domingo, 5 de julio de 2020

Francia: después de las elecciones municipales




Se acelera la crisis.

La crisis dio un paso adelante con el nombramiento de un nuevo primer ministro, luego de unas elecciones municipales catastróficas para el partido del gobierno de Macron y en el cuadro de una debacle económica que se acentúa. El movimiento obrero, la juventud, la población, siguen manifestando su oposición al gobierno y a la política capitalista de hacerle pagar la crisis a los trabajadores.

Las elecciones municipales: un catalizador

Para entender las consecuencia de las elecciones municipales, hay que tener en cuenta algunos datos básicos. Francia es un país unitario con regiones, departamento y comunas. Cada nivel es autónomo y sus autoridades son electas. La comuna es manejada por el Consejo Municipal, que elige al alcalde. Hay cerca de 35.000 comunas, con más de 500.000 concejales, pero el 73% de los municipios tiene menos de 1.000 habitantes (y el 90 % menos de 3.000) y solo 228 municipios tienen más de 30.000 habitantes y 42, más de 100.000. Las elecciones son a dos vueltas, con una prima a la lista mayoritaria, cada 6 años. Son elecciones muy dispersas, cuyo carácter “local” es más marcado cuanto más chica es la comuna.
Habitualmente, son las elecciones más concurridas -fuera de las presidenciales- y son importantes para los aparatos de los partidos nacionales y como temperatura del estado de ánimo de la población en relación al gobierno. Por ejemplo, las últimas elecciones municipales fueron en el 2014; un éxito para la derecha y un retroceso significativo del Partido Socialista y el presidente Hollande, que gobernaba desde el 2012.
En el 2020, el gobierno hizo todo lo posible para disminuir la importancia de las elecciones municipales, porque sabía que iban a ser un retroceso para los candidatos de La República en Marcha, el partido creado por Macron para la elección presidencial del 2017. La primera vuelta tuvo lugar el 15 de marzo, convocada en medio de la pandemia, y la segunda el pasado domingo 18 de junio, tres meses después en lugar de una semana. En la primera vuelta se eligieron concejales municipales sin etiquetas políticas en prácticamente todas las comunas chicas. El domingo estaba convocada el 38 % de la población (16 millones) en 4.800 comunas, el 13 % del total.
El rasgo más marcado de las dos vueltas fue la abstención, que llegó al 60% nacional, 20 puntos más que en el 2014. Fue la abstención más alta en las elecciones de la Va República (1958). Si se puede pensar que esta abstención aumentó tanto en la primera vuelta por el temor de la población al virus y la incompetencia del gobierno en la organización, es claro que en la segunda vuelta se trata ante todo de una expresión política: rencor, indiferencia, desconfianza, de la población hacia el poder político. En Francia se suele afirmar que los alcaldes son la autoridad más próxima a la población. En el 2020, la mayor parte de los alcaldes ganadores tuvieron el voto de poco más del 10% del padrón. Su legitimidad política se ha reducido al mínimo. Es otro retroceso cualitativo de la capacidad del poder político de controlar y encausar a la población.
Los resultados electorales fueron un verdadero desastre para el partido de gobierno y para Macron. En realidad, debe decirse que estas elecciones mostraron que La República en Marcha (LRM) no existe como partido, ni siquiera en el sentido caricatural de los viejos partidos burgueses en Francia, llamados partidos de notables. Tampoco es por supuesto un partido de militantes. Es una organización de arribistas y aventureros que captaron los puestos públicos y las bancas parlamentarias, en el período en que Macron aparecía como la única alternativa burguesa.
LRM llevó adelante una política de alianzas con la derecha y pudo presentar un candidato propio solo en París. Su campaña fue una calamidad, sin orientación, sin rumbo. Perdió sobre todos los tableros y no gobierna ninguna ciudad -salvo Tolosa en alianza con el Partido Republicano. En París, se dividió, tuvo que cambiar de candidato luego de un escándalo sexual y su candidata -la exministra de la Salud- ni siquiera pudo ser electa como concejal. En Lyon, fue la desbandada total. En Marsella, prácticamente ni figuró. Macron quedó arrinconado y solitario en el Palacio del Eliseo.

Barrios populares y abstención

La abstención fue todavía más fuerte en los barrios populares y en la juventud. La media es del 75 % en estas secciones, lo que quiere decir que hay barrios donde prácticamente no votó nadie, teniendo en cuenta que hay que inscribirse en las listas electorales y que los inmigrantes recientes están excluidos porque no son franceses. Los barrios populares han sido los más golpeados por la crisis y el parasitismo del capitalismo francés. El desempleo es 2,7 veces mayor que la media nacional, 33% de los jóvenes entre 16 y 25 años no tienen empleo ni formación, 42 % de los habitantes vive bajo el mínimo de pobreza, los servicios públicos están ausentes.
Durante muchas décadas, los llamados “municipalismos” comunista y socialista funcionaron como un amortiguador de la explotación y las miserias del capitalismo para un conjunto de franjas de la pequeña burguesía y de la clase obrera y dieron forma a los aparatos del PC y del PS. El municipalismo comunista arranca desde la fundación del partido en 1920 y se extiende y consolida a partir de 1945, con los “suburbios rojos” de París. El electorado de estos suburbios aseguraba una fuerte representación parlamentaria y la carrera de los burócratas. Las municipalidades comunistas intervinieron en la construcción de viviendas sociales, educación, ayuda social. Con el tiempo, se formó una red clientelista y una burocracia municipal confundida con el aparato partidario. Los inmigrantes fueron excluidos y hasta rechazados. El PC fue perdiendo municipios a partir de los años 70-80 y ahora queda muy poco de este municipalismo. En estas elecciones perdió el municipio emblemático de Saint-Denis en favor del PS ytambién fue derrotado en Champigny, por la derecha. Tuvo algunas victorias que alcanzan para decir que el PC no sufrió un descalabro en el 2020 y que continuó su retroceso. En 1977, el PC controlaba 147 comunas de la región parisina; hoy controla 34 y Montreuil es la única con más de 100.000 habitantes.
El municipalismo socialista es más variado en sus formas y pequeño burgués, más organizado alrededor del notable local que del aparato nacional. En la década del ’70 contribuyó al ascenso de Mitterrand al poder en 1981, conquistando municipios en nombre de una política urbana progresista, no especulativa y con acciones culturales. En los años 80 y 90 vivió de los triunfos nacionales y de las acciones sociales y culturales. En las elecciones del 2014 perdió pie completamente; por lo mismo, las elecciones del 2020 le permitieron salir del pozo en el que cayó en la elección presidencial del 2017. Mantuvo ciudades como Nantes y Rennes y volvió a ganar en París. En muchos casos, formó parte de las listas ganadoras en alianza con el partido ecologista, Europa Ecología-Los Verdes.
Los ganadores de la elección fueron los ecologistas, que se impusieron en Lyon y otras ciudades y participaron en alianzas ganadoras con el PS, al punto que se popularizó el término de “ola verde”. Sin embargo, nada indica que esta ola dé lugar a fenómenos similares a los de los municipalismos de izquierda. Se produce en un momento de crisis y de abstención masiva: es una ola en el vacío. Se identifica mucho con la Unión de la Izquierda (alianza electoral entre el PS, el Movimiento de Radicales de Izquierda -MRG- y el PCF desde 1972 hasta 1977) y los verdes ya habían obtenido buenos resultados desde el 2001. Es muy probable que el aumento de la votación verde se deba en parte a un desplazamiento del voto a Macron. Se concentra en las grandes ciudades y en los barrios pequeño burgueses, resultado de la gentrificación (se echa a la clase obrera y se instala la pequeña burguesía acomodada, los bobo, burgueses bohemios). La ecología ganó influencia entre la juventud estudiantil y no en los barrios populares. Finalmente, los verdes navegaron casi exclusivamente con los temas ecológicos muy populares y dejaron de lado las cuestiones más candentes.
En su primer discurso, el nuevo alcalde ecologista de Lyon trató de ganar la simpatía de la burguesía y declaró que “la ecología no es el enemigo de la economía, es su mejor aliado”. El dirigente ecologista Yanick Jadot, líder de la lista europea en el 2019, se niega a definirse como de izquierda, rechaza la alianza con el PS y llama a trabajar con los empresarios. Toda una fracción de la ecología europea ya participa en gobiernos con partidos burgueses, en Austria y regiones alemanas. En Francia, el ala de izquierda dispuesta a una nueva Unión de la Izquierda es importante en el aparato partidario y ganó algunas municipalidades y no tiene ninguna sospecha de “anticapitalismo”, a diferencia de los movimientos ecologistas juveniles.
La única ciudad en la que puede decirse que hubo una movilización sistemática de jóvenes, mujeres y trabajadores para las elecciones municipales fue Marsella, lo que permitió un triunfo resonante del conglomerado llamado “La primavera marsellesa”.
En la izquierda, el derrotado es Melenchon. El movimiento de La Francia Rebelde no condujo ninguna alianza unitaria, se presentó con lista propia solo en París y tuvo resultados escasos.

Un fantoche como primer ministro

El presidente Emmanuel Macron tuvo que adelantar el cambio de gobierno, golpeado por el desastre de las elecciones municipales. El jueves dio una entrevista a la prensa en la que anunció una “reanudación de la actividad (en septiembre, luego del verano) muy dura” y se despidió del que oficiaba de primer ministro Edouard Philippe, que ese momento era mucho más popular que el presidente. Al día siguiente, un comunicado matinal anunciaba el nombramiento de Jean Castex como primer ministro, que nombrará su gabinete el fin de semana y presentará su gobierno el miércoles a la Asamblea Nacional.
Jean Castex es un alto funcionario, miembro sin importancia del derechista Partido Republicano (donde adhería al ala más de derecha), alcalde de un pequeño pueblo y sobre todo sin ningún peso político propio. Su nombramiento implica claramente que todos los poderes estarán concentrados en el presidente Macron. Un hecho aparentemente secundario lo confirma: Macron nombró a un fiel servidor personal como jefe de gabinete del primer ministro (a diferencia de lo que había sucedido con Philippe) y el jefe de gabinete es el que controla cotidianamente la actividad ministerial.
Estos elementos confirman y agravan la situación de crisis del gobierno. Macron refuerza su bonapartismo institucional. Francia está gobernada por un banquero que tiene como “colaborador” a un alto funcionario como primer ministro y dispone de un Parlamento con mayoría, sin ninguna autoridad. El artículo 20 de la Constitución, que enuncia que “el gobierno determina y conduce la política de la Nación” está anulado de hecho.
La pandemia del coronavirus puso en evidencia no solo que el capitalismo como sistema mundial de expoliación favorece estas pandemias, sino también que los gobiernos burgueses, y el gobierno de Francia no fue una excepción, son incapaces de una política efectiva de control, porque están marcados por la necesidad de retomar la explotación cotidiana de las masas, y que las burocracias gubernamentales de los altos funcionarios del sistema sanitario están subordinadas a esta impotencia burguesa. La epidemia en Francia no fue más grave gracias al esfuerzo del personal de los hospitales públicos, afectados por los planes de racionalización y privatización pero todavía disponibles para la población en un cuadro de urgencia. Las intervenciones políticas de Macron fueron un desastre, que arrastró también a ministros y funcionarios.
Al mismo tiempo, es un bonapartismo cada vez más débil y vacilante, sin control del movimiento de las clases sociales y con la represión como arma fundamental para oponerse a la movilización obrera y popular. Está sentado literalmente sobre las bayonetas y además con una policía derechista y racista, que manifiesta en las calles contra su ministro. El poder político se diluye. La derecha y la burguesía afirman que el gobierno no tiene autoridad, cuando la crisis necesita precisamente un “gobierno fuerte”.
El imperialismo francés cruje por todos lados: la intervención militar en África es un desastre, fue expulsado de Libia, se agarra a la Alemania como tabla de salvación de una Unión Europea en retroceso, depende completamente del Banco Central Europeo para que el endeudamiento impresionante del Estado y de las grandes empresas no provoque una estampida financiera y bancaria.
Se sabe que la crisis que se está desarrollando se manifestará mucho más abiertamente en septiembre, con despidos, quiebras, miseria. Macron ya anunció que piensa retomar la reforma de las jubilaciones. Es una verdadera provocación que anuncia cuál será la política del gobierno Castex. Va a ser un nuevo acto de la política derechista, bajo la divisa “trabajar y producir más”, con ataques más profundos a las condiciones de vida de la población. Lo que es cierto es que esta “nueva” etapa se caracteriza por el hecho que el gobierno dispone todavía menos de los medios habituales y rutinarios de la dominación política burguesa, que tenían los gobiernos anteriores, y que la crisis lo empujará a medidas cada vez más terribles y duras.

Una perspectiva de lucha

Este período está marcado por la movilización juvenil y obrera. Los mismos jóvenes de los barrios populares que se abstuvieron en las elecciones municipales fueron el resorte y el proyectil de la gran movilización contra la represión y las violencias policiales, llamada por el Comité Adamá el martes 2 de junio y el sábado 13. A la sorpresa general, como ya indicáramos en otra nota, la manifestación prohibida del 2 de junio reunió más de 20.000 personas y la del 13 también, en favor de inmigrantes y sin papeles. Esta irrupción de jóvenes que fueron clasificados como apolíticos cambió el rostro del período y lo iluminó. El propio presidente Macron tuvo que dedicar una parte de su último discurso a calumniar a esta juventud militante, acusándola de “separatista” y “comunitarista” cuando en realidad se está organizando y movilizando contra la política y las instituciones del Estado burgués, la policía en primer lugar.
Las movilizaciones del personal hospitalario continuaron con una nueva manifestación combativa el martes 30. Por su lado, las movilizaciones contra los despidos comienzan a generalizarse : 7.500 despidos en Air France, 3.400 en Airbus Francia, 400 despidos en Nokia en Bretaña, cierre y despidos en Renault en la región parisina y muchos más.
La creciente movilización, centralización, politización, de estas luchas nos permiten predecir que nos encaminamos a un septiembre caliente, sino antes, como reacción al programa del gobierno y.la represión. Las elecciones municipales muestran que ha cedido un nuevo dique del orden político burgués cotidiano y la movilización contra la represión ha ganado a un sector clave de la juventud. Si el movimiento obrero y su vanguardia avanzan en su estructuración combativa, en su maduración política, en su iniciativa centralizada, puede esperarse que la rebelión y la bronca se desarrollen como una movilización revolucionaria contra el capitalismo, su crisis y su barbarie.

Roberto Gramar

Desocupación y Covid-19 en EEUU

Gracias a la imposición de la “inmunidad de manada” de Trump, los casos pasaron de 19.000 fallecidos a principios de junio a más de 45.000. La OMS dice que La desocupación sube a niveles récord. En medio de todas estas noticias catastróficas y con índices que sólo se remontan a la segunda guerra mundial, las bolsas suben (Dow, Nasdaq, S&P 500) por los estímulos de dinero por parte de la FED, una enorme burbuja financiera porque la economía norteamericana va a caer de un 8 a un 14% según diferentes estimaciones y lo que se expande son las quiebras y los concursos. Se trata de una economía zombi que se sostiene por el subsidio financiero del estado y la apuesta a una vacuna.
Debido al aumento de casos, que en los últimos días fue de 45.000 diarios, 16 estados pausaron o recularon la reapertura. Ninguno, lo hizo en el sentido de un cierre de la producción no esencial, a pesar del aumento de las infecciones y la muerte en fábricas empacadoras de carne a lo largo del país, en las automotrices, logística y muchas más fábricas o almacenes. Fauci (asesor de Trump) testificó ante el Comité de Salud, y advirtió que los casos pueden trepar muy rápidamente a 100.000 o más por día. Dijo estar muy preocupado porque todo puede ir “muy mal”. Explicó que “en los cuatro estados que representan alrededor del 50 por ciento de las nuevas infecciones vamos en la dirección equivocada, así que realmente tenemos que hacer algo al respecto, y necesitamos hacerlo rápido”.
No podemos centrarnos solo en aquellas áreas que están teniendo el aumento. Pone a todo el país en riesgo. Tenemos más de 40 mil casos nuevos por día. No me sorprendería si aumentamos a 100,000 casos nuevos por día si esto no cambia. Las infecciones en los EEUU superan los 2,6 millones y el número de muertes los 127.000. Once estados tuvieron un aumento promedio diario en casos de más del 100% en los últimos 14 días. Estos incluyen Florida (237%), Texas (165%), Arizona (128%) y Oklahoma (176%). El aumento diario promedio de California es del 70%; Ohio ha aumentado en un 69% (Post, 29/6).
La ira está aumentando en la clase trabajadora. Cada vez es más evidente que la lucha contra la pandemia y sus consecuencias deben conducir a una confrontación política con la administración Trump, el reaccionario sistema bipartidista dominado por las patronales y el capital financiero.
Trabadores de Amazon están en huelga en Minnesota por casos de Covid-19. FCA paró en Michigan, en la fábrica de Detroit. HCA trabajadores de la salud pararon en Riverside California. En Joliet Illinois pararán 700 enfermeras el 4 de julio. 4.000 trabajadores de Bath Iron Works, una empresa que hace barcos, están hace una semana de paro por la deslocalización planificada por la patronal.
El número de trabajadores en plantas de procesamiento de alimentos infectados con coronavirus continúa creciendo. Más de 230 trabajadores en una planta de procesamiento de ensaladas de Dole Foods en Springfield, Ohio, ahora han dado positivo por COVID-19. El salario medio para los trabajadores de procesamiento de alimentos en los Estados Unidos es de $ 13.24 por hora, según la Oficina de Estadísticas Laborales. Para una familia de cuatro, esto es apenas suficiente para superar el nivel nacional de pobreza de $ 26,200. Los trabajadores del rubro superan en muchos casos las 10 horas diarias. La semana pasada, 82 trabajadores o el 46% de dio positivo en Champlain Valley Specialty de NY, una compañía que empaqueta manzanas. En Dole Foods de Ohio, 829 trabajadores de la planta dieron positivo. Se descubrió que la planta de Oswego propagó el virus a otras dos fábricas en el área. 37 trabajadores dieron positivo en una planta de aluminio en el condado de Montgomery, Nueva York, y 4 de cada 18 trabajadores fueron positivos en una granja en el centro de Nueva York.
Trump propone suspender los fondos de asistencia CARES (que constan de 600 y 1200 dólares que se lanzaron para apagar el incendio propagado por las “huelgas salvajes” en distintos lugares de trabajo desde marzo), porque desalientan la vuelta al trabajo. Advirtieron que se van a suspender en julio, lo que producirá un incremento de los desalojos (el 30% de los inquilinos no llega a pagar) y las filas de los bancos de comida (Politico, Andy Winkler). El proyecto fue aprobado por ambos partidos y constaba de un rescate multibillonario administrado por los fondos buitres.
El Bureau of Labor Statistics declare que el 47,2% de la fuerza de trabajo norteamericana está desempleada, lo que constituye el mayor índice en 80 años. Se trata de una medición “real” del desempleo, porque no toma sólo la población que “busca” trabajo, sino el total de la población.
En algunas ciudades como Nevada, el desempleo es mayor al 25%, como así entre la población de 18-24 años. Esto se debe a la oleada de bancarrotas que hace que los trabajadores no tengan un lugar adónde ir.

Emiliano Monge
04/07/2020

sábado, 4 de julio de 2020

Crisis económica, fascismo y pandemia en Brasil




El proto-fascista Jair Bolsonaro fue elegido presidente de Brasil a fines de 2018, con una votación abrumadora de casi el 60% de los votos en la segunda vuelta, y una amplia movilización electoral a su favor del “cartel evangélico”. Para eso, utilizó un aparato político precario prestado (el PSL); También disfrutó del apoyo del alto mando militar, entusiasmado con las manifestaciones callejeras anteriores que pedían “intervención militar” y deseoso (en primer lugar, por los intereses corporativos) de recuperar posiciones en el aparato estatal. Las corporaciones paramilitares (milicias), en una alianza inestable y conflictiva con el narcotráfico, ya habían saltado la barrera entre el dominio extorsivo de las favelas y periferias y la intervención fascista (asesinato de Marielle Franco y Anderson Gomes, solo por nombrar los casos más conocidos). Donald Trump celebró la victoria de Bolsonaro como si fuera suya, e incluso se habló de constituir, sobre esa base, una “Internacional Antiliberal”, con varias contrapartes europeas y del Tercer Mundo.
A lo largo de 2019, sin embargo, el panorama político derechista imperante mostró nubes amenazantes: continuidad del retroceso económico del país e importantes movilizaciones sociales contra los ejes políticos centrales del nuevo gobierno, en defensa de la educación pública y contra la reforma privatizadora de la Seguridad Social. Cuando, en 2020, la pandemia de Covid-19 llegó a Brasil, sus efectos se vieron afectados por la crisis económica. Los primeros casos oficiales de la epidemia se registraron en marzo. En abril, quedó claro que el principal obstáculo para combatir la pandemia era el desgobierno de Bolsonaro que, en discursos alucinados, reclamó el "retorno a la normalidad" del país, abandonando la cuarentena obligatoria, ignorando las normas y las prevenciones sanitarias, todo en nombre de "salvar la economía". Una economía dominada por el gran capital financiero, que apoyó a Bolsonaro y se benefició ampliamente del Banco Central, que en 2019 puso a disposición de los bancos brasileños R $ 1.216 billones, lo que equivale al 16,7% del PIB. Comparen esta cifra con el "paquete" anunciado inicialmente por el gobierno de R $ 88,2 mil millones para combatir la pandemia: era equivalente al 7,5% de los fondos puestos a disposición de los bancos. Los fondos anunciados por el equipo económico se referían básicamente a la reinversión o reestructuración de las deudas de los estados y municipios, y al posible uso de líneas de crédito, siendo un porcentaje mucho menor el destinado al aumento efectivo de la capacidad sanitaria del país. La "ayuda" para los trabajadores desempleados e informales, que terminó siendo fijada en R $ 600 per cápita por mes, fue un paliativo temporal (que, además, dio lugar a una ola de corrupción).
El desgobierno instalado en el país se evidenció en el hecho de que la oficina presidencial fue sometida a intervención militar, a través del Jefe de Estado Mayor, Braga Neto. A pesar de que la orientación del Ministerio de Salud (Mandetta) era parcialmente diferente de la presidencial, se subordinó a ésta apoyando el "distanciamiento selectivo" en reemplazo de la cuarentena (lo que no postergó su exoneración), con consecuencias catastróficas en regiones y estados como el Amazonas, poniendo en riesgo la supervivencia de las poblaciones indígenas. El escenario recordó la ocupación de América en el siglo XVI, cuando los pueblos nativos fueron infectados y diezmados por virus y bacterias desconocidos. En la Amazonia, el Covid-19 encontró una región previamente diezmada por la pobreza. Si bien poco más de 400 empresas, en su mayoría multinacionales, generan una enorme riqueza económica, con aproximadamente R $ 100 mil millones en ingresos anuales, la población vive en la mendicidad. Esto explica por qué la propagación del virus en la región fue tan devastadora. En São Paulo, el número de casos a principios de mayo era de 824 infectados por millón de habitantes, en Amazonas 2.230, en Amapá 2.419, y en Roraima 1.539. Los problemas comunes a toda la región amazónica son: el problema de la tierra que expulsa a los afro descendientes, habitantes de la ribera y pueblos nativos; devastación ambiental acompañada por la quema y contaminación de ríos y el acuífero más grande del mundo: Alter do Chão; la explotación de más de 50 mil trabajadores en la Zona de Libre Comercio de Manaus; la falta de respeto hacia las culturas nativas por la ofensiva neo-pentecostal; además del saqueo permanente de las riquezas de la selva.
En este contexto, Brasil se convirtió en el país de América Latina con el mayor número de casos de coronavirus, con el mayor número de muertes y el mayor subregistro. Una investigación estableció que Brasil detectaba apenas el 11% de sus casos de coronavirus. Las personas infectadas que se sentían sanas o que tenían síntomas muy leves propagaron el virus, creando las bases del desastre. Así surgieron los cacerolazos de protesta con los "Fora Bolsonaro" dominando las voces (aunque el PT y Lula se opusieron a esta consigna), que se hicieron oír en todas las capitales e incluso en ciudades medianas y pequeñas del país. A las precarias condiciones sanitarias, debido a décadas de desinversión y recortes presupuestarios, especialmente en las áreas de salud, con el desmantelamiento del SUS y en la educación (incluida la educación superior, la base de la formación de profesionales de la salud), se agregó la subordinación histórica del país a las principales potencias capitalistas dominantes. El gobierno de EE. UU., realizando actos de piratería internacional, se apropió, mediante sobornos mezclados con fuerza, de equipos de prevención hospitalaria (EPP), tests y respiradores artificiales para pacientes graves, fabricados en China y destinados a otros países, incluido Brasil. La política de privatización y desindustrialización privó a Brasil de la posibilidad de producir este equipamiento y reactivos a gran escala. Algunos países protestaron contra la actitud de Estados Unidos, el responsable de la OMS lo hizo verbalmente, pero el Brasil de Bolsonaro se quedó mudo. La administración Trump anunció una política de boicot financiero a la OMS, además de boicotear cualquier medio de coordinación internacional para combatir la pandemia.
Instalada la crisis política, en abril-mayo, se discutió abiertamente un probable “cambio de guardia” en la presidencia (con Mourão reemplazando a Bolsonaro al frente de un gabinete militarizado), manteniendo la composición legislativa, que sorprendió con la velocidad con la que se pasó a abordar medidas como la suspensión de los contratos de trabajo y la reducción de los salarios de los empleados públicos y privados, supuestamente para contener el gasto estatal (en el caso de los empleados públicos), destinando más recursos para combatir la pandemia y evitar el cierre de empresas, reduciendo las escalas salariales. Para innumerables trabajadores, involucrados en gastos fijos de todo tipo, tales recortes significarían, en muchos casos, recibir un cheque de pago negativo a fin de mes, creando una ola de miseria social e incumplimiento masivo. La operación ideológica paralela consistió en presentar la crisis económica como un producto de la crisis de salud (un factor supuestamente aleatorio y fuera de control) cuando, de hecho, precedió a la pandemia, que la manifestó abiertamente y la agudizó.
El guion del gobierno brasileño correspondía a la política del imperialismo sobre el coronavirus. El rechazo de la cuarentena para permitir la propagación masiva del virus fue anunciado inicialmente por el primer ministro británico, Boris Johnson, como el método de mejor costo - beneficio (para el capital). Todos los expertos en salud rechazaron de inmediato la fantasía de que el contagio masivo provocaría inmunidad natural. Estados Unidos siguió una línea similar; su implementación abandonó cualquier protocolo y se impuso a través de las mentiras de Donald Trump. El resultado fue un escenario aterrador, con Nueva York y Estados Unidos todo superados por el contagio. La OMS alertó que la lucha contra la epidemia no solo requería una restricción total, sino también pruebas masivas para detectar el avance del virus. El gobierno brasileño no hizo ni una cosa ni la otra. El ocultamiento de la situación promovida por el Ministro de Salud fue funcional a la política dictada por Bolsonaro. El ministro anunció que la política de prevención del contagio en las favelas y las periferias urbanas pasaba por... un acuerdo con paramiltares y traficantes. Y, también, con el gran capital. El primer paquete económico "antivirus" autorizó a las empresas a reducir los salarios, una asignación mensual insignificante de R $ 200 por tres meses para 40 millones de trabajadores informales, beneficios fiscales para grandes empresas y la compra de títulos públicos por parte del Banco Central, en respuesta a la sequía en el mercado financiero. El choque con el Legislativo terminó elevando la cantidad de ayuda a R $ 600, para evitar una catástrofe social que podría convertirse en un terremoto político.
Para completar, bajo el mando de Trump, Bolsonaro lanzó una provocación contra China, que abrió una fisura en su base de apoyo político. La presión de la burguesía del agronegocio (China es el mayor socio comercial de Brasil, responsable del 30% de sus exportaciones) ha colocado al gobierno en una situación de debilidad, en medio de una crisis política al son de los cacerolazos y el aumento diario en el número de casos de contagios y de muertes. La clase capitalista brasileña quedó dividida, con su sistema político fracturado. La consultora líder mundial para la evaluación del "riesgo político" ha detectado la posibilidad de una "crisis institucional" en Brasil, acelerando la fuga de capitales, que se puede medir a diario. La única forma realista de evitar el desastre era imponer la centralización de todos los recursos del país, sobre la base de un plan social y económico, bajo la movilización y el liderazgo de los trabajadores. Las empresas comenzaron a despedir (incluso en el crítico sector del transporte, responsable de la logística de distribución de alimentos y medicamentos), colocando en la agenda la prohibición de todos los despidos en situación de emergencia. El control del sistema financiero por parte de los trabajadores, con el fin de evitar la fuga de capitales y el vaciamiento del país, también se incluyó en la agenda, poniendo la perspectiva de su nacionalización. La lucha contra la epidemia requiere una acción centralizada que ponga todos los recursos económicos, materiales y humanos de la nación al servicio de prevenir el contagio y tratar la enfermedad mientras no haya una vacuna eficaz comprobada, garantizando la seguridad alimentaria y la salud para toda la población, expandiéndose la capacidad del sistema de salud para atender a todos los pacientes, priorizando la producción y distribución de artículos de trabajo para los profesionales de la salud.
La voluntad de luchar de los trabajadores de la salud, en todos los niveles, se manifestó explícitamente y comenzó a tomar la forma de una movilización antigubernamental, que planteó la necesidad de transformar el sistema de producción, la economía en su conjunto. Los profesionales de la salud denunciaron la falta de equipos y suministros médicos básicos. El gobierno incluso llegó a exigir a los médicos y enfermeras que reutilizaran máscaras protectoras. Los trabajadores de telemarketing, los repartidores por aplicaciones, los trabajadores industriales, los distribuidores de alimentos y medicinas han iniciado procesos de lucha para exigir garantías de seguridad e higiene. En las favelas y periferias, los comités comunitarios asumieron la tarea de establecer vigilancia sanitaria para reducir la propagación de la peste. Incluso hubo una huelga de trabajadores metalúrgicos en São Paulo exigiendo vacaciones pagas obligatorias.
En sentido opuesto, toda la línea política del gobierno estaba orientada a explotar la catástrofe sanitaria para avanzar en su agenda de ataques contra las condiciones de vida de los trabajadores y de entrega nacional. El vaciamiento de la política de salud, con un déficit de equipos y sin fondos para investigación, contrasta con la movilización sin precedentes de recursos públicos en beneficio de bancos, fondos de inversión y grandes empresas. La primera reacción de Paulo Guedes (Ministro de Economía) ante la epidemia fue pedirle al Congreso que votara de inmediato el paquete de privatizaciones y reformas administrativas y fiscales, con el argumento de que "salvarían" la economía brasileña de la calamidad. Retrasado, el Congreso aprobó la ayuda de emergencia. En respuesta, el gobierno congeló su sanción durante diez días para condicionarlo a la aprobación de un PEC que otorgaría superpoderes al Banco Central para comprar títulos privados. Con la aprobación del PEC en la Cámara de Diputados, el gobierno inició negociaciones con los senadores para obtener el voto de los estados a cambio de apoyo financiero a través del "Plan Mansueto". La "ayuda" prometida por la Unión -una extorsión política- evitaría la quiebra de las finanzas estatales, pero pondría sobre la mesa una crisis del pacto federal, es decir, una crisis institucional.
El llamado "presupuesto de guerra" de Guedes consistió en autorizar al Banco Central a comprar carteras de títulos privados, en manos de bancos, fondos de inversión y grandes empresas, con el pretexto de evitar una crisis bancaria y un colapso económico. Fue precedido por una liberación de depósitos obligatorios (recursos que los bancos deben mantener en caja) de 68 mil millones de reales, pasando del 31% obligatorio a fines de enero al 17% en marzo. Al lockout del mercado crediticio, que ahogaba financieramente a las empresas en dificultades, el gobierno de Bolsonaro respondió con "todo el poder a los bancos". Esa operación no correspondió a ningún plan de emergencia determinado por el coronavirus, sino al intento de dar sobrevida a una situación económica agotada y disfuncional. La parálisis de la actividad económica por la pandemia precipitó un "ajuste" (caída) en los precios de los activos financieros, que estaban inflados en relación con la actividad económica. Las letras y obligaciones financieras negociadas en el mercado a la vista sufrieron una fuerte devaluación y falta de liquidez. Muchas empresas brasileñas poseen estas acciones y dependen de su valor de mercado para equilibrar sus balances. La reducción de su patrimonio las puso en riesgo de insolvencia o liquidación para los bancos.
El ajuste de los activos financieros inflados amenazó la quiebra generalizada, y la acción del BC se justificó como un medio para garantizar el flujo de dinero en la cadena de pago. De hecho, toda la operación tenía la intención de mantener artificialmente los niveles de precios para evitar retiros masivos y una corrida bancaria.
Los apologistas de la medida argumentaron que los bancos centrales de las principales potencias económicas estaban implementando un mecanismo similar. El problema es que esos países son emisores de moneda de reserva, mientras que el real brasileño es la moneda que ha sufrido la mayor devaluación en los últimos meses, lo que refleja el hecho de que Brasil es, entre las principales economías, el eslabón más débil en la crisis capitalista internacional. El coronavirus encontró al capitalismo brasileño -con cuatro décadas consecutivas de disminución en la tasa promedio de ganancias- en un contexto de distorsión aguda en la relación entre el valor de los activos financieros y el valor de los bienes y servicios producidos, una burbuja al borde de la explosión. A nivel mundial, el estancamiento económico ha llevado a una gran expansión monetaria y crediticia para estimular la economía, lo que ha resultado en la apreciación de los títulos y acciones, mientras que los precios de los productos básicos se han mantenido estables e incluso propensos a la deflación. En Brasil, a pesar de la caída sistemática de la tasa Selic (del 14.25% en 2016 al 2.75% en 2020), la industria continuó disminuyendo, con un alto nivel de capacidad ociosa. Las acciones y los activos financieros, a cambio, se han apreciado constantemente desde el golpe de 2016. La caída de la tasa Selic y la inflación debido al estancamiento económico causaron una transferencia de recursos de títulos de tasa fija a papeles con mayor riesgo y rentabilidad.
Este proceso cobró impulso con la llegada de Bolsonaro-Guedes al gobierno. En 2019, con un PIB del 1.1%, la Bolsa de Valores de São Paulo se apreció un 32%, y las ganancias bancarias establecieron un nuevo récord, con un aumento del 18%. Un fenómeno característico fue la migración de los ahorros de renta fija (debido a la caída de la tasa Selic) a inversiones en renta variable. El número de personas que ingresaron a la ruleta financiera ha aumentado a un millón y medio, duplicándose en el espacio de un año. El pobre crecimiento económico estuvo relacionado con la expansión de las operaciones financieras. La contraparte fue la explosión de la economía informal, el 40% de la PEA, con una disminución sin precedentes de la productividad en su conjunto. En 2019, con la salida del BNDES de financiamiento para la producción, hubo un número récord de emisiones de obligaciones, títulos inmobiliarios, cuentas por cobrar, que Guedes celebró como la modernización del capitalismo brasileño, que sería financiado por ahorros privados. Lo que sucedió fue un gigantesco "esquema Ponzi" (pirámide financiera), sin ningún respaldo económico real.
En 2020, el coronavirus aceleró el tiempo de la resaca. El "Presupuesto de guerra" vino a reciclar la burbuja financiera, en ayuda del capital ficticio, a través de un aumento en el endeudamiento, que llevó la deuda pública federal del 76% al 90% del PIB. En 2019, la deuda pública aumentó un 9,5%, alcanzando R $ 4,248 billones. De este aumento, R $ 330 mil millones se referían a pagos de intereses. En los últimos diez años, la deuda pública se ha más que duplicado: en 2009, el saldo de la deuda fue de R $ 1.477 billones. Proporcional al crecimiento imparable de la deuda e intereses usurarios fueron los recortes en las políticas sociales. Según el Consejo Nacional de Salud, el SUS ha perdido al menos 20 mil millones de reales desde 2016, según el MP para el techo del gasto público. Durante dos décadas, las pérdidas estimadas sumarían 400 mil millones de reales.
Los estados y municipios, sin alternativas de financiamiento, enfrentaron un horizonte de caos. Las provocaciones de Bolsonaro a los gobernadores tenían estos antecedentes de fondo. La controversia con ellos sobre las medidas de aislamiento no fue solo una disputa política, sino que también tuvo como objetivo arrinconar a los estados, utilizando como arma la amenaza a la vida de millones de brasileños. La fiesta que Guedes-Campos Neto (presidente de BC) ofreció al capital financiero contrastaba con la mezquindad del financiamiento para combatir a Covid-19. En total, menos de una quinta parte de los recursos asignados a la estatización de títulos privados por el BC estaban destinados a enfrentar el coronavirus. Si, en la mayor crisis de salud en la historia nacional, el SUS ocupa el último lugar en la línea presupuestaria, el negocio de la salud capitalista celebró nuevos triunfos. La Agencia Nacional de Salud liberó R $ 15 mil millones a las empresas a cambio de mantener el servicio a los morosos durante la pandemia. Las empresas se vieron obligadas a mantener un fondo de reserva para situaciones de emergencia. La ANS tardó más de un mes desde la primera muerte por coronavirus en Brasil para pronunciarse sobre el tema, y tuvo que ser acusado directamente por la Oficina del Fiscal General.
Ninguna de estas empresas hace esfuerzos extraordinarios: los planes de salud tienen que servir a los asegurados morosos, pero solo aquellos que están dispuestos a renegociar los contratos. El número de personas con seguro de salud alcanzó los 47 millones, más del 20% de la población del país, con una alta tasa de incumplimiento. El examen Covid-19, en teoría, se ha convertido en obligatorio desde el 13 de marzo de 2020, pero solo se realiza si un médico del seguro de salud lo autoriza. La mayoría de los planes restringen esta verificación tanto como sea posible, porque las compañías no han hecho nada para proporcionar los kits necesarios. Un cuadro similar ocurre en el área de investigación. La pandemia se produjo en medio de recortes en becas, retraso tecnológico en laboratorios y desmoralización de las universidades. La cola de prueba expuso la vulnerabilidad de un país que eligió no invertir en ciencia y tecnología. El cuello de botella de la prueba es el resultado de la falta de reactivos químicos y profesionales capacitados para realizar las pruebas. Hasta octubre de 2019, las universidades e instituciones de investigación brasileñas habían perdido 18.000 becas. En mayo, el gobierno federal recortó el 42% de los gastos del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Innovaciones y Comunicaciones (la recreación del Ministerio de Comunicaciones redujo aún más los fondos). Cuando la pandemia comenzó a reverberar, la comunidad científica quedó sorprendida por una ordenanza de Capes que cambió la metodología para financiar los estudios de posgrado. No es de extrañar que el gobierno haya abordado la falta de kits de diagnóstico, sin los cuales es imposible manejar la curva epidémica, como una fatalidad del destino. Lo mismo se aplica a la falta de reactivos, suministros medicinales, respiradores y equipo de protección personal.
Lejos de resistir los impactos económicos de la pandemia, la política del gobierno de Bolsonaro es un fraude histórico a favor del gran capital, con total desprecio por la vida humana. En lugar de garantizar salarios para garantizar ingresos y evitar el hundimiento económico, el MP 936, aprobado por los congresistas, autorizó la suspensión de los contratos de trabajo y la reducción de los salarios hasta en un 70%. Para implementar esta política perversa se aprobó un doble presupuesto sin precedentes, con el apoyo de todos los bloques parlamentarios: uno que reúne todas las áreas sociales, sujeto a los principios del ajuste fiscal y que garantiza el pago de los intereses de la deuda, y otro , “extraordinario”, liberado de todo límite, destinado a socorrer a los bancos, las grandes empresas y el parasitismo financiero. La exigencia de Guedes de respaldar la ayuda de R $ 600 para trabajadores informales fue la aprobación del “presupuesto paralelo”. Los estados quebrados, que soportaron la peor parte de la lucha contra la pandemia, quedaron en la oscuridad: la extorsión comenzó a guiar los mecanismos políticos y económicos en la cúpula del estado.
Bajo estas condiciones, el Congreso promulgó el PEC que creó el presupuesto destinado "exclusivamente a acciones para combatir la pandemia del coronavirus", separando el presupuesto de emergencia del Presupuesto Federal, y estableciendo que el presupuesto paralelo no precisaría cumplir con la Ley de Responsabilidad Fiscal. La ley autorizó al Banco Central a comprar y vender títulos públicos en los mercados secundarios locales e internacionales, y acciones de empresas en el mercado local, por un valor de un billón de reales. La cantidad total de ayuda para los trabajadores informales es (o sería) R $ 98 mil millones, una décima parte de los fondos destinados a banqueros y grandes empresas. A pesar de que el Senado estableció que las empresas solo podrían beneficiarse si existiera el compromiso de mantener los empleos, la Cámara de Diputados eliminó ese artículo. La enmienda también autorizó al Banco Central a inyectar liquidez en el mercado durante la crisis, con la compra de títulos del Tesoro o títulos de crédito en los mercados secundarios de pagos, financieros o de acciones. Se amplió la lista de activos que el BC podía comprar en los mercados secundarios financieros, de capital y de pagos. El Senado había permitido estas operaciones durante la pandemia, restringiéndola a seis tipos de activos: la Cámara eliminó la lista del texto, lo que permitió la compra de cualquier activo.
El "Presupuesto de guerra" tuvo un apoyo casi unánime en el Congreso, incluidos los votos de PCdoB, PDT y PSB. El PT apoyó al PEC en el Senado y votó en contra en la Cámara, cuando el proceso ya había concluido, en protesta por la retirada del requisito de mantener los empleos. El Senado decidió el procedimiento conjunto del PEC con el PL 39, que prevé la transferencia directa de R $ 60 mil millones a los estados y municipios, y cargó contra los servidores públicos, imponiendo un congelamiento salarial durante 18 meses para todos los funcionarios públicos, federales, estatales y municipales. El gobierno retrasó la ayuda financiera a los gobiernos quebrados tanto como fue posible, hasta que llegó al colapso sanitario en docenas de ciudades, para poder imponer los términos más draconianos posibles. El PL también incluyó la llamada "titulización de créditos públicos", por la cual los estados y municipios tendrán que reciclar su deuda con el Gobierno Federal, pasando a deber a los bancos de forma aún más onerosa. El pago de la titulización se realizaría fuera del presupuesto público; estados y municipios perderán el control sobre sus ingresos. El ataque se completó con el MP 936, que, como hemos visto, permite la reducción de salarios y la suspensión de contratos de trabajo. La aprobación del paquete se articuló en base al acuerdo de Bolsonaro con Centrão, que sirve a Bolsonaro para proteger su mandato y eliminar el fantasma del impeachment. El Centrão, por otro lado, garantizó imponer la ejecución de enmiendas parlamentarias, la validez del fondo partidario y tener una parte del Presupuesto. Sin embargo, los principales beneficiarios de la confiscación de los bolsillos de los trabajadores son los bancos y los fondos de inversión, los principales tenedores de deuda pública.
En los últimos doce meses, los cinco bancos principales cerraron 943 sucursales bancarias, 194 después del comienzo de la pandemia: muchas de estas sucursales ya no se abrirán. Esto no tiene nada que ver con una disminución en las ganancias bancarias. En la primera semana de mayo, los cuatro bancos más grandes publicaron sus balances para el primer trimestre de 2020. Itaú Unibanco, Bradesco, Banco do Brasil y Santander publicaron resultados escandalosamente disfrazados, con una ganancia de R $ 14,7 mil millones, una supuesta reducción de 28, 5% El resultado real, sin embargo, estuvo compuesto por un aumento del 88% en las llamadas "provisiones" (reservas contables que estiman pérdidas futuras asumidas). Itaú Unibanco presentó una ganancia "pequeña" de R $ 3 mil millones, pero registró R $ 10 mil millones en "provisiones", lo que significa que, en realidad, obtuvo R $ 13 mil millones. Si esas pérdidas eventuales no se confirman, estos recursos se contabilizarán como ganancias extraordinarias. Los bancos ocultan sus ganancias convirtiéndose en víctimas de Covid-19, para evitar la posibilidad de que se extienda la demanda de que paguen por la crisis. Vale había utilizado el mismo fraude para ocultar ganancias el año pasado para evitar pagar la tragedia de Brumadinho. Ningún organismo de fiscalización, ningún político o parlamentario, abrió la boca para denunciar el escándalo: la "contabilidad creativa" es un privilegio legal para los banqueros y las grandes empresas.
¿Qué impulsa esa política? La pandemia entró en erupción en condiciones de una crisis excepcional en el sistema capitalista mundial, y tuvo una fuerte repercusión en Brasil. Las guerras económicas son prueba de eso. Los $ 280 billones en deuda mundial (más de tres veces el PIB mundial) son prueba de la falla del sistema; no pueden cancelarse durante décadas o con fines de lucro: el 20% del capital mundial está en default. El capital y su Estado no pueden regresar a la situación previa a la pandemia, y buscan aprovechar la pandemia para imponer una salida que destruya las defensas de los trabajadores. La "reactivación de la economía", que los gobiernos proclaman como su objetivo cuando rechazan o "mitigan" las cuarentenas, es una mentira; lo que está por venir, como los economistas nunca se cansan de repetir, es una enorme recesión. El gran capital pretende convertir la retirada de la fuerza laboral en suspensiones o despidos masivos, reducciones salariales, mayor flexibilidad laboral y la abolición de los acuerdos laborales. El capital quiere usar la pandemia para desencadenar una guerra de clases. El capitalismo se encuentra en un impaasse y en una guerra intestina, con ataques contra aviones en aeropuertos, que secuestran instrumentos de salud destinados a estados rivales. Ese impasse se manifiesta en las crecientes crisis políticas: Trump y Bolsonaro contra sus gobernadores; Piñera (Chile) contra sus alcaldes; los Fernández, en Argentina, presionaron a la industria, los bancos y el capital internacional para que desmantelen la cuarentena y cancelen los contratos de trabajo. La Confederación Sindical Internacional estima que 2.500 millones de personas -más del 60% de la fuerza laboral mundial- es el número de trabajadores informales, sujetos a condiciones degradantes y precarización.
Frente a eso, existe una multiplicación de luchas en defensa del distanciamiento social, el empleo, los salarios, las pensiones. En este contexto, la crisis política de Brasil avanzó. La renuncia grandilocuente de Sergio Moro, acompañada de una acusación contra Bolsonaro y su pandilla, dejó una fractura expuesta, no solo una crisis del gobierno, sino todo el régimen político. Se abrió una etapa de nuevas confrontaciones y realineamientos políticos, con confrontaciones internas en todas las esferas del aparato estatal. Si la elección de Bolsonaro había suspendido la guerra de facciones circunstancialmente y había despertado la ilusión de unir a la burguesía en un bloque compacto, la crisis explotó de una vez por todas. La primera consecuencia de la salida de Moro, resultado del movimiento “pró-AI-5”; relanzado por Bolsonaro, fue que la Policía Federal fue puesta bajo la intervención de Bolsonaro, iniciando una temporada de filtraciones, operaciones político-policiales y guerras de espionaje, en el que no se pueden descartar nuevos hechos de sangre.
En el poder judicial, el Lava Jato se convirtió en el enemigo del bolsonarismo "raíz", en una disputa que comenzó a tener al propio STF como escenario principal, amenazado "por un soldado y un cabo", en palabras del hijo del presidente. La crisis económica y la provocada por la respuesta genocida de Bolsonaro al coronavirus aceleraron la pérdida de la base popular del bolsonarismo, con el paso de parte de la "clase media" a la oposición activa, que impulsó a Bolsonaro a revivir la campaña golpista en las puertas del Cuartel General del Ejército en Brasilia. Después de fracasar en la tentativa de montar una sigla electoral, la "Alianza para Brasil", y sin una base parlamentaria, Bolsonaro respondió con un escape hacia adelante, con el objetivo de romper los límites establecidos por la legalidad burguesa, explotando la conmoción en las "instituciones" como un motor para la construcción de un movimiento fascista, apoyado por una base social que, disfrazada de "pueblo", emerge de la descomposición del aparato estatal.
Sin embargo, la agresividad del bolsonarismo ante el empeoramiento de la crisis también expresa su fragilidad política (que incluye las limitaciones intelectuales y la inestabilidad psíquica de su líder) y la inmadurez del movimiento político que pretende crear. Consciente de los riesgos involucrados en la apuesta, buscó un puente con el sector más podrido del "Centrão" en busca de apoyo parlamentario. Los partidarios fundamentales de Bolsonaro son, por supuesto, los militares, que están en sintonía con la mayoría de sus objetivos políticos, ya que el régimen bolsonarista es esencialmente un producto de la decisión del alto mando de intervenir en la política nacional para imponer el orden frente a la desintegración del sistema político. El pacto sellado al final de la dictadura, intacto y ratificado por todos los gobiernos desde entonces, le ha dado a los militares un aura de profesionalismo y "respeto a los valores democráticos" que no es más que un barniz para cubrir la impunidad de sus crímenes. Vale la pena recordar que, después de haber ejercido la dictadura militar latinoamericana más larga de la posguerra, el ejército brasileño fue el único en todo el continente que nunca fue puesto en el banquillo de los acusados.
El necro-carnaval que pide un nuevo AI-5 es posible porque, en gran medida, el AI-5 original no se ha revocado por completo. El bolsonarismo tiene su punto de partida en esta realidad. La militarización de la policía tuvo lugar en 1969, como una de las medidas esenciales del régimen militar, materializando la Doctrina de la Seguridad Nacional en una reorganización del aparato estatal en función de la lucha contra el "enemigo interno". La "redemocratización" mantuvo intacta esta nueva estructura estatal. Con el colapso del esquema político que surgió de la transición acordada, especialmente de la pérdida acelerada de la autoridad del PT desde 2013, la burguesía se propuso transformar este aparato, en sus vertientes policial y judicial, en la base social de un nuevo fenómeno político. Los ideólogos y ejecutores de este proceso giran en torno al alto mando militar.
Cuando un ministro del STF, Gilmar Mendes, dice que “usar las Fuerzas Armadas como paramilitares es un insulto a la institución misma”, oculta el hecho de que la vocación de los paramilitares no vienen del exterior, sino que son hijos del alto mando militar. Bolsonaro no fue más que un miembro del bajo clero parlamentario durante tres décadas, aliado con milicianos y delincuentes. Fueron los militares quienes, en medio de la crisis del gobierno de Temer, lo llevaron a través de los cuarteles y cuarteles de todo el país para establecer un vínculo con las tropas y alimentar la farsa del “Mito”, creando las condiciones para su candidatura presidencial. El principio que guía la acción de los militares es su condición de garantes finales de la preservación del estado, del orden social del capital y de la alianza estratégica con el imperialismo. Las vacilaciones que demuestran son una expresión de la conciencia del riesgo que corren, con su mayor exposición, para cumplir este papel. La supuesta (y fantasiosa) “capacidad de gestión”, “profesionalismo”, “preparación técnica” de la oficialidad, que validaría su presencia masiva en la parte superior del gobierno, está en evidencia y sujeta a juzgamiento.
Ahora se multiplican las preguntas que no quieren permanecer en silencio. ¿Cuál es la “capacidad técnica”, la “alta educación”, el “patriotismo” de una élite militar que dio el Ministerio de Educación a un analfabeto funcional, el Ministerio del Medio Ambiente a un destructor de la naturaleza, el Ministerio de Economía a un comerciante especulativo, el Ministerio de Asuntos Exteriores a un oportunista loco, el BNDES a un amigo de los hijos del presidente? ¿Dónde está el “sentido de responsabilidad” de una élite militar que, en medio de la mayor crisis de salud de la historia, puso un general en el Ministerio de Salud que confesó que no tenía conocimiento en el área y declaró que su papel era “limpiar” a los cuadros técnicos de la cartera?
Los problemas de Bolsonaro obligaron al ala militar a imponerle condiciones y tutela, nombrando al general Braga Neto como Jefe de Estado Mayor -había sido el jefe de intervención militar en Río con la misión de encuadrar a las milicias en el período pre electoral. El estancamiento del gobierno en su relación con el Congreso y en la política económica llevó al general, con el apoyo del “super ministro” de Infraestructura, Tarcísio Gomes de Freitas (otro graduado de la Academia de las Águilas Negras), a lanzar el programa Pro-Brasil, conocido como el “PAC de Bolsonaro”. La confrontación entre las dos líneas económicas en disputa, que se estaba procesando dentro del Congreso y en la confrontación entre el Congreso y el Ejecutivo, pasó al corazón del gobierno. Una línea dominante, alineada en torno a la agenda del capital financiero y el imperialismo, que impulsa la liquidación total del patrimonio público y de todas las conquistas sociales, requiere la continuidad de Guedes y su programa. El ala militar del gobierno ha asumido otra línea, que exige rescate estatal, inversiones públicas y políticas para estimular la demanda. Durante el curso de la crisis que condujo a la caída de Moro, en segundo plano se declaró una guerra entre Guedes y Rogério Marinho, Ministro de Desarrollo Regional, con derecho a insultos y provocaciones mutuas.
No es solo una disputa sobre un “modelo” o política económica, ya que tiene una dimensión en torno al “Presupuesto de guerra”, estimado en alrededor de R $ 700 mil millones. El plan, diseñado para otorgar a BC poderes extraordinarios para salvar empresas, se ha convertido en un botín en disputa. Aunque Braga Neto dijo que Pro Brasil tendría R $ 30 mil millones en inversiones públicas (y que otros 250 mil millones serían financiados por inversiones privadas fantasmales), Marinho quiere que 180 mil millones del presupuesto se asignen a Pro-Brasil. La necesidad de una tregua después del escándalo de Moro obligó a Bolsonaro y a los militares a rescatar a Guedes. Por un lado, Guedes y el mercado de títulos podridos, por otro, los militares y pro-Brasil. Su padre, Rogério Marinho, no es cualquier improvisado: fue el escritor y arquitecto de la reforma laboral bajo Temer, y el verdadero articulador de la reforma de la seguridad social, que Guedes presenta como su triunfo al mando del Ministerio de Economía.
La crisis no escatimó en nada: el preservativo político utilizado por Bolsonaro para ganar las elecciones (el PSL) se convirtió en el escenario de disputas por parte de pandillas y testaferros de todo tipo por los fondos electorales y fondos partidarios, y fue descartada en pos de la fantasmagórica “Alianza para Brasil”; los gobernadores más importantes del Bolsomínio (São Paulo y Río de Janeiro) saltaron del barco, volviéndose inseguros y un obstáculo para sus aspiraciones electorales en 2020 y 2022; dos gobernadores reaccionarios, hasta hace poco desconocidos y elegidos gracias a su alianza con Bolsonaro, aprovecharon la situación y desaceleraron sus manifestaciones bárbaras para adoptar las recomendaciones de la ciencia contra el virus (uno de ellos, sin embargo, el gobernador de RJ, fue capturado como jefe de una pandilla de desviación de recursos públicos destinados a combatir la pandemia); el Ministro de Justicia y Seguridad, nacido en la escena nacional como el anti-Lula y programado para Caballo de Troya en el Poder Judicial y la Policía Federal, comenzó a actuar con sus propios criterios en el asunto, e incluso a dejar de ocultar sus propias aspiraciones electorales , lo que concluyó en su escandalosa renuncia / despido; los PM de Bahía y Río (actuando bajo las órdenes de sus gobernadores) enviaron al capo paramilitar del clan Bolsonaro a seis pies bajo tierra; El principal conglomerado de medios en el país (Globo) transformó su guerra sorda contra la base evangélica del bolsonarismo, por el control del sector de las comunicaciones, en guerra abierta, convirtiéndose en portavoz de los cacerolazos cada vez más frecuentes contra el presidente. La supuesta solución milagrosa (o “mítica”) a la crisis de 2016 se ha convertido en un boomerang.
Ante la crisis política, el movimiento de las Fuerzas Armadas, en un intento de unir lo útil con lo agradable, profundizó su participación (y la recepción de fondos y prebendas) en todos los escalones del gobierno, ya no solo a través del personal militar retirado (como en comienzo del ciclo de Bolsonaro) pero también personal militar activo; al mismo tiempo, marcando sus distancias de la camarilla fascista ocupante del asiento del Ejecutivo a través del Vicepresidente Hamilton Mourão, quien aprovechó, en un artículo publicado en O Estado de S. Paulo, de su condición de homónimo del jefe del ala conservadora de la revolución burguesa / esclavista estadounidense (desde 1776) para establecer su posición supuestamente tan "federalista" como la de aquel, extendiendo una mano a los gobernadores por encima del presidente. Partiendo del Palacio Jaburu, se instaló un clima de un autogolpe militar en el Palacio Planalto.
La pandemia no creó, solo profundizó y aceleró estos desarrollos políticos. Brasil tardó 53 días, desde la primera muerte por coronavirus, en superar la marca de 10.000 víctimas. Pero solo tomó una semana superar los 15.000 muertos, hasta que superó holgadamente los 60.000. Debido al subregistro, algunas estimaciones colocan el número real de muertes mucho más alto, mientras que otras advierten que el pico de la pandemia aún no se ha alcanzado, prediciendo 50.000 contagios diarios. Según Miguel Nicolelis (autoridad mundial en el área de neurociencia y jefe del proyecto Monitora Covid-19): "Vamos a vivir algo que nunca imaginamos en la historia de Brasil. Y eso, en las proporciones que veremos, no era inevitable". Brasil se ha convertido en uno de los epicentros de expansión global de Covid-19, con una velocidad de contagio superior a la de los países que más sufrieron.
Debilitado por la partida de Moro, asediado por las denuncias y la catástrofe sanitaria, el gobierno se vio obligado a rescatar a Guedes, representante de la burguesía más concentrada, para evitar que la corrida financiera se extendiera. El rescate de Guedes fue insuficiente para contener las tendencias centrífugas. Los militares, a su vez, cuando juran su lealtad “a la democracia y a las instituciones”, dicen que en las condiciones actuales no hay espacio para dinamitar los puentes con el Congreso y el STF. Parte de la izquierda propuso, frente a la crisis, un “amplio frente democrático” que abarcaría al PT, atravesando todo el arco nacionalista burgués, hasta los golpistas Maia, FHC y Doria, una trampa cuya base política es eclipsar el papel central que le cabe a la clase trabajadora para bloquear y derrotar las provocaciones neofascistas. Es de celebrar que, contra el 1 de mayo de colaboración de clases, “virtual” y con políticos burgueses / golpistas en la plataforma, convocados por las principales centrales sindicales, CSP-Conlutas ha convocado y celebrado una manifestación de independencia de clase, todavía que con medios limitados.
Las formas fascistas, militares o “parlamentarias” que se presentan como opciones frente a la crisis, difieren en los métodos, pero coinciden en conducir a la destrucción de las conquistas históricas de la clase trabajadora y la entrega nacional. El punto de vista de la clase trabajadora, de sus intereses históricos, requiere un análisis detallado del desarrollo de las contradicciones del régimen para poder dirigir su acción común contra las grietas abiertas, explorando su potencial. Las guerras internas de la burguesía, las disputas entre las camarillas políticas y la lucha de las facciones en el aparato estatal, tienen lugar, por otro lado, en el contexto de una crisis política global. El rechazo de la cuarentena para permitir la propagación masiva del virus fue inicialmente anunciado por el primer ministro británico, Boris Johnson: Estados Unidos siguió una línea similar, con los resultados a la vista. La política impulsada por los matones imperialistas, como sabemos, terminó costando casi la vida de su promotor (el propio Johnson) y tuvo que dar paso a medidas de distanciamiento social que, adoptadas tarde, costaron la vida de decenas de miles de personas, en lo que Donald Trump encontró una excusa para denunciar una conspiración viral contra los Estados Unidos orquestada por China. No hay datos para justificar la transición a lo que se llama la “nueva normalidad”. Considerada en todo el mundo, la libertad comercial no tiene base en el desarrollo de la pandemia. Los países que han alcanzado un límite en la curva de contagio son pocos. Incluso en ellos, China y Corea del Sur, en primer lugar, no se descarta un nuevo brote de infecciones.
El negacionismo viral de Trump y su mala voluntad recurrente hacia la ciencia, además de su bravuconada constante, le han estado costando caro y han tenido un impacto negativo en una porción significativa de la población estadounidense, con fuertes chances de comprometer sus pretensiones de ser reelegido presidente, sin mencionar las enormes movilizaciones antirracistas provocadas por el asesinato de George Floyd. Ante este hecho, Trump recurre, fomentado por el incansable Steve Bannon (que ha estado vagando por Brasil después de la victoria de Bolsonaro), a teorías conspirativas, diciendo que China es en gran parte responsable del "Chernobyl biológico" y que debe ser denunciada por un crimen premeditado. En lugar de unirse a los esfuerzos mundiales para enfrentar la pandemia, la administración Trump se involucró en una guerra ideológica sin ninguna base científica.
A diferencia de lo que sucedió en el escenario metropolitano, y a pesar de la espantosa velocidad de propagación del virus en Brasil, Bolsonaro no perdió impulso y, con el pretexto de “reanudar la economía” no solo continuó presionando la misma tecla, sino que aprovechó para poner sobre la calle su base social cada vez más escuálida, llamada diariamente para romper la cuarentena y el distanciamiento en manifestaciones frente al Planalto, y para mostrar su ignorancia y resentimiento agresivo en varias capitales estaduales. Las iniciativas políticas del presidente, que incluyeron el reemplazo de la mayoría de los superintendentes estatales de la policía federal (primero, pro domo sua, el de Río de Janeiro), y la invasión literal del STF, donde el presidente ocupaba (sin licencia) la silla de su presidente para dar lecciones sobre reactivación económica a los jueces culpables de permitir que los estados y municipios limiten sus impulsos genocidas (definidos con estas palabras literales por el ministro Gilmar Mendes), llevó la marca de la improvisación empírica y el trabajo exploratorio.
La primera de las iniciativas le costó la deserción de la estrella principal del Gabinete de Bolsomínio (Sérgio Moro); el segundo se combinó con el hecho cómico (si no fuera trágico) de la actuación de tres ministros de salud en solo un mes en un país afectado por una pandemia mortal, sumado a la prescripción oficial sin precedentes de un medicamento (cloroquina) por titular del Poder Ejecutivo, un hecho sin precedentes en la historia mundial de la medicina. Para completar su obra, Bolsonaro anunció que ya no se reuniría con su gabinete, después de la desastrosa y publicitada reunión del 22 de abril, y que en adelante solo se reuniría con cada ministro individualmente, una manifestación de aislamiento que encendió las índices de alarma habituales: dólar, Bolsa de Valores, e incluso algún movimiento parlamentario penoso. Las principales centrales sindicales comenzaron a abandonar el estado de letargo y comenzaron a agitar con presión en favor del juicio político, pero aún no hubo huelga general. Lula se limitó a las intervenciones de los medios quejándose de la “falta de liderazgo”, como si Bolsonaro no estuviera llevando al país al desastre.
En medio del colapso del sistema de salud, la ocupación militar del Ministerio de Salud, exonerando a los profesionales de carrera para ser reemplazados por personas sin experiencia, es un paso adelante en el desguace de la salud pública y un crimen contra el pueblo brasileño. La militarización de la salud representa una nueva fase del ataque al SUS, que sufre las consecuencias del desfinanciamiento y el déficit de insumos y personal, agravado por el congelamiento del gasto público.
Desde 2018, la salud ha dejado de recibir al menos R $ 22,5 mil millones. Hay más de 200.000 profesionales de la salud con sospecha de contagio. La mayoría de los casos (34%) son auxiliares de enfermería o técnicos, la categoría más precaria y con los salarios más bajos. Después de ellos, las enfermeras son la segunda categoría más afectada, con 34,000 casos. São Paulo concentra la mayoría de los diagnósticos, con más de 15 mil profesionales de la salud confirmados por Covid-19.
Pero la crisis política continuó avanzando. La caída de Weintraub, el hombre que al frente del MEC patrocinó el ataque más violento contra la autonomía universitaria, además de establecer una agenda enfocada en atacar a maestros, técnicos y estudiantes, significó la caída del ministro que será recordado por su desastrosa gestión. Antes de dejar el cargo, Weintraub dejó otra marca, la ordenanza 545, que revoca la ordenanza normativa del MEC N° 13, de 2016, una política para alentar las políticas de acceso para negras y negros, pueblos nativos y personas con discapacidad para pos - graduación en las universidades, institutos federales y Cefets. La decisión racista dialoga con la extrema derecha, pero también, negativamente, con la historia de nuestro país marcada por el racismo, la desigualdad social y la violencia estatal. En el panorama general, vemos más y más casos de acciones policiales violentas contra la población negra.
Con el gobierno en crisis y soltando lastre para sobrevivir, Paulo Guedes y el Ministerio de Economía desarrollaron un programa para la salida de la pandemia, un intento de preservar el último y fundamental punto de apoyo del proyecto Bolsonaro, además de la casta militar. A través de él, la gran capital intenta aprovechar un Brasil devastado por miles de muertes y por la desorganización económica, para imponer un ataque histórico. El “ganado” que Guedes quiere transmitir consiste en una operación política, cocinada con Centrão, que contempla al mismo tiempo reformular la política social, aprobar una nueva contrarreforma laboral con la “Tarjeta Verde-Amarilla” y reintroducir el proyecto de seguridad social por capitalización: una respuesta al fracaso político de Bolsonaro que tiene como objetivo organizar y confrontar, con los recursos del capital financiero, la fracción de la clase trabajadora empujada a la economía informal contra los trabajadores de la cartera asesinados, con el fin de eliminar las conquistas históricas, tomando como puntos de partida las medidas “excepcionales”, la desesperación y desmoralización debido al desempleo y la falta de perspectivas. Con este fin, el gobierno agrava intencionalmente la miseria, negándose a extender la ayuda de emergencia.
El programa “Renta Brasil”, lanzado por Guedes, unificaría todos los programas sociales, incluida Bolsa Família. Se revisarían los beneficios actualmente vigentes, como el beneficio continuo (BPC), que se paga a las personas mayores de bajos ingresos, y la bonificación salarial, que se paga a aquellos que ganan hasta dos salarios mínimos. Los apologistas del plan hablan de “privatizar” el presupuesto público, dando a los receptores la “opción de elegir” sobre los recursos. La idea es reducir drásticamente los salarios indirectos (políticas de salud pública, educación, saneamiento) y, como compensación, proporcionar un ingreso mínimo en efectivo. La pandemia se ha convertido en un gigantesco laboratorio político. Guedes admitió que la experiencia de registrar a aquellos que no estaban inscritos en programas sociales, con ayuda de emergencia, es la base del nuevo plan. La inspiración vino después del impacto favorable (limitado) en Bolsonaro en las encuestas verificadas después de la distribución de ayuda de emergencia, sin embargo, manteniendo la caída del apoyo popular al gobierno. Según Guedes, el gobierno “se enteró que había 38 millones de brasileños fuera del mercado laboral.
El objetivo es utilizar la base de datos de ayuda de emergencia para reciclar el proyecto Tarjeta Verde-Amarillo, con el fin de reducir los cargos laborales, estimulando la competencia entre los trabajadores. Es la táctica de utilizar el ejército de reserva industrial, de proporciones gigantescas en Brasil debido a la crisis económica, para tratar de imponer un cambio histórico. Con la Tarjeta Verde-Amarillo, las empresas se beneficiarían con reducción de cargos para contratar jóvenes de 18 a 29 años y mayores de 55 años, que recibirían solo hasta un salario mínimo y medio. La consecuencia será un aumento en la rotación, con el despido de aquellos que ganan más, para ser reemplazados por trabajadores contratados por el nuevo modelo. Con la sustitución de trabajadores que ganarían un salario de miseria, el nuevo régimen de contratación promovería el aplanamiento del salario promedio de muchas categorías. Las empresas estarían exentas de la contribución a la seguridad social y de las tarifas del Sistema S. En caso de despido, el trabajador recibiría solo un 30% de multa en el FGTS, en lugar del 40% válido para los demás contratos de trabajo.
Vinculado al proyecto para resucitar la Tarjeta Verde-Amarillo, Guedes nuevamente propuso cambiar el sistema de pensiones, rescatando la capitalización (derrotado en el Congreso antes del matrimonio con Centrão), un formato en el que cada trabajador debe contribuir a su propio “ahorro” en lugar de un fondo común. El modelo no tendría ningún efecto para las clases más bajas, ya que la capitalización valdría a partir de una línea de remuneración de corte. Se crearía un sistema complementario, en el cual el régimen de reparto continuaría existiendo, garantizando las pensiones de la población de bajos ingresos. La capitalización se aplicaría a los trabajadores con una remuneración superior a la línea de corte, que serían tres salarios mínimos. Para facilitar la aprobación, Guedes propuso la creación de un impuesto sobre las transacciones financieras, cobrado de la misma manera que el antiguo CPMF, es decir, un nuevo impuesto sobre el consumo popular. El impuesto reemplazaría los cargos de seguridad social pagados por las compañías, los costos del INSS serían compartidos por toda la sociedad. El proyecto fue la base de la reforma fiscal del gobierno desde el principio, pero ganó fuerza debido a la crisis económica.
Teniendo en cuenta los primeros impactos de la pandemia, la contracción del empleo en Brasil fue mucho más severa que en las cifras oficiales. Hubo una pérdida de casi diez millones de empleos en solo dos meses, de 94.2 millones de trabajadores empleados en febrero a 84.4 millones en abril, el nivel más bajo en toda la serie histórica. El aumento en la tasa oficial de desempleo del 11.1% al 12.9%, entre febrero y abril de este año, no refleja la realidad, porque la fuerza de trabajo (el grupo de personas que trabaja o busca trabajo) también se desplomó en el período, de 106 millones a 96.9 millones, debido a la epidemia. Como lo demostró un estudio de FGV, si la fuerza laboral hubiera permanecido sin cambios (y los trabajadores despedidos inmediatamente comenzaran a buscar trabajo), la tasa de desempleo estaría por encima del 20%, la más alta de la historia.
En resumen, la política es aprovechar la pandemia para hacer pasar, de contrabando, los objetivos económicos que hicieron viable el apoyo de la gran burguesía al experimento Bolsonaro-Guedes en 2018. El programa se está reciclando para dar sustento a Bolsonaro en el momento de la mayor debilidad de tu gobierno. Ese programa también alinea parte de las fuerzas que se autoproclaman “defensores de la democracia”. Esto se aplica no solo a Centrão, sino también a todas las variantes alternativas a Bolsonaro (Maia, Moro, Doria), que se refleja en la declaración del PSDB contra la destitución: “El PSDB fue colaborativo. La principal reforma de este gobierno, de la seguridad social, fue informada en la Cámara y el Senado por el PSDB”. A pesar de esta “colaboración”, la descomposición del gobierno de Bolsonaro desafía los análisis políticos debido a su velocidad. La caída de Abraham Weintraub (y su fuga proyectada en el extranjero, como un criminal, para ocupar un puesto en el Banco Mundial), los arrestos del miliciano y el operador financiero bolsonariano Fabrício Queiroz (en un sitio propiedad del abogado del presidente) y la increíble “Sara Winter”, líder del grupo fascista de los "300", se suceden sin pausa, y se suman a la presión por la investigación de fake news, el juicio en el TSE sobre la pérdida del boleto ganador en 2018, vinculándolo al asesinato del archivo del jefe de las milicias Adriano da Nóbrega, quien probablemente haya articulado los asesinatos de Marielle Franco y Anderson Gomes.
La clase dominante, es decir, la clase capitalista, se enfrenta entre sí. Una parte sustancial de sus representantes políticos se opone a la caída de Bolsonaro y su pandilla, principalmente de su ministro Paulo Guedes, prefiriendo dejarlo hacer su “trabajo sucio” hasta fines de 2022, cuando sería posible reemplazarlo con los canales institucionales habituales. El trabajo sucio se ha llevado a cabo, principalmente, a través del acuerdo estratégico entre las iniciativas económicas y laborales del Ejecutivo, complementado o corregido por el Legislativo: recortes salariales legalizados, suspensión de concursos públicos y no homologación de los ya realizados (en momentos en que el sector público necesita desesperadamente refuerzos para combatir la pandemia), reubicación y profundización de la privatización de la Seguridad Social, exención de impuestos para grandes empresas, subsidios al capital financiero, legalización de despidos, etc. El ejecutivo fascista, una minoría en el Congreso, paga el precio del acuerdo en forma de ministerios y puestos en puestos suculentos (y presupuestados) de segundo nivel en la administración federal. El llamado “Centrão” es el principal cliente de este toma y daca, tomando los beneficios con su mano derecha mientras que a la izquierda tiene el garrote de juicio político (y probable prisión) no solo del entorno operativo, sino de los propios miembros de la familia gobernante.
El riesgo de ese posicionamiento es triple: 1) Dejar una fracción del poder político (el Ejecutivo) en la mano de la camarilla bolsonariana que, en condiciones de agravamiento de la crisis y en ausencia de alternativas políticas, puede usarse contra los otros poderes para reducirlos a una función decorativa o simplemente para destruirlos, enviando a sus poseedores, como predijo y deseó explícitamente el profeta Abraham (Weintraub), a la cárcel; 2) Continuar confiando en que el principal apoyo internacional de Bolsonaro, Donald Trump (y otros miembros de la “Internacional Antiliberal”) continúan apoyándolo (lo que no está claro), o que él mismo (Trump) será destronado como resultado de rebelión popular que viaja por los Estados Unidos (Black Lives Matter) en un año electoral; 3) Despertar una rebelión popular en Brasil, que ya no es sorda (ver repetidamente cacerolazos y movilizaciones callejeras, contra grupos fascistas y en defensa de los trabajadores de la salud) y que puede hacer de su gran desventaja actual (la pandemia y el aislamiento social) una ventaja, agregando a sus filas no solo a los participantes y organizaciones habituales en las movilizaciones, sino a toda la población, incluidos los desorganizados, que se ven obligados a luchar por su derecho a la vida elemental.
Por lo tanto, otro sector de la clase dominante, con Red Globo a la cabeza, es partidaria, explícito o implícito, de adoptar medidas que faciliten la remoción de Bolsonaro. Por supuesto, también es una posición que implica riesgos, ya que el comienzo de un juicio político abriría una crisis de poder que provocaría una movilización popular; la variable que no muestran, pero la más probable, es la de un golpe, porque Brasil no soportaría un largo proceso parlamentario de un impeachment. Las Fuerzas Armadas están bajo esta doble presión, con el agravante (que no existía en el último golpe, el de 2016) de una reducción notable en su capacidad de arbitraje: más de 2.800 militares trabajan en funciones administrativas del gobierno federal. En la mayoría de los casos, reciben funciones gratificadas (FG), lo que genera un refuerzo en el salario, pero hay muchos en puestos comisionados (CC), especialmente los reservistas. De este total, aproximadamente 1.500 son del Ejército, 680 de la Armada y 622 de la Fuerza Aérea, es decir, el golpe en el poder político requeriría un golpe previo dentro de los cuarteles, lo que transformaría eso en un golpe cuadrado.
¿Qué es esto si no es una crisis de poder, o “crisis institucional”, que se dibuja detrás de una noticia que rivaliza, no solo en la audiencia, sino también en movimientos cómicos o trágicos, con las telenovelas que preceden y tienen éxito en el horario central de la TV? El desafío presentado a la clase trabajadora tiene dimensiones históricas. La crisis capitalista, que la pandemia ha mostrado en toda su profundidad, ha acelerado los tiempos y ha llevado a grandes sectores a la desesperación. Bolsonaro busca militarizar sectores de la desesperada pequeña burguesía y arrastrar a una fracción de la clase trabajadora para atacar físicamente a las organizaciones de la clase trabajadora. Los eventos revelan la conciencia del gran capital de que, por ahora, no es posible gobernar Brasil con solo un miliciano. Por eso hay un rescate del aparato de dominación burguesa (STF, Congreso, que el bolsonarismo define como “el establishment”). La “Renta Brasil”, que consagra las aspiraciones de la burguesía de completar el trabajo iniciado en el golpe de 2016, surge como una solución para recomponer el régimen. El problema es que ocurre en un momento en que los países que brindan esta receta sufren una profunda crisis, en la que la lucha de clases despertada por sus efectos ha asumido enormes dimensiones (Chile, Estados Unidos).
La fuerza de esa perspectiva (cayeron once ministros, pero Guedes se mantiene firme y cuenta con el apoyo del empresariado) también es su debilidad, porque debe enfrentar a una clase trabajadora que ya ha liderado importantes movilizaciones políticas contra Bolsonaro, un movimiento popular en ascenso (especialmente el antirracista, fortalecido por movilizaciones en los Estados Unidos) y que, a través de una lucha política, pueden organizar a los desempleados y a los afectados por la pandemia en una lucha política contra el capital y su Estado. A pesar de los reveses de los últimos años, la clase obrera brasileña no es derrotada.
La mayor demostración es el surgimiento de la lucha antifascista en las condiciones impuestas por la pandemia, que ya se ha convertido en una pesadilla para el régimen. El desafío de la juventud precarizada y “uberizada” al aparato fascista y a los PM señala el comienzo de una batalla estratégica que debería reunir a los trabajadores formales e informales, empleados y desempleados, en una lucha común. El confinamiento de emergencia, la única defensa comprobada contra la extensión de la pandemia de Covid-19, impide las principales iniciativas políticas presenciales. Con la honorable excepción de los trabajadores de la salud, especialmente enfermeras, simpatizantes organizados y antifascistas de Porto Alegre y otras ciudades, hay poca presencia en las calles y persisten los asesinatos en la periferia. Existe una contradicción entre la lucha por la supervivencia, que nos obliga a aceptar las recomendaciones de la ciencia y, por otro lado, la necesidad de que sean preservadas las condiciones para las luchas populares.
Esta contradicción es, sin embargo, transitoria. La lucha contra la pandemia y el colapso del sistema de salud pública plantearon un programa claro: la necesidad de poner todos los recursos en la lucha contra la pandemia, derribando el congelamiento del gasto público de veinte años (CE / 95) y financiar el sector público (primero, SUS e institutos / universidades de investigación) a través del no pago de la deuda pública en poder de los tiburones financieros y un impuesto sobre las grandes fortunas; la eliminación de la “doble fila” (pública y privada) para tests y atención de los pacientes; la colocación de todos los recursos sanitarios (el 55% de las camas de UTI están en hospitales privados, solo el 45% en el sector público, que sin embargo atiende a más del 80% de la población) bajo la responsabilidad del SUS, que está bajo control directo y democrático de sus trabajadores (médicos, enfermeras, investigadores, trabajadores de la salud, asistentes sociales), que ya están al frente, física y políticamente, de la lucha contra la pandemia. Y no solo contra la pandemia, sino también contra los ataques de las locas bandas fascistas, agentes de la política genocida.
Los trabajadores de la salud, que arriesgan sus vidas para luchar contra el coronavirus, se han convertido en la vanguardia de la lucha contra la política genocida. El 12 de mayo, con motivo del Día Internacional de la Enfermería, un muñeco de Bolsonaro de diez metros con manos ensangrentadas fue expuesto en el centro de Brasilia por personas vestidas con batas de laboratorio y máscaras protectoras, que sostenían una pancarta con la frase de Bertolt Brecht: "Los que se lavan las manos las hacen en un recipiente con sangre". Los actos en todo el país exigieron más tests y EPPs para todos, contratación de más profesionales, además de defender los SUS y el aislamiento social, y la salida de Bolsonaro y Mourão de la presidencia. También defendieron las pautas históricas de la categoría, como la carga laboral de 30 horas, jubilación especial, piso salarial, además de la defensa del SUS.
Los profesionales de la salud están a la vanguardia de la lucha contra la pandemia; tienen el mayor número relativo de infectados; están privados de los instrumentos elementales de su trabajo; pasan largas horas trabajando cada vez más duro. El ejemplo de estos trabajadores que se resisten a las provocaciones y agresiones en las movilizaciones callejeras en las que defienden sus reclamos, que son los de toda la población brasileña, aún no ha tenido la solidaridad que merece: cientos de vidas de trabajadores de la salud ya han sido truncadas. Los aplausos no son suficientes. Es necesario, en primer lugar, que las sociedades científicas y las órdenes profesionales de todos los campos, con todos los recursos, autoridad moral y penetración mediática que tengan, comiencen una campaña sistemática en defensa de estos trabajadores y sus demandas, que se proyectan en la arena política. Y, también, la solidaridad unánime y activa de los sindicatos y las centrales sindicales.
La clase trabajadora, empleada o desempleada, está siendo golpeada por la epidemia, este es el punto de partida de cualquier política. La cuarentena recomendada por la ciencia médica choca con las precarias condiciones de sus casas y barrios; con la falta de infraestructura de salud; con permanente y creciente desempleo y precariedad. En medio de una crisis sin precedentes en el régimen social y político en Brasil, hay una lucha por la supervivencia física y social de los trabajadores; todas sus organizaciones deben estar a la altura del desafío, del cual no pueden escapar.

Osvaldo Coggiola
03/07/2020

Una de piratas: el Reino Unido se queda con el oro venezolano




La justicia británica ha confirmado en un fallo el bloqueo del oro venezolano que se encuentra depositado en el Banco de Inglaterra, argumentando que el Reino Unido desconoce a Nicolás Maduro como presidente y reconoce en cambio al golpista Juan Guaidó. Las autoridades del Banco Central de Venezuela anunciaron que apelarán la medida.

Desde la autoproclamación de Guaidó como presidente venezolano, alrededor de 30 toneladas de oro, que equivalen a más de 1500 millones de dólares, permanecen virtualmente secuestradas en el Banco de Inglaterra, que es el principal atesorador de reservas de oro en el mundo. La medida forma parte de la amplia batería de sanciones contra Venezuela por parte del imperialismo europeo y yanqui, que incluyen el congelamiento de activos del Banco Central y de Pdvsa en el exterior, un embargo económico y un boicot a la comercialización del oro. Estas sanciones complican la importación de alimentos y medicinas por parte de Venezuela.
El reciente libro del exasesor de seguridad de Trump, John Bolton, revela que en enero de 2019, el entonces secretario de Relaciones Exteriores del Reino Unido, Jeremy Hunt, expresó su disposición a congelar los depósitos de oro venezolano para favorecer el plan golpista contra Maduro. La publicación de este libro ha desatado un torbellino político, puesto que es una confesión descarnada de los planes golpistas (incluyendo la evaluación de una invasión militar) y a la vez muestra las divisiones dentro de la administración nortemericana respecto al plan. No obstante estas divisiones, Bolton asegura que respecto al derrocamiento del gobierno no había fisuras entre republicanos y demócratas. “El apoyo en ambos lados del pasillo para [la] línea dura en Venezuela fue casi uniforme” (Telesur, 29/6).
Trump expresó recientemente su disposición a una negociación con Maduro, pero se retractó al día siguiente. Su vacilación es una expresión del fracaso de Guaidó y del último capítulo del golpismo, la Operación Gedeón, que consistió en el desembarco de mercenarios en las costas venezolanas. Las sanciones, además, son enormemente impopulares entre los venezolanos.
Lo que sí se ha agravado enormemente es la situación económica venezolana. La combinación de las sanciones y de la caída del precio del crudo ha llevado la producción petrolera a los niveles más bajos desde 1943. El salario está por el piso: el aumento de abril llevó el mínimo a 800 mil bolívares, poco más de 4 dólares, y las jubilaciones a la mitad, cuando un cartón de huevo cuesta 3 dólares (El Pitazo, 27/4).
El gobierno venezolano viene liquidando aceleradamente las reservas de oro para hacer frente a gastos corrientes y financiar importaciones. Un informe del Consejo Mundial del Oro asegura que el Banco Central de Venezuela es la institución que vendió más oro monetario en 2017 y 2018 (El País, 30/5). Todo esto explica el interés del gobierno en la repatriación de las reservas depositadas en el Reino Unido. Maduro asegura que necesita esos fondos para hacer frente a la pandemia del Covid-19.
El gobierno venezolano se ampara en las sanciones para avanzar en un ajuste contra el pueblo. Ha dispuesto un primer aumento de la gasolina, que se encuentra casi totalmente subsidiada, bajo la perspectiva de “avanzar más temprano que tarde al cobro de la gasolina al precio internacional” (BBC Mundo, 31/5). A su vez, instituyó un cupo en la entrega de la gasolina subsidiada que estará en los 120 litros por auto por mes. Simultáneamente, habilitó la venta a 50 centavos de dólar de una gasolina premium en 200 estaciones de servicio, por parte del sector privado, con lo que se rompe el monopolio estatal en el sector. Todo esto ocurre en medio de fuertes versiones de una reprivatización del sector petrolero, que explicaría los recientes cambios de funcionarios del área. Se menciona que Pdvsa podría reducir su participación en empresas mixtas y eliminar firmas como PDV Marina, Pdvsa Bolivia, Argentina y Ecuador (El Pitazo, 3/5).
El ajuste de Maduro está en la base de recientes movilizaciones obreras por el salario y en defensa de los convenios colectivos en Guayana, en las que han participado trabajadores de Sidor, Ferrominera y docentes universitarios, entre otros. También han realizado protestas por el salario los trabajadores de PDV Marina. A su vez, este jueves tenía lugar un “tuitazo” convocado por organizaciones obreras, indígenas, estudiantiles y de la izquierda, por la libertad de los presos por luchar. La convocatoria denuncia que el encarcelamiento de activistas se ha transformado en una política de Estado.
Es necesario una lucha implacable contra el golpismo y el desarrollo de una alternativa política de los trabajadores frente a la crisis.

Gustavo Montenegro

¿Qué será de nuestro planeta?




Enormes incendios forestales, potentes huracanes, grandes inundaciones, derretimiento de glaciales, abrumadoras oleadas de calor, terremotos y hasta pandemias de coronavirus atacan a nuestro planeta y amenazan con destruir economías y hasta la existencia humana. El cambio climático es una realidad que pende sobre todo el planeta con previsiones funestas.
La revista Journal of Geophysical Research: Oceans (JGR Oceans) publicó un estudio basado en las observaciones realizadas por los satélites ICESat y ICESat-2 de la Nasa el cual muestra que entre 2008 y 2019 el hielo marino en el Ártico ha disminuido un 20 % en 11 años, o sea, ha perido 0,37 metros de grosor de su capa.
El Ártico es el área alrededor del Polo Norte que incluye partes de Rusia, Alaska, Canadá, Groenlandia, Islandia, la región de Laponia, en Suecia, Noruega, Finlandia, y las Islas Svalbard.
Otra revista, la Geophysical Research Letters informó que Groenlandia, la segunda mayor capa de hielo se derrite a pasos increíbles lo que provoca el aumento del nivel de los mares que hacen peligrar a islas y zonas bajas del planeta, mientras las olas de calor arremeten contra Europa, América, Asia y África.
Asegura que el 56% de la región está afectada por el derretimiento (zona de hielo sometida a temperaturas superiores a 0º C), incluso las más altas de Groenlandia. Solo durante el mes de julio de 2019, esa capa perdió 160 000 millones de toneladas de hielo lo que ha tenido un impacto significativo en el aumento del nivel del mar.
William Ripple, ecologista de la Universidad Estatal de Oregón, en un artículo publicado en el diario Motherboard señaló que desde 1992, las emisiones de CO2 han subido un 62 % y la temperatura global se ha incrementado en 29 %, mientras que la abundancia de fauna de vertebrados cayó un 29 %».
Ripple, quien participó en una investigación realizada y después firmada por 15 372 hombres y mujeres de ciencia de 184 países denunció que durante los últimos 25 años se ha detectado una reducción de 26 % en la cantidad de agua dulce por habitante, un aumento del 75 % de áreas muertas en los océanos, y una pérdida de 120 millones de hectáreas de áreas forestales. Y enfatizó “Necesitamos los medios proporcionados por la naturaleza para nuestra propia supervivencia».
Esa peligrosa situación a la que esta expuesta la vida del planeta es la que no entienden ni el presidente de Estados Unidos, Donald Trump quien retiró a su gobierno del Acuerdo de París sobre cambio climático aprobado por 195 países en 2015 y cuyo fin es reducir las emisiones de gases invernaderos a partir de 2020, ni su par brasileño Jair Bolsonaro, que bajo el argumento de incrementar la economía de la nación, ha justificado la destrucción de la Amazonía.
La Agencia Espacial Brasileña (AEB) informó que en un solo año del desgobierno de Bolsonaro habían sido arrasadas más de 958 000 hectáreas de la Amazonía, una extensión de selva casi del tamaño de Líbano.
Y lo peor esta por venir pues el ultraderechista mandatario abrió el bosque tropical a la explotación industrial, disminuyó su protección y en ausencia de agentes federales llegan a la Amazonía oleadas de madereros, ganaderos y mineros que arrasan con todo el medio ambiente.
Analicemos a grandes rasgos todo a lo que conduce el cambio climático. Al acumularse los gases contaminantes las temperaturas aumentan y los climas cambian, provocando sequías, incendios, deforestación y desertificación.
Como las temperaturas son más altas, las lluvias son menos frecuentes, pero más intensas y por tanto, el nivel de inundaciones y su gravedad también irán en aumento.
El cambio de temperatura motiva que en zonas templadas y frías se propaguen enfermedades que habían desparecido como dengue, malaria y otras, mientras las incrementa en las regiones cálidas.
La quema de combustibles fósiles y aumento de gases invernadero motivan que el Polo Norte esté mucho más caliente que hace 50 años lo cual pone en riesgo la vida de miles de personas por el crecimiento de olas de calor.
El derretimiento de los glaciales por altas temperaturas en los océanos incide en el aumento del nivel del mar situación peligrosísima pues muchas islas podrían desaparecer y en numerosas ciudades se reducirá la distancia a las costas.
Al potenciarse las temperaturas de los mares, los huracanes serán cada vez más violentos y peligrosos, dejando a su paso destrucción de ciudades, cultivos, desmantelamiento de infraestructuras, hambre y enfermedades.
Diversas especies de animales y de flora están desapareciendo al cambiar el clima y no pueden adaptarse como ocurre con los osos polares que mueren porque no alcanzan los hielos flotantes o las aves migratorias que pierden esa capacidad al verse imposibilitadas de seguir los flujos de temperaturas a las que están habituadas.
La producción de alimentos básicos para la subsistencia humana se reduce con los cambios climáticos lo que a la par conlleva su encarecimiento, situación más que difícil para las grandes mayorías pobres del planeta.
Por eso cada vez se hace más necesario recordar las palabras del líder cubano Fidel Castro cuando en la Cumbre de la Tierra efectuada en Río de Janeiro en 1992 advirtió: “Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre. Ahora tomamos conciencia de este problema cuando casi es tarde para impedirlo. Es necesario señalar que las sociedades desarrolladas son las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente”.
Y nos podemos preguntar ahora: ¿Qué será de nuestro planeta dentro de unos años. Podremos salvarlo?

Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano.

miércoles, 1 de julio de 2020

Entre un recrudecimiento del coronavirus y la amenaza de crisis bancaria




Un combo explosivo

Existe una íntima conexión entre la inyección de dinero que viene promoviendo la Reserva Federal estadounidense y el movimiento que se viene registrando en las bolsas. Ese vínculo se verifica ahora por la negativa, pues bastó que la Reserva Federal contrajese las compras de activos para que se produjera un nuevo cimbronazo y cayera un 3%. El mercado global de acciones ha perdido 1,2 billones en capitalización de mercado en el lapso de una semana
La reducción de sus tenencias de activos en 100 mil millones de dólares fue la señal para que se produjese esta caída bursátil. Los mercados están pendientes de la inyección de liquidez por parte del Banco Central norteamericano y, de un modo general, de los bancos centrales de las principales economías del mundo. Lo cual habla de la endeblez del boom bursátil que se gestó cuando arrancó el plan de estímulo dispuesto por las potencias capitalistas. En ese marco, no hay que descartar un nuevo derrumbe, que puede ser peor al que asistimos a principios de este año. Lo cierto es que la valorización accionaria de las empresas que cotizan en Bolsa no se compadece con su desempeño en la economía real, donde lo que impera es una retracción histórica en los niveles de venta, producción y consumo. El FMI acaba de corregir sus pronósticos para abajo. Dicho organismo contempla caídas de Estados Unidos cercanas al 10%. En Italia y España se calcula un 12%. Esto se extiende a los países emergentes, donde Argentina encabeza dicho pelotón. En pocos meses, la retracción de la economía superó el retroceso del PBI de doce años atrás.
Ni siquiera se salva China que, por primera vez, tendría un crecimiento que se acerca a cero. Esta vez, el gigante asiático no está en condiciones de actuar de factor contrarrestante de la recesión, como ocurrió en la crisis financiera de 2008. Hemos ingresado en una depresión, sólo comparable con la del ’29. Después de que Trump se apresurase a proclamar que el desempleo empezaba a revertirse, los índices de desocupación han vuelto a pegar un salto y ascienden a los 47 millones de personas. No olvidemos, por otra parte, que esos índices son engañosos, pues no incorporan trabajadores informales o trabajadores suspendidos cuya situación podría ser la antesala de despidos.

Límites

Todo este panorama amenaza potenciarse por los nuevos casos de coronavirus, lo que algunos comentaristas han empezado a denominar como “una segunda ola” de la pandemia. Lo concreto es que estamos en presencia de nuevos brotes en países que venían de haber salido de la fase más crítica de la pandemia y habían empezado a normalizar sus actividades. Habrá que ver los alcances, pero lo innegable es que va a afectar la actividad económica y plantea cierres, sean parciales o totales de la economía. En Estados Unidos, que es el epicentro de la pandemia, viene de producirse un número de nuevos infectados y está alcanzando los picos más altos a los que había llegado en estos meses. Esto empalma con el crecimiento explosivo en otros rincones del planeta, entre los que sobresale América Latina.
Más allá de este nuevo estremecimiento de la Bolsa, diversos analistas empiezan a encender las alarmas sobre los límites del rescate y también sobre sus riesgos.
“No se quiere ver que todo tiene un límite y que esas inyecciones de liquidez de la FED de una u otra forma las vamos a pagar y muy caro” (Estrategia de Inversión, 21/6). La emisión no puede ser ilimitada y la FED está intentando cerrar el grifo. Pero abre el flanco de un nuevo crack bursátil. Pero el remedio de dejar que la canilla siga abierta puede ser peor que la enfermedad. El riego es que se acelere una depreciación abrupta del dólar y que esto precipite el abandono de la divisa norteamericana y el refugio hacia el oro, como ha ocurrido en la historia con las grandes crisis. Ni qué hablar que esto precipitaría un descalabro de la economía y el comercio mundial, desde el momento que el dólar es el principal medio de pago y reserva de valor internacional. Preventivamente, ya hay bancos centrales en el mundo que están desprendiéndose de sus reservas en dólares y comprando oro, lo que explica, en parte, la suba de su precio en este último período. Por otra parte, una desvalorización del dólar traería aparejado un rebrote de la inflación y el aumento de las tasas de interés, lo que podría ser letal para una economía que está sometida a un endeudamiento sideral, tanto en el ámbito público como privado.

Crisis bancaria

Una de las preocupaciones que comienzan a asomar es la de una crisis bancaria. Esto corrige las primeras lecturas sobre el colapso actual y sus alcances, porque se hablaba sobre la supuesta solidez de los bancos en contraste con lo ocurrido en 2008. Como se recordará en esas circunstancias, uno de los eslabones más endebles de la cadena fueron las instituciones financieras y por eso la crisis debutó en ese sector y se llevó puesto al banco de inversión Lehman Brothers. Ahora, según diversos analistas, no ocurría eso pero la FED acaba de informar, luego de la realización de las pruebas anuales de “estrés” (solvencia) a las instituciones financieras, que “los bancos más grandes de la nación están sanos, pero… que “podrían sufrir pérdidas al estilo de 2008 si la economía languidece”. Y agrega el comentario: “una recesión económica prolongada podría afectar a los bancos más grandes del país con pérdidas de hasta 700 mil millones dólares en préstamos deteriorados”.
Consecuentemente con ello, la FED ha decidido limitar los pagos de dividendos de los grandes bancos y prohibirá las recompras de acciones en forma preventiva. La Reserva Federal descubrió que los prestamistas más grandes del país tuvieron dificultades para pilotear los efectos de la recesión sin precedentes.

Europa y Wirecard

No solo viene la tormenta desde Estados Unidos, en Europa también se están cuestionando las reaperturas por la incidencia del coronavirus y se está discutiendo limitaciones a la libre circulación en la zona euro. Pero más allá de ello, está también en la lupa el sistema financiero, cuya sustentabilidad está seriamente comprometida. Es conocido del caso de la banca italiana, una de las más endebles, con una cartera de créditos en las que un cuarto de ella es morosa o incobrable, en una economía que hace 15 años que está estancada y, ahora, sufre el flagelo de la depresión.
Pero tampoco escapa la poderosa economía alemana, cuya banca está en una situación financiera extremadamente delicada. Como por ejemplo, el emblemático Deutsche Bank, recordemos estuvo a punto del default y fue apuntalado por el Estado alemán. Un nuevo manto de incertidumbre se cierne, ahora, a partir de la las dudas sobre la confiabilidad de los informes contables y financieros de las firmas alemanas a causa de los terribles casos de falsedad y corrupción.
Un blanco principal de sospechas son las propias instituciones financieras que han estallado con el escándalo de Wirecard. Dicha compañía es una de las principales empresas financieras de Alemania. Se dedica a procesar los pagos con tarjeta de créditos (Visa, Mastercard) y los pagos en línea de cadenas de supermercados (Aldi, Lidi). Es propietaria de un banco y pasó a ser una empresa integral de servicios de cobro para sus clientes. Se trata de una empresa líder en tecnología financiera, que pasó a rivalizar con las grandes corporaciones de las finanzas mundiales. Su valuación de mercado llegó a los 28 mil millones de dólares, que se vino a pique en estos días.
Wirecard se ha sumado a potenciar la desconfianza en el marco regulatorio alemán, tras las dudas generadas por otros escándalos, como los de Volkswagen, Bayer y Deutsche Bank, todos ellos considerados “buque insignia” de la solvencia y potencia de las industrias alemanas. La adulteración de los números debe ser tomado como un termómetro de que la economía mundial se encuentra en un gran concurso de acreedores, lo que pretende ser disimulado mediante el fraude y el maquillaje contable.

Lo que se viene

Todo esto refuerza la idea que no podemos hablar de una crisis temporal. Lejos de su superación en el horizonte, marchamos a un agravamiento de las premisas de una depresión mundial. Lo peor no pasó sino que está por venir. Se abre una etapa convulsiva en la que la población trabajadora va a ser sometida a penurias inauditas, lo que, simultáneamente, oficiará de combustible del cual se nutran las tendencias a la rebelión popular. El levantamiento popular en Estados Unidos contra la violencia policial, ni más ni menos que en el corazón del capitalismo, da cuenta de esta tendencia y tiene como telón de fondo los estragos que viene provocando el efecto combinado de la pandemia y la bancarrota capitalista, que tiene a la población negra y a las minorías como principal blanco.
Los trabajadores debe tomar nota sobre la envergadura a de la crisis capitalista, sus contradicciones explosivas e insalvables, lo cual pone en el orden día la necesidad de organizar la batalla por una reorganización integral de la humanidad sobre nuevas bases sociales.

Pablo Heller

Brasil: récord de contagios y más de 500 muertes en Rio Grande do Sul




El Estado de Rio Grande do Sul tuvo un aumento del 20% en los contagios de Covid-19 en las últimas 72hs, superando los 24 mil infectados y 500 muertes (Diario Popular 20/6). La ciudad de Pelotas pasó de ser la única ciudad en no registrar muertes por Covid 19 en toda la región sur, a tener 3 decesos en el último fin de semana.
Este pico de aumento se debe a la flexibilización de la cuarentena que viene llevando adelante con bastante énfasis el gobernador Eduardo Leite (PSDB), en conjunto con el sector empresarial gastronómico, del comercio y los prefectos de los municipios.
Como se viene manifestando a lo largo y ancho de todo el Brasil, cada vez son más los contagiados y muertos en todo el país. Brasil es el segundo país más afectado del mundo, solo detrás de Estados Unidos. Mientras Bolsonaro se opone a las medidas de aislamiento social, los gobernadores de cada Estado van flexibilizando las cuarentenas en función de los reclamos empresarios.
Dada la coyuntura del momento y la presión a la que vienen sometiendo a los sectores populares, los primeros roces se hicieron presentes en Pelotas, una de las ciudades principales del Estado de Rio Grande do Sul. El reclamo de les trabajadores del mercado Los Persas por la mejora en las condiciones en las cuales estaban desarrollando sus tareas, se hizo escuchar con un corte de calle y quema de cubiertas en la puerta del municipio. En respuesta a esto, el gobierno mandó a la policía reprimir el reclamo y dejar por el suelo el pedido de les trabajadores, mostrando una vez más que lo importante no es la vida del trabajador sino mantener la ganancia de un sector empresarial, cueste lo que tenga que costar.
Es el desafío de todas las organizaciones y sindicatos discutir una intervención organizada para poder enfrentar la embestida contra el salario y los puestos de trabajo. Y en defensa de las condiciones de seguridad e higiene, frente a la pandemia. Una lucha que debe unirse a la de las organizaciones sociales, que semanas atrás se manifestaron en contra del racismo sistemático.
Los trabajadores necesitan desarrollar una alternativa política propia, repudiando la política de frente amplio con sectores de la burguesía planteada por partidos como el PT, que además viene siendo implacable con las medidas anti-populares en las ciudades en las que gobierna. La CUT debe romper su política de colaboración de clases y organizar un plan de lucha, en el camino a la huelga general.
Fuera Bolsonaro-Mourao y todo el régimen corrupto, por una asamblea constituyente libre y soberana que reorganice el país sobre nuevas bases sociales.

Matías Grandia
desde Rio Grande do Sul