jueves, 20 de diciembre de 2012
Estados Unidos: Obama frente a los abismos
Concluidas las elecciones en Estados Unidos algunas dudas han sido despejadas. La principal de ellas es que Barak Obama seguirá siendo el presidente y que el Congreso estará dividido. Sin embargo, han retomado cuerpo dos grandes incertidumbres: el llamado precipicio fiscal y la fractura social.
Por Eduardo Lucita *Integrante del colectivo EDI-Economistas de Izquierda
Todo indica que la administración del presidente estadounidense Barack Obama transitará por un camino de cornisa a cuyos costados se abren sendos abismos: uno fiscal, otro social. De un lado está el problema fiscal cuyo principio de solución involucra una combinación de incremento de impuestos y reducción de gastos. Del otro está la brutal desigualdad social existente, cuya raíz está en los diferenciales de ingresos y su impacto en la educación y la cultura.
Un gobierno partido.
Los demócratas hicieron campaña proponiendo mayores impuestos a los ricos más ricos, reformas sociales parciales y mayores derechos civiles. Ganaron por el "voto popular", el de los más pobres, de los hispanos, los negros, los trabajadores, y también el femenino y el gay. Los republicanos proponían reducir el déficit bajando gastos sin tocar los intereses de los ricos, hicieron gala del fundamentalismo económico (reino del mercado), del religioso (todo está en la Biblia) y de la ignorancia (niegan el conocimiento científico) y recibieron el apoyo de la sociedad americana profunda, de la "sociedad blanca".
Los demócratas ganaron por una amplia diferencia en el número de electores (303 a 206) y en la cantidad de Estados (30 a 11), pero por un mínima diferencia del 2 por ciento en el número de votantes (apenas unos 3 millones de personas sobre 120 millones).
El peligro que inquieta a los analistas, no solo de los Estados Unidos, radica en que si bien el resultado de las urnas ha renovado el mandato a los demócratas, al mismo tiempo no ha alumbrado grandes cambios en la relación de fuerzas en el Congreso. Se trata de lo que se conoce como un gobierno partido. Esto es un poder ejecutivo que tiene una mayoría que lo respalda en el Senado (54 bancas a 45), pero que es minoría en la Cámara de Representantes (diputados). Por el contrario, la oposición republicana es mayoría en Diputados (233 bancas a 193) y cuenta con una minoría no despreciable en Senadores.
El abismo.
El déficit fiscal de los EEUU es del 9,1 por ciento del PBI, lo que resulta insostenible en el tiempo. La acumulación de este déficit se duplicó en los últimos años, resultado de menores ingresos por los recortes impositivos aplicados por el gobierno George W. Bush, los gastos de guerra y los estímulos fiscales frente a la crisis.
La fecha límite es el próximo 2 de enero, porque vencen los recortes impositivos, incluso la extensión de los beneficios del seguro por desempleo. De no llegarse a un acuerdo en el parlamento operaría una suerte de ajuste automático. La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO por sus siglas en inglés) ha publicado estimaciones revisadas de las consecuencias económicas y presupuestarias del "precipicio fiscal" al que llevaría ese ajuste. Anticipa una contracción del PBI en el próximo año y una suba de la tasa de desempleo hasta del 9,1 por ciento, mientras que la reducción de gastos no sería significativa. Para los republicanos y sectores más liberales, que puede ser que exageren las consecuencias, dejar caer los recortes impositivos impactará sobre el consumo, ya alicaído por la crisis, y el país puede hundirse en la depresión.
Para los demócratas la solución esta en llegar a un acuerdo en el que los republicanos acepten aumentar los impuestos al 2 por ciento de los estadounidenses más ricos, mantener las rebajas para la clase media y realizar recortes de gastos sin tocar los de la seguridad social. Dicen: "No habrá acuerdo si no aceptan que los impuestos lleguen al nivel que había en los años 90 (en la presidencia de Bill Clinton)". Los republicanos responden: "Es una propuesta ridícula, olvidan que ganaron las elecciones pero que nosotros dominamos la Cámara de Representantes". Así las cosas, no hay certezas de que pueda llegarse a un pronto acuerdo sobre el problema fiscal.
Riqueza más concentrada.
Según la clásica estadística de la revista Forbes, las 400 personas más ricas de los EEUU batirá este año el récord de ganancias, llegarían a 1,7 billones de dólares, más de cinco veces lo que habían ganado en 1992.
Las reducciones impositivas han jugado un papel decisivo en este nuevo récord. Los más ricos entre los ricos pagan en proporción menos impuestos que sectores de las capas medias de la sociedad americana. Según datos del 2009, un cuarto de los más ricos contribuyó impositivamente con menos del 15 por ciento de sus ingresos. La mitad pagó hasta un 20 por ciento, mientras que el 6 por ciento no pagó nada. Del resto nadie pagó más del 35 por ciento.
Fractura social.
Según el Instituto de Políticas Económicas de Washington el 1 por ciento más rico concentra mayores riquezas que el 90 por ciento restante, de ahí la consigna de "somos el 99%" de Occupy Wall Street (indignados estadounidenses). El 20 por ciento más rico se apropia del 60 por ciento de los ingresos. Mientras que casi el 70 por ciento de los 14 millones de desocupados se encuentra entre los sectores más bajos de la pirámide social.
En paralelo con la caída estructural de los salarios desde los años 70 y las mejoras de productividad -se esta produciendo el mismo volumen físico que en 2008 con 5 millones menos de trabajadores- la tasa de ganancia de las empresas es la mayor en muchas décadas.
Es esta política de ingresos profundamente regresiva la que abona la desigualdad social creciente. Se expresa en un impresionante atraso cultural que abarca a grandes sectores de la población, en que núcleos importantes de trabajadores no alcanzan la calificación adecuada para adaptarse a las nuevas tecnologías, en que millones de estadounidenses no cuentan con cobertura médica o en la existencia de 15 millones de migrantes, la mayoría latinos, que viven ilegalmente.
Iniciar alguna solución depende de cómo se resuelva el abismo fiscal. Por otra parte no son pocos los que temen que de no haber acuerdo se trabe también la elevación del "techo" de la deuda, hoy del 90 por ciento del PBI, mecanismo con el cual EEUU financia su más que abultado déficit.
El tiempo apura.
Cuando este artículo llegue a manos de los lectores estará cercana la fecha límite para llegar a un acuerdo que contemple la reducción del déficit en el largo plazo y el apoyo a la recuperación económica en lo inmediato. Sectores empresariales están presionando en el parlamento para que se resuelva la incertidumbre y juegan con que la falta de decisiones está deteniendo las inversiones productivas. Los sindicatos manifiestan su preocupación por el riesgo de una nueva suba de la tasa de desocupación, los desprotegidos porque ven debilitarse una vez más la promesa de Obama de reformar el plan de salud, los sin papeles porque ven peligrar su radicación...
Hasta ahora siempre hubo acuerdo de último momento y probablemente lo haya también en esta ocasión. El problema son los términos de ese acuerdo. Pero si no se logra, y efectivamente entra a jugar el ajuste automático la posibilidad de una nueva y profunda recesión, que impactará también en la economía mundial, puede concretarse.
Restan escasamente poco más de dos semanas para comprobarlo.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Vienen las bases militares
Los días 11 y 12 de diciembre se realizó la primera reunión entre Uruguay y Estados Unidos con el objetivo de definir criterios comunes para alcanzar un nuevo acuerdo de cooperación en materia de defensa.
http://elmuertoquehabla.blogspot.nl/2012/12/vienen-las-bases-militares.html
Encuentro bilateral
Primera reunión de trabajo entre Uruguay y EE.UU. en materia de defensa
Los días 11 y 12 de diciembre se realizó la primera reunión entre Uruguay y Estados Unidos con el objetivo de definir criterios comunes para alcanzar un nuevo acuerdo de cooperación en materia de defensa. Lideraron las delegaciones el subsecretario de Relaciones Exteriores de Uruguay, Roberto Conde, y el asesor principal en el departamento de Estados de EE.UU para las Negociaciones de Seguridad y Acuerdos, Thomas F. Daughton.
El Ministerio de Relaciones Exteriores informó que este encuentro fue convocado en función de los resultados de las reuniones mantenidas para lograr un diálogo estratégico celebradas en Montevideo el día 16 de marzo de 2011 y los días 14 y 15 de agosto de 2012, durante las cuales ambas partes acordaron profundizar sus vínculos en cooperación y definir criterios comunes para alcanzar un nuevo acuerdo en materia de defensa.
Las delegaciones concretaron un extenso intercambio de opiniones y explicaron sus respectivas perspectivas en materia de defensa y, en particular, acerca de la cooperación bilateral en este tema específico.
Al respecto, ratificaron la voluntad de establecer un diálogo constructivo que permita avanzar en la negociación para definir este nuevo acuerdo inspirado en los principios de igualdad, reciprocidad e interés mutuo.
Y la transparencia?
La puerta abierta
Acuerdo logístico entre Estados Unidos y Uruguay prevé la construcción y el apoyo a operaciones en bases militares.
La senadora Constanza Moreira (Espacio 609, Frente Amplio) y el diputado del FA José Bayardi (Vertiente Artiguista) cerraron ayer el ciclo de debates en materia de defensa organizado por la Fundación Vivian Trías. Se hizo referencia al anexo del acuerdo logístico firmado en mayo entre Estados Unidos y Uruguay y publicado en los últimos días en la página web de Presidencia, que entiende por “apoyo logístico” la provisión de agua, alimentos y la construcción de bases. Algunos asistentes acusaron de “sumisión” al gobierno del FA por establecer una “alianza estratégica” con Estados Unidos.
En la previa, mientras se esperaba a los expositores, comentarios y bromas auguraban un fuerte debate, pero en sus intervenciones Bayardi, ministro de Defensa Nacional durante el gobierno de Tabaré Vázquez, y Moreira se enfocaron en aspectos distintos. Bayardi opinó que las Fuerzas Armadas deben existir para “defender intereses estratégicos”, ya que “el país que no las tiene va a estar sometiendo gran parte de su soberanía”. “Lo peor que nos puede pasar es caer en un antimilitarismo vulgar”, consideró y evaluó que “siempre que haya un interés estratégico que defender, es probable que en algún momento haya que resolver los conflictos militarmente”. Indicó que las Fuerzas Armadas “son lo que son sus mandos militares, pero sobre todo civiles”. “El golpe de Estado no fue un golpe de Estado militar, la principal responsabilidad fue de los civiles”, remarcó. E insistió: “Las Fuerzas Armadas se deben guiar por la disciplina y no por la ideología, y si alguno se deja llevar por la ideología, lo tengo que sacar. Las Fuerzas Armadas son lo que son sus mandos”.
Moreira cuestionó el monto de los recursos destinados a Defensa, si bien aceptó que ha ido disminuyendo desde 1985. Se refirió también a la discusión que hubo en la bancada frenteamplista en torno a la votación de la prórroga al contingente uruguayo de la denominada Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití -Minustah por su acrónimo en francés- (ver nota vinculada). Insistió en que las tropas en Haití constituyen un “ejército de ocupación”. Recordó que existe un compromiso programático del FA y un acuerdo de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) para el retiro progresivo, pero estimó que “falta compromiso nuestro de tener un plan de retiro final de las tropas en Haití y una revisión mucho más profunda de nuestro rol en las misiones de paz”. Advirtió que “ya hemos recibido dos golpazos”, en referencia al abuso al joven haitiano Johny Jean y a las denuncias de explotación sexual de menores en República Dominicana. “No pertenezco al militarismo bruto ni al ilustrado, hago una propuesta razonable para un país que puede permitirse unas Fuerzas Armadas bastante menos costosas de lo que son, que puede permitirse no participar o participar mínimamente en las misiones de paz y aprobar una reforma de una ley orgánica militar aprobada en dictadura”, afirmó.
La base está
Ayer se hizo referencia también al acuerdo para la adquisición de suministros y la prestación recíproca de servicios entre Estados Unidos y Uruguay, cuyo anexo se publicó en la página web de Presidencia. El acuerdo fue firmado el 23 de mayo de 2012 por el ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, y el comandante del Comando Sur de Estados Unidos, Douglas Fraser. Allí se establece que los interlocutores válidos para la implementación del acuerdo son el jefe del Estado Mayor de la Defensa en Uruguay y el Comando Sur en Estados Unidos.
Se dispone que la información que surja del acuerdo no será clasificada. Y se define qué se entiende por apoyo logístico: “Provisión de alimentos, agua, alojamiento, transporte, petróleo, aceites, lubricantes, ropa, servicios de comunicación, servicios médicos, municiones, apoyo a operaciones en bases (y la construcción correspondiente a ese apoyo), servicios de almacenamiento, utilización de instalaciones, servicios de capacitación, piezas y elementos de repuestos, servicios de reparación y mantenimiento, servicios de calibración y servicios portuarios”.
Virajes
Por otra parte, hoy se reunirán jerarcas de los departamentos de Estado y de Defensa de Estados Unidos con las autoridades del Ministerio de Defensa de Uruguay, para avanzar en la redacción de un acuerdo de cooperación marco entre ambos países que sustituya al firmado en 1953.
Moreira consideró que si existen misiones de paz, “no se puede hacer otra cosa” que firmar este tipo de acuerdos (como el logístico mencionado) con Estados Unidos. Desde el público se cuestionó la “alianza estratégica” y la “sumisión” a Estados Unidos por parte del gobierno de José Mujica. “¿Por qué ha virado la izquierda, de esta manera tan grotesca y tan radical, de mantener una posición antiimperialista sólo hasta que llega al gobierno?”, preguntó una asistente.
Bayardi le restó importancia al hecho de que el acuerdo logístico incluya el apoyo a operaciones en bases y su construcción. “Es una definición dentro del articulado”, señaló. “No hay indicios de instalar ningún tipo de base militar”, acotó. También negó que exista una alianza estratégica con Estados Unidos; recordó que Uruguay tiene firmado un acuerdo de cooperación con China. “Dentro de la Unasur, una enorme cantidad de países tienen acuerdos firmados con Estados Unidos”, sostuvo.
EEUU: La masacre de Connecticut revela una enfermedad muy profunda en la sociedad
El trágico tiroteo en la Escuela Primaria Sandy Hook en Newtown, Connecticut, ha provocado un clamor público y un duelo sincero en todo el país. El pistolero mató a 26 personas, entre ellas 20 niños, antes de dispararse a sí mismo. Los medios de comunicación seguramente se verán inundados con cada detalle de la vida del asesino en las próximas semanas, y el tema del control de armas una vez más pasará al primer plano. Pero lo que no se verá seriamente discutido es la causa raíz de los tiroteos de este tipo, y por qué se han vuelto tan comunes.
Parece que sólo tiroteos con un alto número de muertes obtiene una cobertura nacional plena, mientras que docenas de pequeños incidentes han pasado a ser "lo corriente". Incluso antes de que la identidad del pistolero fuera conocida, ya se estaban planteando las preguntas: ¿Cómo consiguió esta persona armas de fuego? ¿Debía esta persona haber tenido el derecho a poseer legalmente armas de fuego? Atrocidades como los recientes tiroteos en Oregon, Colorado y Wisconsin, naturalmente, han provocado una discusión nacional sobre el control de armas.
Hay, sin duda, una buena razón para preocuparse. Desde 1982, ha habido al menos 61 casos de asesinatos masivos en los EE.UU. con armas de fuego, y en la mayoría de estos casos, las armas fueron obtenidas legalmente. Estados Unidos ocupa de lejos el primer puesto por delante de cualquier otra nación en el mundo en delitos de este tipo. Muchos se apresuran a señalar que los EE.UU. también ocupan el primer lugar en la posesión de armas per cápita, pero otras naciones con leyes de armas similares y niveles similares de tenencia de armas no parecen tener tan alta incidencia de delitos de este tipo.
Independientemente de lo que digan las leyes de armas, la gente que quiere armas de fuego puede adquirirlas –por medios ilegales si es necesario. Y si las armas no están disponibles, otras armas pueden utilizarse para causar estragos a la sociedad. Apenas unas horas antes del tiroteo en Connecticut, se produjo un ataque con arma blanca en una escuela secundaria en China (donde la propiedad privada de armas está fuera de la ley), donde 23 personas, muchas de ellos niños, resultaron heridos.
¿Hay algo "malo" en la gente de Estados Unidos que los hace propensos a cometer este tipo de atrocidades? Michael Moore hizo esa pregunta en su película documental Bowling for Columbine, aunque él no pudo dar una respuesta adecuada. Sin embargo, en sus últimas películas, Sicko y Capitalismo: Una historia de amor, que tratan respectivamente del sistema de atención de salud en los EE.UU., y del sistema capitalista en sí, se encontró mucho más cerca de responder a esa pregunta.
Entonces, ¿qué es lo que hace único a los Estados Unidos sobre este tema? Por un lado, no tenemos un sistema universal de salud para proporcionar servicios mentales de salud de calidad. Casi 50 millones de estadounidenses carecen de cualquier tipo de atención médica, y los que están asegurados a menudo tienen un acceso muy limitado. Al servicio de salud mental, en particular, a menudo se le presta muy poca atención, en la medida que las grandes aseguradoras recortan todo lo posible para aumentar sus ganancias.
Existen razones concretas por las cuales el movimiento obrero norteamericano no pudo conseguir la atención universal de salud. La principal de ellas, la falta de un partido político independiente de la clase obrera basado en los sindicatos, y la política restrictiva de los dirigentes sindicales en los años 1930 y durante el boom de la posguerra, que lucharon por beneficios de salud para sus propios afiliados, en lugar de luchar por la atención médica de calidad para todos los trabajadores. Pero, ¿qué tiene esto que ver con el tiroteo de Connecticut?
Las circunstancias que rodean las motivaciones del pistolero todavía no salieron a la superficie, y quizás nunca se conocerán. Sin embargo, la discusión en torno a cómo obtuvo sus armas es mucho menos importante que discutir lo que lleva a gente como ésta a cometer estas atrocidades. La mejora del acceso a la atención de la salud mental daría un paso de gigante en la prevención de este tipo de incidentes.
Por ejemplo, la expresión "Going Postal" [expresión moderna del inglés norteamericano que se utiliza como sinónimo de "violencia extrema". NdT] tiene sus orígenes en una serie de incidentes en las oficinas de correos a partir de los años 80, en los que participaron empleados descontentos que mataron o atacaron a compañeros de trabajo, supervisores, y otros. En respuesta a dos acontecimientos de 1993, el USPS (Servicio postal de EEUU) creó 85 puestos de Analistas del Ambiente en el Lugar de Trabajo, para asumir la tarea de mejorar las condiciones de trabajo y de ese modo prevenir la violencia. Es de suponer que esto funcionó, en la medida que tales incidentes se redujeron considerablemente, registrándose públicamente solamente dos de ellos desde entonces. Sin embargo, en 2009, coincidiendo con los ataques generales de austeridad en el USPS, estos puestos fueron eliminados. Todo el mundo puede simpatizar con la ira y la frustración en el trabajo, y aunque muy pocos llevarían a cabo tales actos de arrebato de violencia, ya no hay servicios en las oficinas del USPS para proporcionar a las personas una salida o una manera de resolver estas frustraciones. En los lugares de trabajo y escuelas de todo el país, los recortes y las medidas de austeridad conducirán inevitablemente a una escasez de tales servicios.
La nacionalización de los hospitales, de las industrias farmacéuticas y de equipamiento médico, y de las grandes aseguradoras de salud -administradas democráticamente por los trabajadores de la industria de la salud y los usuarios en general- sentaría las bases para la creación de un sistema de atención de salud que podría proporcionar a todos un servicio de calidad. Tal sistema de salud podría incluir asesoramiento y terapia para todos los que lo deseen o lo necesiten, para los que sufren de tensiones laborales menores, o para los que la sufren de manera grave. Eliminar el afán de lucro de la atención de la salud llevaría a una completa transformación de la forma en que la salud mental es vista y tratada.
Entonces, ¿qué tienen de único los Estados Unidos? Muchas personas que viven en los EE.UU. disfrutaban con diferencia de un nivel de vida más alto que la mayoría del resto del mundo. Esto, en parte, contribuyó al limitado alcance de nuestra red de seguridad social. Durante el boom posterior a la Segunda Guerra Mundial, hubo un embotamiento de la lucha de clases, ya que el pastel era cada vez más grande, y los capitalistas pudieron dar a la clase obrera algunas migajas de más, por temor a un regreso de los movimientos de masas de los años 1930 y 1940.
Como resultado, muchas de las reformas conseguidas por los movimientos obreros de otros países simplemente no existen aquí para la mayoría de los trabajadores -vacaciones pagas, licencia de maternidad, cuidado universal de la salud, etc. Estas reformas, aunque todavía muy limitadas, proporcionan un cierto nivel de estabilidad en muchos países. El sistema capitalista ya no puede proporcionar migajas como lo hacía en el pasado, e internacionalmente vemos ataques brutales a estas conquistas.
La ideología del "sálvese quien pueda" es quizás más fuerte en los Estados Unidos, donde se nos dice que debemos salir adelante por nuestros propios medios (¡si eres lo suficientemente afortunado como para salir adelante sin ayuda de nadie!). Hemos sido educados para creer que no tenemos que culpar a nadie de nuestros problemas, sino a nosotros mismos, y que no debemos mirar más allá del espejo para que alguien nos eche una mano.
Pero a medida que la crisis capitalista continúa, muchos están reconsiderando estas ideas, que han sido implacablemente inyectadas en la sociedad desde arriba. Muchos están incluso repensando el sistema capitalista en su conjunto. Cada vez más, los estadounidenses se están dando cuenta de que estamos sufriendo colectivamente la crisis del sistema, y que necesitamos una solución colectiva.
En lugar de la estabilidad relativa de la posguerra, y careciendo de muchas de las reformas que sirven para mantener a los peor situados con la cabeza por encima del agua, tenemos unas condiciones de vida en deterioro y un estado completo de precariedad para millones de personas. Con tanta gente acorralada en un estado de desesperación por la crisis del capitalismo, lo que estamos observando es una reacción de "lucha o huida" en el plano social, que se expresa en un aumento de los actos de violencia masiva.
El Washington Post informó que de los 11 tiroteos más letales en la historia de los EE.UU., cinco han ocurrido desde 2007, año que marcó el inicio de lo que hoy se conoce popularmente como "la Gran Recesión". Esto no es un accidente.
La tasa oficial de desempleo para los menores de 25 años es del 16%, y esto no tiene en cuenta el subempleo. El costo de asistir a la educación superior está aumentando y las perspectivas de una vida digna en el capitalismo son sombrías para los jóvenes de hoy. El pistolero de Connecticut ha sido identificado como Adam Lanza, de 20 años. En Colorado, fue James Eagan Holmes, de 24 años; en Oregon, Jacob Tyler Roberts que tenía 22 años. Cualesquiera que sean los motivos o causas directas de estos jóvenes para cometer crímenes tan atroces, está claro que en el fondo son un reflejo de la decadencia del sistema social.
La gente en todo el mundo está profundamente entristecida y justificadamente indignada de que tantos niños y maestros inocentes hayan visto apagarse sus vidas sin sentido. El propio presidente Obama tuvo que contener las lágrimas al hablar con la prensa sobre este incidente. Y, sin embargo, los incidente de violencia masiva, violación, tortura y asesinato son la realidad de la vida cotidiana de millones de personas en todo el planeta, una realidad que es muy a menudo el resultado directo de la política exterior de Obama.
Con este terrible ataque, la barbarie que acecha a gran parte del mundo se ha abierto camino en la comunidad plácida y próspera de Newtown, un pequeño pueblo como tantos otros en todo el país. No existe ningún lugar seguro conforme el capitalismo se hunde cada vez más en la crisis, trayendo consigo consecuencias aún más trágicas.
La conclusión es clara ¡Para terminar con la guerra, la violencia y la inestabilidad constante del sistema, debemos terminar con el capitalismo!
Mark Rahman
lunes, 17 de diciembre de 2012
“El socialismo sigue siendo una esperanza abierta”
Entrevista a Marcelo Colussi
“El socialismo sigue siendo una esperanza abierta”, así manifiesta rotundo el psicólogo, profesor, escritor, periodista, activista a tiempo completo por la libertad, la justicia social y la dignidad global, aunque mejor persona, Marcelo Colussi.
Pregunta: Según ha manifestado usted en más de una ocasión, y después de revisar seria, rigurosa y profundamente lo que ha sido la historia de los seres humanos, concluye no sin cierto pesimismo (precisamente utiliza la cita del pensador e intelectual Antonio Gramsci en uno de sus últimos artículos que titula “Socialismo y poder” que dice: “hay que actuar con gran pesimismo en la inteligencia, junto a un férreo optimismo de la voluntad”), que en realidad las personas nos movemos en buena medida por un afán de poder, y que, por lo tanto, estamos irremediablemente condenados a seguir ese molde, incluso para apoyar esta tesis también cita al Premio Nobel de Literatura, José Saramago cuando manifiesta que “No nos merecemos mucho respeto como especie”; y llega a concluir que casi estamos tentados a afirmar que “esto no tiene arreglo” ¿Cómo es que si tiene esta “convicción” lo vemos siempre comprometido con las causas que apuestan precisamente por darle “otra” oportunidad al ser humano que lucha, que combate, comprometido, por construir un mundo más justo, más digno, más solidario, más libre; en definitiva, una comunidad socialista, es decir, la aspiración a un mundo más justo, pensamiento este que mantenía desde los años 70 la escritora canaria-cubana Nivaria Tejera, que llegó a manifestar que “…Todo apesta…” , refiriéndose a la condición humana que cuando llega a algún tipo de poder sobre los demás se transforma repugnantemente en una especie de semidios aunque por lo general suelen ser un@s complet@s “analfabet@s funcionales… inept@s … déspotas y terminan convirtiéndose en “presuntos” corrupt@s…. usurpadores de las riquezas colectivas, que , aunque exista la mayor crisis económica o financiera éstos jamás sufren sus consecuencias, mientras la inmensa mayoría apenas tiene para cubrir las necesidades básicas…. aunque trabaje —que se ha vuelto un imposible?
Marcelo Colussi: Que nuestra condición humana nos confronte con esas “mezquindades” (el afán de poderío que pareciera constituirnos tan estructuralmente, ese egoísmo tan enraizado que lleva a Saramago a perder las esperanzas), con esas características tan poco altruistas, tan faltas de solidaridad en muchos casos, no significa de ningún modo que no debamos seguir buscando siempre, con la más absoluta convicción, el mejoramiento de lo que somos. O si se quiere decir de otro modo: la aspiración a un mundo más justo –por el que uno puede estar dispuesto a dar la vida incluso– no riñe con este conocimiento que se pueda tener de nuestros límites. Efectivamente somos finitos, limitados, bastante mediocres, llenos de flaquezas, pero todo ello no significa que se deba abandonar la lucha por un mundo mejor, más justo, más equitativo. En todo caso es necesario saber qué somos, cómo somos, dónde está nuestro talón de Aquiles, saber de nuestros límites, para saber a qué podemos aspirar, para no hacernos ilusiones desmedidas. Pero una cosa no quita la otra. Por otro lado, si es cierto que hoy podemos ver ese tipo de sujeto humano lleno de mezquindades –eso somos, hay que reconocerlo, no lo neguemos– nada nos dice que estemos irremediablemente condenados a seguir ese molde. Cómo será el famoso “hombre nuevo” del socialismo, no lo sabemos; pero sin ninguna duda podemos y debemos seguir aspirando a algo mejor que esto que somos hoy día. En todo caso, el pesimista que cree que esto “no tiene arreglo” es Saramago. Yo soy un convencido radical que la historia humana es una perpetua búsqueda de mejoras, de avances. Es decir: una sucesión interminable de nuevas oportunidades. La historia nunca está escrita, la escribimos con nuevas oportunidades segundo a segundo. El socialismo, aún con todos sus errores, sigue siendo una esperanza abierta. Y si es cierto que la lucha en torno a los poderes vertebra toda nuestra vida (social, subjetiva, relaciones de pareja, etc., etc.), ello no significa que nuestro objetivo no sea tener claro eso y buscar más equidad en esas relaciones. En ese sentido tomaría las palabras de Martin Luther King cuando dijo, con una convicción radical, con una esperanza infinita que también hago mía: “aunque supiera que mañana vaya a ser el fin del mundo, hoy, de todos modos, plantaría un árbol”.
Pregunta: Usted afirma que “un sistema económico enfermo da como resultado un planeta enfermo”, en un lúcido artículo el que inicia con una cita de Adam Smith que mantiene que “no puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados” ¿Cuál sería la alternativa a este sistema económico? ¿No cree que para cambiar de sistema económico, y que sea factible y duradero, habría que cambiar las estructuras educativas, sociales, culturales, políticas?
Marcelo Colussi: La alternativa abierta al sistema capitalista –hay que decirlo con todas las letras, aunque hoy, en el medio de la marea neoliberal de estos últimos años esto pueda haber pasado a ser una mala palabra– es el socialismo. Es decir: un sistema donde la estructura última de la organización social no sea la búsqueda del lucro económico. Si el motor de la sociedad, y consecuentemente la ideología de cada uno de los miembros que la componen, se ciñe solo al beneficio económico, estamos ante un absurdo. El capitalismo lo evidencia de modo patético: ese sistema no tiene salida. Un sistema que destruye el medio ambiente en el que vivimos en función de obtener ganancias económicas, que tiene las guerras como válvula de escape siempre presente para resolver sus problemas estructurales insolubles, que puede llegar a la descabellada noción de “poblaciones sobrantes”, que hace de los simples instrumentos para la vida un fetiche donde un teléfono celular o un automóvil –por poner algún ejemplo– pueden llegar a ser “lo más importante” de esa vida, todo eso tiene mucho de absurdo, de tragicómico. El proyecto socialista, del que conocemos solo los primeros pasos balbuceantes –los cuales, pese a enormes dificultades y con los errores del caso, han dado ya resultados infinitamente más justos que los siglos de acumulación capitalista– es un camino que aún prácticamente no se ha recorrido. La involución de la Unión Soviética o de la República Popular China no significa que el capitalismo sea la solución, el fin de la historia, la personificación de la perfección. Un sistema económico que destina tantos recursos a la muerte –condenando al hambre a tanta gente, con su industria bélica siempre en aumento, con el narcotráfico, con la autoagresión que significa el modelo industrial depredador que se ha generado– de ningún modo puede ser el punto final de llegada de la civilización humana. Cambiar ese modelo significa, sin lugar a dudas, un cambio enorme, monumental. Transformar una sociedad no es solamente tomar el poder político, asaltar la casa de gobierno. Un cambio profundo implica enormes transformaciones culturales, eso lo sabemos; y eso lleva generaciones y generaciones. Recién hoy día, con la globalización neoliberal de estos últimos años, puede decirse que el capitalismo se impuso realmente como sistema dominante por todo el mundo. Ese proceso implicó siglos, desde el Renacimiento europeo en adelante, con la destrucción de las poblaciones y las culturas de América y África. Cambiar el curso de esa historia, además de un cambio político, implica hondas modificaciones en la estructura subjetiva, lo cual no puede ser nunca algo fácil. Por el contrario, un cambio de esas proporciones se evidencia como algo sumamente complejo, nunca falto de mucho sufrimiento, de violencia, de terribles luchas. No sabemos si vamos hacia la destrucción de toda la civilización con una guerra nuclear, hacia una huída de los grupos dominantes de este mundo hostil y casi invivible que ha generado el capitalismo para instalarse en otros puntos del sistema solar dejando aquí el actual desastre para los que no puedan abandonar el planeta, o si vamos hacia un paraíso planetario de justicia y equidad con el triunfo del socialismo a nivel global. Esto último, en estos momentos, pareciera casi quimérico. Pero de lo que no cabe ninguna duda es que el sistema económico actual no puede tener salida: hay que cambiarlo de raíz y empezar algo nuevo. Es vergonzoso en términos humanos que, con todo el desarrollo de nuestra tecnología como especie inteligente, el hambre siga siendo la principal causa de muerte. Eso hay que cambiarlo de una buena vez.
Pregunta: De sus artículos y reflexiones publicados en diversos Medios de Comunicación Alternativos de La Internet, en webs como www.rebelion.org, www.argenpress.info y www.aporrea.org entre otros, se desprende que es un profundo conocedor de la realidad política, económica, social, cultural, no sólo de Latinoamérica, sino del mundo en general; además, ha sido testigo directo de algunos procesos “revolucionarios” que se han originado en países como Venezuela, donde fue miembro de la web www.aporrea.org que ofrecía una información alternativa a la que nos daban las grandes agencias de noticias americanas y europeas donde claramente había una manipulación de los sucesos y acontecimientos que ocurrían, no sólo en Venezuela, sino en toda Latinoamérica, en Bolivia, en Nicaragua, en Brasil… en los que, a pesar de tener presidentes salidos de las urnas, y por lo tanto votados por la mayoría del pueblo democráticamente, están constantemente atacados en la forma de gobernar, no sólo por elementos del interior de esos países, sino por países como Colombia o EEUU, ante el silencio vergonzante de la llamada “Comunidad Internacional”, ¿Cómo se vive desde el interior esta injusta injerencia de Países que no son precisamente modelos a imitar, a parte de su escasa, por no decir nula, autoridad moral para dar lecciones a nadie de cómo gobernar?
Marcelo Colussi: La injerencia de los más poderosos sobre los más débiles es una constante en las relaciones políticas entre países. En Latinoamérica, si algo significan los procesos de liberación –pensemos en Cuba, en la Nicaragua sandinista, en la “primavera democrática” que vivió Guatemala entre las décadas del 40 y del 50 del siglo pasado, en el Chile de Salvador Allende, en las propuestas nacionalistas de un Omar Torrijos en Panamá o en el actual proceso bolivariano que se vive en Venezuela con Chávez a la cabeza– es siempre un tomar distancia de la hegemonía de las grandes potencias dominantes, que para el caso en esta región del mundo es siempre la política imperial de Washington. Todos estos procesos que mencionábamos –que no son siempre, en sentido estricto, planteos socialistas con todas las letras, visiones marxistas con un apoyo conceptual en el materialismo histórico– tienen como común denominador el enfrentamiento con el imperialismo. En Latinoamérica, al igual que ocurre en los países de todo el Sur, si bien las luchas de clases a nivel nacional son el núcleo último que define la situación social, la contradicción país periférico-metrópoli tiene un peso muy considerable. Eso no explica todo, pero sin dudas es parte importantísima de la dinámica político-económica de estos países, y por tanto, también de la cultural. El antiimperialismo es algo siempre presente, pero al mismo tiempo se da un fenómeno complejo: Estados Unidos es el país invasor, el que marca el ritmo, el enemigo omnipresente, pero también la fuente de recursos, el lugar donde se mandan las exportaciones, el lugar donde se puede ir a trabajar y desde donde enviar remesas en dólares para las familias que aquí quedan, el punto que se mira como referencia obligada en lo político y cultural. La imagen que se tenga de esa relación depende de quién la observe: para las clases dominantes en general no se siente como opresión; es un dato natural, prácticamente parte del paisaje social cotidiano. Para buena parte de las aristocracias locales, Estados Unidos es el modelo a imitar, el lugar donde se va a estudiar, donde se hacen compras de lujo, el paraíso soñado, el referente a seguir. Para los sectores populares, en muchos casos es una mezcla compleja: causa de los propios males y enemigo por definición, pero también punto ansiado para ir a trabajar porque allí se “gana en dólares”. De todos modos, la conciencia antiimperialista está siempre presente, y cada vez que las situaciones políticas se tensan, eso se deja ver. Se podría decir que toda expresión progresista en nuestros países latinoamericanos tiene que ser, casi por definición, antiimperialista.
Pregunta: A parte de su labor como docente y periodista, usted también destaca como excelente escritor de libros de ficción. Uno de los más geniales que he tenido la oportunidad de leer ha sido el libro “Cuentos para olvidar”. (Algunos de estos textos se pueden leer en la web www.elguanche.net de los que destacaría “Decisión” “Telebasura: el show más inaudito de la televisión”….). ¿Tiene algún libro de ficción inédito o algún proyecto en marcha?
Marcelo Colussi: Proyecto editorial propiamente dicho no tengo ninguno ahora. Igual que tantos escritores desconocidos y siempre esperanzados en ganar algún concurso por ahí, en conseguir algún editor por allá, tengo dispersos cantidad de materiales por todas partes. Donde más publico es en internet, que si bien no es lo mismo que un libro en sentido estricto, también tiene una amplia difusión. Creo que en España están por aparecer algunos relatos míos en una publicación colectiva dentro de poco, en una antología de autores latinoamericanos, pero eso no constituye un proyecto editorial en el que yo esté directamente involucrado.
Pregunta: ¿Cómo y cuándo fue su primer contacto con la escritura, con la palabra?
Marcelo Colussi: Para ser sincero…., ni me acuerdo. Siempre he escrito, pero es más, muchísimo más lo que destruí que lo que conservé. Anteriormente lo hacía con la máquina de escribir, así que lo que eliminaba eran papeles. Años después vino la computadora, y eliminar pasó a ser sinónimo de borrar del disco duro. Pero si bien escribí desde siempre, publico regularmente artículos y ensayos desde hará unos 20 años, en revistas y medios de ciencias sociales y/o derechos humanos. Literatura –ni sabría decir por qué– recién me atreví a publicar hace unos pocos años, en el 2004, luego de haber obtenido una mención en un certamen internacional de relatos.
Pregunta: ¿Podría decirnos cuáles son los escritores que más le han marcado o cuáles han sido fundamentales en su vida?
Marcelo Colussi: Son tres: Dostoievski, Kafka y Borges.
Pregunta: A parte de “intentar” escribir bien ¿se le debe pedir al escritor que salga afuera para sacudir y atacar a la conciencia pública como sugería el francés Antonin Artud?
Marcelo Colussi: Creo que a un escritor no se le puede pedir mucho, como en general no se le puede pedir a un artista. La creación tiene algo de mágico, y cuando alguien crea, transmite algo que tiene necesidad de decir. Si eso tiene “compromiso” social, político, si ataca a la conciencia pública o no…, es bastante difícil de precisar. Sería deseable que todos los artistas tuvieran una posición política crítica frente a la realidad, pero también sería deseable que todo el mundo la tuviera. Y sabemos que en general eso no es lo más común. Podemos esperar que un escritor sea crítico, pero no tenemos ningún derecho a exigírselo. Y por supuesto, muchos de los más grandes escritores (ahí está Jorge Luis Borges por ejemplo) son reaccionarios políticamente, conservadores, grises y aburridos representantes del statu quo. Así como en un sentido también lo fue Sigmund Freud, un médico de clase media conservador, contrario a las ideas revolucionarias en términos políticos, pero quien, en cuanto a lo que legó como obra intelectual, es uno de los más osados revolucionarios en el orden conceptual, en el campo del pensamiento. Por último: ¿quién se tiene la suficiente autoridad moral para pedirle a un escritor que sea “comprometido”? ¿Desde dónde pedírselo?
Pregunta: Una cuestión que se le suele plantear a løs escritorøs es preguntarle por qué escribe. Algunos escritores irreverentes llegaron a responder que “porque me da la gana” ¿Qué nos diría usted?
Marcelo Colussi: Sin el más mínimo ánimo de ser irreverente en la forma de responder, creo que esa respuesta es la más exacta. Es más: creo que es la única respuesta posible. ¿Por qué alguien se dedica a la tarea de crear, de inventar ficciones, de hacer arte y transmitirlo a otros? Solamente porque así lo desea. Si alguien tiene esa pasión, lo hace pura y exclusivamente porque su deseo lo lleva allí, pues en principio nadie vive de la literatura (la gran mayoría de escritores vivimos soñando con el premio o la gran publicación que solo en contadísimas ocasiones llega para muy pocos). Por tanto, sí: uno escribe porque tiene ganas de hacerlo, y no hay mucho más que agregar. En términos psicológicos –y esto es algo muy de orden personal, privado se diría– cada escritor tendrá una particular historia que lo constituye como tal, historia marcada por un entrecruzamiento de causas: subjetivas, familiares, ideológicas, culturales, etc. Pero en definitiva podríamos decir que se escribe porque uno tiene ganas, así de simple. Al menos en lo tocante a literatura.
En lo referido a ciencias sociales, a lo politológico, la situación es distinta: se escribe porque hay un compromiso social, ideológico, porque quien escribe intenta generar debate en torno a ciertos temas, a despertar conciencia, a aportar soluciones en la construcción de alternativas. Que se consiga, es otra cosa, pero el motivo de base anida en el compromiso político.
Pregunta: Otra queja muy común entre una gran mayoría de escritores, al menos, en Canarias y en el Estado español, es que la industria editorial sólo apuesta a caballo ganador ¿Ocurre lo mismo, por ejemplo, en Guatemala, en particular, y en Latinoamérica en general?
Marcelo Colussi: La industria editorial, como cualquier negocio dentro del marco capitalista, se mueve por una pura lógica empresarial de lucro. Por tanto, la mercadería literaria se maneja como cualquier otro bien mercantil: si vende, es bienvenida; si no vende, se la deshecha. De ahí que para tantos escritores sea tan difícil abrirse paso en ese mundo editorial, ámbito marcado por todos los juegos económicos, codazos y zancadillas que pueden encontrarse igualmente en cualquier otra esfera del quehacer mercantil. Quizá uno no se sorprende tanto cuando se habla de las mafias de la industria de los armamentos, o del espionaje industrial entre, por ejemplo, los fabricantes de vehículos, o de computadoras, pero sí produce cierto escozor cuando vemos todo esto entre literatos y toda la industria editorial. Pero, más allá que la mercadería en juego en este ámbito es distinta a una ametralladora, un tractor o una motocicleta –yo prefiero un libro, aclaro– en sustancia, en términos empresariales, no hay muchas diferencias en los manejos propiamente mercadológicos. El monopolio, las mafias y las zancadillas también están aquí.
Pregunta: Después del llamado “boom” latinoamericano donde esa industria editorial apostó fuertemente y dieron a conocer a todo el mundo a escritores como Gabriel García Marqués, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Álvaro Mutis, José Lezama Lima… con el llamado “realismo mágico” en el género novelístico (en el poético ya habían conquistado el “mercado” autores como Rubén Darío, César Vallejo, Alfonsina Storni, Pablo Neruda…), pareciera que ya no existiesen más y mejores autores ¿cuál es su opinión al respecto?
Marcelo Colussi: Comparto eso a medias. Siempre hay buenos autores. Sucede que hay momentos especiales, estelares. Las décadas pasadas, años mucho más movidos en términos políticos y culturales, dieron como resultado una gran creatividad rebelde, irreverente, novedosa, desafiante. Y la industria editorial supo transmitir (y hacer negocio) de todo ello. Para los años 70 y 80 del siglo pasado, en toda Latinoamérica hubo una clara involución política (fríamente calculada por los grandes poderes, por supuesto) que marcó un repliegue en todos los avances, en lo político, en lo ideológico, con dictaduras manchadas de sangre que produjeron un silencio generalizado. Por eso hoy día lo que más se produce y se vende son libros de autoayuda –principal rubro de la producción librera a nivel mundial, por otra parte–. Pero entiendo que es un poco exagerado, o quizá injusto, decir que hoy día ya no hay grandes autores en los países latinoamericanos. Preferiría decir que hay una situación distinta. En todo caso, la época de dictaduras y post dictaduras con democracias de baja intensidad como las actuales no favorece ese “boom” de años anteriores, pero no creo que se haya terminado la inspiración. Ya reaparecerá; o, en todo caso, no tendrá la misma forma. Lo que sí es evidente que años atrás hubo un momento de especial creatividad en la literatura latinoamericana, así como hay momentos de especial fertilidad en distintos órdenes, y luego pasan: la filosofía en el siglo V a.C. en Grecia, los pintores en el Renacimiento italiano, los pensadores en el idealismo alemán, los grandes jazzistas negros en las primeras décadas del siglo XX en Estados Unidos, etc., etc. Son momentos especiales, memorables. Es cierto que en Latinoamérica hubo en los 60 y 70 un despertar literario que ahora no se ve. Pero buenos escritores sigue habiendo.
Pregunta: La última cuestión la dejo siempre abierta para que el entrevistado tenga la oportunidad de expresar cualquier asunto, observación o tema que desee sugerir y que considere de interés.
Marcelo Colussi: Yo no sabría si definirme como proyecto de escritor –en sentido de narrador de cuentos– o de pensador –como alguien que intenta reflexionar sobre la realidad–. Quizá como pensador soy un divertido cuentista, y como narrador soy un aburrido filósofo. Pero eso no importa. Lo que creo realmente importante es estimular la reflexión, la creatividad, la imaginación, el espíritu crítico, la sana irreverencia. Y escribir me parece una importante, quizá vital, posibilidad para dar salida a todo eso. Escribir no es nada fácil, porque eso fuerza a poner en orden las ideas, a saber qué se quiere decir para que lo entienda el lector, a decir las cosas con precisión y calidad. Escribir constituye un hermosísimo ejercicio de creatividad, y eso es siempre algo portentoso, casi milagroso: ¿cómo hacer para que, a partir de una hoja en blanco –una pantalla en blanco podríamos decir hoy–, al cabo de un rato, y luego de dejar allí plasmados unos cuantos garabatos, alguien pueda encontrar en esos nuevos símbolos algo que lo conmueva, le transmita conocimiento, le abra una perspectiva nueva, le aclare cosas, lo agrade, lo haga reír o llorar, lo haga querer seguir leyendo más adelante?
Liberto Asudem Ibaraden
Antisionismo no es antisemitismo
Steve Cedar, judío, antisionista y miembro de Unitat Contra el Feixisme i el Racisme en Vic (Catalunya), explica de dónde viene el sionismo y sus principales características.
El judaísmo es una religión, una serie de creencias monoteístas, y se practica por todo el mundo por gente de todas las lenguas, países y culturas. Es la más antigua de las tres religiones monoteístas más difundidas (junto con el cristianismo y el Islam), y la menor de ellas en número de fieles. Del judaísmo se desglosaron, históricamente, las otras dos religiones.
Sin embargo, a su vez, históricamente, el pueblo judío ha sido perseguido y discriminado; muchas veces teniendo el rol de chivo expiatorio en tiempos de crisis, por ser una minoría y, por tanto, una diana fácil. En la historia moderna, esta discriminación se ha manifestado, primero, en la Rusia del Zar en el siglo XIX, con los pogromos de los judíos y el antisemitismo de la sociedad rusa.
Hubo varias respuestas a este antisemitismo. Por una parte, muchas personas judías emigraron a otros países de Europa y a EEUU en búsqueda de una vida más segura y tranquila. Otras, que no tenían los recursos o las ganas de irse, se quedaban a luchar dentro de los movimientos obreros para conseguir alcanzar otro tipo de sociedad sin racismo y antisemitismo. Pero una minoría de personas judías, básicamente de clase media, pensaba que el antisemitismo era algo inherente al ser humano y no se podía luchar en su contra. Su única solución era fundar un estado exclusivamente judío, separado de otras creencias; un lugar seguro donde las personas judías de todo el mundo pudieran vivir.
Fue de ahí de donde surgieron las ideas del sionismo político. Una idea simple, pero poco práctica. El sionismo, en su primera época, no tenía claro dónde establecer este estado judío. Siria, Argentina o Tanzania fueron algunas de las opciones, pero al final optaron por Palestina. ¿Por qué? La intención era convencer a más personas judías a unirse a su proyecto por las conexiones emocionales y religiosas que tenía “la tierra prometida”. Movimiento que, por cierto, fue minoritario hasta el propio holocausto.
El sionismo tiene dos fallos básicos. Primero, nunca consideró la existencia de la población que vivía en Palestina, los palestinos y palestinas; lo que propició que desde su inicio haya sido una ideología racista, discriminatoria y exclusiva. Segundo, que para realizar su proyecto, siempre ha tenido que depender de una fuerza imperial para darle apoyo, empezando con el imperio otomano, pasando por Alemania, el imperio británico y, después de la Segunda Guerra Mundial, EEUU. A cambio se debía erigir como el guardián de los intereses geoestratégicos en la zona, lo que en tiempos modernos se ha traducido por el control sobre el petróleo.
El antisemitismo no es más que otra forma de racismo: discriminar a un grupo de gente por sus creencias o su cultura. Por eso, las personas que se consideran socialistas y revolucionarias deben luchar contra el antisemitismo con la misma fuerza que luchan contra la islamofobia o cualquier otro tipo de racismo.
Pero debemos tener claro que ser antisionista no es lo mismo que ser antisemita. El antisionismo significa oponerse a un estado colonial y racista desde sus orígenes, y todo lo que ha conllevado durante 65 años de ocupación ilegal. Es luchar contra el opresor e identificarse con las personas oprimidas. Es luchar contra un nacionalismo de derechas nefasto y mezquino. Y es ser, por encima de todo, internacionalistas, creyendo, a diferencia de los primeros sionistas, que es posible luchar contra del racismo y por un mundo mejor para todas las personas.
Steve Cedar
domingo, 16 de diciembre de 2012
Introducción al "Manifiesto Comunista" de Marx y Engels
En conmemoración de la muerte del renombrado erudito e historiador marxista Eric Hobsbawm, Verso presenta su introducción a la edición más reciente de El manifiesto comunista de Marx y Engels, para deleite de todos. (Matthew Cole).
I
En la primavera de 1847 Karl Marx y Frederick Engels acordaron afiliarse a la llamada Liga de los Justos (Bund der Gerechten), una rama de la anterior Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), sociedad secreta revolucionaria creada en París en la década de 1830 bajo la influencia de la Revolución Francesa por artesanos alemanes, la mayoría sastres y carpinteros, y todavía compuesta principalmente por estos artesanos expatriados radicales. La Liga, convencida de su “comunismo crítico”, se ofreció a publicar un manifiesto redactado por Marx y Engels como su documento político y también a modernizar su organización siguiendo sus líneas. Y efectivamente se reorganizó en el verano de 1847, cambiando su antiguo nombre por el de Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten) comprometida con el propósito de “derrocar a la burguesía, instaurar el dominio del proletariado, acabar con la vieja sociedad basada en las contradicciones de clase (Klassengegensätzen) y establecer una nueva sociedad sin clases ni propiedad privada”. Un segundo congreso de la Liga celebrado también en Londres en los meses de noviembre y diciembre de 1847 aceptó formalmente los objetivos y nuevos estatutos e invitó a Marx y a Engels a redactar el nuevo Manifiesto exponiendo los objetivos y políticas de la Liga.
Aunque tanto Marx como Engels prepararon borradores y el documento representa claramente los puntos de vista de ambos, el texto final fue escrito casi con toda certeza por Marx, tras una reprimenda a éste por parte del Ejecutivo, puesto que a Marx, tanto entonces como después, le resultaba difícil terminar sus textos sin el apremio de una fecha límite. La ausencia virtual de borradores anteriores sugiere que lo escribió a toda prisa (i). El documento resultante, de veintitrés páginas, titulado Manifiesto del Partido Comunista (conocido desde 1872 como El Manifiesto Comunista), se publicó en febrero de 1848 tras imprimirlo en las oficinas de la Asociación Educativa de los Trabajadores, más conocida como la Communistischer Arbeiterbildungsverein, que sobrevivió hasta 1914 en el 46 de Liverpool Street de Londres.
Este pequeño panfleto es el texto político más influyente desde la Declaración de los derechos humanos y ciudadanos de la Revolución Francesa. Por suerte estaba ya en la calle antes de que estallaran las revoluciones de 1848, que desde París se propagaron como un incendio forestal por todo el continente europeo. Aunque su horizonte era firmemente internacionalista -la primera edición anunciaba de forma optimista pero errónea la publicación inminente en inglés, francés, italiano, flamenco y danés- su impacto inicial fue exclusivamente en alemán. A pesar de que la Liga Comunista era pequeña, desempeñó un papel significativo en la revolución alemana, al menos mediante el periódico Neue Rheinische Zeitung [La Nueva Gaceta Renana] (1848-49), que editaba Karl Marx. La primera edición del Manifiesto se imprimió tres veces en unos meses, por capítulos, en la Deutsche Londoner Zeitung, corregida y maquetada de nuevo en 30 páginas en abril o mayo de 1848, pero desapareció de la circulación con el fracaso de las revoluciones de 1848. Cuando Marx se estableció en Inglaterra en 1849 para comenzar su exilio de por vida, los ejemplares que quedaban del Manifiesto eran tan escasos que pensó que valía la pena reimprimir la Sección III (Socialistische und kommunistische Literatur) en el último número de su revista de Londres , Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische Revue [La nueva gaceta renana, revista político económica] (noviembre de 1850), poco leída.
Nadie podía predecir un futuro tan extraordinario del Manifiesto en las décadas de 1850 y 1860. Un impresor alemán emigrado imprimió privadamente una nueva edición en Londres, probablemente en 1864, y otra pequeña edición en Berlín en 1866, la primera publicada en Alemania. Entre 1848 y 1868 parece que no hubo traducciones, excepto una versión en sueco, publicada probablemente a finales de 1848, y otra en inglés en 1850, significativas en la historia bibliográfica del Manifiesto sólo porque la traductora parece haber consultado a Marx o seguramente a Engels puesto que ella vivía en Lancashire. Ambas versiones desaparecieron sin dejar rastro. A mediados de la década de 1860 no quedaba prácticamente nada impreso de lo que había escrito Marx.
El protagonismo de Marx en la Asociación Internacional de Trabajadores (la denominada “Primera Internacional”, 1864-1872) y la aparición en Alemania de dos partidos importantes de la clase obrera, ambos fundados por antiguos miembros de la Liga Comunista que lo tenían en gran estima, llevó a un resurgimiento del interés por el Manifiesto, al igual que por otros escritos suyos, en especial el de su lúcida defensa de la Comuna de París de 1871 (conocido como La guerra civil de Francia) que le proporcionó una considerable notoriedad en la prensa como líder peligroso de la subversión internacional, temido por los gobiernos. Y en particular el juicio por traición a los líderes de la Socialdemocracia alemana Wilhelm Liebknecht, August Bebel y Adolf Hepner en marzo de 1872 le proporcionó una publicidad inesperada. La acusación leyó el texto del Manifiesto, lo que proporcionó a los socialdemócratas su primera oportunidad de publicarlo legalmente en una larga tirada como documento perteneciente al procedimiento judicial. Como parecía lógico que un documento escrito antes de la revolución de 1848 necesitara algunas correcciones y comentarios explicativos, Marx y Engels escribieron el primero de los prefacios de todos los que desde entonces han acompañado a las nuevas ediciones del Manifiesto (ii). Por motivos legales el prefacio no se pudo distribuir legalmente en su momento, pero la edición de 1872 (basada en la de 1866), se convirtió en la base de todas las ediciones posteriores. Mientras tanto, entre 1871 y 1873, aparecieron al menos nueve ediciones del Manifiesto en seis lenguas.
Durante los cuarenta años siguientes el Manifiesto conquistó el mundo, empujado por el surgimiento de los nuevos partidos laboristas (socialistas), en los que la influencia marxista creció rápidamente en la década de 1880. Ninguno de estos eligió la denominación de Partido Comunista hasta que los bolcheviques rusos volvieron a la denominación original después del triunfo de la Revolución de Octubre, pero el título de Manifiesto del Partido Comunista permaneció inalterado. Incluso antes de la Revolución Rusa de 1917 ya se habían imprimido varios centenares de ediciones en unos treinta idiomas, incluidas tres ediciones en japonés y una en chino. Sin embargo la zona en la que tuvo más influencia fue el cinturón central de Europa que va desde Francia en el oeste hasta Rusia en el este. No sorprende que el mayor número de ediciones se realizara en ruso (70) más otras 35 en las lenguas del imperio zarista: 11 en polaco, 7 en yidis, 6 en finlandés, 5 en ucraniano, 4 en georgiano y 2 en armenio. Hubo 55 ediciones en alemán y para el imperio de los Habsburgo, 9 en húngaro, 8 en checo y solo 3 en croata, una en eslovaco, otra en esloveno y 34 en inglés, lo que incluye los EE.UU., (donde la primera traducción apareció en 1871), 26 en francés y 11 en italiano, la primera en 1889 (iii). El impacto en el suroeste europeo fue limitado: 6 ediciones en español (incluida América Latina) y una en portugués. También fue bajo el impacto en el sureste de Europa, 7 ediciones en búlgaro, 4 en serbio, 4 en rumano y una sola edición en ladino, presumiblemente editada en Salónica. El norte de Europa estuvo moderadamente bien representado con 6 ediciones en danés, 5 en sueco y 2 en noruego (iv).
Esta desigual distribución geográfica no solo reflejaba el desarrollo desigual del movimiento socialista y de la propia influencia de Marx, tan distinta de otras ideologías revolucionarias como el anarquismo. Debe recordarnos también que no existía una estrecha correlación entre el tamaño y la fuerza de los partidos socialdemócratas y laboristas en cuanto a la difusión del Manifiesto. Así, hasta 1905 el Partido Socialdemócrata Alemán, con cientos de miles de afiliados y millones de votantes, imprimió las nuevas ediciones del Manifiesto en tiradas menores de 2.000 o 3.000 copias. Del programa de Erfurt del partido de 1891 se tiraron 120.000 ejemplares mientras que, al parecer, no se imprimieron más de 16.000 copias del Manifiesto en los 11 años comprendidos entre 1895 y 1905, cuando en este último año la circulación de su revista teórica Die Neue Zeit era de 6.400 ejemplares (v). No se esperaba del afiliado medio de un partido marxista socialdemócrata de masas que aprobase exámenes de teoría. Al contrario, las 70 ediciones de la Rusia prerrevolucionaria se correspondían con una combinación de organizaciones, ilegalizadas la mayor parte del tiempo, cuyo número total de miembros no pasaría de unos pocos miles. Asimismo las 34 ediciones en inglés fueron publicadas por y para las sectas marxistas dispersas por el mundo anglosajón que operaban en el ala izquierda de los partidos laboristas y socialistas de entonces. Éste era el entorno “en el que la claridad de un camarada se medía invariablemente por las señales en su Manifiesto” (vi). En otras palabras, los lectores del Manifiesto, aunque formaban parte de los nuevos partidos y movimientos laboristas socialistas, casi con toda seguridad no eran una muestra representativa de su afiliación. Eran hombres y mujeres con un interés especial en la teoría que subyace en estos movimientos. Y seguramente esto es verdad todavía.
Esta situación cambió después de la Revolución de Octubre, por lo menos en los partidos comunistas. A diferencia de los partidos de masas de la Segunda Internacional (1889-1914), los de la Tercera Internacional (1919-43) esperaban que todos sus miembros comprendieran la teoría marxista o al menos mostraran algún conocimiento de la misma. Desapareció la dicotomía entre los líderes políticos de hecho, desinteresados en la escritura de libros, y los ‘teóricos’ como Karl Kautsky, conocido y respetado como tal, pero no como político práctico en la toma de decisiones. Siguiendo a Lenin, ahora se suponía que todos los líderes debían ser teóricos importantes puesto que todas las decisiones políticas estaban justificadas con base en el análisis marxista, o más probablemente en la autoridad textual de ‘los clásicos’: Marx, Engels, Lenin y a su debido tiempo, Stalin. La publicación y distribución a nivel popular de los textos de Marx y Engels se convirtió en una cuestión más importante para el movimiento de lo que había sido en los tiempos de la Segunda Internacional. Se publicaban desde series con los textos más cortos, probablemente siguiendo el ejemplo de la editorial alemana Elementarbücher des Kommunismus durante la República de Weimar, hasta compendios adecuadamente seleccionados de lecturas tales como la inestimable Selección de correspondencia de Marx y Engels, primero en dos volúmenes y después en tres, o las Obras Reunidas de Marx y Engels en dos o en tres volúmenes, así como la preparación de las Obras Completas (Gesamtausgabe), todo respaldado por los recursos ilimitados a estos efectos del Partido Comunista de la Unión Soviética y muchas veces imprimidas en la Unión Soviética en una gran variedad de lenguas extranjeras.
El Manifiesto Comunista se benefició de esta nueva situación de tres maneras. Su circulación sin duda aumentó. La edición barata publicada en 1932 por las editoriales oficiales de los partidos comunistas estadounidense y británico “de cientos de miles” de copias se ha descrito como “probablemente la mayor edición masiva jamás impresa en inglés” (vii). El título del Manifiesto ya no era una supervivencia histórica, sino que se vinculaba directamente con la política de la época. Desde el momento en que un Estado principal afirmó representar la ideología marxista, la posición del Manifiesto como texto de ciencia política quedó reforzada y consecuentemente entró en los programas educativos de las universidades, destinada a expandirse rápidamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el marxismo de los lectores intelectuales iba a encontrarse con su público más entusiasta en las décadas de los 60 y 70.
La URSS emergió de la Segunda Guerra Mundial como una de las dos superpotencias, encabezando una vasta región de Estados comunistas y de Estados satélite. Los partidos comunistas occidentales, con la notable excepción del partido comunista alemán, emergieron más fuertes de lo que fueron nunca, ni parecía probable que lo fueran a ser. Aunque había empezado la Guerra Fría, en el año de su centenario el Manifiesto lo publicaban no solamente los editores comunistas o marxistas, sino también editoriales no políticas en grandes ediciones con introducciones de académicos eminentes. En otras palabras, ya no era solo un documento marxista clásico, sino que se había convertido en un clásico político y punto.
Sigue siendo un clásico incluso después del final del comunismo soviético y del declive de los partidos y movimientos marxistas en muchas partes del mundo. En los Estados sin censura, se puede encontrar en librerías o bibliotecas. El propósito de una nueva edición no es por tanto poner el texto de esta asombrosa obra maestra al alcance de todo el mundo y menos aún revisitar un siglo de debates doctrinales acerca de la interpretación “correcta” de este documento fundamental del marxismo. Se trata de recordarnos de que el Manifiesto aún tiene mucho que decir al mundo en las primeras décadas del siglo XXI.
II
¿Qué tiene que decir? Se trata, por supuesto, de un documento escrito para un determinado momento histórico. Parte del mismo quedó obsoleto casi de inmediato, como por ejemplo las tácticas recomendadas a los comunistas en Alemania, que no se aplicaron durante la revolución de 1848 y sus secuelas. Otra parte del mismo se fue quedando obsoleta a medida que transcurrían los años que separaban a los lectores de la fecha en que se escribió. Hacía mucho tiempo que Guizot y Metternich ya no lideraban gobiernos para ser personajes de los libros de historia y el zar ya no existe (aunque el Papa sí). En cuanto a la discusión sobre la “literatura socialista y comunista”, los propios Marx y Engels reconocieron en 1872 que ya entonces estaba desfasada.
Y lo que es más importante: con el paso del tiempo, el lenguaje del Manifiesto ya no era el de sus lectores. Por ejemplo, se ha comentado ampliamente la frase que decía que el avance de la sociedad burguesa había rescatado “a una parte considerable de la población de la idiotez de la vida rural”. Pero mientras no hay duda de que Marx en ese momento compartía el desprecio e ignorancia habituales del habitante de la ciudad hacia el entorno campesino, la frase alemana actual y analíticamente más interesante de dem Idiotismus des Landlebens entrissen no se refiere a la “estupidez”, sino al “horizonte estrecho” o “al aislamiento del conjunto de la sociedad” en que vivía la gente del campo. Hacía eco del significado original del término griego idiotes, de donde se derivan los significados actuales de “idiota” o “idiotez”: “una persona preocupada solo de sus asuntos privados y no de los de una comunidad más amplia”. Desde 1840 y en los movimientos cuyos miembros, al contrario que Marx, no habían recibido una educación clásica, el sentido original se desvaneció y se malinterpretó.
Esto resulta aún más evidente en el vocabulario político del Manifiesto. Los términos como Stand (Estado), Demokratie (democracia) o “nación/nacional”, o bien tienen poca aplicación a las políticas de finales del siglo XX o han dejado de tener el significado que tenían en el discurso político o filosófico de la década de 1840. Por poner un ejemplo obvio: el “Partido Comunista”, de cual nuestro texto afirmó ser el Manifiesto, no tuvo nada que ver con los partidos de la política democrática moderna, ni con los “partidos de vanguardia” del comunismo leninista, sin mencionar los partidos estatales de tipo soviético o chino. Ninguno de estos partidos existía en aquel momento. La palabra “partido” todavía significaba esencialmente una tendencia o corriente de opinión o táctica, aunque Marx y Engels reconocían que en cuanto esto se materializaba en los movimientos de clase, se desarrollaba algún tipo de organización (diese Organisation der Proletarier zur Klasse, und damit zur politischen Partei). De ahí la distinción en la sección IV entre “los partidos de clase obrera existentes… los cartistas en Inglaterra, los reformistas agrarios en Estados Unidos” y otros, no constituidos todavía (viii). Como deja claro el texto, en esta etapa el partido comunista de Marx y Engels no constituía una organización ni intentaba serlo, y menos pretendía ser una organización con un programa específico distinto al de las demás organizaciones (ix). Por cierto, no se menciona en el Manifiesto el sujeto real en cuyo nombre se escribió, la Liga de los Comunistas.
Por otra parte, queda claro que el Manifiesto no solo se escribió en y para una situación histórica determinada, sino que también representaba una fase relativamente inmadura del desarrollo del pensamiento marxista. Y esto se hace más evidente en los aspectos económicos. Aunque Marx había empezado en serio a estudiar la economía política en 1843, no se propuso desarrollar el análisis económico expuesto en El Capital hasta que llegó exiliado a Inglaterra después de la Revolución de 1848 y tuvo acceso a los tesoros de la biblioteca del Museo Británico en el verano de 1850. De ahí que la distinción entre la venta de su mano de obra al capitalista por parte del obrero y la venta de su fuerza de trabajo que resulta esencial para la teoría marxiana de la plusvalía y la explotación no se había hecho en el Manifiesto. Tampoco opinaba el Marx maduro que el precio de la mercancía “trabajo” era su coste de producción; es decir, el coste del mínimo fisiológico de mantener con vida al trabajador. En resumen, Marx escribió el Manifiesto menos como economista marxiano que como comunista ricardiano.
Y sin embargo, a pesar de que Marx y Engels recordaban a los lectores que el Manifiesto era un documento histórico desfasado en muchos aspectos, promovieron y ayudaron la publicación del texto de 1848 con modificaciones y aclaraciones relativamente menores (x). Reconocieron que seguía siendo una importante exposición del análisis que distinguía su comunismo de todos los demás proyectos existentes para la creación de una sociedad mejor. En esencia este análisis era histórico. Su núcleo era la demostración del desarrollo histórico de las sociedades y específicamente de la sociedad burguesa, que reemplazó a sus predecesoras, revolucionó el mundo y a su vez creaba necesariamente las condiciones para su reemplazo inevitable. Al contrario que la economía marxiana, “la concepción materialista de la Historia” que subyace en este análisis había encontrado ya su formulación madura a mediados de la década de 1840, y había permanecido prácticamente sin cambios en los años posteriores (xi). En este aspecto el Manifiesto era ya un documento definitorio del marxismo. Encarnaba una visión histórica, aunque su esquema general requería un análisis más detallado.
III
¿Qué impresión causará el Manifiesto al lector que accede hoy al mismo por primera vez? El nuevo lector no puede dejar de ser arrastrado por la convicción apasionada, la brevedad concentrada, la fuerza intelectual y estilística de este asombroso panfleto. Está escrito como en un único estallido creativo, con frases lapidarias que se transforman de forma casi natural en aforismos memorables que se conocen mucho más allá del mundo del debate político: desde la apertura “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”, hasta el final “Los proletarios no tienen nada que perder más que las cadenas. Tienen un mundo que ganar” (xii). Igualmente fuera de lo común en la escritura alemana del siglo XIX son los párrafos cortos, apodícticos, generalmente de una a cinco líneas. Solo en cinco casos, entre más de doscientos, hay quince líneas o más. Sea lo que sea, El Manifiesto Comunista como retórica política tiene una fuerza casi bíblica. En resumen, es imposible negar su irresistible poder literario (xiii).
No obstante, lo que indudablemente impactará al lector contemporáneo del Manifiesto es el diagnóstico notable del carácter revolucionario y el impacto de la “sociedad burguesa”. No se trata simplemente de que Marx reconociera y proclamara los extraordinarios logros y el dinamismo de una sociedad que detestaba, para sorpresa de más de un defensor posterior del capitalismo ante la amenaza roja. De lo que se trata es que el mundo transformado por el capitalismo que describió en 1848, en pasajes de elocuencia oscura y lacónica, se reconoce en el mundo en que vivimos hoy, 150 años después. Curiosamente, el optimismo poco realista de dos revolucionarios de veintiocho y treinta años ha demostrado ser la fuerza más perdurable del Manifiesto. Porque aunque el “fantasma del comunismo” obsesionó realmente a los políticos y aunque Europa atravesaba un periodo de crisis económica y social y estaba al borde de la mayor revolución a escala continental de su historia, estaba claro que no se daban los fundamentos necesarios que respaldaran la convicción del Manifiesto de que se aproximaba el momento de derrocar el capitalismo (la revolución burguesa en Alemania iba a ser el preludio de la revolución proletaria que le sucedería). Al contrario. Como sabemos ahora, el capitalismo se disponía a comenzar su primer periodo de avance global triunfal.
Dos cosas contribuyeron a la fuerza del Manifiesto. La primera es su visión, incluso en el mismo comienzo de la marcha triunfal del capitalismo, de que este modo de producción no era permanente, estable, “el fin de la historia”, sino una fase temporal de la historia de la humanidad, destinada como sus predecesoras a ser sustituida por otro tipo de sociedad (a no ser –y esta frase del Manifiesto no se ha estudiado con suficiente atención– que se derrumbara “sobre la ruina común de las clases contendientes”). La segunda es su reconocimiento de las necesarias tendencias históricas a largo plazo del desarrollo capitalista. El potencial revolucionario de la economía capitalista era ya evidente. Marx y Engels no pretendieron ser los únicos que lo reconocieran. Desde la Revolución Francesa algunas de las tendencias que observaron se imponían claramente. Por ejemplo el declive de las “provincias independientes o débilmente asociadas, con intereses, leyes, gobernantes y sistemas fiscales separados”, ante los estados-nación “con un gobierno, un código de derecho, un interés nacional de clase, una frontera y un arancel aduanero. Sin embargo, al final de la década de 1840, lo que había conseguido la “burguesía” era mucho más modesto que los milagros que se le atribuían en El Manifiesto. Después de todo, en 1850 el mundo no producía más de 71.000 toneladas de acero (casi el 70% en Inglaterra) y se habían construido menos de 24.000 millas de ferrocarriles (dos tercios en Inglaterra y EE.UU.) Los historiadores no han tenido dificultad en demostrar que incluso en Inglaterra la Revolución Industrial (un término utilizado específicamente por Engels a partir de 1844) (xiv) apenas había creado un país industrial, ni siquiera en su mayor parte urbano antes de 1850. Marx y Engels no describieron el mundo ya transformado por el capitalismo en 1848; pronosticaron que el destino lógico del mundo sería que el capitalismo lo transformara.
Ahora, en el tercer milenio del calendario occidental, vivimos en un mundo en el que esta transformación ha producido. En cierto sentido prácticamente podemos ver la fuerza de las predicciones del Manifiesto incluso más claramente que las generaciones que vivieron entre el momento de su publicación y el actual. Porque hasta la revolución en el transporte y las comunicaciones posterior a la Segunda Guerra Mundial había limitaciones a la globalización de la producción, “al carácter cosmopolita de la producción y el consumo en todos los países”. Hasta la década de 1970 la industrialización permaneció abrumadoramente confinada en sus regiones de origen. Algunas escuelas marxistas podrían incluso argumentar que el capitalismo, al menos en su forma imperialista, lejos de “obligar a todas las naciones a adoptar el modo de producción burgués, so pena de extinción” perpetraba o incluso creaba, por su naturaleza, el “subdesarrollo” en el llamado Tercer Mundo. Mientras un tercio del género humano vivía en sistemas económicos del modelo del comunismo soviético, parecía que el capitalismo nunca triunfaría en su empeño de obligar a todas las naciones a “convertirse en burguesas”. No “crearía un mundo a su imagen”. Otra vez, antes de la década de 1960 la predicción del Manifiesto de que el capitalismo conllevaba la destrucción de la familia aparentemente no se había producido, ni siquiera en los países occidentales avanzados donde hoy alrededor de la mitad de las personas nacen o crecen con madres solteras y la mitad de los hogares de las grandes ciudades está formada por una sola persona.
En resumen, lo que en 1848 le podría haber parecido a un lector no comprometido retórica revolucionaria -o en el mejor de los casos una predicción plausible– se puede leer actualmente como una caracterización concisa del capitalismo a finales del siglo XX. ¿De qué otro documento de 1840 podría decirse lo mismo?
IV
Sin embargo, si al final del milenio nos sorprende la visión aguda del Manifiesto sobre el futuro entonces remoto de un capitalismo masivamente globalizado, el fallo de otra de sus predicciones resulta igual de sorprendente. Ahora resulta evidente que la burguesía no ha producido “por encima de todo… sus propios sepultureros” dentro del proletariado. “La caída de la burguesía y la victoria del proletariado” tampoco han resultado “igualmente inevitables”. El contraste entre las dos mitades del análisis del Manifiesto en la sección “Burgueses y Proletarios” exige una explicación más amplia transcurridos 150 años de lo que era necesario en su centenario.
El problema no reside en la visión de Marx y Engels de un capitalismo que necesariamente transformó a la mayoría de la gente que se ganaba la vida en este sistema económico en hombres y mujeres que para su propio sustento necesitaban ofrecer su mano de obra por jornales o salarios. Indudablemente lo ha hecho, aunque actualmente los ingresos de algunas personas teóricamente empleadas a cambio de un salario, como los directivos de empresa, difícilmente pueden considerarse proletarios. Tampoco mentían al creer que la mayoría de esa población trabajadora sería esencialmente fuerza de trabajo industrial. Aunque Gran Bretaña fue excepcional siendo un país en que los trabajadores manuales asalariados constituyeron la mayoría absoluta de la población, el desarrollo de la producción industrial requirió la entrada masiva de trabajadores manuales durante más de un siglo después del Manifiesto. Incuestionablemente éste ya no es el caso de la producción moderna de alta tecnología intensiva en capital, una evolución que no tuvo en cuenta el Manifiesto, aunque en sus estudios económicos más desarrollados el propio Marx imaginó el posible desarrollo de una economía con menos necesidad de mano de obra, al menos en una época post-capitalista (xv). Incluso en las viejas economías industriales del capitalismo, el porcentaje de personas empleadas en la industria manufacturera permaneció estable hasta la década de 1970, excepto en EE. UU., donde el declive se produjo algo antes. En realidad, con muy pocas excepciones –como las de Gran Bretaña, Bélgica y EE.UU.– en 1970 los trabajadores industriales constituyeron probablemente una proporción mayor de la población total ocupada del mundo industrializado y en vías de industrialización que se haya dado nunca antes.
En cualquier caso, el derrocamiento del capitalismo previsto por el Manifiesto no se basaba en la transformación previa de la “mayoría” de la población en proletaria, sino en la suposición de que la situación del proletariado en la economía capitalista era tal que una vez organizado en un movimiento de clase necesariamente político, podría tomar la iniciativa, agrupar en torno a él el descontento de otras clases y así conquistar el poder político como “el movimiento independiente de la inmensa mayoría en el interés de la inmensa mayoría”. Así, el proletariado “se sublevaría para ser la clase dirigente de la nación… [y] constituirse en la nación” (xvi).
Como no se ha derrocado el capitalismo, tendemos a descartar esta predicción. No obstante, y aunque parecía absolutamente improbable en 1848, el levantamiento de movimientos organizados con base en la conciencia de la clase obrera estaba llamado a cambiar la política de la mayoría de los países capitalistas de Europa, lo que existía raramente fuera de Gran Bretaña. Partidos laboristas y socialistas emergieron en la mayor parte del mundo “desarrollado” en 1880, convirtiéndose en partidos de masas en Estados con la franquicia democrática que tanto habían ayudado a establecer. Durante y después de la Primera Guerra Mundial otra rama de los “partidos proletarios” siguió la senda revolucionara de los bolcheviques, otra rama se convirtió en los pilares que sustentaron el capitalismo democratizado. La rama bolchevique apenas tiene ya importancia en Europa occidental o se ha asimilado a la socialdemocracia. La socialdemocracia, tal como existía en los tiempos de Bebel e incluso de Clement Attlee, lucha en la retaguardia. No obstante, los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional, a veces con sus nombres originales, son aún potencialmente los partidos de gobierno de varios Estados europeos. Aunque esos gobiernos fueron menos frecuentes a principios del siglo XXI que a finales del XX, estos partidos han batido el record de continuidad como grandes agentes políticos durante más de un siglo.
En resumen, lo que está equivocado no es la predicción del Manifiesto del papel central de los movimientos políticos con base en la clase obrera (y aún en ocasiones éstos llevan específicamente el nombre de clase, como los partidos laboristas británico, holandés, noruego y australiano). Lo que está equivocado es la proposición: “De todas las clases que se enfrentan hoy a la burguesía, solo la proletaria es realmente revolucionaria”, cuyo destino inevitable, implícito en la naturaleza y desarrollo del capitalismo, es el derrocamiento de la burguesía: “Su caída y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”.
Incluso en los notorios “años cuarenta del hambre”, el mecanismo que debía conseguirlo –la inevitable pauperización (xvii) de los obreros– no resultó totalmente convincente; a menos que se basara en la suposición, improbable incluso entonces, de que el capitalismo estaba en su crisis final a punto de ser inmediatamente derrocado. Era un mecanismo dual. Además del efecto de pauperización en el movimiento obrero, se demostró que la burguesía no estaba “capacitada para gobernar porque es incompetente para asegurar la existencia a sus esclavos dentro de su esclavitud, ya que no puede evitar que se hundan hasta tal extremo que tiene que alimentarlos en vez de al contrario”. Lejos de proporcionarle el beneficio que alimentara el motor del capitalismo, ahora la mano de obra se lo comía. Pero dado el potencial económico enorme del capitalismo, tan dramáticamente expuesto en el propio Manifiesto, ¿por qué fue inevitable que el capitalismo no pudiera proporcionar sustento, aunque miserable, a la mayor parte de la clase obrera o alternativamente que no pudiera permitirse un sistema de previsión social? ¿Ese “pauperismo” (en sentido estricto, ver nota 17) se desarrolla con mayor rapidez que la población y la riqueza”? (xviii). Si el capitalismo tenía una larga vida por delante como resultó obvio muy poco después de 1848, esto no tenía por qué ocurrir, y efectivamente no ocurrió.
La visión del desarrollo histórico de la “sociedad burguesa” del Manifiesto, lo que incluye a la clase obrera que la misma generaba, no condujo necesariamente a la conclusión de que el proletariado derrocaría al capitalismo y al hacerlo abriría el camino al desarrollo del comunismo, porque la visión y la conclusión no derivaban del mismo análisis. El objetivo del comunismo, adoptado antes de que Marx se hiciera “marxista”, no derivaba del análisis de la naturaleza y el desarrollo del capitalismo, sino de un argumento filosófico –incluso escatológico– sobre la naturaleza humana y su destino. La idea fundamental de Marx a partir de entonces de que el proletariado era la clase que no podía liberarse a sí misma sin liberar al mismo tiempo a la sociedad en su conjunto, aparece primero como una “deducción filosófica, en lugar de ser producto de la observación” (xix). En palabras de George Lichtheim: “el proletariado apareció por primera vez en los escritos de Marx como la fuerza social necesaria para llevar a cabo los objetivos de la filosofía alemana”, como lo expuso Marx en 1843 y 1844 (xx).
La “posibilidad positiva de la emancipación de Alemania”, escribió Marx en la Introducción a la Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel, reside:
En la formación de una clase con cadenas radicales… una clase que sea la disolución de todas las clases, esfera de una sociedad que posea un carácter universal porque sus sufrimientos sean universales y sus reivindicaciones no sean derechos individuales porque el agravio cometido contra él no es un mal particular sino un mal en sí mismo… Esta disolución de la sociedad como una clase particular es el proletariado… La emancipación de los alemanes es la emancipación del ser humano. La filosofía es la cabeza de esta emancipación y el proletariado es el corazón. La filosofía no se puede reconocer a sí misma sin la abolición del proletariado y el proletariado no puede ser abolido sin que la filosofía devenga en una realidad (xxi).
Por entonces el conocimiento que Marx tenía del proletariado no iba más allá del hecho de que “estaba naciendo en Alemania sólo como consecuencia del creciente desarrollo industrial” y que éste era precisamente su potencial como fuerza liberadora, puesto que al contrario que las masas de pobres de la sociedad tradicional, era hijo de una “drástica disolución de la sociedad” y por tanto su existencia proclamaba la “disolución del orden mundial existente hasta entonces”. Tenía aún menos conocimiento sobre los movimientos obreros, aunque sabía mucho de la historia de la Revolución Francesa.
En Engels encontró un socio que aportó a la sociedad el concepto de la “Revolución Industrial” y los conocimientos de la dinámica de la economía capitalista como realmente era en Gran Bretaña, más los rudimentos de un análisis económico (xxii), todo lo cual le indujo a predecir una futura revolución social, que sería fomentada por una clase obrera real a la que él conocía muy bien por el hecho de vivir y trabajar en Gran Bretaña al comienzo de la década de 1840. Los enfoques de Marx y Engels sobre “el proletariado” y el comunismo se complementaban mutuamente. Lo mismo ocurría con sus concepciones respectivas de la lucha de clases como motor de la historia (en el caso de Marx derivado principalmente de su estudio del periodo de la Revolución Francesa; en el caso de Engels por la experiencia de los movimientos sociales en la Gran Bretaña pos-napoleónica). No sorprende que “ambos estuvieran de acuerdo en todos los campos teóricos”, en palabras de Engels (xxiii). Engels le aportó a Marx los elementos de un modelo que demostraba la naturaleza fluctuante y “autodesestabilizadora” del funcionamiento de la economía capitalista, en particular el esbozo de una teoría de las crisis económicas (xxiv) y el material empírico acerca del auge del movimiento obrero y del rol revolucionario que podría desempeñar en Gran Bretaña.
En la década de 1840 la conclusión de que la sociedad estaba al borde de la revolución resultaba plausible. Como lo era la predicción de que la clase obrera, aún siendo inmadura, la lideraría. Después de todo, a las pocas semanas de la publicación del Manifiesto, un movimiento de los trabajadores parisinos derrocó a la monarquía francesa y dio la señal revolucionaria a la mitad de Europa. No obstante, la tendencia del desarrollo capitalista a generar un proletariado esencialmente revolucionario no podía deducirse del análisis de la naturaleza del desarrollo capitalista. Era una posible consecuencia de este desarrollo, pero no podría señalarse como la única posible. Y aún menos podía demostrarse que el éxito de un derrocamiento del capitalismo por parte del proletariado abriera necesariamente la puerta al desarrollo del comunismo. (El Manifiesto sólo afirma que en ese momento se iniciaría un proceso de cambio muy gradual) (xxv). La visión de Marx de un proletariado cuya misma esencia lo destinara a emancipar a toda la humanidad y a poner fin a la sociedad de clases mediante el derrocamiento del capitalismo representa una esperanza deducida de su análisis del capitalismo, pero no una conclusión necesariamente impuesta por ese análisis.
A lo que el análisis del capitalismo del Manifiesto indudablemente puede llevar –especialmente cuando se adentra en el análisis de Marx sobre la concentración económica, que apenas se insinuaba en 1848– es a una conclusión más general y menos específica acerca de las fuerzas autodestructivas innatas en el desarrollo capitalista. Debe alcanzar un punto –y en 2012 no solo los marxistas están de acuerdo en esto– en que:
La sociedad burguesa moderna con sus relaciones de producción, intercambio y propiedad, una sociedad que ha suscitado medios de producción e intercambio tan gigantescos, es como el aprendiz de brujo que ya no puede controlar los poderes del mundo inferior… Las dimensiones del arco de la sociedad burguesa son demasiado estrechas para abarcar la riqueza que ha creado.
No sería irracional sacar la conclusión de que las “contradicciones” inherentes al sistema de mercado, sin más nexo de unión entre los seres humanos que el descarnado interés propio, el cruel “pago al contado”, un sistema de explotación y de “acumulación interminable” que nunca se pueden superar; que a partir de cierto punto, mediante una serie de transformaciones y reestructuraciones el desarrollo de este sistema esencialmente “autodesestabilizador”, conduzca a una situación que ya no se pueda describir como capitalismo. O citando al propio Marx, en que “la centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo lleguen al final a un punto en que se hagan incompatibles con su integumento capitalista”, y ese “integumento reviente en pedazos” (xxvi). El nombre por el que conozcamos la subsiguiente situación es indiferente. Sin embargo, como demuestran los efectos de la explosión económica del mundo en el medio ambiente mundial, tendrá que marcar necesariamente un giro brusco que lo aleje de la apropiación privada para pasar al control social a escala global.
Resultaría improbable que tal “sociedad post-capitalista” se pareciera a los modelos tradicionales del socialismo y aún menos al “socialismo real” de la era soviética. La forma que haya de tomar y hasta dónde encarnaría los valores humanistas del comunismo de Marx y Engels, dependería de la acción política a través la cual se produciría el cambio, ya que esto, como sostiene el Manifiesto, resulta fundamental para la conformación del cambio histórico.
V
En la visión marxiana, no importa cómo describimos ese momento histórico en que “el integumento reviente en pedazos”, la política constituirá un elemento esencial. El Manifiesto se lee principalmente como un documento de inevitabilidad histórica y en efecto su fuerza se deriva en gran medida de la confianza que proporcionó a sus lectores saber que el capitalismo estaba inevitablemente destinado a ser enterrado por sus sepultureros y que ahora -y no en cualquier otro periodo histórico- han nacido las condiciones para la emancipación. Sin embargo, en contra de las más divulgadas hipótesis, si el Manifiesto alega que tal cambio histórico lo consigue el hombre haciendo su propia historia, no es un documento determinista. Las fosas han de ser cavadas por la acción humana o a través de ella.
Efectivamente es posible hacer una lectura determinista del argumento. Se ha sugerido que Engels tendía a hacerla más que Marx, con importantes consecuencias para el desarrollo de la teoría marxista y el desarrollo del movimiento obrero marxista tras la muerte de Marx. Sin embargo, y pese a que se citase como evidencia (xxvii) en los propios borradores de Engels, no se intuye esta lectura determinista en el Manifiesto. Cuando el Manifiesto sale del campo del análisis histórico y entra en el de la actualidad, se convierte en un documento de opciones y posibilidades políticas -no de probabilidades políticas- y en absoluto de certezas. Entre el “ahora” y el momento impredecible en el que “en el transcurso de la evolución”, se produzca “una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno sea la condición del desarrollo libre de todos”, está el campo de la acción política.
El cambio histórico a través de la praxis social y la acción colectiva constituye su núcleo. El Manifiesto contempla el desarrollo del proletariado como “la organización de los proletarios en una clase, y consecuentemente en un partido político”. La “conquista del poder político por el proletariado” (la conquista de la democracia) es “el primer paso de la revolución obrera” y el futuro de la sociedad bascula sobre las acciones políticas posteriores del nuevo régimen (es decir, cómo utilizará el proletariado su supremacía política). El compromiso con la política es lo que históricamente distinguió al socialismo marxiano de los anarquistas y los sucesores de aquellos socialistas cuyo rechazo de toda acción política condena específicamente el Manifiesto. Incluso antes de Lenin, la teoría marxiana no trataba sólo de “la historia nos demuestra lo que pasa”, sino también acerca de lo “que tenemos que hacer”. Ciertamente la experiencia soviética del siglo XX nos ha enseñado que podría ser mejor no hacer “lo que se debe hacer” bajo condiciones históricas que imposibilitan virtualmente el éxito. Pero esta lección se podría haber aprendido también considerando las implicaciones del Manifiesto Comunista.
Pero entonces el Manifiesto -y ésta no es la menor de sus notables cualidades - es un documento que prevé el fallo. Esperaba que el resultado del desarrollo capitalista fuera “una reconstitución revolucionaria de la sociedad” pero, como ya hemos comprobado, no excluía la alternativa de “la ruina común”. Muchos años después, otra investigación marxiana reformuló esto como la elección entre socialismo y barbarie. Cual de ambos prevalezca es una pregunta que el siglo XXI debe contestar.
Notas:
(i) Solo se han descubierto dos fragmentos de esos materiales –un plan para la sección III y el borrador de una página, Karl Marx Frederick Engels, Obras Completas, Vol. 6 (Londres 1976, páginas 576 y 577).
(ii) En vida de los fundadores eran: (1) Prefacio a la (segunda) edición alemana, 1872; (2) Prefacio a la (segunda) edición rusa, 1882, la primera traducción rusa de Bakunin apareció en 1869, comprensiblemente sin la bendición de Marx y Engels, (3) Prefacio a la (tercera) edición alemana, 1883; (4) Prefacio a la edición inglesa, 1888; (5) Prefacio a la (cuarta) edición alemana, 1890; (6) Prefacio a la edición polaca, 1892; y (7) Prefacio “A los lectores italianos”, 1893.
(iii) Paolo Favil li, Storia del marxismo italiano . Dalle origini alla grande guerra (Milán 1996, páginas 252 a 254).
(iv) Me he basado en los datos del inestimable Bert Andréas, Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et Bibliographie 1848-1918 (Milán 1963)
(v) Datos de los informes anuales del Parteitage del SPD. Sin embargo no proporcionan datos cuantitativos acerca de las publicaciones previstas para 1899 y 1900.
(vi) Robert R. LaMonte, “ The New Intellectuals”, New Review II , 1914; citada por Paul Buhle en Marxism in the USA: From 1870 to the Present Day (Londres 1987), pág. 56.
(vii) Hal Draper, The Annotated Communist Manifesto (Centro para la Historia del Socialismo, Berkeley, California 1984), pág. 64.
(viii) El original alemán comienza esta sección con la discusión de das Verhältniss der Kommunisten zu den bereits konstituerten Arbeiterparteien… also den Chartiesten, etc. La traducción oficial en inglés de 1887, revisada por Engels, atenúa el contraste. Una interpretación más fiel sería comparar los “partidos obreros ya constituidos”, como los cartistas, etc., con los que todavía no se habían constituido.
(ix) “Los comunistas no constituyen un partido separado opuesto a otros partidos de la clase obrera… No establecen principios sectarios propios para formar y moldear el movimiento proletario” (Sección II).
(x) La más conocida de éstas, subrayada por Lenin, fue la observación del prefacio de 1872 de que la Comuna de París había mostrado “que la clase obrera no puede simplemente tomar el control de la maquinaria del estado ya existente y utilizarla para sus propios fines”. Después de la muerte de Marx, Engels añadió la nota al pie de página modificando la primera frase de la Sección I para excluir las sociedades prehistóricas del alcance universal de la lucha de clases. Sin embargo, ni Marx ni Engels se molestaron en comentar o modificar los pasajes económicos del documento. Si Marx y Engels consideraron realmente un Umarbeitung oder Ergänzun más desarrollado del Manifiesto (Prefacio a la edición alemana de 1883) resulta dudoso, pero no hay duda de que la muerte de Marx hizo que esa revisión fuese imposible.
(xi) Compárese el pasaje de la Sección II del Manifiesto (“¿Requiere una intuición profunda comprender que las ideas, puntos de vista y concepciones del hombre, en otras palabras, que la conciencia del hombre cambie con cada cambio de las condiciones de su existencia material, de sus relaciones sociales y de su vida social?”) con el pasaje correspondiente en el Preface to the Critique of Political Economy (“No es la consciencia de los hombres lo que determina su existencia sino, al contrario, es su existencia social la que determina su conciencia”).
(xii) Aunque ésta es la versión inglesa aprobada por Engels, no es una traducción estrictamente correcta del texto original: Mögen die herrschenden Klassen vor einer kom-munistischen Revolution zittern. Die Proletarier haben nichts in ihr, (es decir “en la revolución”) zu verlieren als ihre Ketten”.
(xiii) Para un análisis estilístico, vea S.S. Prawer, Karl Marx and World Literature (Verso, Nueva York 2011), páginas 148 y 9. Las traducciones del Manifiesto que conozco no tienen la fuerza literaria del texto original en alemán.
(xiv) En “Die Lage Englands. Das 18.Jahrhundert” (Obras de Marx y Engels I, páginas 566 a 568)
(xv) Ver, por ejemplo, la discusión sobre Fixed capital and the development of the productive resources of society en los manuscritos de 1857 y 1858. Obras completas, vol. 29 (1987), páginas 80 a 99.
(xvi) La frase alemana “sich zur nationalen Klasse erheben” tenía connotaciones hegelianas que la traducción inglesa autorizada por Engels modificó, probablemente porque pensó que los lectores no lo comprenderían en la década de 1880.
(xvii) Pauperismo no debería leerse como sinónimo de “pobreza”. Las palabras alemanas, tomadas del inglés, son pauper (persona indigente… que vive de la beneficencia o de alguna provisión pública”: Diccionario del siglo XX de Chambers) y pauperismus (calidad de indigente).
(xviii) Paradójicamente, algo parecido al argumento marxiano de 1848 es el término utilizado ampliamente por los capitalistas y los gobiernos del libre mercado para demostrar que las economías de los estados cuyo PIB se doblan cada pocas décadas estarán en bancarrota si no se suprimen los sistemas de redistribución de las ganancias (estado del bienestar, etc.), implantados en tiempos de menor abundancia, y en los que aquellos que obtienen ingresos mantienen a los que no los tienen.
(xix) Leszek Kolakowski , Main Curretns of Marxism, vol. 1, The Founders (Oxford 1978), página 130.
(xx) George Lichtheim, Marxism (Londres 1964), página 45.
(xxi). Obras Completas, Vol. 3 (1975), páginas 186 a 187. En este pasaje he preferido en general la traducción de Lichtheim, Marxism. El vocablo alemán que traduce como “clase” es “Stand”, que hoy resulta engañosa.
(xxii) Publicado como Outlines of a Critique of Political Economy en 1844 (Obras completas, vol. 3, páginas 418 a 443)
(xxiii) “ On the History of the Communist League” (Obras Completas, vol. 26, 1990), página 318.
(xxiv) “Outlines of a Critique” (Obras completas, vol. 3, página 433 y siguientes). Parece proceder de escritores británicos radicales, principalmente John Wade, History of the Middle and Working Classes (Londres 1835), a quien se refiere Engels en relación con esto.
(xxv) Esto es incluso más evidente en las formulaciones de Engels que constituyen de hecho dos borradores del Manifiesto Draft of a Communist Confession of Faith” (Obras Completas, vol. 6, página 102) y Principles of Communism (Ibíd., página 350)
(xxvi) From Historical Tendency of Capitalist Accumulation en Capital, vol. 1 (Obras Completas, vol. 35, 1996), página 750.
(xxvii) Lichtheim, Marxism, páginas 58 a 60
Eric Hobsbawm
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