La agresión contra Gaza provoca horror. Refugiados aniquilados en una escuela de la ONU, cadáveres de niños alineados, familias acribilladas por buscar alimento, tiros al blanco sobre una masa indefensa, bombardeos a mansalva, fósforo blanco, 1160 muertos y 5200 heridos en tres semanas.
Semejante matanza no es un daño colateral, ni una reacción desproporcionada. Se han demolido escuelas, universidades, mezquitas, guarderías, hospitales y depósitos de socorro internacional para someter a los palestinos. El objetivo es bloquear cualquier posibilidad de paz para reforzar la ocupación, con treguas unilaterales que anticipan nuevas incursiones.
JUSTIFICACIONES
Los pretextos esgrimidos por Israel para perpetrar esta masacre tienen la misma credibilidad, que las armas de destrucción masiva inventadas por Bush para atacar Irak. Los cohetes ni siquiera rasguñaron a la fortaleza que custodia un ejército monumental. Las víctimas ocasionadas por esa artillería casera fueron irrisorias en comparación al infierno de asesinatos que consuman los ocupantes.
Desde que Hamas triunfó en impecables elecciones Israel tendió un cerco para privar a Gaza de alimentos, combustible y electricidad. Acentuó el encierro de un millón y medio de personas que sobreviven entre la basura y las aguas servidas. Con hambre y oscuridad se reforzó un campo de concentración controlado desde seis puestos fronterizos.
Israel preparó durante mucho tiempo el escarmiento y rompió la tregua cuando ultimó los detalles del ataque. No toleró el fracaso del complot para desplazar a Hamas y la persistencia de cierto funcionamiento civil en una sociedad acosada. Como la anexión de un territorio minúsculo y superpoblado se tornó inviable retiró a sus colonos y redobló el terror.
Israel repite el libreto de todos los colonialistas. Porta la bandera de la civilización contra los nativos y esgrime derechos de defensa, que ocultan su rol opresor. Ciertos analistas igualmente contraponen la democracia moderna del estado hebreo con el retrógrado totalitarismo que impera en Gaza2.
Pero olvidan que la invasión actual se concretó para desconocer un triunfo de Hamas, en comicios ponderados por todos los observadores internacionales. En la democracia de Apartheid que rige en Israel se discute con total libertad, cuál es la mejor forma de vulnerar derechos en los territorios ocupados.
Quiénes exaltan la tolerancia religiosa vigente en ese país frente al cerrado islamismo del Hamas suelen olvidar el carácter confesional del estado judío3. También omiten el fundamento bíblico, utilizado para justificar la extensión del territorio a los sagrados límites de Samaria y Judea. En cambio es un misterio cuál sería el alcance de las restricciones coránicas impuestas por las autoridades electas de Gaza. Las bombas han impedido la eventual vigencia de esas disposiciones.
¿DOS CULPABLES?
Israel afirma que busca la paz mediante la formación de dos estados, pero desmiente en la práctica ese enunciado. Con el auspicio de Estados Unidos y Europa propicia desde hace años una negociación ficticia (Oslo, Madrid, Anápolis), que no contempla ninguna devolución de territorios.
El futuro de Jerusalén, los derechos de los refugiados o el fin de los asentamientos han quedado fuera de esas tratativas, mientras que la implantación de 470.000 colonos en Cisjordania anula cualquier formación de un estado palestino. La expropiación de tierras, el robo del agua y la creación de rutas exclusivas obstruyen por completo esa posibilidad. La erección de un muro de ocho metros ha transformado, además, a las viejas ciudades de la zona en guetos incomunicados. Los nuevos mandantes del lugar han resucitado el Bantustán de Sudáfrica.
Esta obstrucción del proyecto de dos estados es totalmente ignorada por quiénes atribuyen la continuidad del conflicto a los “extremistas de ambos bandos”. Con una teoría de los dos demonios acusan a Hamas de provocar la guerra y a Israel de responder en forma desmedida4.
Pero con este criterio de neutralidad habría que equiparar también a los marines con los vietnamitas, a los paracaidistas franceses con la resistencia argelina y a los realistas españoles con los criollos americanos. Asignando la misma responsabilidad a las víctimas y a los victimarios resulta imposible comprender las situaciones coloniales.
El doloroso legado del holocausto es frecuentemente utilizado para acallar la denuncia de un estado militarista que humilla a los pueblos vecinos. Esta censura se ejerce identificando al judaísmo con el sionismo e Israel, o interpretando cualquier crítica como un acto de antisemitismo. En realidad esos tres conceptos difieren significativamente.
El judaísmo es una religión, una cultura o una tradición de un pueblo diseminado por muchos países, cuya permanencia como segmento diferenciado ha variado en cada época y región. Israel es un estado construido con la explícita preeminencia de los hebreos, pero actualmente incluye varios grupos desconectados de ese origen. El sionismo es una ideología de apropiación colonial basada en fundamentos milenarios y pragmáticos.
Estas diferencias permiten distinguir las posturas anti-judías, anti-sionistas y anti-israelíes. La primera actitud es racista, la segunda anticolonialista y la tercera no presenta un significado nítido. Al igual que el antinorteamericanismo solo expresa un genérico rechazo de la opresión imperialista5.
COLONIALISMO TARDIO
El sionismo retomó del colonialismo clásico la anexión territorial, la democracia de exclusión, el despojo de otra comunidad y el mito de la tierra vacía. Pero desde la guerra de los seis días (1967) quedó integrado a la estructura interior del imperialismo norteamericano y asumió un rol singular, como peón geopolítico de esa potencia en Medio Oriente. Por esta razón cuenta con un inédito nivel de armamento, financiación y cobertura diplomática.
La masacre de Gaza ha corroborado esa protección. Estados Unidos aguardó los resultados de la matanza, mientras vetaba en las Naciones Unidos cualquier limitación a los crímenes que proscribe esa organización. También los medios de comunicación del establishment norteamericano saludaron la aniquilación de los palestinos, cuyas muertes siguen cotizando muy bajo. Basta imaginar cómo hubiera ardido la prensa mundial si un millar de israelíes hubieran muerto, para notar cómo funciona este doble patrón de cobertura de los fallecimientos.
La sangría tampoco alteró las vacaciones de Obama. El nuevo presidente envió múltiples señales de lealtad al sionismo, aunque el incendio de Gaza obstruya su ansiado viraje hacia el multilateralismo.
La simbiosis con Estados Unidos diferencia a Israel del Apartheid sudafricano y torna improbable la repetición del proceso que condujo a desmontar esa estructura. Mientras cuente con la protección norteamericana, Israel seguirá actuando como un conquistador brutal.
Pero esta conducta refuerza una lógica de genocidio que tiene poca viabilidad en un período signado por la descolonización y el rechazo del racismo. Al comienzo del siglo XXI ya no es factible repetir el exterminio que sufrieron los amerindios, la esclavización que padecieron los africanos o el destierro masivo que predominaba en la Antigüedad.
Israel surgió desplazando a los palestinos, que tuvieron vetado el retorno a su tierra por escapar de una guerra (1947-49). Este despojo fue posible por el clima de reparación internacional hacia los judíos que sucedió al holocausto. Pero la confiscación por abandono no pudo repetirse en 1967, ya que la población aprendió la lección de los refugiados y se quedó en sus hogares. Con esta permanencia comenzó una resistencia de los palestinos, que Israel ha respondido subiendo la apuesta del terrorismo de estado.
Este salvajismo potencia la furia de una generación árabe dispuesta al sacrificio heroico. Pero también crea una situación sin salida para los ocupantes en Gaza. Un eventual derrocamiento de Hamas tornaría ingobernable a ese territorio y aumentaría la presión de los refugiados sobre la frontera egipcia. La destrucción de los túneles -que abastecen de armas, alimentos y combustible a la franja- podría agravar el desastre humanitario.
La prolongación del operativo también incrementa la posibilidad de bajas, que Israel necesita evitar para revertir la derrotada sufrida en el Líbano. Ese temido antecedente induce al trío gobernante (Omert, Livni, Barak) a discutir acaloradamente cuál será el próximo paso.
Pero en cualquier opción de mayor ofensiva o cese temporal de las hostilidades persistirá la línea directriz de periódicas incursiones militares, ya verificada en Beirut (1982), Ramalá (2002) y el Líbano (2006). Todas las administraciones israelíes recrean ese torrente sangre para perpetuar el colonialismo.
Actualmente prevalece un amplio margen interno para la carnicería. Todas las encuestas indican aprobación a la matanza e incluso se ha desatado una competencia electoral por la primacía del más sanguinario. Laboristas y conservadores mercadean la vida de los palestinos entre una masa de votantes que ha girado a la derecha6.
Pero lo ocurrido en el Líbano también demuestra que el número de caídos altera ese triunfalismo. Las marchas de repudio a la invasión y la desobediencia de muchos reservistas al alistamiento podrían erosionar esa borrachera belicista. La opinión pública israelí recepta, además, una creciente comparación internacional de su ejército con los nazis. Esa analogía es muy dolorosa y puede suscitar un sentimiento de vergüenza.
HEROISMO Y SUMISIÓN
El apoyo activo de los palestinos a la resistencia en Gaza es un enigma indescifrable para los invasores. Por eso describen a los combatientes como fanáticos descerebrados que se protegen con escudos humanos. La lucha en este destruido territorio se desarrolla en condiciones terribles y con un limitado soporte de movilizaciones en Cisjordania. Pero esta escandalosa desigualdad de los enfrentamientos ha sido la norma de los últimos 60 años.
En este lapso los palestinos no lograron recuperar sus tierras, ni construir su estado, pero conquistaron la legitimidad de su demanda. Israel no ha podido impedir este avance. La primera Intifada (1987) erosionó los mitos del sionismo y el segundo levantamiento (2000) impuso la discusión de las exigencias de los sublevados. Nadie puede ignorarlos, ni borrarlos del escenario internacional.
Dentro del movimiento palestino se ha ensanchado la brecha que separa a los resistentes de los sumisos. Mahmoud Abbas reforzó esta segunda postura al culpar a Hamas de la agresión y aceptar de inmediato los términos de rendición que fijó Israel. Esta actitud corona varios años de subordinación de la Autoridad Palestina al ocupante. Desde que aceptó negociar un estado inexistente, ese liderazgo concedió todo a cambio de nada.
La vieja elite de la OLP se ha transformado en un grupo social privilegiado y corrupto, que maneja un millonario presupuesto aportado por los potentados del mundo árabe. Esta conducta profundiza su desprestigio e impulsa a los palestinos a remodelar su movimiento sobre nuevos pilares.
¿DESTRUCCIÓN DEL ESTADO DE ISRAEL?
El fin de la ocupación de Gaza y Cisjordania es la condición de cualquier solución al conflicto. Pero el problema persistirá, mientras funcione la maquinaria anexionista del sionismo. Este dispositivo promueve el reemplazo de pobladores originarios por inmigrantes seleccionados, en función de criterios étnicos. Este mecanismo imposibilita la igualdad de derechos y la coexistencia de dos comunidades.
La autodeterminación nacional de los palestinos es la prioridad, pero no podrá concretarse convocando a destruir el estado de los israelíes. Este llamado fue una reacción defensiva inicial contra al despojo, que implicaba la erradicación política del sionismo y no la eliminación física de los judíos. Pero es un enunciado que ha perdido vigencia y se malinterpreta con facilidad.
Aunque Israel se construyó confiscando a los habitantes del lugar, al cabo de varias décadas ha forjado una nacionalidad propia que no puede abolirse. Se ha conformado un nuevo grupo nacional, tanto en el plano objetivo (lengua, territorio, economía común), como subjetivo (cultura compartida, conciencia de sector diferenciado).
La paz será lograda mediante el reconocimiento mutuo de palestinos e israelíes, una vez desmantelados los dispositivos coloniales del sionismo. Sólo este camino pondrá fin a la sangría, abriendo la perspectiva de dos estados reales, formas federativas binacionales o la mejor opción: un estado único, laico y democrático.
POLVORÍN ÁRABE
La masacre de Gaza se consumó con el visto bueno del gobierno turco, la monarquía jordana, los jeques sauditas y la semidictadura egipcia. Los sátrapas del mundo árabe combinaron el silencio prudente con la explícita complicidad. Mantuvieron las relaciones diplomáticas con Israel como si nada hubiera pasado.
Pero la conducta del gobierno egipcio superó todo lo conocido. Cerró la válvula de escape de Rafa, coordinó el cerco con los agresores, bloqueó el socorro humanitario y hasta autorizó la violación de su espacio aéreo. El alto mando conocía todos los detalles del ataque y no presentó ninguna objeción7.
En la mesa de negociaciones Egipto actúa como vocero de Estados Unidos. Exige el desarme de Hamas y la desactivación de los túneles. Esta postura profundiza su alineamiento pro-imperialista. Los gobernantes de ese país ya no buscan domesticar la resistencia de los palestinos por medios políticos, financieros o militares. Directamente avalan la desarticulación de ese movimiento.
Egipto complementa en el plano diplomático la acción armada de Israel y el financiamiento saudita de Occidente. Las pruebas de sumisión a Estados Unidos son tan abrumadoras, que un sector del Departamento de Estado promueve transferir a Gaza a una administración egipcia8.
Pero el régimen del presidente vitalicio Mubarak puede terminar como otras marionetas de Estados Unidos. Lo ocurrido con el Sha de Irán es un precedente a tomar en cuenta. Las crecientes manifestaciones –que la policía invariablemente apalea- están creando un polvorín en el principal país de la región.
La lucha de los palestinos persiste como una pesadilla para las clases dominantes del mundo árabe. Su viejo temor a una convergencia de este movimiento con las demandas sociales de todos los oprimidos se ha incrementado. Este pánico refuerza un alineamiento con Israel, que ensancha el abismo entre las elites y los pueblos de Medio Oriente.
SOLIDARIDAD MUNDIAL
La masacre de Gaza ha conmocionado al mundo y las manifestaciones superan ampliamente la reacción internacional del 2006 frente a los bombardeos del Líbano. Las multitudes que protestan en Madrid, Londres, Bruselas, Berlín y Paris han neutralizado las minoritarias contramarchas pro-israelíes.
Esta acción callejera puede inclinar la balanza política contra los agresores, cualquiera sean los resultados de su operación militar. Es muy visible quiénes son los culpables de la sangría y muchas voces exigen juzgar los crímenes cometidos, en tribunales internacionales. También se multiplican las iniciativas para enviar socorro humanitario y organizar un boicot de académicos y médicos contra el invasor.
En América Latina se ha profundizado la simpatía hacia la causa de los palestinos. Tanto Chávez como Evo Morales adoptaron la acertada decisión de expulsar a los embajadores de Israel. Estas reacciones ilustran los puntos de contacto que vinculan al nacionalismo antiimperialista latinoamericano y árabe.
Argentina es una pieza clave de este escenario por la fuerte presencia de comunidades árabes y judías. Ambas colectividades han coexistido en armonía, a pesar del impacto legado por los atentados a la embajada de Israel y la AMIA. Las marchas a favor de Palestina son claramente mayoritarias, en un clima de hostilidad hacia los dirigentes sionistas que justifican el crimen de Gaza9.
También provoca rechazo la descarada presión de los diplomáticos israelíes para arrancar pronunciamientos oficiales de condena a Hamas. En las calles se pide lo contrario: envío de auxilio humanitario a Gaza y ruptura del convenio Israel-MERCOSUR. Argentina sintoniza con el repudio mundial a una política de matanzas que pretende sepultar la paz en Medio Oriente.
Claudio Katz
Rebelión
BIBLIOGRAFIA RECIENTE
-Achcar Gilbert, « Les Etats-Unis sement les grains d´un tragédie », Inprecor 539-540, juin-aout 2008.
-Ali Tariq, “EEUU y la UE son cómplices de la masacre en Gaza”, The Guardian, 2-1-09.
-Pappé Ilan, “La furia auto-justiciera de Israel y sus víctimas de Gaza”, Electronic Intifada, 4-1-09.
-Petras James, “The politics o fan Israelí extermination campaign”, 2-1-09.
-Salingue Julián, “Offensive israélienne contre Gaza: une mise en perspective”, Contretemps, 6-1-09
-Samara Adel, “De una decisión local independiente a una lucha internacionalista” www.kanaanonline.org
-Waschawski Michael, “Criminal y abyecta”, www.protection-palestine.org, 9-1-09.
domingo, 18 de enero de 2009
sábado, 17 de enero de 2009
Operación Plomo Impune

Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos. Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso.
Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes.
Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las elecciones, en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador.
Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.
***
Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelita usurpó. Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina.
Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa.
Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa.
No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania.
Bush invadió Irak para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho.
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Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la tortura de prisioneros.
¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar con eta, ni el gobierno británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar al ira.
¿Acaso la tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos?
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El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales.
En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica.
Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.
Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos medios también nos invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki.
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La llamada comunidad internacional, ¿existe?
¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que Estados Unidos se pone cuando hace teatro?
Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más. Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas rinden tributo a la sagrada impunidad.
Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos.
La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que otra lágrima, mientras secretamente celebra esta jugada maestra. Porque la cacería de judíos fue siempre una costumbre europea, pero desde hace medio siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son semitas y que nunca fueron, ni son, antisemitas.
Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una cuenta ajena.
(Este artículo está dedicado a mis amigos judíos asesinados por las dictaduras latinoamericanas que Israel asesoró.)
Eduardo Galeano | Brecha |
viernes, 16 de enero de 2009
Rosa Luxemburgo: A 90 años del asesinato de una revolucionaria

El 15 de enero de 2009 se cumplen 90 años del asesinato, por orden directa de la socialdemocracia alemana, de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, líderes del Partido Comunista alemán y dirigentes de la revolución alemana de 1918.
Rosa Luxemburgo dedicó su vida íntegramente a la revolución. Nació el 5 de marzo de 1871 en Zamos, una pequeña ciudad polaca, en el seno de una familia judía de comerciantes. Comenzó precozmente su militancia en el movimiento revolucionario polaco.
En 1889 tuvo que abandonar Polonia por motivos políticos y se trasladó a la ciudad suiza de Zurich, que era el punto de confluencia más importante de la emigración rusa y polaca, y allí, mientras estudiaba en la universidad, entró en contacto con los marxistas rusos más importantes: Paul Axelrod, Plejánov, Vera Zasulich, etc. También allí conoció al que sería su compañero de lucha, Leo Jogiches, que la acompañaría hasta el final de sus días.
En 1893 participó en la fundación de la socialdemocracia polaca. Fue también fundadora de la Liga Espartaquista y, posteriormente, del Partido Comunista Alemán. Hasta el fatal desenlace de su vida en 1919 se mantuvo ligada al movimiento proletario internacional, incluso en frecuentes y largos periodos de encarcelamiento, participando en los más duros y relevantes debates políticos del momento y como principal dirigente, junto a Karl Liebknecht, de la revolución alemana de 1918.
Lucha implacable contra el reformismo
Su llegada a Alemania, en 1898, y el comienzo de su militancia en el movimiento socialdemócrata alemán coincide con la cristalización de las dos principales tendencias dentro de este; la reformista, que cobraba fuerza, y la revolucionaria. Rosa se convirtió en la principal referencia del ala revolucionaria del SPD, tomando parte abiertamente por las ideas del marxismo, que defendía con contundencia.
La influencia y el poder de la socialdemocracia alemana crecían sin parar. Se sucedían los triunfos electorales, aumentaba el número de concejales y de parlamentarios, tanto regionales como estatales. La influencia de los sindicatos también crecía abrumadoramente. Esta cadena de éxitos coincidió con un largo periodo de auge económico del capitalismo. Estas circunstancias tan especiales contribuyeron enormemente a que el control de la organización se deslizase a una enorme capa de funcionarios, cuadros que provenían de la aristocracia obrera y también a la intelectualidad pequeñoburguesa y a la idea de que la revolución parecía no ser ya necesaria, pues a través de la acción parlamentaria se podría cambiar paulatina y pacíficamente el capitalismo hasta su desaparición. La cristalización teórica de este proceso fueron los escritos de Bernstein, para quien el boom del capitalismo alemán había supuesto, en la práctica, la negación de las previsiones de Marx.
La batalla de Rosa Luxemburgo contra el reformismo quedó magníficamente inmortalizada en su respuesta a Bernstein en 1898, en su obra Reforma o Revolución, con la que debutó en la socialdemocracia alemana y que impactó fuertemente en el seno del SPD, aglutinando alrededor de sus posiciones a las fuerzas de la izquierda marxista. "Es absolutamente falso y completamente ahistórico considerar las reformas como una revolución ampliada, y a su vez, la revolución como una serie de reformas concentradas" defendía Rosa en este texto. "La reforma y la revolución no se distinguen por su duración, sino por su esencia. Por lo tanto quien se pronuncie a favor de una vía de reformas legales en lugar de y en contraposición a la conquista del poder político no elige en realidad un camino más lento y más tranquilo hacia el mismo objetivo, sino otro objetivo completamente diferente".
La Primera Guerra Mundial y la lucha contra el imperialismo
La postura de Rosa Luxemburgo respecto a las tareas de la socialdemocracia frente a una más que probable guerra mundial supuso un punto de referencia en un mar de oscuridad en los años de la preguerra, pues la socialdemocracia alemana mantenía una postura antiimperialista de forma superficial. Mientras, en el parlamento apoyaba, en lo fundamental, la política exterior alemana. La bancarrota política era ya tal que dentro de la socialdemocracia convivían decididos partidarios de la política colonial, y los que, como Bernstein, alentaban todo tipo de ilusiones pacifistas apelando a la buena voluntad de la burguesía imperialista.
En su biografía sobre Rosa Luxemburgo, Paul Frölich dice lo siguiente: "La política imperialista no puede ser superada en el marco del capitalismo porque es una consecuencia de los intereses vitales del orden social creado por el capitalismo. Por este motivo la lucha contra el imperialismo debe dirigirse contra ese orden social. Imperialismo o socialismo, esta es la cuestión. Cualquier intento de encontrar una solución parcial a los actuales conflictos de la política exterior implica necesariamente una toma de postura a favor de uno de los estados imperialistas, a la coalición con la propia burguesía en contra de los pueblos y el abandono del punto de vista internacionalista. La consecuencia obligada es un retroceso cada vez más acusado al nacionalismo y, finalmente, la caída en la guerra imperialista".
El 4 de agosto de 1914 la socialdemocracia alemana votó a favor de los créditos de guerra en sesión parlamentaria, lo que suponía la más rotunda capitulación ante los intereses de la burguesía y, por tanto, la destrucción de la internacional. Esta traición, y la esencia de la guerra imperialista son analizados en otra de sus grandes obras maestras, La crisis de la socialdemocracia, publicado en 1915. A partir de ese momento empeñó todos sus esfuerzos en tratar de organizar la resistencia de la socialdemocracia frente a la política belicista. Con ese objetivo nació el grupo Espartaco, que daría lugar a la Liga Espartaquista y, posteriormente al Partido Comunista Alemán, en los que se selló de por vida la inquebrantable alianza política entre Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.
Revolución rusa y revolución alemana
Las revoluciones de 1905 y 1917 en Rusia fueron una gran fuente de inspiración para Rosa, que utilizó estos acontecimientos en su batalla constante contra el reformismo. Seguía y estudiaba minuciosamente los procesos, incluso durante sus frecuentes y prolongadas estancias en prisión. Necesitaba extraer todas las enseñanzas, se preparaba para la lucha del proletariado europeo, especialmente el alemán, y necesitaba armarse con la experiencia viva de la revolución rusa, cuyo impacto en Alemania se hizo notar con importantes jornadas de huelgas. Estaba convencida de que el levantamiento del proletariado ruso suponía el principio de una nueva era.
Un ejemplo de su consideración hacia la revolución rusa es su obra Huelga de masas, partido y sindicatos, escrita en 1906. Se apoya en la experiencia de las huelgas políticas de masas en Rusia, para combatir la enorme resistencia de los dirigentes socialdemócratas alemanes a cualquier forma de lucha que no fuese la rutina parlamentaria. Además somete a una crítica mordaz a los dirigentes de los sindicatos socialdemócratas que sumergían a la clase exclusivamente en las luchas cotidianas por las mejoras y renunciaban en la práctica a la huelga general como método de lucha contra la burguesía y escuela de aprendizaje, de cohesión y de fortalecimiento de la conciencia socialista de los trabajadores. Este tema había sido fuente ya de fuertes disputas en la dirección del movimiento. La vinculación entre las luchas económicas y las luchas políticas, la importancia de la huelga general como parte del proceso de aprendizaje de las masas en su camino a la revolución, etc. son algunos de los aspectos desgajados y exprimidos al máximo en esta obra.
A partir de febrero de 1917 la revolución rusa ocupó el centro de sus pensamientos. Estaba convencida, al igual que Lenin y Trotsky de que la revolución rusa estaba condenada al fracaso si el proletariado de otros países no acudía en su ayuda a través de la conquista del poder. De ahí su preocupación por que la revolución alemana no llegase a tiempo para "salvar" la rusa.
La revolución alemana llegó en noviembre de 1918, liberando de prisión a Rosa Luxemburgo. Una vez más Rosa jugó un papel de primer orden. Sin embargo, el pernicioso papel que la socialdemocracia alemana jugó directamente en el aplastamiento de la revolución alemana y su implicación directa en el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht han quedado grabados en la historia.
La campaña desatada contra los espartaquistas fue feroz, instando al asesinato de sus principales dirigentes. La debilidad de la organización de los "bolcheviques alemanes" en comparación con la fortaleza organizativa y política del partido bolchevique ruso marcó la diferencia entre el desenlace inmediato de uno y otro proceso.
Su legado
Las repercusiones políticas de la vida y la obra de Rosa Luxemburgo han sido tremendas. Reivindicada desde diversas esferas de la izquierda, sus ideas y sobre todo sus polémicas han sido desfiguradas y falsificadas en multitud de ocasiones.
El respeto con el que revolucionarios de la talla de Lenin, hablaban de Rosa Luxemburo, nos da una muestra del grado en el que los objetivos comunes primaban sobre las diferencias, como las que mantuvieron sobre la estructura interna del partido y el papel de las masas en el movimiento.
Dejemos hablar a Lenin al respecto: "un águila puede en ocasiones descender más bajo que una gallina, pero una gallina jamás podrá ascender a la altura que puede hacerlo un águila. Rosa Luxemburgo se equivocó en la cuestión de la independencia de Polonia, se equivocó en 1903 cuando enjuició al menchevismo, se equivocó (...) Pero a pesar de todas esas faltas, fue y sigue siendo un águila, y no solamente su recuerdo será siempre venerado por los comunistas de todo el mundo, sino que su biografía y la edición de sus obras completas representarán una valiosa lección para la educación de muchas generaciones de comunistas de todo el mundo" (Pravda nº 87, 16/4/1924).
Además del ejemplo de dedicación revolucionaria que dio con su propia vida, el legado de su obra es hoy, igual que ayer, necesario para el combate contra las ideas reformistas dentro del movimiento obrero, como se demuestra en Venezuela, donde de nuevo las viejas ideas del reformismo son una y otra vez repetidas por los nuevos Bernstein. Al igual que Rosa hacía, es el deber de todo revolucionario, estudiar la teoría marxista, luchar por alcanzar la total comprensión de la dinámica de los procesos, releer la historia, apropiarse de las lecciones del movimiento y construir la herramienta, la organización, el partido para finalizar la obra que Marx, Engels, Lenin, Trotsky y, por supuesto, Rosa Luxemburgo comenzaron: la transformación socialista
Beatriz García
La innegable actualidad de la URSS

“Querido compadre, seguramente también allí han oído hablar de bolcheviques, de mencheviques, de social-revolucionarios. Bueno, compadre, le explicaré que son los bolcheviques. Los bolcheviques, compadre, somos nosotros, el proletariado más explotado, simplemente nosotros, los obreros y los campesinos más pobres. Éste es su programa: todo el poder hay que dárselo a los diputados obreros, campesinos y soldados; mandar a todos los burgueses al servicio militar; todas las fábricas y las tierras al pueblo. Así es que nosotros, nuestro pelotón, estamos por este programa”.
(Carta de un soldado ruso a su familia campesina escrita a final de verano de 1917)
“El terror rojo nació del terror blanco. Los proletarios y los campesinos, poco inclinados a servirse de la espada, por su idealismo generoso y su inexperiencia del poder, aprendieron en la escuela del antiguo régimen y del capitalismo. Tiene algo de desconcertante la indulgencia de los vencedores para con los vencidos después de la caída de la autocracia, así como después de la insurrección de octubre. El líder ultrarreaccionario Purichkevich recobra tranquilamente la libertad después del octubre rojo. El atamán cosaco Krasnov, al que se ha cogido con las armas en la mano, recobra la libertad bajo palabra. Lo único que se hace con los junkers moscovistas, autores de la degollina de los obreros del arsenal del Kremlin, es desarmarlos… ¡Sólo al cabo de diez meses de luchas cada vez más encarnizadas, de complots, de sabotajes, de hambre, de atentados, de intervención extranjera, del terror blanco en Helsingfors, en Samara, en Bakú, en Ucrania, del atentado contra Lenin, se decide la revolución a descargar su hacha! ¡Y esto en un país en el que la autocracia había formado a las masas en la escuela de las persecuciones, de los latigazos, de la horca y de los fusilamientos en masa!”.
(Victor Serge: “El año I de la revolución rusa”)
“Durante la guerra civil menos de un tercio de la dieta de las ciudades provenía de las raciones proporcionadas por el estado; el resto de debía obtener de los llamados “hombres del saco”, que viajaban desde las aldeas para vender sus productos en las esquinas de las calles, desafiando a la Cheka. El mercado negro era una parte consustancial de la economía del período de guerra, y los obreros estaban decididos a suplir la insuficiencia de sus raciones mediante la venta ilegal de artículos hechos a mano o incluso robados. Los salarios monetarios perdieron prácticamente todo su valor: en 1921 la moneda se devaluó hasta un 0,006 por 100 del valor que tenía antes de la guerra. El objetivo de todos era la simple supervivencia física. La producción industrial registrada por las estadísticas oficiales bajó bruscamente: en 1921 el nivel productivo de la industria pesada se redujo a una quinta parte del registrado en 1913. Las fábricas de armamentos clave y las textiles eran las principales empresas que seguían funcionando. Sin embargo, el ejército rojo atacaba a los blancos principalmente con viejos suministros militares, y la disciplina laboral, pese a la introducción de una legislación cada vez más severa, era floja”.
( Robert Service: “Historia de Rusia en el siglo XX”)
1. PRESENTACION
2. MUNDIALIZACION E INTERNACIONALISMO
3. CONCIENCIA Y ECONOMIA: ¿DIRIGIR LA HISTORIA ?
4. DEMOCRACIA SOCIALISTA O BUROCRATISMO BURGUES
5. PLANIFICACION SOCIALISTA O IRRACIONALISMO BURGUES
1.- PRESENTACION:
¿Por qué resucitar ahora el debate sobre las causas del hundimiento de la URSS , del “socialismo realmente inexistente”, cuando la humanidad se enfrenta a una crisis “nueva”, una crisis que si bien recoge y multiplica las contradicciones fundamentales del capitalismo, sin embargo es “nueva” porque se le han añadido problemas estructurales que antes no tenían las gravedad actual, como el desastre medioambiental, el agotamiento de los recursos, el empeoramiento de la salud, et.? La respuesta es muy simple, porque la impresionante experiencia desarrollada por y gracias a la revolución bolchevique, y a toda la oleada revolucionaria mundial que le siguió, sacó a la luz muchos de los problemas actuales y, sobre todo y decisivo, el método científico-crítico, la praxis revolucionaria en cuanto tal, necesaria para lograr ahora que la humanidad escoja el camino que va al comunismo en vez del que nos hundirá en el caos generalizado.
En la charla-debate que tuvimos aquí mismo hace un mes sobre qué socialismo necesitamos para Euskal Herria, para garantizar nuestra independencia nacional como pueblo trabajador en un contexto imperialista quebrado por una serie de crisis y problemas que van agravándose, en aquella discusión topamos una y otra vez con la URSS y con todo lo que significó en su momento y lo que puede aportar en el presente. Ahora vamos a desarrollar exclusivamente aquellas cuestiones relacionadas con la URSS que tienen una actualidad práctica, que pueden servir como lecciones para nosotros y nosotras, pero en su contenido dialéctico y crítico, que no en forma de copia y calco dogmático.
Durante los más de setenta años que duró la URSS se acumularon múltiples experiencias que no podemos exponer aquí en su totalidad, así que vamos a resumir aquellas que consideramos más importantes, las que más pueden aportar a la solución de los problemas que ahora aquejan a la humanidad. La valía del método dialéctico se demuestra en su capacidad para descubrir lo que sigue teniendo de positiva la experiencia de la URSS en sus dos formas de expresión: lo positivo por cuanto se desprende de sus aciertos y avances innegables, y lo positivo por cuanto se desprende de una lectura crítica de sus errores y deficiencias y, al final, de su fracaso. Aunque son dos formas diferentes, nos conducen en realidad a lo mismo: mejorar nuestra práctica mediante la crítica constructiva de los aciertos y errores de otras luchas revolucionarias. Con respecto a la URSS , debemos aprender las muy presentes aportaciones del bolchevismo, sabiendo aplicarlas en el capitalismo de comienzos del siglo XXI, a la vez que evitamos, por fin, no repetir los nefastos dogmas de la casta burocrática posterior.
La URSS implosionó desde dentro, se hundieron sus pilares materiales y simbólicos porque estaban carcomidos por la degeneración burocráticas, aunque en la fase final de su existencia, las cada vez mayores presiones y ataques imperialistas multiplicaron su debilidad, su desplome fue debido a la interacción sistémica de una serie de crisis irresolubles desde que el poder soviético, los bolcheviques y los campesinos pobres que los apoyaban se debilitaron, perdieron poder y al final fueron aplastados por la victoria de la casta burocrática. Muy sintéticamente, fueron cinco grandes crisis internas las que al confluir en una sola desde mediados de los ’70 llevaron a la situación insostenible de los ’80, a la desesperada alternativa de la perestroika y a la implosión de comienzos de los ’90 propiciada por el grueso de la casta que dirigía al partido “comunista”, al Estado y al resto de instituciones.
Los cinco grandes bloques de problemas fueron estos: Uno, querer construir el socialismo con el recurso de instrumentos capitalistas sin tener en cuenta las advertencias negativas que al respecto ya planteaba la teoría marxista hasta entonces elaborada. Dos, querer controlar los peligros mortales por necesidad inherentes al recurso del capitalismo sin a la vez desarrollar la plena y total democracia socialista, sino sólo el poder de la casta que acaparaba más y más privilegios. Tres, rechazar la teoría bolchevique sobre las naciones oprimidas y recuperar el nacionalismo gran-ruso como cemento ideológico de la casta burocrática, a la vez que se recomponían lentamente otras fuerzas subjetivas conservadoras como el poder patriarcal, la sexualidad machista, el alcoholismo masivo y más tarde la religión, en medio de un marco de censura cultural y artística. Cuatro, llevar una política internacional que supeditaba las luchas y revoluciones en el mundo a los intereses de la URSS , reduciendo el internacionalismo bolchevique a mera goma maleable según las coyunturas y necesidades de la casta burocrática; y quinto, destrozar el marxismo en su misma esencia, la dialéctica, y a los marxistas que no aceptaban el poder burocrático para crear un “marxismo” tan amoldable a las distintas coyunturas como lo era la propaganda internacionalista.
Hablamos de cinco grande bloques de problemas porque no tenemos espacio para analizar en detalle cada una de las múltiples fisuras que fueron creciendo en la URSS desde sus primeros días de existencia, y que provenían, en buena medida, de las muy estremecedoras condiciones en las que nació. Las fisuras se transformaron en grietas, y éstas en fallas estructurales que minaban los cimientos revolucionarios y que se enredaban cada vez más como las raíces de un árbol en pudrimiento, infectándose unas a otras, hasta deshacerse todas ellas en el subsuelo. Sin raíces vivas, el árbol se pudrió por dentro, siendo empujado en su caída por los golpes terribles de sucesivos ataques imperialistas. Hubo intentos por evitar el desastre, por corregir errores y por experimental soluciones, pero desde el “gran debate” de mediados de los ’20, todas las alternativas se caracterizaron por respetar la enfermedad misma, sin combatirla, el poder de la burocracia.
Pese a esto, y como veremos, la actualidad de la URSS es innegable. Más aún, es cada día más actual y viva porque sus logros, méritos y conquistas iniciales siguen siendo un foco de luz potentísima que llega hasta el interior de las contradicciones del modo de producción capitalista, mostrando que no existe salida alguna mientras no se supere históricamente la propiedad privada de las fuerzas productivas.
En síntesis, la actualidad de la URSS se confirma porque en cada uno de estos bloques de problemas, y en todos ellos como unidad, hubo serios y enriquecedores debates teóricos dentro de los bolcheviques, entre los bolcheviques y otros marxistas no rusos y entre los viejos bolcheviques y la nueva casta burocrática. La historia del marxismo desde 1917 en adelante exige comprender esas discusiones, pero lo fundamental es que siguen aportando elementos imprescindibles para el presente y el futuro.
2.- MUNDIALIZACION E INTERNACIONALISMO
En este sentido es necesario dejar sentado desde el principio de este segundo debate que, en realidad, la experiencia bolchevique fue una guerra revolucionaria de liberación nacional, algo que ha sido obsesivamente ocultado por la tergiversación stalinista posterior, y por las corrientes que de algún modo ha menospreciado o minusvalorado la importancia de las luchas de liberación nacional. Desde finales de 1917, pero especialmente desde comienzos de 1918, los bolcheviques empezaron a tomar conciencia de que la revolución sólo podía sobrevivir si además de un conjunto de medidas radicales se reconocía oficialmente que era una lucha a vida o muerte por lo que denominaron la “patria socialista”, especialmente aquél celebérrimo comunicado de urgencia, redactado en el Moscú a punto de ser ocupado por los ejércitos contrarrevolucionarios zaristas e imperialistas, comunicado que llevaba el expresivo título “La patria socialista en peligro” y que llamaba a la desesperada movilización total para vencer al capitalismo.
Naturalmente, se trata de una “patria” opuesta irreconciliablemente a la burguesa porque, por un lado, las clases oprimidas son ahora las propietarias de las fuerzas productivas, de la nación; y por otro lado, porque se trata de una nación diferente ya que ha dejado de oprimir y ocupar a otras naciones, a otros pueblos, sino que les ha reconocido su derecho a la independencia, si así lo quieren, y ha aceptado de facto, en la práctica, esa independencia; más aún, como algunas naciones, como en Finlandia, por poner su solo caso, su independencia nacional, la independencia finesa fue apoyada activamente, con las armas en las manos, por los soldados bolcheviques que lucharon hasta morir en la defensa de la “comuna de Helsinki”, capital de la “patria roja” finlandesa, con su “independencia obrera” atacada por las fuerzas criminales de la burguesía finlandesa que nunca había luchado decididamente por la libertad de su país.
La “Patria socialista en peligro” era esencialmente internacionalista y defensora práctica de las independencias de otros pueblos. Semejante paso histórico en la práctica de una democracia cualitativamente opuesta a la burguesa, y sobre todo al modelo imperialista del Presidente norteamericano Wilson que en esa misma época había hablado de un “derecho de autodeterminación” ideado para facilitar la expansión económica, política, militar y cultural de los EEUU, ese avance bolchevique sin el cual la revolución hubiera sido aplastada mediante un genocidio implacable, es de una actualidad aún mayor ahora que entonces ya que si analizamos una a una todas las luchas que en estos momentos se enfrentan de algún modo al imperialismo, todas ellas nos conducen por diversas vías, directas o indirectas, siempre al problema decisivo de la independencia práctica de las naciones saqueadas y explotadas por el capitalismo mundializado, y especialmente por los EEUU y la UE.
La concepción bolchevique de la “patria socialista” es especialmente valiosa en la actualidad para intentar solucionar las muy justas reivindicaciones históricas de las naciones originarias, de los pueblos llamados “ancestrales” que en todos los continentes colonizados por el imperialismo eurocéntrico han visto cómo era destrozados sus territorios históricos, sus sistemas de relaciones mutuas internacionales, etc. La admirable capacidad con la que los bolcheviques destrozaron las fronteras externas e internas zaristas, reconocieron los derechos nacionales y, en especial, por primera vez, reconocieron la importancia de las tribus, etnias, pueblos y naciones preclasistas y precapitalistas, así como a la cultura y la religión musulmana, etc., sentando las bases de una resoluciones futuras que, de haberse producido tal cual se bosquejaron al inicio, hubiesen ahorrado dolores sin fin; este logro inseparable del concepto de “patria socialista” tiene ahora, como decimos, una actualidad multiplicada y aplicable a todo el planeta.
Pero allí donde no existen naciones oprimidas, es decir, en los pocos Estados que no oprimen nacionalmente a pueblos dentro de sus fronteras, o que no saquean mediante el expolio imperialista a pueblos situados en otros continentes, en estos pocos Estado ahora también es más urgente que en 1918 la consigna y el logro de la “patria socialista”. La razón es muy simple: conforme el capitalismo de comienzos del siglo XXI obliga a las burguesías débiles a aceptar aún más las exigencias de las fuertes, creándose bloques imperialistas más amplios y numerosos que los anteriores, en esta medida tienden a aparecer nuevas formas de marginación y opresión nacional, además de las ya existentes, dentro de esos bloques.
La decidida obediencia de las burguesías débiles hacia las fuertes agudiza las separaciones de clase dentro de esos Estados secundarios, porque son sus masas trabajadoras las que pagan las consecuencias de la larga cadena de explotación. De este modo, los pueblos que no sufrían hasta entonces opresión nacional en su forma clásica, empiezan a sufrir ahora una nueva forma de supeditación y explotación por parte de las burguesías hegemónicas dentro de ese bloque imperialista. En estas nuevas realidades, la reivindicación de la “patria socialista” adquiere dos maneras de expresión: hacia dentro del propio Estado, y hacia fuera, hacia el bloque imperialista, en nuestro caso la Unión Europea , en donde se plantea un modelo de solidaridad interestatal e internacional radicalmente diferente, socialista en vez de imperialista.
Solamente la ceguera nacionalista más fanática, sea de derechas o reformista, y también de “izquierdas”, puede negar que el imperialismo actual ha exacerbado hasta lo insufrible la tendencia objetiva de las primeras formas del imperialismo tan bien teorizadas por los marxistas de comienzos del siglo XX, y en especial las que se refieren a la opresión de los pueblos, a la expansión del capital financiero y a la militarización del capitalismo. Ahora, como entonces, el espacio material, el territorio físico resulta ser a la larga el espacio imprescindible para asegurar la propiedad privada burguesa, los beneficios obtenidos y, desde ahí y gracias a las fuerzas del Estado y de otras instituciones burguesas que garantizan todo ello, localizar la acumulación y protegerla y después facilitar su expansión mediante la penetración en otros territorios, en otros mercados, o mediante su conquista militar.
A comienzos del siglo XX eran los grandes Estados entonces establecidos --Alemania, Gran Bretaña, Estado francés, EEUU, Japón, etc.-- los que realizaban estas funciones. Ahora, un siglo después, la ley de la acumulación y centralización de capitales, la tendencia a la financierización creciente para detener la tendencia a la caída de la tasa media de beneficios y otras medidas burguesas que actúan en el mismo sentido, estas y otras contradicciones capitalistas, hacen que los Estados citados que hace un siglo actuaban relativamente en solitario, se hayan extendido geográficamente, controlando a otros Estados más débiles y creando bloques imperialistas estructuralmente coherentes, que no existían antes.
Pero el problema de la ocupación física del territorio sigue siendo exactamente el mismo, en lo esencial, ahora que entonces. Una de las muchas cosas que ha demostrado la actual crisis capitalista mundial es la mentirosa falsedad de toda la propaganda e ideología burguesa de hace muy pocos años, de ayer mismo, sobre el supuesto triunfo definitivo de la “economía inmaterial”, de lo “intangible”, de la “inteligencia”, de la “nueva economía”, del llamado “capitalismo cognitivo”, del “cibercapitalismo”, sobre la economía material, productiva, la que vive bebiendo la sangra y respirando la psique, consumiendo la personalidad entera, de la fuerza de trabajo humana. Y al final, cuando fallan todos los recursos explotadores previos, cuando la resistencia es tenaz y creciente y debido a ella se reducen los beneficios imperialistas, entonces sólo queda al capital y a su Estado invadir el territorio rebelde, el que fuera, desde una fábrica o un universidad recuperada por los obreros y estudiantes, o los campos por los campesinos, hasta una nación entera que mantiene su independencia y se niega a ser engullida por el atacante imperialista.
La consigna bolchevique de “patria socialista”, adquiere ahora mismo una urgencia incuestionable porque es la única consigna que convenientemente adaptada y concretada en cada lucha particular plantea al desnudo la cuestión clave: quién tiene el poder, qué poder se tiene, y para qué y cómo se usa ese poder. El imperialismo no puede tolerar un segundo la existencia de poderes socialistas que sean, además de un ejemplo y por ello mismo, la demostración práctica de que es posible vencer al monstruo y construir un mundo mejor. Las potencias colonialistas de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX no podían permitir el asentamiento de la república antiesclavista y antioccidental de Haití. La alianza imperialista franco-alemana no podía permitir la Comuna de París de 1871.
El imperialismo mundial no podía permitir la revolución bolchevique de 1917 y las posteriores. ¿Y China Popular, Corea del Norte, Palestina, Cuba, Argelia, Vietnam, Chile, República Árabe Saharaui, Argentina, Nicaragua, Guatemala, Venezuela, Iraq, Afganistán, Bolivia… por citar unas pocas experiencias triunfantes, estancadas o fracasadas contra las que el imperialismo ha empleado y emplea masivamente todas sus fuerzas destructivas con la finalidad de aplastar su independencia práctica?
Sin embargo, esta consigna fue tergiversada para favorecer no el internacionalismo proletario sino los intereses de la casta burocrática que terminó apoderándose de los resortes del poder en la URSS , como veremos. La preocupación por las luchas de los pueblos y por el internacionalismo están presentes en el bolchevismo desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la tenaz resistencia del pueblo chino a la invasión zarista impresionó a Lenin. Con la revolución de 1905 la cuestión de las nacionalidades cobró más importancia, y volvió a la palestra con más fuerza a finales de 1912 y en 1913. Pero no fue hasta la guerra del año siguiente, y hasta cuando los estudios en profundidad por varios marxistas sobre el imperialismo, que Lenin escribió su obra sobre El Imperialismo… en 1916, cuando se concreta definitivamente lo esencial de la visión bolchevique en su aspecto teórico-abstracto.
Si la revolución bolchevique sobrevivió en sus años más duros fue gracias a la confluencia de cuatro factores: la alianza entre el proletariado y el campesinado pobre; la participación de las naciones oprimidas por el zarismo que optaron por la solidaridad internacionalista con el bolchevismo desde su nueva independencia de clase; la solidez y arraigo de los bolcheviques y de los sectores de izquierda que les apoyaban, y la debilidad de muchos imperialismos que invadieron la URSS pero que estaban cansados internamente por la guerra de 1914-18, con fuertes tensiones sociales en su interior, así como por la expansión de una oleada revolucionaria dentro de Europa. Como vemos, las cuestiones nacionales, el internacionalismo y el derecho de autodeterminación actuando dialécticamente fueron decisivas para la victoria revolucionaria.
Hasta 1922, aproximadamente, la totalidad de los bolcheviques estaban de acuerdo con esta realidad constatada. Pero fue en esa época cuando comenzó a coger fuerza de manera incontrolable la burocratización de las instituciones y del partido, que había empezado antes, y uno de los cánceres que se expandieron con esta plaga fue el renacimiento del nacionalismo gran-ruso con argumentos diferentes a los zaristas pero igual en el fondo: la necesidad de supeditar los derechos de las naciones periféricas a las “necesidades revolucionarias” tal cual se definían desde Moscú.
Sin la acuciante necesidad de aunar fuerzas contra la reacción que avanzaba, con la tranquilidad relativa de la victoria militar y de la recuperación económica propiciada por la NEP en su comienzo --como veremos luego--, con una “nueva” militancia de reciente entrada en el partido --como veremos luego--, ahora, un sector creciente del bolchevismo empezó a aceptar una “centralización técnica” que si bien no debía mermar los derechos nacionales y las independencias conseguidas, en la práctica las reducía de forma gradual.
Entre 1922 y 1923 la expansión del nacionalismo gran-ruso se realizó de la mano de la expansión de la casta burocrática y viceversa. La revolución bolchevique, que desde antes de triunfar siempre había afirmado que su futuro dependía de la victoria de la revolución europea, empezaba a ver cómo ésta era derrotada, se retrasaba y retrocedía. Los bolcheviques siempre habían sido conscientes de que para avanzar al socialismo hacía falta disponer en las capacidades productivas alemanas y europeas en general, muy superiores a las rusas. La revolución exige, antes que nada, la participación masiva de la gente explotada, y eso exige que con el nuevo poder obrero se reduzca al máximo posible el tiempo de trabajo necesario y se amplíe al máximo posible el tiempo de ocio, de libertad, para que las clases explotadas intervengan diariamente en las decisiones políticas. La Rusia zarista no disponía de fuerzas productivas suficientes como para garantizar la educción de las horas de trabajo y el aumento correspondiente de las horas de libertad para la acción política constante y consciente.
La recuperación del nacionalismo gran-ruso se hizo bajo este retroceso y sensación de soledad y aislamiento. Pero también, y en esto hay que ser muy preciso por cuanto muestra la importancia de la autonomía y duración en el tiempo de los factores subjetivos, tal recuperación fue debida a la propia fuerza e inercia de la ideología nacionalista opresora, del nacionalismo del Estado opresor, capaz de recomponerse y de contraatacar aunque el Estado hubiera sido destruido en buena medida. Hay que decir lo mismo de la fuerza de recuperación del patriarcado, de la ideología y práctica de la explotación de la mujer, que al principio retrocedió en derrota tras derrota por el empuje revolucionario de la mujer pero que a los pocos años empezó a recuperarse bajo nuevas formas, como el nacionalismo gran-ruso. Con tiempos más largos o cortos según los casos, ha sucedido igual con la recuperación del opio religioso.
Marx y Engels ya habían advertido de la fuerza reaccionaria de todo este mundo “del pasado” sobre la conciencia de los vivos; Lenin fue tomando cada vez más amarga y alarmada conciencia de ello, aunque llegó tarde, y también otros bolcheviques y marxistas de diversas corrientes que habían estudiado críticamente el psicoanálisis, pero fueron silenciados y reprimidos por la burocracia en ascenso. Sin profundizar ahora en lo relacionado tanto con el “factor subjetivo” cómo con el denominado freudo-marxismo, hay que decir que la prohibición de profundizar en todas estas cuestiones fue, por un lado, una de las causas que explican el fracaso de la burocracia stalinista para comprender en su momento qué era el fascismo y el nazismo, su verdadero peligro; y, por otro lado, dejar en manos de la burguesía todo el impresionante universo de la estructura psíquica de masas, fácilmente manipulable desde el poder capitalista. En buena medida, la desaparición práctica de los partidos comunistas oficiales, ideológicamente atados al stalinismo, tiene en aquella prohibición una de las causas de sus fracasos irreversibles.
El nacionalismo gran-ruso, al que Lenin se enfrentó de manera absoluta, desesperada y total al final de su vida, una vez que comprendió que ya era una de las lacras mortales de la revolución, junto con la burocracia a la que odiaba a muerte, fue reconquistando el poder ideológico, cultural y político dentro y fuera de la URSS. Dentro mediante la centralización de todos los recursos en Moscú y mediante el vaciamiento de los poderes de las culturas, etnias, pueblos y naciones no rusas, hasta quedar aquellos en una cáscara hueca vaciada muy frecuentemente con gran dureza represiva.
Fue este retroceso el detonante del enfrentamiento entre Lenin y Stalin, que llevó al primero al pedir la destitución del segundo de los cargos que ocupaba. Fuera, el nacionalismo gran-ruso se presentó con el ropaje de la “patria del socialismo” atacada por el capital mundial, que el resto de naciones y pueblos del mundo debían defender a cualquier precio, sacrificando sus propias revoluciones socialistas en aras de la rusa, posponiendo sus conquistas independentistas y revolucionarias para no dar excusas al imperialismo en sus ataques a la URSS.
Es innegable que la URSS ayudó económica, militar y políticamente a muchas luchas de liberación, y que cientos de millones de seres humanos mejoraron sus condiciones de vida, su educación y su libertad, gracias a esas ayudas. No es menos cierto, sin embargo, que en el cómputo global as ayudas estuvieron, primero, dentro de una estrategia de contención de esos conflictos buscando dirigirlos hacia pactos con la denominada “burguesía nacional” para, así, realizar la “revolución democrático-burguesa y antiimperialista”, fase primera y obligada; una vez conquistada la “democracia”, podría avanzarse hacia la “segunda fase”, la específicamente socialista, pero nunca antes.
Este esquema mecánico y lineal ha sido desastroso, y todas las luchas revolucionarias de liberación que han triunfado lo han hecho yendo en contra de las directrices de Moscú, superándolas. Y segundo, la URSS frenó deliberadamente la lucha revolucionaria en el interior del capitalismo imperialista, o “desarrollado”, abandonó a su suerte condenada a otras luchas decisivas, y respetó a pies juntillas sus acuerdos secretos con el imperialismo, primero con el nazi y luego con el norteamericano.
Para finales de los ’20 y comienzos de los ‘30, la “patria del socialismo” ya no era la “patria socialista en peligro” de verano de 1918, era otra cosa que analizaremos más adelante. Como su propio enunciado indica, la “patria del socialismo” da a entender de manera casi tajante que el socialismo verdadero en los años ’30 sólo existía en la URSS , mientras que el enunciado de la “patria socialista en peligro” es menos contundente: la URSS de verano de 1918 era una “patria socialista” pero no “la del socialismo”. Podían y deberían existir gracias a las luchas de otros pueblos tantas “patrias socialistas” como se fueran conquistando y construyendo.
La duda surge cuando nos preguntamos ¿cuántas “patrias del socialismo” pueden coexistir? Las tensiones y conflictos armados entre la URSS y China Popular, o las guerras entre China Popular y Vietnam, o entre Vietnam y Camboya, por ejemplo ¿fueron guerras entre “patrias del socialismo”? ¿o entre “patrias socialistas”? No se trata de un juego de palabras porque ¿qué “socialismos” eran que se enfrentaban en campos de batalla?
La única forma de salir de este galimatías abstruso, pero de terribles efectos sobre la emancipación humana por cuanto refleja contradicciones objetivas, es comprender que en 1918 los bolcheviques tenían razón en definirse como “patria socialista en peligro”; que luego la burocracia tergiversó totalmente el contenido y la forma de la “patria socialista” al imponer un “socialismo” diferente y al monopolizarlo; que más tarde surgieron revoluciones que degeneraron en el mismo sentido burocrático y que por las mismas razones necesitaron apropiarse en exclusiva del concepto de socialismo, pero terminaron chocando militarmente entre ellas; y que, por último, de lo que se trata es de volver al modelo inicial bolchevique de la “patria socialista” a secas, que puede y debe convivir según los parámetros internacionalistas con otras “patrias socialistas” --que no “del socialismo”-- en una dinámica de avance al comunismo, fase histórica en la que los Estados hayan desaparecido, y en la que las culturas e identidades nacionales adquirirán contenidos inimaginables desde la idiotez ideológica burguesa actual.
El nacionalismo gran-ruso fue el cemento ideológico que soldó internamente las irresolubles contradicciones e incoherencias teóricas que surgieron cuando la casta burocrática impuso la tesis del “socialismo en un solo país”, tesis antagónicas con el marxismo en sí y con todo lo que habían sostenido los bolcheviques hasta entonces. La única forma de dar una pátina de “marxismo” a esta tesis era desde la falsa visión previa del nacionalismo gran-ruso. Creado semejante engrudo dogmático, desde finales de los ’20 la burocracia fue imponiendo en la medida de sus fuerzas a las luchas revolucionarias en el mundo salidas negociadas con sus correspondientes burguesías, buscando con ello que éstas apoyasen a la URSS o no le atacasen. Los ejemplos son tantos y tan tremendos que no podemos resumirlos aquí. A la vez, se destrozó la teoría marxista del Estado y se creó otra antagónica en la que el “socialismo” no era sino un producto del accionar del Estado. De este modo, surgió una adoración burocrática al Estado como el demiurgo del socialismo imposible de explicar teóricamente desde el marxismo.
Por último en esta cuestión, el culto al Estado y al nacionalismo gran-ruso fue reforzado con una decapitación mecanicista y eurocéntrica el materialismo histórico, excomulgando como “error” las impresionantes potencialidades teóricas y prácticas que se abrían en los rigurosos estudios de Marx sobre otros modos de producción precapitalistas como el “asiático”, el “incaico”, el “germánico”, etc.; sobre el papel de las comunidades campesinas precapitalistas, sobre etnología y formación del lenguaje, la cultura, la tierra comunal, la guerra y la propiedad privada. Resultó de todo ello una visión del futuro ineluctable en el que las clases y naciones del mundo debían cumplir mecánicamente los pasos seguidos por la URSS , supeditando su liberación a las directrices de Moscú. Para imponer tal interpretación de la historia, la burocracia no dudó en recurrir a los métodos más contrarrevolucionarios como, además de las purgas internas, también la colaboración directa con fuerzas represivas burguesas, fascistas o “democráticas”, pasándoles listas de las organizaciones revolucionarias no fieles a Moscú para que fueran aplastadas.
La actualidad de la URSS , dialécticamente estudiada, es sobrecogedora en estas cuestiones y en estos momentos en los que a la crisis capitalista se le enfrentan desde las naciones originarias despreciadas por el stalinismo hasta las clases trabajadoras de pueblos que siguieron este modelo sin crítica alguna repitiendo fracasos y derrotas, derrotas y fracasos. Como hemos dicho arriba, no se trata de la tarea antidialéctica e idealista de, como los cristianos, “separar el trigo de la paja”. Se trata de aprender de las decisivas aportaciones para el presente de la revolución bolchevique mientras fue bolchevique, y de no repetir ni aplicar los dogmas de la casta burocrática que se levantó sobre la extinta revolución bolchevique.
3.- CONCIENCIA Y ECONOMÍA: ¿DIRIGIR LA HISTORIA ?
Cuando el campesino soldado escribió en la carta a sus familiares arriba citada que las fábricas y los campos debían ser para quienes las trabajan, para el pueblo, estaba a la vez sintetizando los sueños utópicos de la humanidad trabajadora y las más modernas y científico-críticas innovaciones realizadas por el marxismo, por el bolchevismo. Casi un siglo después, ahora mismo, la defensa o la recuperación de los campos, de los bosques, de los desiertos y de los océanos, de la naturaleza, de los códigos genéticos, de la salud, del aire, de la cultura y del arte, de las fábricas, de las empresas, de las infraestructuras, de los bancos, de las armas y de los arsenales, de las sexualidades y de los afectos, de la vida misma privatizada por la burguesía, dar la vuelta a todo esto, devolver al pueblo lo que es sólo del pueblo, es decir, todo porque todo surge del trabajo humano o depende ya de la conciencia revolucionaria para no ser convertido en mercancía y valor de cambio, lograrlo se ha convertido en una exigencia ineludible. Como nunca antes en la historia humana, la URSS bolchevique llevó a cabo en la medida en que pudo y en que le dejaron, la teoría marxista tal cual ésta había podido desarrollarse hasta eso momento.
Llegamos así a la decisiva y más grande aportación de la URSS a la historia y al futuro de la humanidad. Las consignas de “patria socialista en peligro”, “ todo el poder hay que dárselo a los diputados obreros, campesinos y soldados”, y “todas las fábricas y las tierras al pueblo”, no podían existir en los hechos, ni pensarse en la teoría, sin la afirmación marxista de que la historia puede tener y tiene un sujeto consciente que la guíe por entre las complejidades de sus recovecos y las crueldades asesinas de las clases propietarias de las fuerzas productivas. Hasta el marxismo, la historia era el efecto de las voluntades y caprichos del destino, de los poderes malignos, de los espíritus, dioses y de los grandes hombres, héroes, reyes y caudillos y líderes bienintencionados o dictatoriales, pero nunca de las masas, de las mujeres y hombres concretos. Hasta el marxismo, la historia era, además de incognoscible en última instancia, efecto de fuerzas incontroladas e incontrolables. Las utopías intentaron conducir la historia según ideas preconcebidas, o siguiendo la lógica del Espíritu, de la Idea.
Los bolcheviques, como otros marxistas, rechazaron estas creencias y sostuvieron que la historia puede dirigirse conscientemente hacia un futuro mejor, hacia la reducción del tiempo de trabajo explotado e inhumano y hacia el aumento del tiempo propio, libre, de trabajo creativo no esclavizado por la dictadura del salario. La teoría juega un papel clave en esta praxis y por eso los bolcheviques defendieron que no podía haber revolución sin teoría revolucionaria, la cual, a su vez, ha surgido de la práctica revolucionaria anterior y presente. Uno de los requisitos necesarios para dirigir conscientemente la historia es controlar la irracionalidad del mercado y la ley del valor-trabajo hasta lograr su extinción histórica definitiva. Dominar, reducir y extinguir paulatinamente la irracionalidad del mercado y la ley del valor-trabajo requiere de forma ineludible y objetiva, en el sentido fuerte de la palabra, el más amplio y concreto ejercicio de la democracia socialista.
La burguesía rechaza esta visión marxista. De hecho ninguna “teoría” económica burguesa se ha creado y aplicado como con plena consciencia teórica, sino que todas ellas lo han sido sólo después de que los hechos socioeconómicos hubieran sentado las bases para ello. Es decir, el capitalismo real va por delante de la historia oficial y de la economía-política burguesa. El saqueo pirateril, el comercio a larga distancia, la trata de esclavos, las invasiones esquilmadoras, la sobreexplotación de los campesinos, las protecciones a los mercados urbanos, la inquietud por el agotamiento de la rentabilidad de la agricultura, etc., todo esto se practicaba antes de que surgieran las “teorías” mercantilistas y fisiocráticas. Los “economistas clásicos” burgueses, elaboraron sus ideas cuando ya eran irreversibles los problemas planteados por la primera industrialización británica, y lo más significativo es que detuvieron sus investigaciones cuando llegaron al borde del origen de la plusvalía.
Los “economistas neoclásicos” o “marginalistas” o “liberales”, echaron marcha atrás ante la realidad de la explotación obrera, rechazaron la objetividad de la producción material y se hundieron en el pantano de los deseos subjetivos del consumidor individual. Para cuando los keynesianos se integraron en algunos gobiernos burgueses, otros ya habían aplicado buena parte de sus “descubrimientos” sin ponerles apellidos. En su afán por vencer a la revolución socialista, la dictadura pinochetista aplicó salvajes medidas denominadas “neoliberales” que no eran sino una adaptación del “marginalismo” y del individualismo básico de la “economía clásica” elaborada desde el último cuarto del siglo XVIII. Ahora, el capitalismo busca un híbrido entre neoliberalismo y keynesianismo para intentar salir de su crisis.
Esta experiencia innegable muestra que la burguesía ni quiere ni puede dirigir la historia desde una perspectiva consciente y premeditada. Muchos intelectuales progresistas divagan sobre el “fracaso de la modernidad” (¿?) diciendo que ésta no ha cumplido sus promesas de “igualdad, justicia y fraternidad” y de “progreso”. De hecho, se refieren a algunos burgueses revolucionarios que aunque hablaban del “ciudadano” sólo se referían a las clases ricas, a otros burgueses, despreciando a las clases trabajadoras, a las que reprimían y trataban a golpes, negándoles derechos elementales sólo permitidos a los propietarios. La burguesía sólo piensa en sí misma, y apenas lo hace con un idea de clase y de nación sino únicamente cuando está en peligro por la lucha popular. En estos casos, el grueso de la burguesía se somete a la fracción más poderosa, pero buscando siempre satisfacer los intereses individuales de cada burgués. Impelido por el canibalismo mutuo, por la ley de la competencia de precios y de costos, cada burgués sueña con aplastar a su competidor y quedarse con su negocio.
Para lograrlo debe racionalizar su negocio lo más posible, disminuyendo gastos y aumentando ganancias, reduciendo el tiempo total, etc.; pero una cosa es la racionalidad relativa de cada burgués y otra de el resultado último del capitalismo en su conjunto, de modo que la suma de las racionalidades aisladas termina en una irracionalidad total. El momento crítico de la irracionalidad total desplegándose con su poder destructivo, es el momento de la crisis socioeconómica, momento crítico que puede durar años y que confirma que el capitalismo no puede, ni sabe ni quiere dirigir la historia para obtener objetivos colectivos y justos. Su incapacidad para dirigir la historia conscientemente queda demostrada de forma irrefutable con el estallido de las guerras interimperialistas y contrarrevolucionarias. Otro ejemplo de su fracaso es su impotencia para detener la catástrofe medioambiental que se está extendiendo por el planeta.
De hecho, la burguesía creyó a comienzos de los ’90 del siglo XX que, por fin, había dado con la piedra filosofal que le garantizaba la vida eterna. Al desaparecer la URSS y el “socialismo realmente inexistente”, el imperialismo creyó, primero, que el movimiento revolucionario mundial estaba definitivamente vencido; segundo, que los nuevos mercados a su disposición con decenas de millones de seres indefensos y vencidos a su entera disposición le garantizaban una inacabables ganancias económicas, lo que le permitiría recuperar su tasa media de beneficios; y, tercero, que este reforzamiento súbito desanimaría a otros imperialismos en ascenso, como la UE , a competir con los EEUU. Nada de esto ha ocurrido, sino al contrario.
Pocas veces en la historia, tanta euforia ha sido tan rápidamente desbaratada por los acontecimientos, en especial por la capacidad de lucha de las clases y naciones oprimidas del mundo. Teniendo todas las bazas a su favor, el imperialismo no ha podido aumentar su tasa media de beneficios, no ha podido derrotar al movimiento revolucionario, no ha podido mantener el orden interimperialista y, como síntesis, no ha evitado la crisis sino que la ha agravado con su irracionalismo. La burguesía no puede dirigir la historia de manera consciente porque es la ley del valor-trabajo la que le dirige a ella.
La ventaja cualitativa del socialismo en esta cuestión ha quedado también demostrada por la historia pese a la extinción de la URSS y de su “área de influencia”. Para entender lo que sigue debemos intentar mirar con cierta frialdad el proceso histórico en su conjunto, y no dejarnos llevar ni por la propaganda capitalista ni por la angustiada situación actual de la humanidad, que bordea el abismo de una crisis de alcance y gravedad desconocidas hasta ahora. Desde esta perspectiva, debemos entender dos cosas incontrovertibles: una, que las revoluciones obreras y campesinas, que las guerras de liberación nacional, que las luchas sociales de todo tipo, especialmente de las mujeres y de las minorías étnicas oprimidas pero también de otros muchos colectivos explotados y dominados, estas luchas han logrado más conquistas y mejoras, y más derechos de todo tipo desde finales del siglo XVIII que lo logrado por la burguesía desde que irrumpió como clase con embrionaria conciencia de sí a finales del siglo XIII en el norte de Italia.
Y dos, que en esta especie de examen histórico con resultados favorables a la humanidad oprimida que ha aplicado tesis que se inscriben dentro de la corriente que se inicia en el socialismo utópico y llega al presente; y otra, que de entre todas las luchas habidas, la de la URSS destaca con brillo propio, aunque conforme pasa el tiempo aparecen otras luchas con méritos tan destacables, como la de Cuba, por ejemplo. La voluntad de dirigir conscientemente la historia por caminos de justicia, en vez de dejarla que se precipite a la crisis y al caos por el irracionalismo burgués, esta voluntad es una de las razones que explican la superioridad práctica de la corriente que surgió desde el socialismo utópico en adelante.
Esta perspectiva histórica nos permite calibrar las dificultades y deficiencias iniciales de la URSS ; sus inmensos logros; su degeneración posterior y sus intervenciones contrarias al marxismo, con los efectos negativos sobre el proceso revolucionario mundial y, al final, comprender que las causas últimas de su fracaso fueron más internas que externas, debidas a la lógica inherente y ciega de la tendencia de la casta burocrática dominante a dar el paso a nueva clase burguesa reinstaurando la propiedad privada. A la vez, nos permite comprender lo que ha aportado la URSS a nuestra especie porque su existencia no fue un hecho aislado, una especie de singularidad irrepetible, sino un paso más en la larga historia de la emancipación social y de la muy corta historia de las revoluciones comunistas.
Del mismo modo, por marxismo debemos entender mucho más que la obra concreta de sus dos fundadores clásicos, sino que es una teoría de la revolución comunista que va enriqueciéndose con las experiencias concretas, que va complejizándose y diversificándose a partir de una especie de tronco básico del que salen ramas de diversas formas, entrelazadas muchas de ellas, otras diferentes en sus formas externas, algunas de las cuales se han marchitado y caído ya, otras son válidas y otras nacerán en respuesta a nuevas necesidades. Las raíces del tronco común arraigan en lo más profundo del dolor y del padecimiento humano, de la explotación y de la injusticia, así mientras estas realidades sigan existiendo el tronco marxista seguirá vivo renovándose cada primavera de nuevas revoluciones.
La actualidad de la URSS tiene, además, otras razones que la explican, relacionadas con las anteriores, que serían suficientes por sí mismas. De entre ellas, destacamos en primer lugar la que se refiere a la necesidad de controlar el irracionalismo del mercado y los peligros mortales inherentes a la ley del valor-trabajo. La incapacidad burguesa para dirigir conscientemente la historia está en la base del poder omnívoro e insaciable que tiene el capital para acumular y ampliar su beneficio. Si no puede hacerlo por los métodos “normales” recurre a los “anormales”, como, generalmente, volcarse en el capital financiero para obtener lo beneficios que no logra en el industrial y en el comercial, o para no perder tanto en caso desesperado. Semejante “solución” transitoria ya fue descubierta y teorizada por Marx pero sin poder profundizar en ella por limitaciones de información. El sobredimensionamiento del capital financiero fue una de las causas fundamentales de la crisis de octubre de 1929, y su descontrol absoluto ha sido el detonante de la crisis actual, aunque en ambas situaciones actuaba por lo bajo la lenta o rápida caída de la tasa media de beneficios.
La expansión del poder económico y político del capital financiero, si bien ha gozado en sus últimos tiempos de una pujanza arrasadora, venía de antes. Hay que decir que una de sus primeras fase expansivas durante el denominado “capitalismo tardío”, de decir, la forma desarrollada a partir de los ’60, fue la de conceder grandes préstamos a bajo costo a las burguesías del “tercer mundo”. La acumulación de “petrodólares” en la banca norteamericana y luego en el resto, capitales excedentarios que se encontraban cada día con más dificultades para ser invertidos en industria y servicios, fue solventada por su préstamo masivo a los países “en vías de desarrollo”.
De inmediato, los imperialismos en ascenso, pero sobre todo los EEUU, se percataron de que esos préstamos bancarios podían ser --fueron, son y seguirán siéndolo-- “cadenas de oro”, recurriendo a Marx, que ataban de forma atroz a los pueblos endeudados con los prestamistas. Las “cadenas de oro” se forman al ampliarse los préstamos a bajo interés, al empezar a no poderlos pagar los pueblos endeudados por la codicia de sus explotadores internos, al recurrir de nuevo estos ladrones a otros préstamos para pagar los sobrecostos de los retrasos y las nuevas deudas, y así se acelera la caída en el abismo de la denominada “deuda externa” impagable durante generaciones.
Y aunque hemos hablado sobre cómo estas “cadenas de oro” se soldaron a partir de los ’60 del siglo XX, podemos descubrir sus rastros anteriores hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX, sobre todo cuando imperios en decadencia como el turco, el ruso, y el chino, se endeudaron cada vez más con los grande bancos británicos, norteamericanos, alemanes, franceses, etc., de modo que al no poder pagar sus deudas fueron sometidos a implacables exigencias capitalistas. De hecho, cuando Marx definió como “cadenas de oro” a los crecientes préstamos que las cajas de ahorro daban en su época a las empobrecidas familias obreras y pequeño burguesas, acertó al decir que esas deudas contraídas, además de aumentar, encadenaban a las atemorizadas familias al sistema explotador que podía quedarse con sus pocas propiedades. Luego, los préstamos al consumo reforzaron y extendieron esas ataduras.
Lo que ahora nos interesa, para resaltar la actualidad de la URSS en esta y en el resto de problemas tan presentes, en especial en lo que concierne a la soberanía nacional frente al capital financiero transnacional. Las sucesivas crisis de impago de la deuda externa que se iban produciendo desde lo ’80 del siglo XX así como las crecientes resistencias de los pueblos endeudados a pagar al imperialismo, ayudaron de mil modos tanto a la que se multiplicasen las alternativas de bonos basura, de alto riesgo, de “economía de casino”, por la necesidad urgente de asegurar los beneficios, como a que se deteriorase cada vez más la débil confianza en el capital industrial.
En este sentido, la denominada hipócritamente “crisis de la deuda” está dentro de la actual crisis del capital. Algo parecido sucedió a comienzos del siglo XX cuando ninguno de los tres imperios citados, chino, turco y zarista, pudieron pagar sus deudas internacionales agravando así los problemas que estallarían en 1929. Aunque en el tema que más nos interesa en este debate, es decir, la teoría que podemos extraer de aquella situación para aplicarla en el presente, ocurrió antes de la crisis de 1929.
Efectivamente y dejando claro que aquella la “crisis de la deuda” estaba inmersa en un contexto general que no podemos explicar, sí debemos comprender que como efecto de todo ello y con ritmos, intensidad y radicalidad diferentes, los tres imperios vieron agudizarse tanto sus contradicciones internas y las presiones externas, que en los tres estallaron guerras de liberación nacional más o menos revolucionarias. En China la contradicción social interna y el expolio imperialista externo llevaron a la caída del imperio y a la proclamación de la república en 1911. La Rusia zarista no pudo superar el fracaso caótico de la ofensiva de verano de 1916 y todas las tensiones irresolubles se agudizaron rápidamente hasta llegar a la revolución bolchevique de 1917; y el imperio otomano que también perdió la guerra de 1914-18 se hundió en múltiples guerras menores y medias que concluyeron en la guerra de la independencia con creación de Turquía en 1919. China tuvo que esperar 38 años para poder dar el salto a la independencia nacional plena, con la revolución socialista. Pero Turquía no pudo lograrlo.
La revolución bolchevique triunfó tan pronto porque su proletariado era el más fuerte de los tres, porque su campesinado empobrecido se alió con el proletariado, porque las naciones que oprimía el zarismo se sumaron a la revolución al ser conscientes de que su independencia dependía del triunfo bolchevique, y porque solamente en el imperio zarista existía una organización revolucionaria como la bolchevique. Sin duda, las tres primeras causas de las cuatro citadas, y de otras que no hemos citado, tuvieron una importancia enorme; tampoco hay duda de que ninguna de ellas podía ser la única causa de la revolución, ni la cuarta tampoco en aislado.
Aclarado lo anterior, el bolchevismo actuó como el timón de la nave impulsada por el motor de sus contradicciones objetivas. La interacción entre poder soviético y bolchevismo actuó como timón, guiando la nave por entre las gigantescas olas de los sucesivos huracanes, hasta que el motor se agotó y el timón se rompió por las razones que estamos analizando. La teoría marxista de la organización revolucionaria encuentra en esta triple experiencia una de tantas confirmaciones prácticas que llenan la historia entera de la lucha contra la explotación, pero este debate no es para discutir sobre la necesidad de la organización de vanguardia, que damos por asumida.
La actualidad de la URSS en este problema concreto de los efectos de la deuda y de la financiarización, unidos en sus causas de fondo, surge cuando, por ejemplo, Ecuador se reafirma en su derecho y en su necesidad de no pagar a imperialismo bandolero, y cuando su presidente viaja a Cuba para ampliar la cooperación internacionalista. Podemos poner muchos más ejemplos, o podemos ceñirnos sólo a los desesperados esfuerzos del imperialismo para asegurar el cobro del grueso de la “deuda de sangre” aunque sea “perdonando” una parte, así cómo sus esfuerzos por “reformar” el sistema financiero para que siga saqueando a la humanidad trabajadora. Y el ejemplo ecuatoriano nos sirve, en lo que conocemos hasta ahora, porque repite en lo decisivo la decisión tajante de los bolcheviques de no pagar las deudas que la burguesía zarista había contraído con el imperialismo. Correa no es bolchevique, por desgracia, pero su decisión, según nuestros datos presentes, le acercan en lo esencial a los bolcheviques: defender la independencia económica de su nación.
Pero los bolcheviques no solamente declararon su independencia económica negándose a pagar a los bandoleros capitalistas, sino que además asestaron un tremendo golpe a tres de los pilares del poder del capital financiero: el control estatal del comercio exterior, el secreto empresarial, y la burocracia. Los tres son vitales para el beneficio burgués en general y en concreto para los bancos. Sobre el primero, el control estatal del comercio exterior permite, si se aplica con efectivo rigor, descubrir las trampas de todo tipo que utilizan los bancos y sus empresas satélites, y la burguesía en su conjunto, para eludir la vigilancia y negociar dentro de los “espacios grises”, alegales e incontrolables que existen en todas las leyes internacionales, sobre todo en las relacionadas con negocios de alto rendimiento, espacios que fácilmente se extienden a la “economía sumergida” e ilegal.
Todavía hoy, cuando los escándalos por corrupción, estafa, soborno, doble o triple contabilidad, desaparición de datos e informaciones, mentiras y silencios institucionales, etc., desbordan todo lo imaginable mostrando la verdadera naturaleza falsaria y pérfida del capitalismo, aún ahora las burguesías no quieren investigar a fondo su podredumbre mafiosa, y menos controlarla y combatirla. La administración entrante de Obama, por ejemplo, está ya sometida a dudas muy serias y hasta a peticiones de investigación por las irregularidades que se aprecian en su interior.
Sobre el segundo golpe bolchevique, el poder obrero organizado en los soviets decretó el control obrero de todos los asuntos económicos, la supresión del secreto diplomático y la transparencia administrativa. El control obrero es incompatible con el secreto empresarial. La clase trabajadora tiene el derecho y la necesidad del control obrero, pero la burguesía tiene a su vez la necesidad y el derecho del secreto empresarial. ¿Entonces? La suerte de la revolución decide qué derecho se impone. El bolchevismo hizo públicos los pactos secretos del zarismo y del gobierno menchevique con la banca transnacional y con el imperialismo, demostrando que aceptaban la hipoteca imperialista y vendían la independencia de los pueblos a los intereses extranjeros. El conocimiento público de esas y otras traiciones fue un acicate poderosísimo para el avance revolucionario.
Sobre el tercer golpe, las fuerzas revolucionarias en general actuaron conscientemente sin el recurso a las burocracias medias y altas, entre otras cosas porque habían huido, se habían escondido a la espera de la victoria de la contrarrevolución para volver triunfadoras y atrozmente vengativas, pero sobre todo porque las masas insurrectas se autoorganizaron sin pedir consejo alguno ni a la burocracia inferior, muchos de cuyos miembros cobraban lo mismo o poco más que un obrero medio. La revolución de febrero de 1917 barrió a los sectores medios y altos del aparato estatal, pero el parón posterior y la entrada de nuevos burócratas mencheviques, socialrevolucionarios, burgueses y ex monárquicos, reinstauró parcialmente en algo el poder del Estado, aunque todavía muy debilitado frente al poder efectivo del Soviet de San Petersburgo.
Fue esta recuperación parcial del Estado con mencheviques y socialrevolucionario, la que pensó en destrozar con la represión a los bolcheviques, desarmar a los soviets, depurar el ejército zarista, implicarse aún más en la guerra y reforzar su dependencia para con el imperialismo. Pero la revolución de octubre de ese año lo impidió. Sin el poder burocrático, la burguesía zarista estaba manca. Generalmente, se olvida el papel del reformismo menchevique en la recuperación del poder reaccionario, en la preparación de un plan represivo que, de haber triunfado, hubiera retrasado por mucho tiempo la revolución. Lo cierto es que solamente los bolcheviques, más algunos grupos anarquistas y socialrevolucionarios de izquierdas, optaron decididamente por la revolución, asumiendo los riegos vitales que su praxis conlleva. El resto, que después vociferó y grito, se posicionó por alguna forma de pacto o espera desmoralizadora.
¿Qué sucedería ahora si se aplicasen estas y otras medidas bolcheviques que no podemos detallar?¿Qué ocurriría si se conociesen los acuerdos secretos entre fracciones burguesas, entre las grandes transnacionales monopolísticas, entre los Estados imperialistas, etc., sobre problemas vitales para la humanidad como recursos energéticos, producción alimentaria, catástrofe ecológica, deudas financieras y situación de las grandes economías, acuerdos privados sobre patentes sanitarias, por no hablar de plenas militares en todos los sentidos, armas secretas y experimentos para multiplicar el control y la vigilancia, y la omnipresencia del terrorismo imperialista?
Más aún, ¿cómo reaccionaría el capital si un poder popular implantado y asentado en el principio marxista del pueblo en armas instaurase el impago de la “deuda externa”, la nacionalización de las empresas, el control estatal y obrero, y si se depurase a la podrida burocracia, por citar algunas medidas? ¿No son estas posibilidades existentes de forma todavía descortinada y embrionaria las que llevan al imperialismo a militarizarse al extremo? En última instancia, tales medidas y avances sociales destruyen el soporte material de existencia del modo de producción capitalista: la propiedad privada de las fuerzas productivas.
4.- DEMOCRACIA SOCIALISTA O BUROCRATISMO BURGUES
La actualidad de la URSS y de todos los pueblos trabajadores que lo han intentado es tan patente como imprescindible estudiar críticamente sus desarrollos posteriores. Ciñéndonos a la URSS , el poder obrero quiso controlar el mercado y atar en firme al monstruo de la ley del valor-trabajo en unas condiciones socioeconómicas y políticas extremas. El zarismo y la guerra de 1914-18 habían arruinado el país. Los trenes apenas funcionaban, y las pocas carreteras estaban casi destrozadas. Las fábricas no tenían repuestos para sus máquinas. Las cosechas fueron un desastre, y los terratenientes y campesinos ricos guardaban el trigo y el ganado para el mercado negro. Casi no quedaba petróleo y el carbón no podía llevarse a las ciudades. Al hambre se le unió el frío, y aparecieron junto a prácticas de canibalismo, las epidemias y la alta mortalidad. La delincuencia, la prostitución, el alcoholismo y el bandolerismo surgieron por todo esto pero también como arma contrarrevolucionaria organizada por el zarismo y el imperialismo.
La Patria Socialista e internacionalista estaba bordeando la fina distancia entre el caos y la catástrofe, pero lo peor aún no había llegado. Lo peor llegó cuando se constató que la clase obrera-industrial y la clase trabajadora en su conjunto habían mermado en cantidad por las bajas mortales, por los heridos y por la pésima alimentación y salud, que muchos bolcheviques afirmaron que había desaparecido el proletariado o estaba a punto de hacerlo. La situación verdaderamente podría llegar a ser crítica porque ¿qué revolución se podía hacer sin clase revolucionaria?
Pero lo peor de lo peor salió a la luz cuando se constató que, de un lado, había muerto lo mejor de la vieja militancia bolchevique y de los pocos grupos anarquistas y socialrevolucionarios que se sumaron a la revolución en sus momentos críticos, y el resto de los que seguían vivos luchaban esparcidos en los inmensos y distantes frentes de combate, muchos de ellos con tuberculosis y otras enfermedades; y por otro lado, se empezó a constatar la entrada en el partido y en sus organizaciones, en los soviets, consejos y asambleas debilitadas en extremo y en los pocos aparatos de Estado que no luchaban a la desesperada en los frentes, en estos y otros sitios, fueron entrando voluntarios con poca y débil formación política y teórica, o con ninguna, sin experiencia en la lucha revolucionaria anterior, ignorantes de lo duro de la militancia revolucionaria, y sobre todo la entrada de técnicos que se decían “neutrales” o “bolcheviques” pero de origen burgués y pequeño burgués, que habían sido mencheviques y eseristas y que seguían siéndolo en su fuero interno.
En estas condiciones era casi imposible controlar la irracionalidad del mercado que se expresó abiertamente en la masificación del mercado negro, en la doble economía y en la corrupción que también empezó a pudrir a algunos revolucionarios. Los bolcheviques y las pocas fuerzas de izquierda que les apoyaban activamente, decidieron en 1921 dar un paso atrás para coger impulso, para recuperar aliento: fue la NEP , la “nueva política económica” cuyo objetivo básico era llevar algo de comida al mercado público no controlado por las mafias y la corrupción, reactivar la producción agraria e industrial, controlar la circulación de los capitales y, por no extendernos, obtener un tiempo vital para que la clase trabajadora se recuperara y creciera de nuevo a la vez que estrechaba sus lazos con el campesinado pobre.
Se trataba de impedir que la mayoría de la población, las masas campesinas empobrecidas, las fracciones menos concienciadas y más desmoralizadas de la clase trabajadora y las naciones antes oprimidas pero ahora agotadas por las guerras girasen a la derecha ante la espantosa realidad cotidiana. Pero una condición inexcusable para la eficacia de la NEP era la que se reactivase la democracia socialista, el poder soviético, la iniciativa de las masas y su participación directora en la política socialista. Sin esta condición inexcusable fracasaría todo el plan de salvamento desesperado de la revolución.
No podemos entrar aquí al debate histórico y también actual sobre lo acertado de esta decisión, sobre sus efectos positivos a corto plazo pero desastrosos a largo plazo, sobre si la NEP o formas actualizadas de ella, es válida parcial o totalmente en situaciones actuales como China Popular, Vietnam, Cuba, etc. Sospecho que esta cuestión tan presente e inmediata, nos llevará a un tercer debate más o menos próximo pero siempre teniendo en cuenta la realidad estructural del capitalismo vasco y europeo. Lo que ahora nos interesa es la actualidad del requisito imprescindible de la democracia socialista para que la NEP o cualquier otra política parecida, tenga éxito en el socialismo de comienzos del siglo XXI dado el avance de las múltiples formas de control, vigilancia y represión, de restricciones de la democracia burguesa, de neofascismo y de “Estado fuerte”, etc., que el capitalismo está aplicando mundialmente. Lo cierto es que la defensa de los derechos democráticos elementales se está convirtiendo en una necesidad cada vez más perentoria no sólo para avanzar al socialismo, que también, sino a la vez para frenar el cáncer neofascista y reaccionario, patriarcal, fundamentalista judeocristiano e imperialista que desarrolla la burguesía.
La actualidad de la URSS se reafirma al ver la insistencia bolchevique en precisar el antagonismo irreconciliable entre la democracia burguesa y la democracia socialista, en su lucidez teórica al insistir en que no existe la “democracia” abstracta, que es imposible que exista tal cosa vacía, hueca, sin esencia ni contenido interno, sino sólo como forma externa elaborada por la propaganda ideológica capitalista. Sin contenido concreto de clase, de nación y de sexo-género, la “democracia” es como esas palabras grandilocuentes pero tramposas que usan ampulosamente los teólogos cristianos para obnubilar y fascinar con sus abstrusas filigranas metafísicas a las gentes alienadas por el opio religioso.
Siendo verdad que defendemos como comunistas los comunes derechos elementales a la especie humana-genérica, también es verdad que su práctica concreta ha de realizarse en situaciones sociohistóricas de explotación, opresión y dominación. Y hay que optar en base al criterio de la práctica, el criterio de la objetividad de la explotación de la mayoría por la minoría.
Un ejemplo brillante sobre este debate estratégico lo tenemos ahora mismo cuando la burguesía en su conjunto, como clase mundial dirigida por sus fracciones más poderosas, decide en base a su democracia minoritaria e inaccesible, practicada en los consejos de ministros, en las ejecutivas de los partidos reaccionarios, en los despachos de los bancos y de las grandes transnacionales monopolísticas, entregar centenares de miles de millones de euros, dólares, yenes y otras monedas a quienes han provocado la crisis, al capital financiero. La industria político-mediática, la tramoya parlamentaria y el reformismo político-sindical aplauden y legitiman esta “nacionalización del desastre” lo mismo que antes aplaudían la privatización de las ingentes ganancias.
¿Democracia? Incuestionablemente que sí, pero burguesa, mientras que sus fuerzas represivas machacan las manifestaciones populares y obreras que, practicando la democracia socialista, protestan en las calles, en las fábricas, en las universidades contra semejantes injusticias. La democracia burguesa ha masacrado a la democracia socialista en Grecia en las últimas semanas, y ahora mismo la democracia burguesa, sionista y machista está asesinando en masa al pueblo palestino en Gaza, con el apoyo activo de las “democracias occidentales”, y pasivo de la democrática ONU. Los bolcheviques, y el marxismo, tenían, tiene razón al separar y enfrentar una democracia a otra. ¿Y en Euskal Herria?
La burocracia es una fuerza social decisiva en el funcionamiento del capitalismo desde su origen como modo de producción. La incontrolable expansión del capital financiero en los últimos años hubiera sido imposible sin la colaboración directa o indirecta de las burocracias estatales, de las grandes corporaciones y de la banca. La infecta corrupción generalizada que pudre al capital financiero-industrial, y el caso Madoff es sólo un botoncito de muestra, tiene en la burocracia uno de sus soportes básicos. La lucha contra esta hidra de infinitas cabezas y tentáculos que penetran cada vez más en los rincones más íntimos y “privados” de la vida cotidiana, se ha convertido en una necesidad diaria, confirmando lo ya planteado por los primeros textos marxistas de los ’40 del siglo XIX.
Las burocracias de los partidos, sindicatos, ongs y asociaciones que se autodenominan “progresistas”, son hoy anclajes materiales y psicológicos de la ideología reformista, conformista y servil fuertemente enganchados en el interior de las clases explotadas. Las burocracias existen en pueblos que quieren desarrollar el socialismo pero que se enfrentan a una casta burocrática, o a una clase burguesa recuperada que todavía, por táctica oportunista, todavía no ha decidido declararse oficialmente capitalista.
La actualidad de la URSS también es incuestionable en este problema acuciante. El rechazo absoluto y radical a la burocracia se muestra ya en los primeros textos marxistas, y los primeros bolcheviques de la clandestinidad se caracterizaron por una tenaz oposición a los riesgos de la burocracia sustitucionista entre ellos. Mientras que en la socialdemocracia la burocratización se multiplicaba al son del parlamentarismo electoralista y del reformismo práctico, esquizofrénicamente oculto bajo la verborrea revolucionaria, no sucedía lo mismo en las organizaciones clandestinas porque los riegos de la clandestinidad, la detención, tortura, cárcel, exilio o muerte, no son aptos para la mentalidad egoísta y cómoda del burócrata. Pero hemos de tener presente, además del contexto de crisis total arriba expuesto en lo básico, también otro factor que se olvida: la cortedad del tiempo cronológico, es decir, la rapidez con la que las crisis se sucedían unas a otras, interactuaban y fusionaban dando cuerpo a una dinámica muy difícil de controlar.
La revolución tomó el poder en octubre de 1917; en marzo de 1918 se firma la paz con Alemania; en verano de 1918 se extiende la guerra civil en todos los frentes y entre varios bandos; en 1919-20 sólo la disciplina de hierro del “comunismo de guerra” logra mantener viva la revolución; para finales de 1920 y comienzos de 1921, pese a todo, la situación es crítica con rebeliones campesinas por hambre, fábricas cerradas, absentismo y robo de materiales, y crecientes huelgas por penuria total, y en marzo de 1921 se subleva la base de Kronstadt precisamente cuando los bolcheviques se encuentran debatiendo cómo salir de la crisis total. La NEP se impone en ese contexto que se ha formado con la rapidez del relámpago. La devastación generaliza obliga a los viejos bolcheviques a seguir taponando las enormes brechas sociales, desatendiendo la burocratización interna que se acelera al calor de las mejoras socioeconómicas logradas con la NEP , pero que, a la vez, exigen más administración, más burocracia.
Dentro del partido fue creciendo un casta burocrática que se aglutinaba alrededor de los militantes que controlaban la vida organizativa interna, las designaciones de responsabilidades y cargos intermedios, la creación de nuevos aparatos y responsabilidades, etc. La destrucción del antiguo Estado zarista había sido tan profunda que debía montarse otro Estado y otras administraciones. Los bolcheviques clásicos, históricos o “viejos”, los que habían sobrevivido en la desde finales del XIX y comienzos del XX, que habían sido insustituibles, no prestaron apenas atención, en un principio, a estos “problemas técnicos”.
Más aún, los datos disponibles indican que el puesto de “secretario general”, que sería empero omnipotente e incuestionable en los posteriores partidos stalinistas, este puesto no tenía ningún valor político para los bolcheviques históricos y clásicos, que lo reducían a una mera oficina más dentro del partido. Sin embargo, desde comienzos de los ’20, el “secretario general” fue acumulando poder práctico, fue decidiendo quienes dejaban tal puesto “técnico” y quienes lo ocupaban u ocupaban otro nuevo. Imperceptiblemente para los viejos bolcheviques creció bajo sus pies un poder “técnico” que acabó controlando su vida interna.
Hay que partir de esta situación para entender por qué se produjo el alejamiento entre la velocidad de asentamiento de la casta burocrática y la velocidad de recuperación del movimiento obrero, o hablando con más propiedad, de creación de un “nuevo” movimiento obrero porque el que había realizado la revolución estaba agotado. La distancia entre la formación de la casta burocrática y la recomposición del movimiento obrero, de los soviets y de la democracia socialista, esta distancia aumenta en vez de retroceder porque, objetivamente hablando, es más fácil y rápido crear despachos y oficinas administrativas con funcionarios sin apenas conciencia ni capacidad teórica, que recomponer las infraestructuras, trenes, carreteras, fábricas y almacenes, llenarlos de reservas y materiales y, a la vez, encontrar obreros cualificados que las hagan funcionar a pleno rendimiento. Este segundo objetivo se logró, pero fue más lento que el primero, que la burocratización.
Una de las peores consecuencias de la burocratización era que indefectiblemente creaba privilegios exclusivos para los funcionarios con la excusa de que para rendir lo necesario en situaciones de hambruna, frío y enfermedad necesitaban algo más de sueldo, fuera en dinero o en especias, o en mejores viviendas. El mismo problema había surgido con los técnicos y obreros cualificados, y a regañadientes los bolcheviques cedieron esos privilegios corporativos aunque la mayoría de ellos siguieron fieles al igualitarismo marxista.
Pero los viejos bolcheviques bien pronto se encontraron en minoría, oponiéndose a una creciente número de “nuevos” bolcheviques que veían normal esos pequeños privilegios --grandes en una situación tan dura--, y que más tarde pasaron a exigir más. Además, la distancia entre burocracia y democracia socialista se incrementaba a favor de la primera al producirse un lógico bajón en la tensión revolucionaria de la sociedad rusa, agotada tras feroces conflictos iniciados en 1914, al comienzo de la guerra. También empezó cierta desmoralización en sectores críticos de las juventudes comunistas y en militantes históricos; los suicidios empezaron a ser aldabonazos de advertencia.
En estas condiciones se libró a mediados de los años ‘20 el denominado “gran debate”. Fue un debate complejo pero decisivo no sólo para la URSS sino para la actualidad porque, en lo básico, todos los problemas cruciales del presente tienen una conexión directa o indirecta con lo allí discutido. Muy en síntesis, y evitando citar nombres, inicialmente se enfrentaron tres posturas que más adelante establecerían distintas alianzas que sería prolijo detallar aquí. Muy en síntesis, la primera y segunda corrientes estaban compuestas mayoritariamente por los viejos bolcheviques, con una pequeña cantidad de “nuevos”; en la tercera era a la inversa, los “viejos” eran minoría, abundaban los “nuevos” pero también integraba a muchos antiguo reformistas, eseristas, mencheviques y técnicos del viejo zarismo “concienciados” súbitamente.
La pequeña y primera corriente, con cierto peso en la militancia bolchevique directamente entroncada en los soviets y en los sindicatos, que venía de antes en sus críticas, sostenía una alternativa socioeconómica y política basada en la práctica independización de los sindicatos, de los soviets y de los consejos, y era manifiestamente inviable. La segunda, con peso en la vieja militancia, formada y culta, y que como la primera había sobrevivido a todos los peligros, proponía un desarrollo equilibrado en la medida de lo posible entre la producción industrial y la agrícola, buscando la acumulación socialista de capital y priorizando el control estatal sobre la iniciativa privada. La tercera y última, con más advenedizos y novatos, sin negar el control estatal, daba mayor libertad a la empresa privada, al mercado y a la urgencia por un crecimiento económico sin prestar tanta importancia a su contenido esencial de clase: uno de los lemas de esta tercera corriente era la de “enriqueceos” lanzada a la mediana propiedad agraria e industrial.
De cualquier modo, el prestigio de las dos primeras corrientes era tal, que muchos de los partidarios de la tercera sentían un respeto profundo hacia ellos. Fue esta admiración por sus capacidades la que hizo que los sectores más duros e intransigentes de esta tercera corriente no pudieran forzar la máquina, pese a ser mayoría, y tuvieran que andar con tiento y cuidado; pero era esta tercera corriente la que controlaba una pieza clave: la de la designación de los puestos, de los cargos y de los sueldos.
No queremos caer en la mitificación de Lenin, pero hay que decir que si bien tardó un tiempo en tomar conciencia de la gravedad del peligro burocrático, y de otros peligros tan dañinos como el del gran-nacionalismo ruso en contra de los derechos nacionales, etc., fue desde entonces un enemigo implacable y mortal de la burocracia, pidiendo la destitución de los principales dirigentes de lo que sería al poco tiempo la tercera corriente, la vencedora. Lenin, por personalizar ahora, tomó conciencia de los principales problemas que menos de setenta años más tarde acabarían con la URSS , e intentó evitarlos, pero resultó tarde porque las dinámicas objetivas de fortalecimiento de una casta burocrática estaba ya daba en los últimos años de su vida.
Venció la tercera corriente porque concordaba de pleno con los intereses de la casta burocrática en expansión. Pero en su interior se surgió al poco tiempo otro choque de índole “menor” entre dos tendencias, conflicto que ganó precisamente el más partidario de potenciar el crecimiento económico a cualquier precio, de modo que, al final, el sector que había vencido en el debate era el partidario de una economía con muy pocos controles estatales. Durante unos pocos años, todo parecía indicar que esta tesis era correcta, que el crecimiento económico era “neutral”, que no conllevaba de manera obligatoria el correspondiente afianzamiento de la mediana clase propietaria en el campo y en la industria.
Pero la ley del valor-trabajo actuaba en silencio y los que se estaban enriqueciendo querían enriquecerse más envalentonados por la consigna de “enriqueceos” lanzada por el sector mayoritario del partido. Subieron los precios de los productos, del pan y de la carne sobre todo, pero de otros también necesarios. Los defensores de la segunda tesis, que habían propugnado un crecimiento lo más armónico posible bajo control obrero y estatal, llamaron a esta separación creciente entre el aumento de los precios y la capacidad de compra como “crisis de la tijera”: cuanto más subían los precios más bajaban los salarios, y la tijera se abría. Los problemas sociales reaparecieron al final de los ’20 y el bloque mayoritario, el tercero, se escindió en dos, el que propuso volver a una centralización estatal y el que propuso seguir con la misma política.
La mayoría del tercer bloque comprendió que estallarían serios problemas si no se paraban los pies a las nuevas clases ascendentes, por lo que dieron paso a un brutal giro centralista y estatalista, especialmente en el campo, en donde los medianos propietarios se habían enriquecido tanto que podían boicotear la alimentación de las ciudades. En vez de aceptar que el segundo bloque tenía razón, que había que volver al desarrollo coordinado y equilibrado, decidieron “superarlo por la izquierda”, en un aventurerismo que resultó desastroso para la producción agropecuaria rusa ya que los campesinos que tenían incluso alguna pequeña propiedad decidieron quemar las cosechas y matar el ganado antes que socializar esos bienes. La mayoría de la casta burocrática optó por esta solución drástica, sin ninguna autocrítica y sin reconocer que el segundo bloque tenía razón. Pero no podía imponer una corrección de línea tan drástica sin a la vez endurecer la vida social porque el distanciamiento progresivo de la casta con respecto a la clase obrera y a los pueblos tendía a agudizar toda serie de problemas.
Desde finales de los años ’20 y de forma irreversible durante los ’30, dominaba una casta burocrática que había depurado por tres veces al partido bolchevique: una, a la alianza entre la primera y la segunda tendencias, corriente que fue una síntesis de los denominados “obreristas”, “sindicalistas”, “consejistas”, etc., con los denominados trotskistas, seguidores de Preobrajensky, etc.; dos, a los sectores de la tercera corriente llamados zinovievistas, seguidores de Kamenev y otros, y que se dieron cuenta de que la razón estaba de parte del bloque anterior pero no pudieron vencer ni incluso aliándose con los restos de este bloque ya derrotado; y, tres, más tarde, la ruptura dentro del bloque vencedor compuesto por las corrientes bujarinistas y stalinistas, ruptura que supuso la victoria de la última sobre la primera. A lo largo de estas sucesivas depuraciones, el partido se ampliaba con nuevos miembros que no tenían casi nada que ver con los primeros, que aceptaban cada vez más obedientemente las órdenes superiores.
Las purgas de los años ’30 certifican la victoria definitiva de este sector que procedió, por un lado, a reprimir a los viejos bolcheviques y otros revolucionarios, y también a los bujarinistas, fusilando a muchos de ellos; y por otro lado, a crear un nuevo “marxismo” que contradecía lo esencial de la teoría bolchevique sostenida hasta entonces, un “marxismo” que legitimaba los privilegios de la casta burocrática, restringía prácticamente a nada la democracia socialista, acababa con buena parte de las conquistas sociales, culturales, estéticas, sexuales, antipatriarcales y feministas, matrimoniales y familiares, pedagógicas, psiquiátricas, ecologistas, igualitaristas, etc., logradas a partir de octubre de 1917, pero aún no reinstauraba la propiedad privada de las fuerzas productivas. Para dar este retroceso cualitativo al pasado, para saltar de casta a clase, tendría que esperar a comienzos de los ’90 del siglo XX.
Mientras tanto, la URSS se lanzó a una industrialización acelerada con la obsesión de recuperar tiempo y recortar las enormes distancias que le separaban del capitalismo. Fue una tarea titánica basada en la contradicción entre el potencial creativo que aun quedaba de las conquistas de octubre y el contenido de casta del poder estatal de modo que las medidas impuestas a la clase trabajadora por dicho poder fueron muy duras, en algunos casos peores que las vigentes en el capitalismo desarrollado, con horarios agotadores y condiciones a veces brutales. Las resistencias pasivas no tardaron en aparecer y luego aparecieron las activas pese a la represión a finales de los años ’30. Entonces estalló la guerra de 1939 y en 1941 la invasión alemana, que la URSS intentó evitar por todos los medios y que le cogió totalmente desprevenida, tema al que luego volveremos al analizar la actualidad del la URSS con respecto a la mundialización capitalista y al internacionalismo en nuestro presente.
Las lecciones que se extraen en la degeneración burocrática en la URSS son de una vigencia y actualidad incuestionables. Lo esencial del debate que ahora se libra sobre el supuesto “socialismo de mercado” fue discutido en el “gran debate” que hemos intentado resumir, y la experiencia histórica es concluyente al respecto. La tesis de “enriqueceos”, que favoreció la recuperación clasista y burocrática, sembrando los vientos que acabarían en los huracanes posteriores, esa tesis reaparece con otros maquillajes en las discusiones presentes en y sobre China Popular, Vietnam, Corea del Norte, Cuba, etc., y sobre ciertas tesis respecto a Venezuela, Bolivia y otros países. A la vez, cuando estas cuestiones de fondo se planteen en las luchas sociales en el capitalismo imperialista, volverán a reaparecer porque surgen de las contradicciones insalvables e inevitables del capitalismo mientras este exista.
5.- PLANIFICACI0N SOCIALISTA O IRRACIONALISMO BURGUES
La actualidad de la URSS en lo que respecta al debate que ahora mismo se libra entre quienes defienden una vuelta al neokeynesianismo, quienes defienden quitar lo “malo” del neoliberalismo fracasado para quedarse con lo “bueno”, y quienes insisten en seguir igual, es, también, innegable. La burguesía discute sobre si “volver al Estado” o “reformar el mercado”. Una disyuntiva falsa e irreal, además de tramposa, porque nunca se ha producido la desaparición del Estado, y nunca el mercado ha estado más controlado en muchos aspectos que en el capitalismo actual.
Lo que se ha liberalizado siempre con el apoyo estatal ha sido, primero, la impunidad del capital financiero; segundo, la impunidad del saqueo de los bienes públicos y comunes, de los servicios sociales, de las propiedades estatales, etc., para entregárselos al capital; tercero, la impunidad de la burguesía para aumentar la explotación; cuarto, la impunidad represiva del Estado, y último y quinto, la impunidad de la casta intelectual para decir todas las absurdas tonterías reaccionarias que padecemos. A la vez, el Estado se ha fortalecido en otras cuestiones, como esas represivas, y ha ampliado su integración con otros Estados para crear los bloques imperialistas arriba citados. Más aún, las impunidades descritas necesitan la acción del Estado para ser efectivas, pero de manera diferente a las anteriores.
Sin embargo, la gravedad de las crisis parciales y de la crisis sistémica que azota al capitalismo pone de manifiesto la incapacidad burguesa en general para dirigir la historia, como hemos dicho arriba, pero también y más concretamente para elaborar planes coherentes de salida que no se saben en un aumento de la explotación. Se sabe que las primeras medidas yanquis desde agosto de 2008 inyectando descomunales masas de capital a la gran banca no han servido apenas de nada, además de que enormes sumas han desaparecido en la corrupción reinante, y se sabe que ahora mismo el desconcierto reina en las instituciones yanquis.
Conocemos cómo la UE ha tenido y tiene enormes dificultades para encontrar un plan único de ayuda, y que, a grandes rasgos, cada Estado de la UE busca primero salvar a su burguesía respectiva que aceptar sacrificios cara a la UE , y que todo esto está aumentando las distancias entre los Estados de la UE , con efectos sobre el futuro que tendremos que analizar en su momento. Los datos sobre la efectividad de las medidas japonesas son también muy críticos con la capacidad de previsión racional de su Estado, que lleva más de una década intentado reactivar su capitalismo a costa de echar océanos de dinero público al saco roto de la economía, sin conseguir ponerla en marcha.
No debemos pensar que los Estados burgueses se han topado con la crisis sin imaginar que ésta iba a llegar, sorpresivamente. Desde hace tiempo, muchas y muchos marxistas debatían sobre el “océano de deudas” en el que flotaba la economía mundial, explicando cómo más temprano o tarde ésta empezaría a tener vías de agua que aumentaría en la medida en que la clase dominante no tomase medidas con antelación. Desde mediados de 2006, por poner una fecha, los comentarios sobre el incremento de riesgos en la prensa especializada capitalista eran cada vez más frecuentes. Desde primavera de 2007 instituciones internacionales como la OCDE se cercioraban del claro retroceso de la tasa media de ganancia a nivel mundial, y en el verano de ese mismo año estalló ya abierta y definitivamente la crisis financiera. Pero como ésta se presentó con la forma de crisis de los “préstamos basura”, la burguesía no le prestó apenas atención aunque, de nuevo, los marxistas y muy pocos economistas oficiales, acertaron en que era sólo la primera erupción de un volcán incontenible.
¿Por qué no reaccionaron los Estados e instituciones capitalistas o lo hicieron tarde y mal? Por tres razones: porque no se imaginaban la gravedad real del problemas y en su ensoberbecimiento despreciaban a las y los marxistas y a los pocos economistas suyos que, más tarde que los anteriores, les advirtieron; porque cuando empezaron a sospechar del problema, la fuerza económica y política del capital financiero impidió toda reflexión y porque la burguesía en su conjunto exigía ciegamente que se siguiera con la misma política suicida sin recapacitar en los peligros ya inmediatos, obsesionada sólo por las ganancias en el presente; y porque ya en la boca del volcán, la mezcla de corrupción y amiguismo, ineficiencia burocrática y canibalismo burgués para comerse unos a otros, todo esto y más propició el cúmulo de fracasos que se suceden desde entones.
Por ejemplo, ahora mismo los EEUU son incapaces de tomar una decisión unitaria porque la administración entrante de Obama debe unificar sus criterios, además de estar debilitada por la corrupción interna, pero, encima, tampoco puede llegar a un acuerdo con la administración saliente de Bush por las mismas razones, mientras que todos los especialistas advierten de que cada día que se pierda, las soluciones tendrán menos efectividad y se agravará la crisis estructural que mina al imperialismo yanqui.
La actualidad de la URSS emerge aquí de nuevo. La superioridad de una economía planificada centralmente en base a criterios de desarrollo equilibrado dentro de las prioridades aceptadas tras un debate masivo garantizado por la democracia socialista, y con unos objetivos a medio y largo plazo, es innegable. Con todas las dificultades del momento y sin entrar ahora en precisiones, una de las virtudes iniciales de la NEP era esa. Sin embargo, en el “gran debate” sobre objetivos y estrategia socioeconómica posterior, se rompió este principio marxista, y tampoco se recuperó luego, cuando la burocracia impuso una acelerada industrialización pesada descuidando la producción de bienes de consumo.
Aún así, el crecimiento cuantitativo de la URSS fue espectacular, aunque también se sabe que las cifras oficiales fueron desde el principio manipuladas por la burocracia por necesidades propagandísticas. Mientras que el capitalismo mundial se debatía con el agua al cuello en la tremenda crisis desatada en 1929 y que propició el estallido de la guerra de 1939-45, la URSS dirigida por la casta burocrática avanzaba de forma apreciable en lo cuantitativo, pero acumulando problemas cualitativos que se volverían incontrolables desde finales de los ’60.
La invasión de los ejércitos internacionales del nazismo en junio de 1941 fue un golpe devastador sobre la capacidad industrial soviética. Antes de seguir y de modo telegráfico, debemos saber que: la cúpula stalinista conocía la fecha y los planes del ataque pero no tomó precauciones, facilitando el desastre; buena parte del Ejército Rojo fue aplastado al comienzo pero Alemania se dio cuenta muy pronto que no lo tendría fácil; sectores sociales y populares, y de las naciones oprimidas, descontentos con la burocracia no se enfrentaron decididamente al nazismo, al comienzo, y algunos colaboraron; el grueso de la dirección del partido, excepto muchas bases, se diluyó como un azucarillo.
Pero al poco tiempo las bases y el pueblos construyeron desde abajo lo que se puede denominar como “otro partido” que, sin embargo, fue diezmado por la burocracia recuperada al acabar la guerra; fue este partido “nuevo” y los restos del Ejército Rojo los que obraron el “milagro” de salvar la mayor parte de la industria pesada trasladándola a retaguardia; fueron estos sectores más la recuperación de la combatividad perdida en las zonas ocupadas por los nazis los que crearon las poderosas guerrillas rojas, que obstaculizaron muy mucho al ocupante.
Hay que destacar en esta serie de hecho uno previo y desastroso para la capacidad de combate rusa: el extermino de lo mejor, más moderno y preparado para las nuevas formas de guerra del Ejército Rojo en las purgas de la segunda mitad de los ’30. La casta burocrática arremetió durante las grandes purgas contra el Ejército Rojo, decapitándolo en su dirección más brillante, disolviendo las mejores y más modernas unidades acorazadas y aerotransportadas y, sobre todo, rechazando su doctrina, sistema y estrategia militar e imponiendo un retroceso cualitativo al viejo esquema de la guerra civil de 1918-20. La mayoría de los expertos rusos que sacaron lecciones autocríticas de la guerra de 1936-39 en el Estado español, de la humillante derrota en su invasión a Finlandia en 1939 y de las nuevas teorías aéreas británica y de guerra relámpago alemana --que el Ejército Rojo había superado al integrarlas en el “Combate en Profundidad”--, fueron purgados, pero la casta en el poder los recuperó rápidamente tras la invasión alemana.
Por ejemplo, si los nuevos y excelentes blindados, cazas y cazabombarderos rusos se hubiesen utilizado según la doctrina del “Combate en Profundidad”, con mucha probabilidad la guerra hubiera acabado antes en beneficio de la URSS y de la humanidad. Al margen de los debates sobre las causas de esta y otras purgas, es incuestionable que debilitaron sobre manera a la URSS , lo que unido a la cerrazón irracional de su cúpula ante los datos ciertos de la fecha, direcciones y cuantía de los invasores, nos da una imagen exacta de la responsabilidad histórica del stalinismo en las decenas de millones de muertos.
Pues bien, a pesar de estos obstáculos y gracias a la recuperación del espíritu revolucionario y de resistencia nacional, la URSS fue capaz de heroicidades de masas inconcebibles de no ser por algo tan simple como que todavía sobrevivían restos prácticos de las cualitativas conquistas históricas logradas con la revolución bolchevique. La mayoría de las poblaciones de la URSS comprendieron que el ataque nazi tenía como objetivo la destrucción, el extermino de esas conquistas pero a la vez de los pueblos que habitaban la URSS , y de este mismo “experimento social”. Sobre esta base material y psicológica, la centralización y la planificación así como la “nueva” democracia socialista recuperada, obraron milagros sin la intervención de dios alguno.
La propaganda capitalista ha intentado magnificar la cantidad del materia militar y de la comida enviada a la URSS , pero, por un lado, aun existiendo, fue una gota en el océano; por otro lado, su calidad no era superior en modo alguno a la del material soviético, que inquietó muy desagradablemente a los nazis; y por último, no hay posibilidad de comparación entre el esfuerzo total de guerra y el de los EEUU, ya que los soviéticos se las vieron con las dos terceras partes del ejército alemán, mientras que todos los aliados capitalistas sólo con la parte restante que, además, era la peor de todas.
La URSS quedó casi exhausta por la guerra, pero también los aliados capitalistas, y si bien los EEUU podían seguir con el esfuerzo militar se sabe que el cansancio y el miedo de sus tropas a enfrentarse con la URSS , aparte de una radicalización en algunas tropas de base, todo esto convenció a la burguesía yanqui para que no secundara los planes belicistas e imperialistas de su fracción más anticomunista que había pensado arremeter contra la URSS , en especial una vez demostrada la eficacia inhumana de las bombas nucleares que fueron lanzadas más para atemorizar a los rusos que para aplastar a un Japón destrozado que ya no tenía apenas comida ni petróleo.
También se ha dicho que la efectividad de la planificación rusa no tiene nada de extraño porque otro tanto hicieron los capitalistas. Pero hay que responder que, primero, ninguna de estas potencias partía del atraso ruso previo, de las destrucciones causadas por las sucesivas guerras desde 1914, y de los costos añadidos por el bloque imperialista posterior. Todas las capitalistas partían con la ventaja de decenios de desarrollo industrial y tecnocientíficos, con grandes reservas en los países ocupados por su imperialismo y con ejércitos intactos.
Los EEUU, por ejemplo, habían implementado --antes que Keynes-- un plan de recuperación socioeconómica para salir de la crisis de 1929 denominado New Deal, aplicado entre 1933 y 1937 que si bien sirvió al principio como contención del malestar social creciente por la generalización de paro y de la miseria mediante grandes obras públicas y otras medidas, con un incremento de los gastos estatales de más del 80%; sin embargo no logró reactivar lo necesario la tasa de beneficio de la clase burguesa. Para 1937 la situación económica presentaba serios nubarrones, y el New Deal fue abandonado a la espera de que estallase una nueva guerra.
La política de asfixia energética y de cerco militar y económico del Japón, aplicada por los EEUU y la Gran Bretaña , buscaba precisamente que los japoneses, desesperados, les declarasen la guerra, como así sucedió en diciembre de 1941. Con anterioridad, aumentaba la propaganda belicista y de forma subterránea la economía se fue militarizando. Tenía a su favor la experiencia del New Deal en centralización estatal y administración de recursos, y cuando Alemania invadió Polonia en 1939 la militarización de la economía se aceleró instantáneamente aunque no estuviera en situación de guerra. La URSS en ningún momento dispuso ni de estos medios ni de esas posibilidades.
Al acabar la guerra en 1945, en la URSS se vivió una contradicción ya conocida antes pero ahora con bases nuevas: por un lado, las clases trabajadoras habían saboreado de nuevo la democracia socialista, sin la cual no se hubiera producido el espectacular desarrollo económico-militar teniendo en cuanta las condiciones, y por otro lado, la burocracia se había recuperado de su práctica desaparición de escena en los dramáticos momentos de la segunda mitad de 1941. Ahora bien, a diferencia de 1917-21, antes de la NEP , en 1945 la industria soviética era potente. Todo indicaba que iba a producirse un choque social entre la recuperada clase trabajadora y la burocracia recuperada, pero ésta lo evitó de modo indirecto, atacando primero a los sectores que podían contar la verdad sobre por qué se había producido el desastre de 1941. Los campos de concentración volvieron a abrirse; la represión física, las torturas y los asesinatos no alcanzaron la gravedad de los ’30 pero silenció buena parte de las críticas sobre las responsabilidades de la burocracia y su debacle.
En ese contexto, una parte de la casta burocrática optó por reabrir tímidamente el debate sobre qué medidas socioeconómicas había que tomar para compensar el peso desproporcionado de la industria pesada en detrimento de los muy necesarios bienes de consumo, además de cómo modernizar y multiplicar la producción campesina. Desde luego que no eran las condiciones en las que se libró el “gran debate” en los años ’20, pero los problemas de fondo sí seguían siendo los mismos, por lo que el ambiente político empezó a complicarse de nuevo dentro y fuera del partido. Los rumores sobre que se desatarían nuevas purgas corrían de voz en voz mientras que la economía se había militarizado de nuevo buscando la bomba atómica y la defensa necesaria frente al nuevo cerco imperialista. Desde 1950 la salud de Stalin empeoraba y con ella su capacidad de control, lo que permitió más autonomía a las diferentes tesis sobre todo cuando se constató en 1952 la ralentización del crecimiento económico.
No tiene sentido divagar sobre qué hubiera pasado de no morir Stalin en marzo de 1953, ni sobre qué sucedió realmente durante los tres días que estuvo paralizado. Lo cierto es que al poco de su muerte, el grueso de la burocracia aflojó el control y la represión, abrió espacios de cierta creatividad y marginó y depuró a los sectores más stalinistas y duros de la propia burocracia, pero no a la mayoría. Las reformas fueron tímidas debido a la resistencia de la mayoría de la casta. En 1955 un alto cargo tuvo que reconocer el atraso de la agricultura; en 1958 se crearon los “consejos permanentes de producción”; en 1965 facilitó la entrada de activos en las empresas. Estas y otras medidas permitieron que desde 1966 se recuperara la economía, y en 1969 se suavizó la centralización estatal pero el crecimiento empezó a caer en 1970 acelerándose casi sin interrupción a pesar de todos los intentos realizados hasta el hundimiento de la segunda mitad de los ’80 y el caos de comienzos de los ’90.
La caída económica desde 1970 en adelante, con repuntes pequeños que no detuvieron el hundimiento, se vio impulsada por las crecientes amenazas directas y agresiones del imperialismo, en especial la desarrollada con acelerones intensos por la militarización estructural del imperialismo en su conjunto, aunque fueran los EEUU quienes lo dirigieran. La casta burocrática fue volcándose cada vez más en la industria militar y en el desarrollo tecnocientífico unido a ella, abandonando o desentendiéndose de otras necesidades cada vez más urgentes. Las sucesivas reformas puntuales en el sentido de mejorar el consumo y la calidad de vida iban siempre perdiendo terreno frente a las urgencias de la respuesta militar, en medio de una casta burocrática cada vez más corrupta y alejada del pueblo, con privilegios en aumento y, lo que remata el problema, cada vez más atada al capital financiero internacional por los préstamos que se pedían para sufragar compras en el mercado capitalista de recursos alimentarios, sanitarios y tecnocientíficos.
La perestroika fue el último esfuerzo por aplicar en medio de la crisis agónica de finales de los ’80 medidas esencialmente idénticas a las propiciadas por el sector bujarinista y “derechista” en el “gran debate” arriba descrito y en los años posteriores hasta que fracasaron entre 1928-29. Se dio vida a la vieja tesis del “socialismo de mercado” que no era otra cosa que preparar las condiciones para el triunfo irreversible del “mercado sin socialismo”, como ocurrió a los pocos años. La descomposición de la URSS era, además de económica, también política, ética y científico-cultural.
La casta burocrática decidió liquidar el partido “comunista” desde dentro, y era tal su endeblez, dogmatismo y corrupción que la gran mayoría de cuadros medios y altos se lanzaron a quedarse en forma de propiedad privada con toda la propiedad estatal y pública que podían acaparar, mientras que los cuadros bajos permanecían pasivos y desconcertados, reaccionando muy pocos de ellos. El desprestigio ético del “socialismo” explica que las clases trabajadoras y la gran mayoría del pueblo no opusieran una tenaz resistencia a semejante contrarrevolución interna. La poderosa industria científico-militar comprendió que se enriquecería al máximo si se convertía en capitalista de la noche a la mañana.
La actualidad de la URSS en lo que concierne a los debates actuales dentro de la burguesía y del reformismo internacional radica en que ha demostrado la incuestionable superioridad de la planificación estatal basada en el poder popular y en la democracia socialista, en los peores momentos. Incluso cuando la planificación se ha reducido sólo a estatal porque el poder popular ha ido quedando al margen, y porque la democracia socialista ha sido reducida a una caricatura, incluso así, ha sido superior a las políticas burguesas más ortodoxamente keynesianas e intervencionistas. Únicamente cuando el “socialismo de mercado” abrió las puertas de par en par al “mercado sin socialismo”, sólo entonces la planificación estatal dejó definitivamente de tener alguna influencia, y al desaparecer ésta la miseria más dura azotó a los pueblos de la ex URSS, a sus clases trabajadoras, a sus ancianos y jubilados. La mujer fue la más golpeada por el retroceso cualitativo al modo de producción capitalista.
Mientras tanto, la planificación estatal fue decreciente en la medida en que aumentaba la “iniciativa” de las empresas, su capacidad para jugar en su beneficio aceptando cada vez más los dogmas del “socialismo de mercado” y el veneno dulce pero mortal de la ley del valor-trabajo. Pero dado que la propiedad seguía en manos del Estado y de que éste no estaba todavía en manos de la clase burguesa, el sistema incorrectamente denominado “soviético”, siguió siendo un sistema aparentemente estancado en su tránsito del capitalismo al socialismo. Estancado en apariencia porque, como indica la dialéctica, nada permanece estable e inmutable, todo cambia y se mueve; y en lo relacionado con la sociedad, si no avanza, retrocede aunque sea imperceptiblemente. Mientras, crecía la tensión entre la centralidad económica que aún mantenía el Estado y la “iniciativa” empresarial, hasta que la casta decidió hacerse propietaria.
Los propagandistas burgueses creyeron equivocadamente que con la implosión de la URSS la denominada “mano invisible del mercado” había vencido para siempre, sin darse cuenta que desaparecida la URSS se esfumaba también uno de los sistemas de contención de la lucha revolucionaria a escala mundial más efectivos desde finales de los ’20. Los denominados “treinta gloriosos”, las tres décadas de expansión del capitalismo imperialista en algunas áreas del planeta, se asentaron en una serie de coincidencias extraordinarias que muy probablemente nunca más vuelvan a juntarse, al contrario.
La “convivencia pacífica” decretada por la URSS ayudó sobremanera a la “paz social” durante dichas décadas. Ahora, el sub-imperialismo ruso no puede cumplir ese papel, y los EEUU, la UE , Japón, etc., se enfrentan a problemas de orden y de control muy superiores a los que tuvieron antes entre otras razones porque el capitalismo ha entrado en una larga fase de crisis. Los pueblos oprimidos, las clases trabajadoras, las mujeres, las minorías sometidas a opresiones concretas pero insertas en la explotación capitalista, debemos estudiar la innegable actualidad de la URSS y aplicar al presente el potencial revolucionario que guarda en su interior la revolución bolchevique.
Iñaki Gil de San Vicente
Rebelión
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