos enviaron una carta al presidente Truman solicitándole que no se arrojara la bomba sin antes prevenir al adversario. Los militares interceptaron la petición y se ocuparon de que no llegara nunca a manos del presidente Truman” (ídem).
Truman en un diario íntimo escribió durante la Conferencia de Potsdam “Hemos desarrollado la más devastadora de las armas en la historia del género humano (…) La vamos a emplear contra Japón (…) Los objetivos militares serán soldados, marinos, pero nunca mujeres o niños. Aunque los japoneses sean unos salvajes, crueles, implacables y fanáticos, nosotros, los líderes del mundo y los defensores del Estado de bienestar, no debemos arrojar esta bomba terrible sobre la antigua o la nueva capital” (citado en “Hiroshima: la última historia, de Florian Coulmas (2005).
“Wilfred Burchett, un periodista australiano, publicó el 6 de septiembre de 1945 en el London Daily Press un reportaje sobre Hiroshima que demolió la censura y reveló el verdadero horror: «Treinta días después de que la bomba atómica destruyera la ciudad de Hiroshima y estremeciera al mundo, la gente que sobrevivió al cataclismo sigue muriendo en forma enigmática y aterradora, de síntomas desconocidos; sólo puedo describir ese síndrome como la plaga atómica «. Burchett había visitado el único hospital fuera de la ciudad y vio a cientos de pacientes en el suelo: sus cuerpos estaban demacrados y despedían un hedor insoportable, muchos sufrían graves y profundas quemaduras. «Sin alguna razón aparente, su salud comienza a deteriorarse -escribía Wilfred Burchett en su reportaje-, se presentan fallas multiorgánicas, pierden el apetito y el pelo de la cabeza, sus cuerpos se cubren de manchas azules y, antes de morir, sangran por los ojos, la nariz y la boca. Los médicos japoneses les inyectan vitaminas, pero la carne de los enfermos se pudre al contacto con la aguja. Hay algo que acaba con los glóbulos blancos, pero no sabemos qué es. ¿Cómo podemos detener -se preguntaba el doctor Katsuba, director del Hospital- esta aterradora enfermedad?»” (ídem).
“Una semana después el general Robert Farell invitó a 12 científicos a Hiroshima, y les «demostró» que la explosión nuclear no había dejado rastros de contaminación radiactiva. Ya para entonces el general Groves aseguraba al Congreso que la radiación no causaba «sufrimiento inhumano» a sus víctimas; «por cierto», afirmaba el general, «es una manera muy placentera de morir»” (ídem).
Que Japón estaba vencido y no se requería ningún ´arma milagrosa´ para salvar vidas de soldados estadounidenses y provocar la capitulación final es un hecho en el que hay casi unanimidad. Lo ratifican documentos descifrados del Pentágono en años recientes. Hirohito había dado señales, en junio, de querer entrar en negociaciones. Un historiador holandés, Bert V. A. Röling, dice: “A principios de julio, el general Dwight Eisenhower consideraba que la rendición del imperio japonés era inmediata. ¿Harry Truman evitó las negociaciones de paz con Japón porque le habrían impedido lanzar las bombas?” (ídem).
Tras la capitulación de Japón, EE.UU. ocupó el archipiélago e “hizo lo imposible para que Japón rehusara la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Durante siete largos años (1945-1952), a los médicos y los científicos japoneses se les prohibió el acceso a los historiales clínicos de las enfermedades producto de la radiactividad, que acaso hubiesen servido para encontrar tratamientos y curaciones más efectivos. Los equipos médicos de Estados Unidos examinaban a las víctimas, pero no las atendían porque, al parecer, significaba reconocer su culpa” (ídem).
La barbarie nipona en la región no tuvo nada que envidiarle a la hitleriana en el teatro europeo. Antes de las dos bombas atómicas Japón sufrió entre el 17 de noviembre de 1944 y mediados de 1945 “el bombardeo no-nuclear más destructivo de la historia” según diversos historiadores (véase wikipedia). Se estima que murieron en Tokio y otras ciudades más de 1 millón de personas.
Norberto Malaj
04/08/2020
Día del desaparecidx de la enseñanza ¿Qué recuerda la memoria?

La plaza Libertad fue el espacio para la intervención de homenaje a las y los trabajadores de la educación desaparecidos. El primero de agosto como día de memoria activa y de lucha por Julio Castro y de las y los compañeros educadores que lucharon con una sociedad justa.
Los primeros de agosto no son un día cualquiera, el primero de agosto de 1977 en la esquina montevideana de Rivera y Llambí desapareció el maestro, pedagogo y periodista Julio Castro, permaneció desaparecido hasta que sus restos fueron encontrados en el batallón 14 el 1ro de diciembre de 2011. El peligroso oficio de cuestionar las injusticias sociales, de educar en problematizar la realidad para poder cambiarla radicalmente, construir alternativas y por sobre todas las cosas salir a luchar.
En Julio Castro y tantas y tantos trabajadores de la educación que resistieron las garras del terrorismo de Estado y lucharon por una sociedad sin opresores ni oprimidos; la memoria se hace activa para continuar sus luchas.
Compañeras y compañeros de ADEMU Montevideo, ADEMU Canelones, FUM-TEP, AFUTU Maestras Feministas, y estudiantes de AEES y CEM organizaron este encuentro cargado de memoria, luchas y resistencias. Un encuentro necesario ante tanta impunidad de los genocidas del terrorismo de Estado y los avances de la derecha que propone obstaculizar la búsqueda de verdad y justicia.
El terrorismo de Estado mediante la prisión, los asesinatos, las torturas, la desaparición forzada y la persecución a “las ideologías sediciosas”; intentó atemorizar y mantener a sangre y fuego los privilegios de las clases poderosas. Pero hoy como en todos los días en las calles y en las aulas continúan las luchas de las y los trabajadores de la educación para cuestionar este sistema.
En homenaje a Julio Castro, Elena Quinteros, María Emilia Islas, Jorge Roberto Zaffaroni, Washington Cram, Cecilia Trías, Gustavo Inzaurralde, Telba Juárez, Eduardo Chizzola, Carlos Rodríguez Mercader, Júpiter Delpino, Miguel Mato, Nibia Sabalsagaray, Graciela de Gouveia, Alberto Corchs, Raúl Borelli, Carlos Cabezudo, María Elsa Gerreiro, Diana Riva Maidanik y Carlos Chassale.
Justiniano González
Lunes 3 de agosto | 23:16
El ‘talvismo' y la renovación que no fue

La renuncia del ex Canciller Ernesto Talvi ocasionó un gran desconcierto en buena parte de la opinión pública. Uno de los puntos fuertes de su carta es su sinceridad con respecto a su relación con la política: "No es lo mío". ¿Y ahora? ¿Cuáles son sus consecuencias?
La renuncia del ex Canciller Ernesto Talvi ocasionó un gran desconcierto en buena parte de la opinión pública. El ex director de CERES se retira de la actividad política luego de cortocircuitos con el presidente y con el secretario general de su propio partido, Julio María Sanguinetti. Desde hace algún tiempo las versiones que circulaban por los corrillos hacían hincapié en los problemas de relacionamiento del ex líder de Ciudadanos dentro y fuera de su sector. Uno de los puntos fuertes de su carta es su sinceridad con respecto a su relación con la política: "No es lo mío". ¿Y ahora? ¿Cuáles son sus consecuencias?
En tiempos de desconfianza creciente en la política tradicional y en los “políticos” como casta, no ser un político profesional y ser un inexperiente en la materia puede transformarse de defecto en una virtud. Ernesto Talvi siempre lo supo y en su construcción política acentuó rasgos no tradicionales. Aunque negando ser un outsider de la política, fue una de las nuevas caras que pobló el sistema político el año pasado junto a Manini y Juan Sartori. Fue parte de la novedad en el sistema de partidos y en el esquema de actores políticos relevantes.
Desde 2014 el mundo empresarial venía pidiendo señales de ajuste. El año 2018 el grito se volvió clamor y el movimiento Un Solo Uruguay (USU) canalizó las exigencias de las patronales del campo y la ciudad. Ernesto Talvi con su entrada al sistema político buscaba colaborar con un cambio de orientación política en el gobierno y en una nueva visión sobre el rol del estado. Se rodeó de colaboradores como el Ing. Eduardo Blasina (vocero de USU) y desembarcó en la arena política. Tuvo que construir un discurso de apariencia batllista, apelando a la famosa frase que escribiera José Batlle y Ordoñez desde París a Domingo Arena en 1908: “Yo pienso aquí en lo que podríamos hacer para construir un pequeño país modelo”. Su tarea central como candidato fue poner en pie un relato y una candidatura que matizara su paso por la Universidad de Chicago o su entrada al Banco Central de la mano de Ramón Díaz en los años 90’. El hecho de ser una figura promovida por el mismísimo Jorge Batlle y pasar a ser casi que un “hijo político” fue una carta de presentación que luego se volvió un estigma que también tuvo que combatir el fundador de Ciudadanos.
Ernesto Talvi ingresó a la política partidaria dejando a un lado a Julio María Sanguinetti y rechazando el apoyo de su aparato. Esto le hizo ganar un adversario interno, pero por otra parte constituyó un acto fundacional del talvismo y parte importante de su capital político posterior se basó en el convencimiento que causó en un sector de la población su manera de hacer política. Esto fue un pilar central a la hora de instalar su imagen pública. La impronta de colorado batllista, técnico, venido del mundo de las ideas, preocupado por mostrarse solvente en ese terreno y que hablaba de construir 136 liceos, como contraposición al pragmatismo realista, calculador del ex-presidente.
Si miramos los partidos desde la historia de sus ideas, el batllismo de los orígenes hace mucho tiempo partió del Partido Colorado. Lo que quedó fue sanguinettismo y el jorgismo, un intento de reconversión de la vieja lista 15 al neoliberalismo más radicalizado. El talvismo, si cabe la denominación, intentó armonizar agenda de derechos, discurso progresista en lo social y liberalismo económico, ubicándose en el campo de los que venían a recuperar la rentabilidad empresarial. De inspiración muy profunda en el Partido Demócrata estadounidense y en Barack Obama, a quién Talvi elogió en más de una oportunidad.
Más allá de lo que podemos opinar los convencidos y los que habitamos el “círculo rojo” sobre Talvi (si es más o menos neoliberal, etc), es interesante ver cuál fue la percepción en sectores de la población sobre su figura. Es decir, la importancia no está en el discurso del candidato solamente, sino en lo que expresa y en cómo se percibe en la opinión pública. Y Talvi fue el último intento de mostrar a un Partido Colorado con aspectos de épica batllista, “moderno”, social-liberal, y que pudiera volver a recomponer la relación histórica con sectores medios urbanos medianamente ilustrados y pequeños comerciantes con ideas de ascenso social y reivindicadores de la educación, que en importante cantidad habían emigrado al Frente Amplio, fundamentalmente después de la crisis del 2002. En este sentido, sus votantes tienen derecho a sentirse desilusionados. Una parte importante de los apoyos de Ciudadanos se consideraban “de centro” y Talvi pidió su voto para “evitar los desbordes” por derecha, tanto de los militaristas como de los conservadores antiderechos. Antes, fue necesario que dejara de lado cierto ropaje idealista que le impedía compartir un proyecto coalicionista con Cabildo Abierto y cruzará el "océano" que el mismo planteó que los dividía.
Después de la elección de noviembre Talvi cometió distintos errores no forzados. Aceptó ser parte del ejecutivo, lo que le quitaba relevancia como socio una fracción importante de la coalición. Quizás por inexperiencia, o por una necesidad de mantener la unidad y los equilibrios en el Partido Colorado, eligió darle el mando del partido a Batllistas, la fracción perdedora de la interna. De un momento a otro Talvi se encontró con la contradicción de ser el funcionario del gobierno con mayor consideración pública por su actuación en la pandemia y al mismo tiempo estar con un pie afuera del ejecutivo, y por otro lado, sin las riendas de su propio partido.
Pensando en 2024 la renuncia de Talvi es un alivio para sus virtuales contendientes con aspiraciones presidenciales: Álvaro Delgado y Manini. A nivel de la coalición y la gobernabilidad para el gobierno, Lacalle Pou no tendrá a Talvi cuestionando sus decisiones desde la tribuna parlamentaria y eso puede generarle un alivio [1] . Sin embargo, hay un debilitamiento de una pata centro que fue clave para el triunfo electoral de noviembre. Hay también una impugnación del presidencialismo de Lacalle, que no fue solo cuestionado por Talvi, sino que es cuestionado por varios sectores del arco multicolor que exigen una mesa de la coalición, una especie de colegiado ad-hoc.
Los rumores de peregrinaciones para lograr la vuelta de Pedro Bordaberry son una muestra de la debilidad estructural en la que queda sumido el Partido Colorado. En síntesis, gana el gobierno, pero pierden los colorados que se encuentran en una carrera contra la historia por sobrevivir como corriente política con peso propio.
Coyunturalmente los colorados quedan más alineados con el gobierno, dirigido por un Sanguinetti que guarda un compromiso con la coalición como ningún otro socio ha demostrado. Sin embargo, encierra la debilidad estratégica de que el sanguinettismo como corriente política tiene fecha de vencimiento y no aparece la renovación. Quizás Batllistas avance en absorber a la diáspora que puede surgir de la evidente crisis de Ciudadanos. Un coloradismo sanguinettista como apéndice del herrerismo es un proyecto histórico que, sin una expresión que pueda reflejar el centro político, y con Cabildo Abierto a su derecha, puede generar un problema importante. En todo caso la vuelta de Bordaberry sería en sintonía con colocar de nuevo al PC en un lugar más claro de la derecha política y disputar con Manini Ríos la prevalencia en ese espacio ideológico, social y cultural.
Además, gobernabilidad desde el punto de vista parlamentario no significa automáticamente gobernabilidad y consenso entre las distintas clases sociales. Aquí la coalición corre el riesgo de perder representatividad política en una franja importante de la sociedad. Dato importante si tenemos en cuenta que se está procesando un ajuste de magnitudes históricas económica y socialmente contra las condiciones de vida de importantes sectores de la clase trabajadora y que tarde o temprano impactará sobre las capas medias.
No es menos importantes los sentimientos y sensaciones que se palpan en el ambiente político y las redes sociales desde conocida la renuncia. No solo existen los decepcionados con Ernesto Talvi, sino también los que se decepcionan de la política. En un sector de la sociedad esta situación del hombre honesto que ingresa al mundo política, hace su experiencia y concluye que no es lo suyo, pegando el portazo decepcionado, puede reforzar el sentimiento de la antipolítica, que por cierto, ya existe en el mundo y crecientemente en nuestro país, y Cabildo Abierto es su expresión brutal por derecha.
Damián Recoba
Viernes 31 de julio | 16:24
[1] Aquí es importante apuntar que Ernesto Talvi mostró diferencias en la forma y en el contenido de la orientación de política exterior, pero, y quizás con algún matiz, su sector fue leal a la votación de la Ley de Urgente Consideración
Capitalismo explícito: un tercio de los niños del mundo está envenenado con plomo
Según un informe de UNICEF y la organización Pure Earth. uno de cada tres niños -es decir, 800 millones a nivel mundial- tiene niveles de plomo en sangre superiores a cinco microgramos por decilitro, una proporción altamente peligrosa para la salud.
El documento afirma que este envenenamiento alarmante tiene su epicentro en el sur de Asia, región que concentra a casi la mitad de los niños afectados. Las fuentes principales de exposición con este metal pesado son los cosméticos, juguetes y otros productos de consumo, además del reciclaje informal de baterías, el agua contaminada, la pintura y los pegamentos, las soldaduras en latas de alimentos, insumos para la industria minera y la gasolina con plomo. Otra fuente indirecta de exposición son los padres cuyas ocupaciones implican trabajar con plomo y a menudo llevan polvo contaminado a sus casas en su cabello, manos y zapatos, exponiendo inadvertidamente a sus hijos.
El plomo es una neurotoxina muy potente que tiene una incidencia muy perjudicial en niños especialmente desde el nacimiento hasta los 5 años de edad. Genera daños irreparables en el cerebro, afectando al desarrollo neurológico, cognitivo y físico dejando secuelas de por vida. No genera síntomas tempranos evidentes por lo que actúa de manera silenciosa afectando la salud y llegando a posibles consecuencias fatales.
El estudio se encargó de dar una estimación con relación a las pérdidas económicas que significa tener a esa masa de la futura fuerza de trabajo sometida a esos niveles de exposición al plomo. Determinó que cuesta a los estados de países medios y bajos aproximadamente un billón de dólares por la pérdida del potencial económico de estos niños a lo largo de su vida.
En la mayor parte de los países de altos ingresos los niveles de plomo en sangre se han reducido. La contraparte es que los niveles en sangre de plomo para los niños en países de bajos y medianos ingresos se han mantenido elevados y, en muchos casos, peligrosamente altos. La realidad muestra que las potencias imperialistas, que son los principales focos contaminantes, esparcen su contaminación del centro hacia afuera.
Algunos especialistas cuestionan que el estudio no sea claro en señalar la responsabilidad de las empresas y de los propios Estados en el elevado nivel de envenenamiento actual, ya que no controlan el mercado ni impulsan tratamientos de residuos adecuados. El estudio recomienda a los gobiernos crear legislaciones ambientales “sólidas” y un sistema de monitoreo de niveles de plomo en sangre, a través de “enfoques coordinados” en distintas áreas. Según Richard Fuller, presidente de Pure Earth, “la buena noticia es que el plomo puede reciclarse de manera segura sin exponer a los trabajadores, sus hijos y los vecindarios circundantes. Además, los sitios contaminados con plomo se pueden remediar y restaurar".
Pero hoy más que nunca queda en evidencia que el desarrollo del capitalismo está totalmente contrapuesto al desarrollo de la vida de las mayorías laboriosas y del medio natural. Marx decía en El capital: “La producción capitalista (...) no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Depositar alguna expectativa en que los Estados capitalistas actúen desde “enfoques coordinados” en defensa de la vida es una utopía reaccionaria.
En todo el mundo se vienen desarrollando inmensas luchas por el cuidado de glaciares y del agua y contra la minería contaminante. Ante un sistema capitalista en decadencia, ante sus miserias y sus pandemias, se impone más que nunca la lucha sin cuartel en defensa de las condiciones de vida de la clase obrera, como ocurre en las empresas y lugares de trabajo por protocolos obreros frente al Covid19, en la perspectiva de alcanzar gobiernos de trabajadores que puedan organizar y planificar la economía en beneficio de las mayorías laboriosas.
Ana Belinco
03/08/2020
El documento afirma que este envenenamiento alarmante tiene su epicentro en el sur de Asia, región que concentra a casi la mitad de los niños afectados. Las fuentes principales de exposición con este metal pesado son los cosméticos, juguetes y otros productos de consumo, además del reciclaje informal de baterías, el agua contaminada, la pintura y los pegamentos, las soldaduras en latas de alimentos, insumos para la industria minera y la gasolina con plomo. Otra fuente indirecta de exposición son los padres cuyas ocupaciones implican trabajar con plomo y a menudo llevan polvo contaminado a sus casas en su cabello, manos y zapatos, exponiendo inadvertidamente a sus hijos.
El plomo es una neurotoxina muy potente que tiene una incidencia muy perjudicial en niños especialmente desde el nacimiento hasta los 5 años de edad. Genera daños irreparables en el cerebro, afectando al desarrollo neurológico, cognitivo y físico dejando secuelas de por vida. No genera síntomas tempranos evidentes por lo que actúa de manera silenciosa afectando la salud y llegando a posibles consecuencias fatales.
El estudio se encargó de dar una estimación con relación a las pérdidas económicas que significa tener a esa masa de la futura fuerza de trabajo sometida a esos niveles de exposición al plomo. Determinó que cuesta a los estados de países medios y bajos aproximadamente un billón de dólares por la pérdida del potencial económico de estos niños a lo largo de su vida.
En la mayor parte de los países de altos ingresos los niveles de plomo en sangre se han reducido. La contraparte es que los niveles en sangre de plomo para los niños en países de bajos y medianos ingresos se han mantenido elevados y, en muchos casos, peligrosamente altos. La realidad muestra que las potencias imperialistas, que son los principales focos contaminantes, esparcen su contaminación del centro hacia afuera.
Algunos especialistas cuestionan que el estudio no sea claro en señalar la responsabilidad de las empresas y de los propios Estados en el elevado nivel de envenenamiento actual, ya que no controlan el mercado ni impulsan tratamientos de residuos adecuados. El estudio recomienda a los gobiernos crear legislaciones ambientales “sólidas” y un sistema de monitoreo de niveles de plomo en sangre, a través de “enfoques coordinados” en distintas áreas. Según Richard Fuller, presidente de Pure Earth, “la buena noticia es que el plomo puede reciclarse de manera segura sin exponer a los trabajadores, sus hijos y los vecindarios circundantes. Además, los sitios contaminados con plomo se pueden remediar y restaurar".
Pero hoy más que nunca queda en evidencia que el desarrollo del capitalismo está totalmente contrapuesto al desarrollo de la vida de las mayorías laboriosas y del medio natural. Marx decía en El capital: “La producción capitalista (...) no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Depositar alguna expectativa en que los Estados capitalistas actúen desde “enfoques coordinados” en defensa de la vida es una utopía reaccionaria.
En todo el mundo se vienen desarrollando inmensas luchas por el cuidado de glaciares y del agua y contra la minería contaminante. Ante un sistema capitalista en decadencia, ante sus miserias y sus pandemias, se impone más que nunca la lucha sin cuartel en defensa de las condiciones de vida de la clase obrera, como ocurre en las empresas y lugares de trabajo por protocolos obreros frente al Covid19, en la perspectiva de alcanzar gobiernos de trabajadores que puedan organizar y planificar la economía en beneficio de las mayorías laboriosas.
Ana Belinco
03/08/2020
El discreto desencanto de la burguesía
Agosto de 2020. La pandemia de covid-19 continúa azotando al planeta. Su letalidad es baja pero ya infectó a cerca de 15 millones y se cargó a centenares de miles. Un interrogante insólito atormentó –y, hasta cierto punto, continúa haciéndolo– a la mayoría de los gobiernos: “¿la economía o la vida?”. Gran parte de los que optaron por la “economía” luego tuvieron que adaptarse un poco más a los requerimientos de la “vida” y los que optaron –en una forma demasiado concesiva de decirlo– por la “vida” más tarde debieron inclinarse hacia la “economía”. Todos estos cambios, no obstante, resultan de lo más pragmáticos y en muchas oportunidades responden esencialmente a las “relaciones de fuerzas” y no a algún tipo de evaluación científica de “algo”. Dicho más prosaicamente, responden, en buena medida, al temor de los gobiernos a que “se los lleven puestos”.
Lo cierto es que los brotes y rebrotes de un virus –con comportamientos aún desconocidos por las ciencias médicas– paralizaron en una porción significativa a la economía capitalista mundial, poniendo en acto una crisis peor que la de 2008/9 y la más profunda desde la Gran Depresión de la década del ‘30. Una cuestión que ya es manifiesta en términos de caída del PBI global o del empleo –en lo observable hasta el momento, al menos, en países como Estados Unidos o España– y aún está por verse en lo relativo a la contracción del crecimiento del comercio mundial [1]. Como resultado, el planeta está preñado de una incertidumbre profunda, mezcla de catástrofe en apariencia “natural” con hecatombe económica que pone al desnudo la vulnerabilidad del sistema. Un sistema que a pesar del desarrollo de las “redes neuronales”, la robótica y los niveles alcanzados por la manipulación genética –que por momentos lo hacían lucir invencible– queda sometido a opciones que más bien parecen de la Edad Media.
Si miramos un poco más atrás, vemos que este shock dual y entrelazado de pandemia y crisis se acopla al estancamiento relativo, a la debilidad endémica y a la particular falta de fuerzas que la economía capitalista venía arrastrando en el curso de los últimos diez años, es decir, en el período de la recuperación post 2008/9. No resulta una cuestión menor este encadenamiento. Los ritmos de la pandemia determinarán, en parte, los tiempos y la dinámica de una recuperación económica que, naturalmente, emergerá en algún momento. Sin embargo, diversas circunstancias [2] hacen esperar que resulte –al menos en el mediano plazo– aún más débil que la del período post Lehman, sin que la economía consiga retornar a la tendencia pronosticada antes de la crisis. Si en el curso de la década pasada emergieron de manera abierta los límites del neoliberalismo y la globalización –que constituyeron, vale recordarlo, las condiciones de salida de la economía capitalista de la crisis de la década del ‘70–, esos confines se magnifican bajo las condiciones actuales. Una de las definiciones más interesantes del período actual reside en la constatación de que el capitalismo se encuentra falto de una estrategia clara de reemplazo. La debilidad económica lacerante y la ausencia de estrategia, reforzadas ahora por la pandemia y el Gran Confinamiento, vienen dando lugar a dos circunstancias que, consideradas conjuntamente, tienen el aspecto de novedad histórica.
Incertezas
La primera consiste en el hecho de que la clase dominante deja ver, a través de muchos de sus ideólogos, una pérdida de confianza o de certeza respecto de la infinitud, de la eternidad o, si se quiere, de las fuerzas internas del capitalismo. Una cuestión que se pone de manifiesto en al menos tres dimensiones.
Primero, en la tesis del “estancamiento secular”. Sostenida fundamentalmente por el ex Secretario del Tesoro de Bill Clinton, Lawrence Summers, constata esencialmente que a diferencia de lo sucedido en los mejores momentos de las décadas neoliberales, las gigantescas masas de dinero introducidas desde la crisis de 2008/9, no logran que la economía vuelva a la tendencia pronosticada previamente. Es decir, verifica el hecho novedoso y alarmante de que la economía capitalista no encuentra una fuerza que la dinamice siquiera al ritmo de la moderación de las décadas previas. Hace algunos años, Paul Krugman, refiriéndose a esta “falta de motor” e imaginando algún tipo de impulso comparable al de la Segunda Guerra Mundial, ironizaba sobre la necesidad de una “invasión alienígena” en Estados Unidos [3]. Es de esperar que la debilidad endémica de la economía continúe reinando al menos en el mediano plazo del próximo mundo post pandemia.
Segundo, en la famosa tesis del “fin del trabajo”. Un concepto que si bien merece ser discutido desde su propia definición –debido a que conlleva una carga propagandística poderosa y planteada en los estrechos límites del capitalismo resulta falsa– también guarda un elemento de verdad. Jeremy Rifkin, autor de la vieja tesis homóloga –en boga en la década del ‘90 [4]– y miembro permanente del establishment de la Unión Europea, escribió hace unos pocos años un libro titulado The zero marginal cost society (La sociedad del costo marginal cero) [5]. En ese libro –en el que, vale señalar, “el eclipse del capitalismo” aparece mencionado desde la bajada del título– Rifkin alerta que gran parte de la “vieja guardia” en el ámbito comercial no puede imaginar cómo procedería la vida económica en un mundo en el que la mayoría de los bienes y servicios resultaran casi gratuitos, las ganancias caducaran, la propiedad perdiera sentido y el mercado fuera superfluo [6]. El autor se refiere a la que sería la consecuencia lógica del desarrollo libre y acabado de las nuevas tecnologías que, al menos en el terreno digital, muestran la capacidad de reproducir ciertos servicios –música, películas, libros, etc.– sin necesidad de incorporar trabajo y casi sin gasto de capital, lo que en términos neoclásicos, se define como “costo marginal cero”. Aunque no vamos a desarrollar este complejo tema aquí resultan necesarias dos acotaciones. La primera consiste en que no puede pensarse el desarrollo libre de las tecnologías bajo condiciones capitalistas. La propiedad privada de los medios de producción moldea y hasta cierto punto coarta el desarrollo tecnológico, adaptándolo –hasta donde le es posible– a sus necesidades. Las patentes, las “subvenciones cruzadas” [7], entre otros mecanismos, son parte de las múltiples formas a través de las cuales el capital consigue convertir en valor aquello que no lo era o ponerle precio a aquello que no lo tiene. La segunda consiste en constatar la parte de verdad relativa contenida en el razonamiento de Rifkin. Porque si las tecnologías no estuvieran sujetas a los condicionamientos del capital, efectivamente su desarrollo libre exigiría cada vez menos esfuerzo de trabajo humano, supondría una mayor abundancia de bienes y servicios, el avance hacia la gratuidad, la pérdida de sentido de la propiedad privada y del mercado y, junto con ellos, de las ganancias. Advertimos que, aunque en absoluto se trate de un fenómeno enteramente nuevo –“abundancia” y “escasez” constituyen términos relativos y determinados socialmente–, lo cierto es que se vuelve mucho más agudo y contradictorio para el propio capital desde el momento en el que es posible la reproducción gratuita de determinados servicios digitales. La idea general del “fin del trabajo” en tanto tendencia y como sustrato de la eliminación progresiva del valor, los precios y la propiedad privada de los medios de producción es, a decir verdad, original de Marx y está expresada desde hace muchas décadas en los Grundrisse [8]. Los ideólogos del capital la reviven de una manera doble: por un lado, como propaganda y amenaza con pretensiones disciplinadoras de aquello que podría suceder bajo condiciones de producción capitalistas y por el otro, como percepción de la fuerza de una tendencia histórica. Vale destacar que, incluso en su acepción propagandística, la idea del fin del trabajo presupone de algún modo la segunda arista dejando traslucir la impresión de un sistema que se imagina impotente para garantizar por sus propios mecanismos internos la subsistencia de las mayorías. Una cuestión que se aprecia con bastante claridad en la difusión de la idea de la Renta Básica Universal (RBU). Propuesta sujeta a múltiples interpretaciones y cada vez más “conversada” en el contexto pandémico. Es bueno resaltar, no obstante, que las tribulaciones más actuales sobre la RBU se derivan de las consecuencias de la crisis económica y no precisamente de las del “desempleo tecnológico”.
Tercero, en la constatación del crecimiento aberrante de la desigualdad social que –con mucho atraso– conmovió al mundo académico y al establishment. Corroboración teorizada y popularizada en los últimos años por Thomas Piketty [9], economista francés que sigue los postulados del Mainstream –aunque en la actualidad viene mostrando un relativo giro a la izquierda [10]. La tesis de Piketty consiste esencialmente en demostrar que el incremento de la desigualdad patrimonial y del ingreso –característica de las décadas neoliberales– se deriva de la combinación de una alta tasa de rendimiento del capital y una baja tasa de inversión que da origen al crecimiento rezagado de una economía ascendentemente “rentística”. En sus términos, esta realidad conjunta representa la “norma” del capitalismo que resultó limitada solo excepcionalmente tras grandes shocks como las dos guerras mundiales del siglo XX, la revolución rusa de 1917 y la crisis de los años ‘30. El retorno de la “norma”, determina que la desigualdad tienda a recuperar en el presente siglo los niveles paradigmáticos de fines del siglo XIX. El problema para Piketty es que, como resabio de la excepcionalidad de posguerra, aún persiste una “clase media patrimonial” amenazada de empobrecimiento que suscitará fuertes reacciones políticas.
La tesis de Robert Gordon, economista de Harvard e integrante a través de las décadas de distintos órganos de consejo estatal, guarda puntos de contacto con la de Piketty aunque su objeto de estudio radica en la historia de las tecnologías, la productividad y el crecimiento de la economía norteamericana. Desde una visión de la economía en la que la especificidad histórica del capital y el capitalismo desaparecen casi por completo, Gordon remite a una mayoría de la existencia humana caracterizada por una “normalidad” de bajo crecimiento. Statu quo sacudido solo por el “siglo revolucionario” que se extiende entre la Guerra Civil norteamericana y la década de 1970 aunque, muy particularmente, por la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. A partir de los años ‘70 la economía pierde fuerza y –con la excepción del período 94/2004– tiende a restablecerse la “normalidad” de bajo crecimiento que se intensifica en el período post Lehman. Para el próximo cuarto de siglo, Gordon –opositor acérrimo a la tesis de una “Cuarta Revolución Industrial”– vaticina un crecimiento de la productividad y del producto claramente por debajo del promedio de los años 1970-2014. Una situación que incluso podría empeorar debido a lo que denomina “vientos en contra” conformados por la desigualdad creciente, el rezagado incremento del nivel educativo, el bajo crecimiento poblacional y la jubilación de la generación de baby boomers y, finalmente, la trayectoria ascendente e insostenible de la relación deuda/PBI [11].
En términos más generales, la constatación de la debilidad del crecimiento económico y de la inversión “real” junto con el incremento de todo tipo de deudas –personales, públicas, corporativas–, la “amenaza” tecnológica y el aumento acelerado de la desigualdad, trasciende distintas vertientes ideológicas [12] y emerge como una suerte de “nueva normalidad”. Una de sus consecuencias más inquietantes reside en la destrucción de las “clases medias” –eufemismo que normalmente se emplea para hacer referencia a amplios sectores de las clases trabajadoras [13]– o de su símbolo más acabado, el “sueño americano”, como base necesaria de sustentación de las “democracias capitalistas”. Un tema ya recurrente que, al calor de la pandemia, emerge como más urgente y preocupante en el pensamiento de diversos autores como, por ejemplo, en el del principal comentarista económico de Financial Times, Martin Wolf.
Falsas promesas (o el fin del “progreso”)
La segunda circunstancia surge del modo en el que estas vulnerabilidades del capital se traducen en la sensibilidad de millones de trabajadores y sectores populares de los países centrales y no centrales.
Lo cierto es que la debilidad económica post crisis 2008/9 aniquiló el sustituto débil de “progreso” ofrecido por el neoliberalismo a cambio de la “globalización” y la destrucción de las conquistas del llamado “Estado de Bienestar”. De alguna manera y en particular en el curso de las décadas del ‘90 y ‘2000, la proliferación del crédito al consumo –incluidas las hipotecas subprime–, la mitigación de la desigualdad entre países –habilitada por el ascenso de los llamados BRICS–, la reducción relativa de la pobreza –entendida en los términos del Banco Mundial [14]–, el “sueño chino”, el indio y hasta cierto punto el brasileño, entre otros, actuaron como factores compensatorios frente al incremento –global y al interior de la mayoría de los países– de la desigualdad. Este “intercambio satánico” es lo que, en el curso de la última década, se fue diluyendo primero en el “centro” y más tarde en la “periferia”.
Llama un tanto la atención el hecho de que, luego de tantas décadas neoliberales signadas por el incremento de la desigualdad –que originó múltiples estudios sobre el tema->https://www.jornada.com.mx/2014/09/03/opinion/034a1eco]–, recién hace pocos años el asunto alcanzara el centro de las preocupaciones de buena parte del mainstream, incluido el Fondo Monetario Internacional. Pero no es tan extraño. Lo que movilizó esta mutación es la circunstancia de que, desde el punto de vista de los “deciles menos favorecidos”, resulta más tolerable la desigualdad que la idea de la imposibilidad de “progreso” o peor aún, la del propio retroceso. Como señala Wolf, en determinadas sociedades la desigualdad como tal puede no resultar tan social o políticamente desestabilizadora. Pero la sensación de deterioro de las perspectivas para uno mismo y para los hijos, ciertamente importa como también lo hace una fuerte sensación de “injusticia”. También apuntaba, hace unos años y en base a un informe del Instituto Global McKinsey el hecho de que, mientras el aumento de la prosperidad reconcilia a las personas con las disrupciones económicas y sociales, su ausencia fomenta la ira. Recordemos que la llamada “Primavera árabe” comenzó en 2009 con la inmolación de un vendedor ambulante con título universitario en una ciudad tunecina. La falta de perspectiva se encuentra en la base de los fenómenos políticos e ideológicos que, a derecha y a izquierda, conmueven desde hace varios años a las élites o a las estructuras tradicionales en una muy vasta cantidad de países. Incluso, poco antes de la pandemia asistimos a fenómenos abiertos de lucha de clases que recorrieron gran parte del planeta.
La comunión entre pandemia y Gran Confinamiento, magnifica de una manera bastante literal esta sensación de ausencia de perspectivas. Aunque –hasta cierto punto– también actúa como factor disciplinador sumado a la contención de las políticas billonarias implementadas por los Estados. No obstante, aquello que Wolf denomina “una fuerte sensación de injusticia” desató, tras el asesinato de George Floyd, un movimiento profundo e integrador de múltiples decepciones y opresiones de negros y blancos en el corazón del imperio.
Por su parte, la letánica y lacerante distopía del “fin del trabajo” –una especie de estocada final a la idea de “progreso”– adquiere una muy particular triple manifestación en el contexto de la crisis pandémica. Por un lado, la pérdida directa de millones de puestos de trabajo no aparece asociada al “desempleo tecnológico” sino al Gran Confinamiento como imagen de la fusión entre la enfermedad y la crisis económica. Por el otro, las “cuarentenas”, en tanto elemento central de paralización económica, actúan como prueba definitiva y “auto percepción” global de que –al menos por el momento– los trabajadores y no los robots fungen como la fuerza fundamental que mueve la economía. Finalmente y muy significativo, las “empresas tecnológicas” –entre ellas PayPal, Alphabet, Facebook, Tencent, Tesla, Apple, Microsoft, Amazon– son las que más incrementaron su capitalización bursátil bajo condiciones de pandemia. También el boom alcanzó a otras menores como Rappi, Globo o Pedidos Ya, de entrega de comida a domicilio. Pero, lejos de expulsar trabajo, estas empresas emergen como núcleos del llamado “trabajo esencial” y se consolidan como áreas de vanguardia de la precarización laboral. Incluso aquellos “unicornios” [15] que despidieron trabajadores, no lo hicieron en función del reemplazo tecnológico sino de su reestructuración debida a la propia crisis.
De conjunto, la pandemia y la crisis económica agudizaron el sentimiento de decepción y falta de expectativas en un sistema que, se percibe, no tiene demasiado para ofrecer. El politólogo estadounidense, Ian Bremmer, alertaba sobre este sentir hace no mucho tiempo en su libro Us vs. Them: The Failure of Globalism [16], donde incorpora el concepto de “globalismo” como intento de las élites de transmitir la idea de que la “globalización” acarrea una mejora para todos los sectores sociales. Esa es, efectivamente, la “creencia” que desapareció del imaginario y se aleja aún más con los efectos económicos de la pandemia. Cuestión que, ciertamente, genera bastante pavor en el establishment. solo por ponerle una metáfora a los nuevos vientos de época vale la pena observar que Fukuyama, por ejemplo, vuelve a evocar -a su modo- la idea de lucha de clases.
¿Vuelta al “Estado de Bienestar”?
Ya no guarda novedad alguna el hecho de que la intervención estatal sobre la economía –fundamentalmente en los casos estadounidense, de los países de la Unión Europea y Japón, en términos de magnitud– superó ampliamente los estímulos monetarios y fiscales implementados en la crisis 2008/9. La Unión Europea, incluso, acaba de aprobar un “plan anticrisis” de 750 mil millones de euros financiados con deuda común y dirigidos, bajo la modalidad de préstamos y subsidios, a los países más afectados del bloque.
La conjunción del impulso económico catastrófico de la pandemia, la crisis del esquema neoliberal –visualizado, ante todo, como incapacidad de contención sanitaria– y la situación social y política descrita más arriba, no puede, por supuesto, desvincularse de esta macro intervención. Tampoco puede pensarse abstrayéndose de las diferencias inmediatas entre los países centrales –que con tasas de interés cero o negativas poseen mayor capacidad de endeudamiento– y los países dependientes o semicoloniales de los que se fugaron en los últimos meses más de 100.000 millones de dólares. La reflexión más interesante radica, sin embargo, en los pronósticos pospandemia. Diversos sectores concluyen que, a partir de esta intervención estatal, podría abrirse paso una suerte de “estatismo reformista”. Pero el problema es que esta perspectiva no puede imaginarse por fuera ni de la debilidad que la economía capitalista arrastra hace más de 10 años encadenada sin solución de continuidad con la convulsión actual, ni de la crisis del neoliberalismo y los límites de la globalización, ni de la decadencia e incógnita sobre la “estrategia de reemplazo”, temas a los que hicimos referencia más arriba. Nos proponemos aquí solo dejar planteadas algunas líneas para la reflexión.
En primer término, consideramos que las formas particulares que adopta la actual intervención estatal no se derivan esencialmente de una “opción política” sino de las necesidades de la estructura misma del capital en el período presente. Tomemos, por ejemplo, el caso paradigmático de Estados Unidos. El economista marxista Robert Brenner señala que de los alrededor de 6 billones de dólares de estímulo fiscal implementados –según sus cálculos– en los últimos meses por el estado norteamericano, el 75 % –equivalente a aproximadamente 4,5 billones– resultó derivado al “cuidado” de las más grandes y mejores compañías mientras sólo un monto cercano a 600.000 millones tuvo como destino pagos directos en efectivo a individuos y familias, seguro de desempleo adicional y préstamos estudiantiles. A su vez, la mayor parte de aquel 75 % con destino a las grandes empresas carece de restricciones para ser utilizado en recompra de acciones, bonificaciones a los CEO, etc. [17]. Por un lado, aunque evidentemente la desproporción es notable, vale observar que incluso aquellos 600.000 millones de dólares no son poca cosa y su activación se encuentra indisolublemente asociada a las necesidades de contención del “estado de ánimo” del que hablamos en el apartado anterior. Pero por otro lado, lo que más interesa resaltar aquí es que la ausencia de restricciones para el destino de la mayor parte de aquel 75 % –que habilita, por ejemplo, la recompra de acciones como explícita contracara de la debilidad de la inversión– responde estrictamente a una modalidad de “acumulación” del capital exacerbada en el curso de la última década. La acción del Estado tiene por objeto garantizar ese patrón, del mismo modo que lo hace la compra ilimitada de deuda corporativa garantizada por la Reserva Federal desvinculando –transitoriamente– las capitalizaciones bursátiles de las tendencias de la “economía real”. Se trata de “formas” cuyo desenfreno –tanto como la necesidad estatal de sostenerlas– no se deriva, en lo esencial, de “decisiones de política” sino del agotamiento de las nuevas fuentes para la acumulación del capital conquistadas bajo el auge de las décadas neoliberales. Las crecientes tensiones chino-estadounidenses expresan, justamente, una faceta fundamental de ese agotamiento.
Si en segundo término, y en estrecha relación con el punto anterior, reflexionamos sobre el lugar del New Deal en los años ‘30, resulta obligado observar su posibilidad como estrechamente asociada a la circunstancia de que Estados Unidos, a pesar de la gran crisis, era ya la nación económicamente más pujante del planeta. Por solo acercar un ejemplo, en 1929 producía el 80 % de los vehículos automotores del mundo [18]. La ley Glass Steagall –que desvinculó a la banca de inversión de la banca comercial– resulta emblemática en tanto no puede disociarse de las posibilidades de acumulación “productiva” del capital de una nación que se abría espacio como el poder industrial del mundo. Muy lejos se ubican las características de poder financiero que, en su decadencia, distinguen al Estados Unidos de hoy. Es en el contexto de estas condiciones económicas específicas en el que debe interpretarse la laxa e incluso ambigua ley Dodd-Frank –aprobada en 2010 e impulsada por Elizabeth Warren, del ala izquierda del Partido Demócrata– como la restricción financiera más audaz a la que dio lugar el desastre desencadenado por la caída de Lehman. Las relaciones inquebrantables entre la banca comercial y de inversión, responden a las características de un capitalismo en extremo financiarizado.
En tercer término y profundizando el contraste con el New Deal, su implementación tampoco puede escindirse de las tensiones sociales insoportables generadas por la Gran Depresión combinadas con la presión ejercida por la presencia de la Revolución rusa. Circunstancias que convirtieron a la década del ‘30 en la de mayor agitación obrera de Estados Unidos. Por supuesto y sí, como es esperable, una mayor lucha de clases tiene lugar en el período pospandemia, no puede descartarse que –en tanto se transforme en una amenaza para las bases del capital– la distribución entre aquel “75 y 25 %” se modifique parcialmente ni que, incluso, se imponga algún tipo de limitación algo más firme a las operaciones financieras de las grandes corporaciones y la banca. Pero incluso, eventuales medidas tibiamente reformistas para contener procesos de lucha de clases muy probablemente resulten contestadas con mayor violencia por los sectores dominantes de un capital que adolece de nuevas fuentes rentables para su acumulación ampliada. En este contexto, también las nuevas tecnologías serán utilizadas –muy probablemente y como siempre lo fueron– como arma contra la resistencia y para incrementar la explotación y flexibilización del trabajo, lejos de eliminarlo. Vale recordar que, aún en las mencionadas condiciones excepcionales de la década del ‘30, el New Deal resultó impotente para que la economía estadounidense retornara a la tendencia pre-crisis. Incluso, en 1937 el parlamento y el establishment económico vetaron su continuidad y se produjo una nueva caída abrupta. Recién el “milagro económico” [19] de la Segunda Guerra Mundial rescató –como lo señala Gordon– a la economía norteamericana del “estancamiento secular” de los tardíos años ‘30 [20].
Más allá de las medidas inmediatas –que variarán también según los ritmos de la pandemia, la crisis y las diversas tensiones que se jueguen en los escenarios electorales– es de esperar que bajo las condiciones de su realidad actual el capital refuerce la agresividad. De hecho, ya lo estamos presenciando a través de las nuevas modalidades de flexibilización laboral implementadas bajo la excusa de la pandemia. Del mismo modo, ni bien sea posible, volverán a emerger nuevos intentos de reformas previsionales con la excusa de los enormes déficits fiscales acumulados. A su vez, los límites del neoliberalismo que se expresan –en gran medida– en contradicciones crecientes entre los Estados, es muy probable que conduzcan a diversas expresiones de mayor belicismo aunque no podamos definir sus expresiones concretas. Es de esperar que la ausencia de una “estrategia de reemplazo” y la gran dependencia económica que aún guarda la relación chino-norteamericana se traduzca, entre otras cosas, en una ofensiva más violenta estadounidense no solo para doblegar a China como competidor sino también para incrementar la libertad de acción de sus capitales en el país. Los métodos a utilizar como así también los resultados, están abiertos. Pero sean cuales fueren los escenarios, caben pocas dudas de que no es un panorama de “estatismo reformista” el que se abre para el período próximo. Asumir estas circunstancias constituye un elemento fundamental de la preparación y la estrategia necesarias para actuar en próximos acontecimientos si se desean evitar nuevas catástrofes para los trabajadores y los sectores populares, es decir, para la enorme mayoría de la humanidad.
Paula Bach
Notas
[1] La Organización Mundial del Comercio pronostica una contracción para 2020 de entre el 13 y el 32 %. La brecha resulta aún demasiado amplia para proponer comparaciones históricas de utilidad.
[2] Por un lado, si las mismas políticas estatales que luego de 2008/9 buscaron contener la crisis, limitaron la destrucción de capitales y con ello, paradójicamente, acotaron la fuerza de la recuperación, es de esperar que este efecto se repita en la actualidad debido a políticas de contención estatal significativamente mayores, ver Juncal Santiago, “Pandemia y crisis: ¿adónde va la economía global?”, entrevista en La Izquierda Diario, 1/7/2020. Por otro lado, es de esperar que la reducción cualitativa de los ingresos que están sufriendo amplias franjas de trabajadores y sectores populares, sumadas a los temores instalados por la pandemia, limiten una recuperación del consumo. También, los tiempos desiguales de la pandemia en los distintos países retrasan, naturalmente, el retorno a la “normalidad” de las relaciones económicas internacionales. Además y como factor esencial, las condiciones de cooperación interestatal que en el post 2008/9 resultaron claves, se encuentran en la actualidad significativamente más dañadas y enfrentan contradicciones estructurales profundas, ver, Bach, “Paula, Crisis económica mundial: ¿escaparán los “espíritus subterráneos”?”, Ideas de Izquierda, 15-3-2020.
[3] Véase, Krugman, Paul, Acabad ya con esta crisis!, Madrid, Crítica, 2012.
[4] Rifkin, Jeremy, El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era, Madrid, Paidós, 2014.
[5] Rifkin, Jeremy, The zero marginal cost society. The internet of things, the collaborative commons, and the eclipse of capitalism, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014.
[6] Rifkin, Jeremy, op. cit.
[7] Véase, Srnicek, Nick, Capitalismo de plataformas, Buenos Aires, Caja Negra, 2018.
[8] Véase, Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI editores, 1982. Antonio Negri revalorizó los Grundrisse y desarrolló en los años ‘90, una interpretación propia de esta tendencia formulada por Marx. Para una exposición sintética del planteo de Negri y una crítica, véase, Bach, Paula, “Valor, forma y contenido de la riqueza en Marx y en Antonio Negri: Una diferencia sutil pero esencial”, Estrategia Internacional 17, otoño de 2001.
[9] Véase, Piketty, Thomas, El capital en el siglo XXI, México, Fondo de Cultura Económica, 2014. Véase también, Esquenazi, Matías y Hernández, Mario (compiladores), El debate Piketty. Sobre El capital en el siglo XXI, Provincia de Buenos Aires, Metrópolis, 2014.
[10] Véase, Piketty, Thomas, Capital e ideología, Buenos Aires, 2019. Para una crítica, véase entre otras, Mercatante, Esteban, “Algo huele a podrido en el capitalismo: comentarios sobre lo nuevo de Thomas Piketty”, Ideas de Izquierda, 27/10/19.
[11] Véase, Gordon Robert, The rise and fall of American growth.The U.S. standard of living since the Civil War, Princeton, Princeton University Press, 2016.
[12] Véase, por ejemplo, Streeck Wolfgang, ¿Cómo terminará el capitalismo? Ensayos sobre un sistema en decadencia, Madrid, Traficantes de sueños, 2017, o Harvey, David, Marx, El capital y la locura de la razón económica, Buenos Aires, Akal, 2019.
[13] El Banco Mundial define a la “clase media” como hogares que tienen una baja probabilidad de caer en la pobreza pero no son ricos y cuyos ingresos oscilan entre 13 y 70 dólares diarios (PPA de 2011). Lac equity lab: pobreza, Banco Mundial, disponible online.
[14] El Banco Mundial coloca en la categoría de “pobres extremos” a aquellas personas que viven con menos de 1,9 dólares al día. Según un informe de la institución, en los 25 años transcurridos entre 1990 y 2015, la tasa de pobreza extrema –que significa, agregamos, dejar de ser muy pobre para pasar a ser solamente pobre– se redujo globalmente, en promedio, un punto porcentual por año –de casi el 36 % al 10 %– lo que significa que alrededor de 1.000 millones de personas salieron de ese estado. Sin embargo, la pobreza extrema solo disminuyó un punto porcentual entre 2013 y 2015. Banco Mundial, comunicado de prensa, septiembre 2018, disponible online. Ver, también, la crítica metodológica del jurista australiano Philip Alston, relator especial sobre extrema pobreza y derechos humanos de las Naciones Unidas, a las investigaciones del Banco Mundial. Alston, Philip, “El lamentable estado de la erradicación de la pobreza”, Concejo de Derechos Humanos de la ONU, julio 2020, disponible online.
[15] Los llamados “unicornios” son empresas emergentes, innovadoras en tecnologías, valuadas en 1.000 millones de dólares o más.
[16] Bremmer, Ian, Us vs. Them: The Failure of Globalism, Nueva York, Penguin, 2018.
[17] Brenner, Robert, “Escalating Plunder”, New Left Review 123, mayo-junio 2020, disponible online.
[18] Gordon, Robert, op. cit.
[19] “Milagro” que, como es sabido, implicó más de 60 millones de muertos, la destrucción de gran parte de Europa, Hiroshima y Nagasaki, entre otros muchos hechos prodigiosos.
[20] Ídem.
Lo cierto es que los brotes y rebrotes de un virus –con comportamientos aún desconocidos por las ciencias médicas– paralizaron en una porción significativa a la economía capitalista mundial, poniendo en acto una crisis peor que la de 2008/9 y la más profunda desde la Gran Depresión de la década del ‘30. Una cuestión que ya es manifiesta en términos de caída del PBI global o del empleo –en lo observable hasta el momento, al menos, en países como Estados Unidos o España– y aún está por verse en lo relativo a la contracción del crecimiento del comercio mundial [1]. Como resultado, el planeta está preñado de una incertidumbre profunda, mezcla de catástrofe en apariencia “natural” con hecatombe económica que pone al desnudo la vulnerabilidad del sistema. Un sistema que a pesar del desarrollo de las “redes neuronales”, la robótica y los niveles alcanzados por la manipulación genética –que por momentos lo hacían lucir invencible– queda sometido a opciones que más bien parecen de la Edad Media.
Si miramos un poco más atrás, vemos que este shock dual y entrelazado de pandemia y crisis se acopla al estancamiento relativo, a la debilidad endémica y a la particular falta de fuerzas que la economía capitalista venía arrastrando en el curso de los últimos diez años, es decir, en el período de la recuperación post 2008/9. No resulta una cuestión menor este encadenamiento. Los ritmos de la pandemia determinarán, en parte, los tiempos y la dinámica de una recuperación económica que, naturalmente, emergerá en algún momento. Sin embargo, diversas circunstancias [2] hacen esperar que resulte –al menos en el mediano plazo– aún más débil que la del período post Lehman, sin que la economía consiga retornar a la tendencia pronosticada antes de la crisis. Si en el curso de la década pasada emergieron de manera abierta los límites del neoliberalismo y la globalización –que constituyeron, vale recordarlo, las condiciones de salida de la economía capitalista de la crisis de la década del ‘70–, esos confines se magnifican bajo las condiciones actuales. Una de las definiciones más interesantes del período actual reside en la constatación de que el capitalismo se encuentra falto de una estrategia clara de reemplazo. La debilidad económica lacerante y la ausencia de estrategia, reforzadas ahora por la pandemia y el Gran Confinamiento, vienen dando lugar a dos circunstancias que, consideradas conjuntamente, tienen el aspecto de novedad histórica.
Incertezas
La primera consiste en el hecho de que la clase dominante deja ver, a través de muchos de sus ideólogos, una pérdida de confianza o de certeza respecto de la infinitud, de la eternidad o, si se quiere, de las fuerzas internas del capitalismo. Una cuestión que se pone de manifiesto en al menos tres dimensiones.
Primero, en la tesis del “estancamiento secular”. Sostenida fundamentalmente por el ex Secretario del Tesoro de Bill Clinton, Lawrence Summers, constata esencialmente que a diferencia de lo sucedido en los mejores momentos de las décadas neoliberales, las gigantescas masas de dinero introducidas desde la crisis de 2008/9, no logran que la economía vuelva a la tendencia pronosticada previamente. Es decir, verifica el hecho novedoso y alarmante de que la economía capitalista no encuentra una fuerza que la dinamice siquiera al ritmo de la moderación de las décadas previas. Hace algunos años, Paul Krugman, refiriéndose a esta “falta de motor” e imaginando algún tipo de impulso comparable al de la Segunda Guerra Mundial, ironizaba sobre la necesidad de una “invasión alienígena” en Estados Unidos [3]. Es de esperar que la debilidad endémica de la economía continúe reinando al menos en el mediano plazo del próximo mundo post pandemia.
Segundo, en la famosa tesis del “fin del trabajo”. Un concepto que si bien merece ser discutido desde su propia definición –debido a que conlleva una carga propagandística poderosa y planteada en los estrechos límites del capitalismo resulta falsa– también guarda un elemento de verdad. Jeremy Rifkin, autor de la vieja tesis homóloga –en boga en la década del ‘90 [4]– y miembro permanente del establishment de la Unión Europea, escribió hace unos pocos años un libro titulado The zero marginal cost society (La sociedad del costo marginal cero) [5]. En ese libro –en el que, vale señalar, “el eclipse del capitalismo” aparece mencionado desde la bajada del título– Rifkin alerta que gran parte de la “vieja guardia” en el ámbito comercial no puede imaginar cómo procedería la vida económica en un mundo en el que la mayoría de los bienes y servicios resultaran casi gratuitos, las ganancias caducaran, la propiedad perdiera sentido y el mercado fuera superfluo [6]. El autor se refiere a la que sería la consecuencia lógica del desarrollo libre y acabado de las nuevas tecnologías que, al menos en el terreno digital, muestran la capacidad de reproducir ciertos servicios –música, películas, libros, etc.– sin necesidad de incorporar trabajo y casi sin gasto de capital, lo que en términos neoclásicos, se define como “costo marginal cero”. Aunque no vamos a desarrollar este complejo tema aquí resultan necesarias dos acotaciones. La primera consiste en que no puede pensarse el desarrollo libre de las tecnologías bajo condiciones capitalistas. La propiedad privada de los medios de producción moldea y hasta cierto punto coarta el desarrollo tecnológico, adaptándolo –hasta donde le es posible– a sus necesidades. Las patentes, las “subvenciones cruzadas” [7], entre otros mecanismos, son parte de las múltiples formas a través de las cuales el capital consigue convertir en valor aquello que no lo era o ponerle precio a aquello que no lo tiene. La segunda consiste en constatar la parte de verdad relativa contenida en el razonamiento de Rifkin. Porque si las tecnologías no estuvieran sujetas a los condicionamientos del capital, efectivamente su desarrollo libre exigiría cada vez menos esfuerzo de trabajo humano, supondría una mayor abundancia de bienes y servicios, el avance hacia la gratuidad, la pérdida de sentido de la propiedad privada y del mercado y, junto con ellos, de las ganancias. Advertimos que, aunque en absoluto se trate de un fenómeno enteramente nuevo –“abundancia” y “escasez” constituyen términos relativos y determinados socialmente–, lo cierto es que se vuelve mucho más agudo y contradictorio para el propio capital desde el momento en el que es posible la reproducción gratuita de determinados servicios digitales. La idea general del “fin del trabajo” en tanto tendencia y como sustrato de la eliminación progresiva del valor, los precios y la propiedad privada de los medios de producción es, a decir verdad, original de Marx y está expresada desde hace muchas décadas en los Grundrisse [8]. Los ideólogos del capital la reviven de una manera doble: por un lado, como propaganda y amenaza con pretensiones disciplinadoras de aquello que podría suceder bajo condiciones de producción capitalistas y por el otro, como percepción de la fuerza de una tendencia histórica. Vale destacar que, incluso en su acepción propagandística, la idea del fin del trabajo presupone de algún modo la segunda arista dejando traslucir la impresión de un sistema que se imagina impotente para garantizar por sus propios mecanismos internos la subsistencia de las mayorías. Una cuestión que se aprecia con bastante claridad en la difusión de la idea de la Renta Básica Universal (RBU). Propuesta sujeta a múltiples interpretaciones y cada vez más “conversada” en el contexto pandémico. Es bueno resaltar, no obstante, que las tribulaciones más actuales sobre la RBU se derivan de las consecuencias de la crisis económica y no precisamente de las del “desempleo tecnológico”.
Tercero, en la constatación del crecimiento aberrante de la desigualdad social que –con mucho atraso– conmovió al mundo académico y al establishment. Corroboración teorizada y popularizada en los últimos años por Thomas Piketty [9], economista francés que sigue los postulados del Mainstream –aunque en la actualidad viene mostrando un relativo giro a la izquierda [10]. La tesis de Piketty consiste esencialmente en demostrar que el incremento de la desigualdad patrimonial y del ingreso –característica de las décadas neoliberales– se deriva de la combinación de una alta tasa de rendimiento del capital y una baja tasa de inversión que da origen al crecimiento rezagado de una economía ascendentemente “rentística”. En sus términos, esta realidad conjunta representa la “norma” del capitalismo que resultó limitada solo excepcionalmente tras grandes shocks como las dos guerras mundiales del siglo XX, la revolución rusa de 1917 y la crisis de los años ‘30. El retorno de la “norma”, determina que la desigualdad tienda a recuperar en el presente siglo los niveles paradigmáticos de fines del siglo XIX. El problema para Piketty es que, como resabio de la excepcionalidad de posguerra, aún persiste una “clase media patrimonial” amenazada de empobrecimiento que suscitará fuertes reacciones políticas.
La tesis de Robert Gordon, economista de Harvard e integrante a través de las décadas de distintos órganos de consejo estatal, guarda puntos de contacto con la de Piketty aunque su objeto de estudio radica en la historia de las tecnologías, la productividad y el crecimiento de la economía norteamericana. Desde una visión de la economía en la que la especificidad histórica del capital y el capitalismo desaparecen casi por completo, Gordon remite a una mayoría de la existencia humana caracterizada por una “normalidad” de bajo crecimiento. Statu quo sacudido solo por el “siglo revolucionario” que se extiende entre la Guerra Civil norteamericana y la década de 1970 aunque, muy particularmente, por la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. A partir de los años ‘70 la economía pierde fuerza y –con la excepción del período 94/2004– tiende a restablecerse la “normalidad” de bajo crecimiento que se intensifica en el período post Lehman. Para el próximo cuarto de siglo, Gordon –opositor acérrimo a la tesis de una “Cuarta Revolución Industrial”– vaticina un crecimiento de la productividad y del producto claramente por debajo del promedio de los años 1970-2014. Una situación que incluso podría empeorar debido a lo que denomina “vientos en contra” conformados por la desigualdad creciente, el rezagado incremento del nivel educativo, el bajo crecimiento poblacional y la jubilación de la generación de baby boomers y, finalmente, la trayectoria ascendente e insostenible de la relación deuda/PBI [11].
En términos más generales, la constatación de la debilidad del crecimiento económico y de la inversión “real” junto con el incremento de todo tipo de deudas –personales, públicas, corporativas–, la “amenaza” tecnológica y el aumento acelerado de la desigualdad, trasciende distintas vertientes ideológicas [12] y emerge como una suerte de “nueva normalidad”. Una de sus consecuencias más inquietantes reside en la destrucción de las “clases medias” –eufemismo que normalmente se emplea para hacer referencia a amplios sectores de las clases trabajadoras [13]– o de su símbolo más acabado, el “sueño americano”, como base necesaria de sustentación de las “democracias capitalistas”. Un tema ya recurrente que, al calor de la pandemia, emerge como más urgente y preocupante en el pensamiento de diversos autores como, por ejemplo, en el del principal comentarista económico de Financial Times, Martin Wolf.
Falsas promesas (o el fin del “progreso”)
La segunda circunstancia surge del modo en el que estas vulnerabilidades del capital se traducen en la sensibilidad de millones de trabajadores y sectores populares de los países centrales y no centrales.
Lo cierto es que la debilidad económica post crisis 2008/9 aniquiló el sustituto débil de “progreso” ofrecido por el neoliberalismo a cambio de la “globalización” y la destrucción de las conquistas del llamado “Estado de Bienestar”. De alguna manera y en particular en el curso de las décadas del ‘90 y ‘2000, la proliferación del crédito al consumo –incluidas las hipotecas subprime–, la mitigación de la desigualdad entre países –habilitada por el ascenso de los llamados BRICS–, la reducción relativa de la pobreza –entendida en los términos del Banco Mundial [14]–, el “sueño chino”, el indio y hasta cierto punto el brasileño, entre otros, actuaron como factores compensatorios frente al incremento –global y al interior de la mayoría de los países– de la desigualdad. Este “intercambio satánico” es lo que, en el curso de la última década, se fue diluyendo primero en el “centro” y más tarde en la “periferia”.
Llama un tanto la atención el hecho de que, luego de tantas décadas neoliberales signadas por el incremento de la desigualdad –que originó múltiples estudios sobre el tema->https://www.jornada.com.mx/2014/09/03/opinion/034a1eco]–, recién hace pocos años el asunto alcanzara el centro de las preocupaciones de buena parte del mainstream, incluido el Fondo Monetario Internacional. Pero no es tan extraño. Lo que movilizó esta mutación es la circunstancia de que, desde el punto de vista de los “deciles menos favorecidos”, resulta más tolerable la desigualdad que la idea de la imposibilidad de “progreso” o peor aún, la del propio retroceso. Como señala Wolf, en determinadas sociedades la desigualdad como tal puede no resultar tan social o políticamente desestabilizadora. Pero la sensación de deterioro de las perspectivas para uno mismo y para los hijos, ciertamente importa como también lo hace una fuerte sensación de “injusticia”. También apuntaba, hace unos años y en base a un informe del Instituto Global McKinsey el hecho de que, mientras el aumento de la prosperidad reconcilia a las personas con las disrupciones económicas y sociales, su ausencia fomenta la ira. Recordemos que la llamada “Primavera árabe” comenzó en 2009 con la inmolación de un vendedor ambulante con título universitario en una ciudad tunecina. La falta de perspectiva se encuentra en la base de los fenómenos políticos e ideológicos que, a derecha y a izquierda, conmueven desde hace varios años a las élites o a las estructuras tradicionales en una muy vasta cantidad de países. Incluso, poco antes de la pandemia asistimos a fenómenos abiertos de lucha de clases que recorrieron gran parte del planeta.
La comunión entre pandemia y Gran Confinamiento, magnifica de una manera bastante literal esta sensación de ausencia de perspectivas. Aunque –hasta cierto punto– también actúa como factor disciplinador sumado a la contención de las políticas billonarias implementadas por los Estados. No obstante, aquello que Wolf denomina “una fuerte sensación de injusticia” desató, tras el asesinato de George Floyd, un movimiento profundo e integrador de múltiples decepciones y opresiones de negros y blancos en el corazón del imperio.
Por su parte, la letánica y lacerante distopía del “fin del trabajo” –una especie de estocada final a la idea de “progreso”– adquiere una muy particular triple manifestación en el contexto de la crisis pandémica. Por un lado, la pérdida directa de millones de puestos de trabajo no aparece asociada al “desempleo tecnológico” sino al Gran Confinamiento como imagen de la fusión entre la enfermedad y la crisis económica. Por el otro, las “cuarentenas”, en tanto elemento central de paralización económica, actúan como prueba definitiva y “auto percepción” global de que –al menos por el momento– los trabajadores y no los robots fungen como la fuerza fundamental que mueve la economía. Finalmente y muy significativo, las “empresas tecnológicas” –entre ellas PayPal, Alphabet, Facebook, Tencent, Tesla, Apple, Microsoft, Amazon– son las que más incrementaron su capitalización bursátil bajo condiciones de pandemia. También el boom alcanzó a otras menores como Rappi, Globo o Pedidos Ya, de entrega de comida a domicilio. Pero, lejos de expulsar trabajo, estas empresas emergen como núcleos del llamado “trabajo esencial” y se consolidan como áreas de vanguardia de la precarización laboral. Incluso aquellos “unicornios” [15] que despidieron trabajadores, no lo hicieron en función del reemplazo tecnológico sino de su reestructuración debida a la propia crisis.
De conjunto, la pandemia y la crisis económica agudizaron el sentimiento de decepción y falta de expectativas en un sistema que, se percibe, no tiene demasiado para ofrecer. El politólogo estadounidense, Ian Bremmer, alertaba sobre este sentir hace no mucho tiempo en su libro Us vs. Them: The Failure of Globalism [16], donde incorpora el concepto de “globalismo” como intento de las élites de transmitir la idea de que la “globalización” acarrea una mejora para todos los sectores sociales. Esa es, efectivamente, la “creencia” que desapareció del imaginario y se aleja aún más con los efectos económicos de la pandemia. Cuestión que, ciertamente, genera bastante pavor en el establishment. solo por ponerle una metáfora a los nuevos vientos de época vale la pena observar que Fukuyama, por ejemplo, vuelve a evocar -a su modo- la idea de lucha de clases.
¿Vuelta al “Estado de Bienestar”?
Ya no guarda novedad alguna el hecho de que la intervención estatal sobre la economía –fundamentalmente en los casos estadounidense, de los países de la Unión Europea y Japón, en términos de magnitud– superó ampliamente los estímulos monetarios y fiscales implementados en la crisis 2008/9. La Unión Europea, incluso, acaba de aprobar un “plan anticrisis” de 750 mil millones de euros financiados con deuda común y dirigidos, bajo la modalidad de préstamos y subsidios, a los países más afectados del bloque.
La conjunción del impulso económico catastrófico de la pandemia, la crisis del esquema neoliberal –visualizado, ante todo, como incapacidad de contención sanitaria– y la situación social y política descrita más arriba, no puede, por supuesto, desvincularse de esta macro intervención. Tampoco puede pensarse abstrayéndose de las diferencias inmediatas entre los países centrales –que con tasas de interés cero o negativas poseen mayor capacidad de endeudamiento– y los países dependientes o semicoloniales de los que se fugaron en los últimos meses más de 100.000 millones de dólares. La reflexión más interesante radica, sin embargo, en los pronósticos pospandemia. Diversos sectores concluyen que, a partir de esta intervención estatal, podría abrirse paso una suerte de “estatismo reformista”. Pero el problema es que esta perspectiva no puede imaginarse por fuera ni de la debilidad que la economía capitalista arrastra hace más de 10 años encadenada sin solución de continuidad con la convulsión actual, ni de la crisis del neoliberalismo y los límites de la globalización, ni de la decadencia e incógnita sobre la “estrategia de reemplazo”, temas a los que hicimos referencia más arriba. Nos proponemos aquí solo dejar planteadas algunas líneas para la reflexión.
En primer término, consideramos que las formas particulares que adopta la actual intervención estatal no se derivan esencialmente de una “opción política” sino de las necesidades de la estructura misma del capital en el período presente. Tomemos, por ejemplo, el caso paradigmático de Estados Unidos. El economista marxista Robert Brenner señala que de los alrededor de 6 billones de dólares de estímulo fiscal implementados –según sus cálculos– en los últimos meses por el estado norteamericano, el 75 % –equivalente a aproximadamente 4,5 billones– resultó derivado al “cuidado” de las más grandes y mejores compañías mientras sólo un monto cercano a 600.000 millones tuvo como destino pagos directos en efectivo a individuos y familias, seguro de desempleo adicional y préstamos estudiantiles. A su vez, la mayor parte de aquel 75 % con destino a las grandes empresas carece de restricciones para ser utilizado en recompra de acciones, bonificaciones a los CEO, etc. [17]. Por un lado, aunque evidentemente la desproporción es notable, vale observar que incluso aquellos 600.000 millones de dólares no son poca cosa y su activación se encuentra indisolublemente asociada a las necesidades de contención del “estado de ánimo” del que hablamos en el apartado anterior. Pero por otro lado, lo que más interesa resaltar aquí es que la ausencia de restricciones para el destino de la mayor parte de aquel 75 % –que habilita, por ejemplo, la recompra de acciones como explícita contracara de la debilidad de la inversión– responde estrictamente a una modalidad de “acumulación” del capital exacerbada en el curso de la última década. La acción del Estado tiene por objeto garantizar ese patrón, del mismo modo que lo hace la compra ilimitada de deuda corporativa garantizada por la Reserva Federal desvinculando –transitoriamente– las capitalizaciones bursátiles de las tendencias de la “economía real”. Se trata de “formas” cuyo desenfreno –tanto como la necesidad estatal de sostenerlas– no se deriva, en lo esencial, de “decisiones de política” sino del agotamiento de las nuevas fuentes para la acumulación del capital conquistadas bajo el auge de las décadas neoliberales. Las crecientes tensiones chino-estadounidenses expresan, justamente, una faceta fundamental de ese agotamiento.
Si en segundo término, y en estrecha relación con el punto anterior, reflexionamos sobre el lugar del New Deal en los años ‘30, resulta obligado observar su posibilidad como estrechamente asociada a la circunstancia de que Estados Unidos, a pesar de la gran crisis, era ya la nación económicamente más pujante del planeta. Por solo acercar un ejemplo, en 1929 producía el 80 % de los vehículos automotores del mundo [18]. La ley Glass Steagall –que desvinculó a la banca de inversión de la banca comercial– resulta emblemática en tanto no puede disociarse de las posibilidades de acumulación “productiva” del capital de una nación que se abría espacio como el poder industrial del mundo. Muy lejos se ubican las características de poder financiero que, en su decadencia, distinguen al Estados Unidos de hoy. Es en el contexto de estas condiciones económicas específicas en el que debe interpretarse la laxa e incluso ambigua ley Dodd-Frank –aprobada en 2010 e impulsada por Elizabeth Warren, del ala izquierda del Partido Demócrata– como la restricción financiera más audaz a la que dio lugar el desastre desencadenado por la caída de Lehman. Las relaciones inquebrantables entre la banca comercial y de inversión, responden a las características de un capitalismo en extremo financiarizado.
En tercer término y profundizando el contraste con el New Deal, su implementación tampoco puede escindirse de las tensiones sociales insoportables generadas por la Gran Depresión combinadas con la presión ejercida por la presencia de la Revolución rusa. Circunstancias que convirtieron a la década del ‘30 en la de mayor agitación obrera de Estados Unidos. Por supuesto y sí, como es esperable, una mayor lucha de clases tiene lugar en el período pospandemia, no puede descartarse que –en tanto se transforme en una amenaza para las bases del capital– la distribución entre aquel “75 y 25 %” se modifique parcialmente ni que, incluso, se imponga algún tipo de limitación algo más firme a las operaciones financieras de las grandes corporaciones y la banca. Pero incluso, eventuales medidas tibiamente reformistas para contener procesos de lucha de clases muy probablemente resulten contestadas con mayor violencia por los sectores dominantes de un capital que adolece de nuevas fuentes rentables para su acumulación ampliada. En este contexto, también las nuevas tecnologías serán utilizadas –muy probablemente y como siempre lo fueron– como arma contra la resistencia y para incrementar la explotación y flexibilización del trabajo, lejos de eliminarlo. Vale recordar que, aún en las mencionadas condiciones excepcionales de la década del ‘30, el New Deal resultó impotente para que la economía estadounidense retornara a la tendencia pre-crisis. Incluso, en 1937 el parlamento y el establishment económico vetaron su continuidad y se produjo una nueva caída abrupta. Recién el “milagro económico” [19] de la Segunda Guerra Mundial rescató –como lo señala Gordon– a la economía norteamericana del “estancamiento secular” de los tardíos años ‘30 [20].
Más allá de las medidas inmediatas –que variarán también según los ritmos de la pandemia, la crisis y las diversas tensiones que se jueguen en los escenarios electorales– es de esperar que bajo las condiciones de su realidad actual el capital refuerce la agresividad. De hecho, ya lo estamos presenciando a través de las nuevas modalidades de flexibilización laboral implementadas bajo la excusa de la pandemia. Del mismo modo, ni bien sea posible, volverán a emerger nuevos intentos de reformas previsionales con la excusa de los enormes déficits fiscales acumulados. A su vez, los límites del neoliberalismo que se expresan –en gran medida– en contradicciones crecientes entre los Estados, es muy probable que conduzcan a diversas expresiones de mayor belicismo aunque no podamos definir sus expresiones concretas. Es de esperar que la ausencia de una “estrategia de reemplazo” y la gran dependencia económica que aún guarda la relación chino-norteamericana se traduzca, entre otras cosas, en una ofensiva más violenta estadounidense no solo para doblegar a China como competidor sino también para incrementar la libertad de acción de sus capitales en el país. Los métodos a utilizar como así también los resultados, están abiertos. Pero sean cuales fueren los escenarios, caben pocas dudas de que no es un panorama de “estatismo reformista” el que se abre para el período próximo. Asumir estas circunstancias constituye un elemento fundamental de la preparación y la estrategia necesarias para actuar en próximos acontecimientos si se desean evitar nuevas catástrofes para los trabajadores y los sectores populares, es decir, para la enorme mayoría de la humanidad.
Paula Bach
Notas
[1] La Organización Mundial del Comercio pronostica una contracción para 2020 de entre el 13 y el 32 %. La brecha resulta aún demasiado amplia para proponer comparaciones históricas de utilidad.
[2] Por un lado, si las mismas políticas estatales que luego de 2008/9 buscaron contener la crisis, limitaron la destrucción de capitales y con ello, paradójicamente, acotaron la fuerza de la recuperación, es de esperar que este efecto se repita en la actualidad debido a políticas de contención estatal significativamente mayores, ver Juncal Santiago, “Pandemia y crisis: ¿adónde va la economía global?”, entrevista en La Izquierda Diario, 1/7/2020. Por otro lado, es de esperar que la reducción cualitativa de los ingresos que están sufriendo amplias franjas de trabajadores y sectores populares, sumadas a los temores instalados por la pandemia, limiten una recuperación del consumo. También, los tiempos desiguales de la pandemia en los distintos países retrasan, naturalmente, el retorno a la “normalidad” de las relaciones económicas internacionales. Además y como factor esencial, las condiciones de cooperación interestatal que en el post 2008/9 resultaron claves, se encuentran en la actualidad significativamente más dañadas y enfrentan contradicciones estructurales profundas, ver, Bach, “Paula, Crisis económica mundial: ¿escaparán los “espíritus subterráneos”?”, Ideas de Izquierda, 15-3-2020.
[3] Véase, Krugman, Paul, Acabad ya con esta crisis!, Madrid, Crítica, 2012.
[4] Rifkin, Jeremy, El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era, Madrid, Paidós, 2014.
[5] Rifkin, Jeremy, The zero marginal cost society. The internet of things, the collaborative commons, and the eclipse of capitalism, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2014.
[6] Rifkin, Jeremy, op. cit.
[7] Véase, Srnicek, Nick, Capitalismo de plataformas, Buenos Aires, Caja Negra, 2018.
[8] Véase, Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI editores, 1982. Antonio Negri revalorizó los Grundrisse y desarrolló en los años ‘90, una interpretación propia de esta tendencia formulada por Marx. Para una exposición sintética del planteo de Negri y una crítica, véase, Bach, Paula, “Valor, forma y contenido de la riqueza en Marx y en Antonio Negri: Una diferencia sutil pero esencial”, Estrategia Internacional 17, otoño de 2001.
[9] Véase, Piketty, Thomas, El capital en el siglo XXI, México, Fondo de Cultura Económica, 2014. Véase también, Esquenazi, Matías y Hernández, Mario (compiladores), El debate Piketty. Sobre El capital en el siglo XXI, Provincia de Buenos Aires, Metrópolis, 2014.
[10] Véase, Piketty, Thomas, Capital e ideología, Buenos Aires, 2019. Para una crítica, véase entre otras, Mercatante, Esteban, “Algo huele a podrido en el capitalismo: comentarios sobre lo nuevo de Thomas Piketty”, Ideas de Izquierda, 27/10/19.
[11] Véase, Gordon Robert, The rise and fall of American growth.The U.S. standard of living since the Civil War, Princeton, Princeton University Press, 2016.
[12] Véase, por ejemplo, Streeck Wolfgang, ¿Cómo terminará el capitalismo? Ensayos sobre un sistema en decadencia, Madrid, Traficantes de sueños, 2017, o Harvey, David, Marx, El capital y la locura de la razón económica, Buenos Aires, Akal, 2019.
[13] El Banco Mundial define a la “clase media” como hogares que tienen una baja probabilidad de caer en la pobreza pero no son ricos y cuyos ingresos oscilan entre 13 y 70 dólares diarios (PPA de 2011). Lac equity lab: pobreza, Banco Mundial, disponible online.
[14] El Banco Mundial coloca en la categoría de “pobres extremos” a aquellas personas que viven con menos de 1,9 dólares al día. Según un informe de la institución, en los 25 años transcurridos entre 1990 y 2015, la tasa de pobreza extrema –que significa, agregamos, dejar de ser muy pobre para pasar a ser solamente pobre– se redujo globalmente, en promedio, un punto porcentual por año –de casi el 36 % al 10 %– lo que significa que alrededor de 1.000 millones de personas salieron de ese estado. Sin embargo, la pobreza extrema solo disminuyó un punto porcentual entre 2013 y 2015. Banco Mundial, comunicado de prensa, septiembre 2018, disponible online. Ver, también, la crítica metodológica del jurista australiano Philip Alston, relator especial sobre extrema pobreza y derechos humanos de las Naciones Unidas, a las investigaciones del Banco Mundial. Alston, Philip, “El lamentable estado de la erradicación de la pobreza”, Concejo de Derechos Humanos de la ONU, julio 2020, disponible online.
[15] Los llamados “unicornios” son empresas emergentes, innovadoras en tecnologías, valuadas en 1.000 millones de dólares o más.
[16] Bremmer, Ian, Us vs. Them: The Failure of Globalism, Nueva York, Penguin, 2018.
[17] Brenner, Robert, “Escalating Plunder”, New Left Review 123, mayo-junio 2020, disponible online.
[18] Gordon, Robert, op. cit.
[19] “Milagro” que, como es sabido, implicó más de 60 millones de muertos, la destrucción de gran parte de Europa, Hiroshima y Nagasaki, entre otros muchos hechos prodigiosos.
[20] Ídem.
lunes, 3 de agosto de 2020
Revisar la historia de Cuba… a machetazos
Diarios como ABC participan de la corriente que trata de lavar la cara al Imperio español en América y –en particular- en Cuba. Uno de sus trabajos recientes trataba de “demostrar” que las famosas “cargas con machete de los rebeldes independentistas cubanos” son solo un “mito” para “deshonrar a España”.
Mali, una guerra olvidada y un pueblo que se rebela

El cinturón del Sahel abarca, entre otros lugares, parte de Malí, Burkina Faso y Níger, ocupadas por tropas militares europeas
Nueve años después de la guerra de Libia, emprendida por varios países de la OTAN con la participación del ejército belga, la situación en la región del Sahel es catastrófica. Libia está sumida en el caos y este caos se ha extendido más allá de sus fronteras, sobre todo a Mali, donde se multiplican las revueltas contra la ocupación militar.
Inmediatamente después de la guerra, a finales de 2012, el conflicto descendió hacia la región del Sahel, sobre todo a Mali. Desde enero de 2013 tanto este país como los vecinos (especialmente Burkina Faso y Níger) son el escenario de varias operaciones militares europeas instaladas de forma permanente en la zona.
La Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Mali (MINUSMA, por sus siglas en inglés) mantiene 14.000 militares sobre el terreno. Se han lanzado además otras tres operaciones europeas: Berkhane (5.000 soldados franceses), EUTM (European Union Training Mission [Misión de Adiestramiento de la Unión Europea], 1.066 soldados de 21 países miembros de la Unión Europea, Bélgica incluida) y EUCAP (European Union Capacity Building Mission [Misión de Fomento de la Capacidad de la Unión Europea], unos 200 expertos de diferentes países europeos, incluida Bélgica).
En julio de 2020 se añadió la Taskforce Takuba, una operación que debería ser plenamente efectiva a principios del próximo año con 600 soldados que deberán “acompañar, asesorar y ayudar a los ejércitos locales en su lucha contra el terrorismo”.
La fiebre del oro
La presencia de todos estos ejércitos en la zona no es casual: el petróleo, el uranio y el oro son unas bazas bien reales. Oxfam calcula que una tercera parte de la electricidad consumida en Francia proviene de la energía nuclear producida con el uranio del Sahel, que también alimenta a parte de la energía nuclear belga. Esta región es, además, el objetivo de enormes proyectos de producción de energía eléctrica solar para abastecer a Europa.
Por otra parte, por esta región transitan importantes flujos migratorios provenientes de África. El Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, el socialdemócrata español Joseph Borrel, jefe de la diplomacia europea, declaraba en noviembre de 2019 que el norte de África era el “patio trasero” de Europa y que había que “resolver los problemas” ahí por medio de una “fuerza militar común” (De Standaard, 23 de noviembre de 2019.)
El fracaso militar
La intervención militar europea en Mali empezó en enero de 2013. Su objetivo era detener la ofensiva de varios grupos rebeldes, entre los que había dos grupos yihadistas, que habían aprovechado el caos provocado por la guerra de la OTAN contra Libia para dirigirse a Mali con armamento pesado.
Ahora bien, a día de hoy, ocho años después de la llegada de los ejércitos europeos, hay once milicias (siete yihadistas y cuatro étnicas). Cada año aumenta la cantidad de víctimas y se extiende el territorio en el que reina el terror. La ONU calcula que en los cinco últimos años la cantidad de personas muertas ha aumentado de 770 a 4000 al año.
El pasado 6 de junio fueron asesinados fríamente 40 civiles en Koro y Douentza. Fueron degollados dos jefes de poblado. El 14 de jumio mueren 24 personas en la localidad de Bouki Were y los días 1 y 2 de julio fueron atacados cuatro pueblos. Balance: 30 personas muertas. Estos no son sino algunos ejemplos recientes que ilustran bien que el resultado de la presencia de los ejércitos europeos en la región es un fracaso militar. Algunos observadores comparan esta situación con la de Afganistán, donde la guerra dura ya veinte años y cuyo final ni siquiera se vislumbra. Pero el fracaso no es solo militar.
Una profunda crisis política
Desde el verano de 2017 se están produciendo manifestaciones impresionantes contra lo que los malíes consideran una partición de Mali: una división territorial provocada por la injerencia de los países europeos. Esta revuelta se orienta cada vez más contra el presidente de Mali, Ibrahim Boubacar Keita (IBK), que llegó al poder por medio de unas elecciones muy controvertidas y es el principal aliado de Europa en lo referente a la presencia europea en el país.
Estas revueltas se repitieron en verano de 2018, en abril de 2019, en marzo, junio y julio de 2020. Las dos ultimas fueron organizadas por el Mouvement du 5 juin – Rassemblement des Forces Patriotiques (M5-RFP), un frente amplio que representa a las diferentes capas de la sociedad. El ultimo enfrentamiento importante se produjo el pasado 10 de julio cuando las fuerzas antiterroristas del ejercitó malí, adiestradas y financiadas por los países europeos (incluida Bélgica), dispararon contra los manifestantes y provocaron once muertos.
La Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO), una misión de la organización regional de África occidental integrada por cinco jefes de Estado, propuso el 23 de julio un plan de “solución” apoyado por la Unión Europea y Estados Unidos. Este plan consiste en mantener al presidente IBK, “la formación de un gobierno de unidad nacional y el restablecimiento de una Asamblea Nacional legítima”. El M5-RFP rechazó este plan e insiste en la salida del presidente.
“Han pasado los tiempos del colonialismo”
Oumar Mariko, presidente del partido SADI (Solidarité Africaine pour la Démocratie et l’Indépendance), un partido de izquierda que es uno de los motores de M5-RFP, expresa el hartazgo de los malíes por la impotencia del Estado, al que se ha puesto bajo tutela, y del presidente IBK: “Para que el propio presidente IBK pueda visitar determinadas localidades del país debe obtener el permiso de los grupos rebeldes o de Francia. En esas condiciones, ¿dónde está la independencia y la soberanía del Estado de Mali sobre toda la extensión de su territorio?”. También recordó que desde hace casi tres años los niños del país no van a la escuela, lo que certifica la legitimidad del levantamiento de M5-RFP contra el régimen actual.
En su comunicado del 16 de julio el MR5-RFP exige “la dimisión del Ibrahim Boubacar Keïta y de su régimen, la apertura de una transición republicana, el inicio de investigaciones judiciales con el fin de enjuiciar a los autores, patrocinadores y cómplices de los asesinatos, lesiones y abusos cometidos contra los manifestantes”.
Toni Busselen
Solidaire
Traducido del francés por Beatriz Morales Bastos
Bolivia: la COB declara la huelga general por tiempo indefinido
Tras suspender las elecciones por tercera vez, el gobierno de facto decretó el “estado de calamidad”. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) anunció que los comicios se retrasan del 6 de septiembre a octubre. Las elecciones ya se habían pospuesto de mayo a septiembre. El fascista Camacho ya lo había pedido la prórroga en una carta a Luis Almagro, titular de OEA.
Dinamita
Sindicatos, movimientos sociales, indígenas y campesinos nucleados en la COB y en Trópico, movilizaron en distintos puntos del país el pasado martes, denunciando la prórroga y las maniobras de fraude y proscripción. El martes 28, en un Cabildo realizado en la Ceja (El Alto), el Ejecutivo de la COB (Central Obrera Boliviana) anunció una huelga general por tiempo indefinido con movilización en 9 departamentos, para que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) anule la postergación.
La dirección de la COB fue sometida a numerosas presiones para que declare la huelga. “Llas organizaciones sociales de El Alto, de las 20 provincias del departamento de La Paz, de la Federación Tupaj Katari, de la Central Obrera departamental, Ayllus del norte de Potosí, mineros, fabriles, constructores, Junta de vecinos, de padres de familia y organizaciones de jóvenes, han pedido que a partir de hoy día se declare la huelga general indefinida”, dijo Juan Carlos Huarachi, del Ejecutivo de la COB.
Huarachi denunció al gobierno por la falta de respiradores e insumos de bioseguridad. “El problema en el país no es coronavirus, el problema es este Gobierno incapaz (…) Si nos unimos mineros, campesinos, clase media y El Alto, todos juntos somos una dinamita” (ídem). La COB slaudó el golpe que puso en el poder a estos “incapaces” el año pasado.
Paro, bloqueo, movilización
Las movilizaciones ya comenzaron en diferentes puntos del país. La masiva marcha se inició en Senkata, lugar donde el Gobierno de facto de Añez mató a manifestantes durante la represión el año pasado. La marcha opó varios kilómetros de calles de de El Alto. De todo el país hubo marchas a La Paz.
Bolivia tiene 72.327 casos confirmados, 2.720 fallecidos por Covid19, una enorme crisis económica, desempleo y crisis en el aparato estatal, además de los actos de corrupción destapados durante su corta gestón, como los sobreprecios en la venta de respiradores.
“Estado de calamidad”
Mediante un decreto, Añez declaró a Bolivia en Estado de Calamidad. El decreto le permite acceder sin límites a las Reservas Internacionales del Banco Central.
Tiempo atrás, el Gobierno solicitó la aprobación de un préstamo por 327 millones de dólares del FMI. El Legislativo, controlado por el MAS, tiene bloqueados créditos por más de mil millones de dólares, una parte del propio FMI. La Constitución Política boliviana establece que “todo empréstito internacional requiere la aprobación del Órgano Legislativo”. La bancada del MAS, mayoría en la Asamblea, volvió a rechazar su tratamiento.
Emiliano Monge
31/07/2020
Dinamita
Sindicatos, movimientos sociales, indígenas y campesinos nucleados en la COB y en Trópico, movilizaron en distintos puntos del país el pasado martes, denunciando la prórroga y las maniobras de fraude y proscripción. El martes 28, en un Cabildo realizado en la Ceja (El Alto), el Ejecutivo de la COB (Central Obrera Boliviana) anunció una huelga general por tiempo indefinido con movilización en 9 departamentos, para que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) anule la postergación.
La dirección de la COB fue sometida a numerosas presiones para que declare la huelga. “Llas organizaciones sociales de El Alto, de las 20 provincias del departamento de La Paz, de la Federación Tupaj Katari, de la Central Obrera departamental, Ayllus del norte de Potosí, mineros, fabriles, constructores, Junta de vecinos, de padres de familia y organizaciones de jóvenes, han pedido que a partir de hoy día se declare la huelga general indefinida”, dijo Juan Carlos Huarachi, del Ejecutivo de la COB.
Huarachi denunció al gobierno por la falta de respiradores e insumos de bioseguridad. “El problema en el país no es coronavirus, el problema es este Gobierno incapaz (…) Si nos unimos mineros, campesinos, clase media y El Alto, todos juntos somos una dinamita” (ídem). La COB slaudó el golpe que puso en el poder a estos “incapaces” el año pasado.
Paro, bloqueo, movilización
Las movilizaciones ya comenzaron en diferentes puntos del país. La masiva marcha se inició en Senkata, lugar donde el Gobierno de facto de Añez mató a manifestantes durante la represión el año pasado. La marcha opó varios kilómetros de calles de de El Alto. De todo el país hubo marchas a La Paz.
Bolivia tiene 72.327 casos confirmados, 2.720 fallecidos por Covid19, una enorme crisis económica, desempleo y crisis en el aparato estatal, además de los actos de corrupción destapados durante su corta gestón, como los sobreprecios en la venta de respiradores.
“Estado de calamidad”
Mediante un decreto, Añez declaró a Bolivia en Estado de Calamidad. El decreto le permite acceder sin límites a las Reservas Internacionales del Banco Central.
Tiempo atrás, el Gobierno solicitó la aprobación de un préstamo por 327 millones de dólares del FMI. El Legislativo, controlado por el MAS, tiene bloqueados créditos por más de mil millones de dólares, una parte del propio FMI. La Constitución Política boliviana establece que “todo empréstito internacional requiere la aprobación del Órgano Legislativo”. La bancada del MAS, mayoría en la Asamblea, volvió a rechazar su tratamiento.
Emiliano Monge
31/07/2020
Chacinado, avícolas y frigoríficos: epicentro de contagio de Covid-19
EE.UU., Brasil y Alemania, en ese orden, son los tres principales productores y exportadores de carne en el mundo. En los tres países los trabajadores del sector se han encontrado entre los más afectados por contagios de coronavirus, después de los trabajadores de la salud.
En todos lados las industrias alimenticias fueron consideradas “esenciales”. A pesar de contagios masivos las patronales se negaron a cerrar las plantas. En EE.UU, de acuerdo a The Guardian, “al menos 20 trabajadores de envasado de carne han muerto a causa del virus en todo el país y 5.000 se han infectado. Según funcionarios sindicales cerca de dos docenas de instalaciones cerraron, algunas temporalmente, en las últimas semanas”.
Trump, sin embargo, “ordenó a las plantas procesadoras de carne que continúen operando” (ídem). “En entrevistas con trabajadores avícolas en Georgia, Arkansas y Mississippi, surgió un patrón similar de presunta negligencia, secreto y mala administración en las instalaciones operadas por algunos de los mayores fabricantes de alimentos en Estados Unidos. La industria avícola, que ya es el objetivo de una demanda civil que describe un esfuerzo sistemático para reducir los salarios entre una fuerza laboral que es en gran parte inmigrantes o personas de color, se encontró beneficiada de una orden ejecutiva emitida por Donald Trump” en el mismo sentido (ídem).
“La medida, que esencialmente etiqueta la producción de carne como un servicio esencial, ofrece medidas adicionales para proteger a la industria de la responsabilidad legal en caso de que más trabajadores contraigan el virus. La orden llegó pocas horas después de que Tyson, una compañía valuada en u$s 22 mil millones y el segundo procesador de carne más grande del mundo, publicara anuncios pagados en los principales periódicos de EE. UU., incluido The New York Times, para advertir que los cierres recientes de un puñado de plantas debido al virus podrían conducir a un ´suministro limitado de nuestros productos´” (ídem).
Desde entonces los contagios se han multiplicado. Lo mismo ha ocurrido en Brasil y Alemania. En los tres países priman sistemas de producción que explotan intensamente la fuerza de trabajo bajo condiciones laborales semi esclavas, con cadenas de producción donde no se cumplen normas de distanciamiento social y los salarios son bajísimos. La enfermedad no tiene su origen en los animales sino en las condiciones de producción y hacinamiento de los trabajadores. Según informa Erika Salomon, en el Financial Times (29-7). “Un brote en junio en el matadero de Tönnies en Renania del Norte-Westfalia obligó a 7,000 empleados a ponerse en cuarentena y al distrito circundante a permanecer encerrado” (ídem). Hasta el ministro de trabajo, Hubertus Heil, reclamó el "´fin de la irresponsabilidad organizada´ en la industria cárnica alemana. Varios otros mataderos se vieron afectados por brotes de la enfermedad … muchas empresas alemanas explotaron un vacío legal que les permite trabajar mediante prácticas abusivas de subcontratación de personal. Durante décadas, los activistas por los derechos de los trabajadores se han quejado de que los empresarios habían convencido a los funcionarios de no implementar controles más estrictos y de favorecer la autorregulación. Las empresas cárnicas en particular, así como las granjas, se volvieron en gran medida dependientes de los subcontratistas que traen trabajadores migrantes dispuestos a aceptar el trabajo difícil y los bajos salarios. Los trabajadores, la mayoría de ellos de Europa del Este, se quejan de horas de trabajo poco reguladas, tarifas exorbitantes por un alojamiento estrecho y sucio, y se les cobra hasta por el uso de equipos de protección y cuchillos” (ídem).
El gobierno fue obligado a “endurecer las leyes de matadero tras brotes de virus”, pero estas normas serían tratadas recién a partir del 1ro. de septiembre y entrarían en vigencia en enero del año próximo. “Se requerirá que los mataderos con personal de más de 49 personas contraten empleados directamente, mientras que las horas de trabajo se registrarán electrónicamente y se establecerán estándares para la vivienda de los empleados” (ídem).
“Durante décadas, la subcontratación ofreció tal ventaja a la industria cárnica alemana que muchos otros productores de Dinamarca, los Países Bajos y Bélgica trasladaron parte de sus operaciones a Alemania, donde se exporta más del 50 por ciento de la carne. Según la Confederación de Sindicatos Alemanes, unos dos tercios de los trabajadores alemanes de mataderos son tomados por subcontratistas” (ídem).
“Algunos parlamentarios argumentan que la ley no va lo suficientemente lejos, sostienen que las prácticas de subcontratación solo se pueden detener si se reforma el sistema en todos los ámbitos, incluso en áreas como la construcción, empresas de limpieza, hoteles y trabajos de cuidado. Sería ´incomprensible por qué los contratos de trabajo de explotación solo estarían prohibidos en la industria de la carne´, dijo Jutta Krellman, portavoz del grupo parlamentario del partido de izquierda, Die Linke. ´La competencia sucia por abuso de contratos debe detenerse en todas partes´. Pero la ley ya enfrenta el rechazo de las compañías de carne que advierten que el precio de la carne aumentará” (ídem).
Norberto Malaj
31/07/2020
En todos lados las industrias alimenticias fueron consideradas “esenciales”. A pesar de contagios masivos las patronales se negaron a cerrar las plantas. En EE.UU, de acuerdo a The Guardian, “al menos 20 trabajadores de envasado de carne han muerto a causa del virus en todo el país y 5.000 se han infectado. Según funcionarios sindicales cerca de dos docenas de instalaciones cerraron, algunas temporalmente, en las últimas semanas”.
Trump, sin embargo, “ordenó a las plantas procesadoras de carne que continúen operando” (ídem). “En entrevistas con trabajadores avícolas en Georgia, Arkansas y Mississippi, surgió un patrón similar de presunta negligencia, secreto y mala administración en las instalaciones operadas por algunos de los mayores fabricantes de alimentos en Estados Unidos. La industria avícola, que ya es el objetivo de una demanda civil que describe un esfuerzo sistemático para reducir los salarios entre una fuerza laboral que es en gran parte inmigrantes o personas de color, se encontró beneficiada de una orden ejecutiva emitida por Donald Trump” en el mismo sentido (ídem).
“La medida, que esencialmente etiqueta la producción de carne como un servicio esencial, ofrece medidas adicionales para proteger a la industria de la responsabilidad legal en caso de que más trabajadores contraigan el virus. La orden llegó pocas horas después de que Tyson, una compañía valuada en u$s 22 mil millones y el segundo procesador de carne más grande del mundo, publicara anuncios pagados en los principales periódicos de EE. UU., incluido The New York Times, para advertir que los cierres recientes de un puñado de plantas debido al virus podrían conducir a un ´suministro limitado de nuestros productos´” (ídem).
Desde entonces los contagios se han multiplicado. Lo mismo ha ocurrido en Brasil y Alemania. En los tres países priman sistemas de producción que explotan intensamente la fuerza de trabajo bajo condiciones laborales semi esclavas, con cadenas de producción donde no se cumplen normas de distanciamiento social y los salarios son bajísimos. La enfermedad no tiene su origen en los animales sino en las condiciones de producción y hacinamiento de los trabajadores. Según informa Erika Salomon, en el Financial Times (29-7). “Un brote en junio en el matadero de Tönnies en Renania del Norte-Westfalia obligó a 7,000 empleados a ponerse en cuarentena y al distrito circundante a permanecer encerrado” (ídem). Hasta el ministro de trabajo, Hubertus Heil, reclamó el "´fin de la irresponsabilidad organizada´ en la industria cárnica alemana. Varios otros mataderos se vieron afectados por brotes de la enfermedad … muchas empresas alemanas explotaron un vacío legal que les permite trabajar mediante prácticas abusivas de subcontratación de personal. Durante décadas, los activistas por los derechos de los trabajadores se han quejado de que los empresarios habían convencido a los funcionarios de no implementar controles más estrictos y de favorecer la autorregulación. Las empresas cárnicas en particular, así como las granjas, se volvieron en gran medida dependientes de los subcontratistas que traen trabajadores migrantes dispuestos a aceptar el trabajo difícil y los bajos salarios. Los trabajadores, la mayoría de ellos de Europa del Este, se quejan de horas de trabajo poco reguladas, tarifas exorbitantes por un alojamiento estrecho y sucio, y se les cobra hasta por el uso de equipos de protección y cuchillos” (ídem).
El gobierno fue obligado a “endurecer las leyes de matadero tras brotes de virus”, pero estas normas serían tratadas recién a partir del 1ro. de septiembre y entrarían en vigencia en enero del año próximo. “Se requerirá que los mataderos con personal de más de 49 personas contraten empleados directamente, mientras que las horas de trabajo se registrarán electrónicamente y se establecerán estándares para la vivienda de los empleados” (ídem).
“Durante décadas, la subcontratación ofreció tal ventaja a la industria cárnica alemana que muchos otros productores de Dinamarca, los Países Bajos y Bélgica trasladaron parte de sus operaciones a Alemania, donde se exporta más del 50 por ciento de la carne. Según la Confederación de Sindicatos Alemanes, unos dos tercios de los trabajadores alemanes de mataderos son tomados por subcontratistas” (ídem).
“Algunos parlamentarios argumentan que la ley no va lo suficientemente lejos, sostienen que las prácticas de subcontratación solo se pueden detener si se reforma el sistema en todos los ámbitos, incluso en áreas como la construcción, empresas de limpieza, hoteles y trabajos de cuidado. Sería ´incomprensible por qué los contratos de trabajo de explotación solo estarían prohibidos en la industria de la carne´, dijo Jutta Krellman, portavoz del grupo parlamentario del partido de izquierda, Die Linke. ´La competencia sucia por abuso de contratos debe detenerse en todas partes´. Pero la ley ya enfrenta el rechazo de las compañías de carne que advierten que el precio de la carne aumentará” (ídem).
Norberto Malaj
31/07/2020
sábado, 1 de agosto de 2020
El capitalismo monopólico (sobre el proceso a Google, Amazon, Facebook y Apple)

Mark Zuckerberg (Facebook) declara ante el Congreso estadounidense.
El paso de sus directores por el Congreso de EE.UU. y el choque con la política proteccionista de Donald Trump.
Mientras persiste la rebelión, Donald Trump invade con patrullas de frontera a las ciudades de su propio país para reprimir y detener a los manifestantes en vehículos sin identificación, y al mismo tiempo tuitea su decisión de postergar las elecciones ante el derrumbe de su imagen y su gobierno, en esta semana se sentaron en el banquillo: Sundar Pichai (Google), Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Facebook) y Tim Cook (Apple), los directores ejecutivos de las compañías que monopolizan las plataformas donde circulan el dinero, los datos, los bienes, la comunicación.
Los legisladores estadounidenses iniciaron una investigación hace un año que ya acumula millones de páginas de evidencias y cientos de horas de entrevistas, y que revela las prácticas “anticompetitivas” de las cuatro corporaciones. Más en crudo: las acusan por robar datos de otras empresas para su beneficio (Bezos confesó que “no puede garantizar” no haberlo hecho) y que usaron su posición dominante en el mercado para liquidar a sus competidores, como por ejemplo las compras de Whatsapp e Instagram por Facebook (Zuckerberg balbuceó que entonces no había “garantías” de que esas empresas tuvieran éxito y fueran competencia).
La imagen de estos “emprendedores” obligados a responder a los legisladores parodia esos filmes de Hollywood donde el muy rico y muy malo resulta derrotado por las instituciones y la Constitución estadounidense en la última escena. El guion no desentona con esa tradición. En particular, el relato de Bezos sobre sus orígenes como hijo de madre soltera, la tenacidad de su padre –un refugiado anti castrista-, sus invenciones en el clásico garaje, sus contribuciones a los clientes del mundo y a los Estados Unidos: “no es una coincidencia que Amazon haya nacido en este país. Más que en cualquier otro lugar de la Tierra, las nuevas empresas pueden comenzar, crecer y prosperar aquí en los Estados Unidos”.
Tampoco se salen de la letra los legisladores demócratas que pasean su sensibilidad popular y su credo progresista para descubrir –¡como millennialls!- el capitalismo monopólico: “muchas de las prácticas utilizadas por estas empresas tienen efectos económicos nocivos. Desalientan el espíritu empresarial, destruyen empleos, aumentan los costos y degradan la calidad. En pocas palabras: tienen demasiado poder”.
Los republicanos, por su parte, encuentran la posibilidad de facturar la “censura” que Facebook (también Twitter, pero no cayó en la redada) aplicó a los llamados a la violencia y la incitación al odio promovidos o replicados por Trump.
Con todo, el choque con las High Tech no es apenas cinematográfico. Se desenvuelve en el centro de la crisis y la guerra económica que los Estados Unidos libran contra el mundo. Los negocios globales de estas megacorporaciones digitales chocan con la política proteccionista del “Make America Great Again”, como se vio con las prohibiciones para continuar los negocios con las tecnológicas chinas. Cerrado ese mercado por ahora, las multinacionales yanquis ahora desembarcan en otro mercado gigantesco: la India.
En 2001, la aplicación de políticas antitrust recayó sobre Microsoft, quien finalmente realizó algunas concesiones que no impidieron en lo más mínimo su expansión global y… monopólica. La palabra clave, con la que entonces la compañía justificaba sus prácticas anticompetitivas, era “innovación”; la misma que repite Zuckerberg en su pálida defensa.
Se verá cómo sigue la temporada y en qué concluye. Entretanto, ya podemos adelantar la moraleja estadounidense que mistifica los monopolios u oligopolios al presentarlos como una aberración contra la sagrada libre competencia, siendo que son la expresión de la etapa agónica del capitalismo, cuya imagen hoy está mejor retratada que nunca en la profunda crisis de los Estados Unidos.
Santiago Gándara
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