domingo, 12 de octubre de 2014

A 150 años de la fundación de la Primera Internacional - La clase obrera necesita una Internacional revolucionaria




El 28 de septiembre de 1864, delegados de distintos países se reunieron en St Martin’s Hall de Londres. Era el intento más serio hasta la fecha de unir las capas más avanzadas de la clase obrera a escala internacional. La reunión fue convocada como un acto de solidaridad internacional en respuesta al alzamiento polaco de 1863. [Lee también el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores, de Carlos Marx]
La reunión decidió unánimemente la creación una Asociación Internacional de Trabajadores, más tarde conocida como la I Internacional. Su sede estaría en Londres, dirigida por un comité de 21, al que se le encargaría un borrador de programa y de estatutos. Esta tarea le fue dada a Karl Marx, que desde este momento jugaría un papel decisivo en la Internacional.
En retrospectiva, podemos decir que la tarea histórica de la I Internacional fue la de establecer los principios fundamentales, el programa, la estrategia y las tácticas del marxismo revolucionario a escala global. Sin embargo, la nueva Internacional no surgió completamente formada y armada, como Atenea de la cabeza de Zeus. En sus orígenes, no era una Internacional marxista, sino una organización extremadamente heterogénea compuesta de diversas tendencias.
Ahora bien, los fundadores del socialismo científico eran ajenos a esa clase de sectarismo que trata de encontrar la fórmula química para una organización pura de la clase obrera, algo que nunca ha existido y nunca existirá. Marx y Engels comprendían la importancia de trabajar en una arena amplia con raíces en las masas de la clase trabajadora. En este sentido, la participación de los sindicatos británicos era particularmente importante.
Desde un primer momento, Marx y Engels libraron una ardua lucha por la claridad ideológica dentro de la Internacional. Pero entendieron que para ganarse a las masas para las ideas del socialismo científico, era necesario llevar a cabo una paciente labor en el seno de las organizaciones proletarias históricamente determinadas y con profundas raíces en la clase. Por primera vez, la AIT les ofreció un marco común en el cual poner a prueba y someter a debate sus ideas fuera del ámbito de los pequeños círculos revolucionarios que existían previamente.
Al principio, Marx y Engels se enfrentaron a dificultades formidables. En la mayoría de los países, el movimiento obrero estaba dando sus primeros pasos. Estaba en su etapa formativa y frecuentemente influenciado por ideas liberales y democráticas burguesas. En casi todos los países, el movimiento obrero no había roto aún con los partidos burgueses.
En los días de Marx y Engels, la abrumadora mayoría de la población europea estaba compuesta por campesinos o pequeños artesanos, no por trabajadores asalariados. Sólo en Gran Bretaña la clase obrera representaba la mayoría de la población, pero los dirigentes sindicales británicos estaban bajo la influencia de los liberales. En Francia los proudhonistas se oponían a las huelgas, contraponiendo sus ideas utópicas de “mutualismo”. También se oponían a la participación obrera en las luchas políticas.
Al final, combinando la firmeza en los principios con una gran flexibilidad táctica, Marx y Engels fueron ganando a la mayoría. Bajo la batuta del Consejo General liderado por Marx y Engels, la Internacional sentó las bases para el desarrollo movimiento obrero en Europa, Gran Bretaña y América. Y echó hondas raíces en los principales países europeos.

Socialismo e Internacionalismo

El socialismo es internacionalista, o no es nada. Ya en los albores de nuestro movimiento, en las páginas del Manifiesto Comunista, Marx y Engels escribieron la famosa frase: “Los trabajadores no tienen patria”. El internacionalismo de Marx y Engels no era un capricho, o fruto de consideraciones sentimentales. Emanaba del hecho de que el capitalismo se desarrolla como un sistema mundial – de las diferentes economías y mercados nacionales surge un conjunto único, indivisible e interdependiente – el mercado mundial.
Hoy, esta predicción de los fundadores del marxismo se ha visto brillantemente corroborada casi matemáticamente. La dominación aplastante del mercado mundial es uno de los hechos más decisivos de nuestro tiempo. Ni un solo país, sin importar su tamaño o poder, ni los EEUU, ni China, ni Rusia, puede evitar ser arrastrado por el mercado global.
No hay libro más moderno que el Manifiesto de Marx y Engels. Explica la división de la sociedad en clases, explica el fenómeno de la globalización, de las crisis mundiales de sobreproducción, la naturaleza del Estado y las fuerzas motrices del desarrollo histórico.
Sin embargo, incluso las ideas más correctas son estériles si no encuentran una expresión organizativa y práctica. Es por ello que los fundadores del socialismo científico lucharon toda su vida por la creación de una organización internacional de la clase trabajadora. Marx y Engels ya se habían involucrado en la Liga Comunista, que era, desde un principio, una organización internacional, si bien la creación de la AIT representaba un salto cualitativo.
La Internacional se desarrolló y creció en el período previo a la Comuna de París. No se mantuvo al margen de los problemas cotidianos del proletariado. Al contrario, estaba constantemente involucrada en las labores prácticas del movimiento obrero. La Internacional reivindicó la igualdad entre hombres y mujeres y luchó por la mejora de las condiciones de la mujer y de los jóvenes, que eran los que más sufrían la opresión del capitalismo. Al principio, la militancia de la AIT se componía fundamentalmente de hombres, pero en abril de 1865 se abrió la membresía a las mujeres y la Internacional desarrolló una serie de consignas para la mujer trabajadora.
La sede del Consejo General estaba en Londres y había varios sindicatos afiliados a él. Participó en numerosas huelgas y conflictos laborales. La Internacional luchó por acabar con la importación de esquiroles del extranjero y recolectar dinero para apoyar a los huelguistas y sus familias, que empezaron a darse cuenta de que la Internacional era la defensora del proletariado, y que combatía por sus intereses.
A pesar de estos éxitos, o más bien gracias a ellos, los dirigentes reformistas de los sindicatos se empezaron a alarmar por la creciente influencia de la Internacional en Gran Bretaña. Aceptaban su ayuda pero no sentían simpatía hacia sus ideas socialistas y revolucionarias. Aun así, la Internacional era popular en el movimiento obrero británico. La conferencia sindical de Sheffield aprobó una resolución agradeciendo a la Asociación Internacional de Trabajadores sus intentos de unificar a los proletarios de todos los países en una liga fraternal, y recomendó que los sindicatos presentes en la conferencia se afiliasen.

La lucha contra el sectarismo

Marx y Engels tuvieron que luchar en dos frentes: por una parte, tenían que combatir las ideas reformistas de los dirigentes oportunistas de los sindicatos que estaban a favor de la colaboración de clases y de la conciliación con los liberales burgueses. Por otra parte, tuvieron que librar una batalla constante contra el ultraizquierdismo y las tendencias sectarias. Esta situación no ha cambiado mucho hoy. La corriente marxista se enfrenta exactamente a los mismos problemas y ha de luchar contra los mismos enemigos. Los nombres han cambiado pero el contenido es el mismo.
La historia de la I Internacional se caracterizó por encima de todo por la lucha entre dos tendencias incompatibles: por un lado el de sistemas utópicos y sectarios que inicialmente dominaron el movimiento obrero, y, por otro lado, el socialismo científico cuyo principal referente era Karl Marx.
En la I Internacional, aparte de los Owenistas británicos y los sindicalistas reformistas, estaban los proudhonistas y los blanquistas franceses, los seguidores italianos del nacionalista moderado Mazzini, los anarquistas rusos y otras tendencias. En una carta a Engels, Marx escribió: “Era muy difícil orientar la cuestión para que nuestro punto de vista apareciese de manera aceptable para la posición actual del movimiento obrero (…). Pasará tiempo hasta que un movimiento renacido nos permita mostrar la vieja audacia de nuestros discursos. Será necesario ser fortiter in re, suaviter in modo [suave en las formas y duros en el contenido].”
Los anarquistas, tanto de la corriente proudhonista como de la bakuninista, se oponían a la participación de la clase obrera en la contienda política, aunque partiendo de premisas diferentes. Los proudhonistas aconsejaban a los trabajadores que alcanzasen su emancipación a través de medidas económicas a pequeña escala, especialmente organizando el crédito libre y el intercambio equitativo entre productores.
En el otro extremo estaban los bakuninistas que defendían “la propaganda por el hecho”, que en el fondo se reducía al terrorismo individual y a lanzar pequeñas insurrecciones, que, se suponían, debían sentar las bases para un alzamiento generalizado que lograría la revolución social de golpe. Mientras que Proudhon idealizaba el carácter pequeñoburgués de los pequeños propietarios y de los artesanos independientes, Bakunin dio expresión a la perspectiva del lumpenproletario y del campesino insurrecto.
Estas ideas falsas representaron un serio problema en un momento en el que las masas trabajadoras estaban empezando a despertarse. Recuperándose de esa derrota terrible que sufrieron tras la revolución de 1848, los obreros franceses instintivamente expresaron su revuelta contra la esclavitud económica en huelgas, mientras que políticamente estaban preparando la lucha para tumbar al régimen bonapartista. Pero los proudhonistas se oponían a las huelgas y ofrecían pequeños paliativos utópicos.
En vez de partir del movimiento real de la clase obrera y de elevar a las masas a un nivel superior, los sectarios buscaban imponer sobre éstas sus propias doctrinas particulares. Una batalla ideológica aguda y empedernida era necesaria para purgar a la Internacional del sectarismo y proveerla de una base ideológica firme. Marx tuvo que dedicar una enorme cantidad de tiempo y esfuerzos a la lucha contra el sectarismo en sus diversas formas.

La Comuna de París

En su día, la burguesía temblaba ante la amenaza del comunismo liderado por la Internacional. Pero en el mundo se estaban preparando grandes acontecimientos que cortarían este desarrollo. Mientras se libraba una batalla ideológica en el seno de la Internacional, una situación dramática se desenvolvía en el continente europeo.
En julio de 1870 estalló la guerra entre la Francia bonapartista y la Alemania de Bismarck. La AIT adoptó una posición internacionalista sobre la guerra. El Consejo General publicó un manifiesto protestando contra la guerra y culpando de ésta tanto a Napoleón como al gobierno prusiano. Si bien señalaba que para Alemania la guerra tenía un carácter defensivo, el manifiesto advertía a los trabajadores alemanes que si permitían que se convirtiese en una guerra de conquista, los resultados serían desastrosos para el proletariado, tanto si acabase en victoria como en derrota.
La catastrófica derrota del ejército francés el 4 de septiembre de 1870 desató una cadena de acontecimientos que desembocaron en una insurrección por parte del proletariado y el establecimiento del primer Estado obrero de la historia: la Comuna de París. En palabras de Marx, los trabajadores de París “tomaron el cielo por asalto”. La Comuna no era un parlamento clásico, sino una corporación de trabajo con funciones tanto ejecutivas como legislativas. Los funcionarios, que hasta ese momento eran un instrumento en manos del gobierno y una herramienta práctica de la clase dominante, fueron reemplazados por un cuerpo representativo compuesto por personas elegidas por sufragio universal y sujetas a la revocación en todo momento.
Este no es el lugar para hacer un análisis detallado de la Comuna de París. Baste con decir que la debilidad de la Comuna era la debilidad de su dirección. La Comuna no tenía ni un programa definido ni una táctica clara de defensa y ataque. En la propia Comuna, los Internacionalistas estaban en minoría. Sólo 17 de los 92 miembros pertenecían a ella. En ausencia de una dirección consciente, la Comuna fue incapaz de ofrecer perspectivas amplias a los trabajadores y campesinos que podían haber terminado con el aislamiento de los trabajadores parisinos.
A pesar de sus grandes logros, la Comuna cometió errores. En concreto, Marx señaló la equivocación de no nacionalizar el Banco de Francia y de no avanzar sobre el centro de la contrarrevolución en Versalles. La clase obrera pagó un alto precio por estos errores. El gobierno de Versalles tuvo tiempo para organizar un ejército contrarrevolucionario que marchó sobre París y aplastó la Comuna con brutalidad extrema.
Habiendo ahogado en sangre la Comuna, la prensa burguesa organizó una campaña de calumnias contra ésta. Marx defendió la Comuna vehementemente. En nombre del Consejo General escribió un manifiesto que pasaría a conocerse como La guerra civil en Francia, en el que explicaba el significado histórico real de esta gran revolución proletaria. La Comuna era una forma de gobierno político de la clase trabajadora, una dictadura ejercida por la clase oprimida sobre la clase opresora. Era un régimen de transición que defendía la completa transformación económica de la sociedad. A esto se refería Marx cuando hablaba de la dictadura del proletariado.

El colapso de la Internacional

La derrota de la Comuna de París representó un golpe mortal para la AIT. La orgía de reacción que vino después le hizo imposible operar en Francia, y en todas partes la Internacional fue perseguida. Pero la verdadera razón de sus dificultades tenía que ver con el auge económico del capitalismo a escala global que sucedió tras la derrota de la Comuna. Esto tuvo a su vez un efecto negativo sobre la Internacional.
En estas condiciones, las presiones del capitalismo sobre el movimiento obrero dieron lugar a peleas y faccionalismos. Alimentándose de la atmósfera general de desilusión y desesperanza, las maquinaciones de Bakunin y sus seguidores se intensificaron. Por estas razones, Marx y Engels propusieron primero mover la sede de la Internacional a Nueva York, y al final decidieron que sería mejor disolver la Internacional, al menos por el momento. La vida de la AIT terminó oficialmente en 1876.
La AIT tuvo éxito sentando las bases teóricas de una Internacional revolucionaria genuina. Pero nunca fue una verdadera Internacional obrera de masas. En realidad, fue una anticipación del futuro. La Internacional Socialista (II Internacional), creada en 1889, retomó el trabajo donde la I Internacional lo había dejado. A diferencia de la anterior, la II Internacional comenzó como una Internacional de masas que organizaba a millones de obreros. Tenía partidos y sindicatos de masas en Alemania, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, etc. Es más, defendía, al menos sobre el papel, el marxismo revolucionario. El futuro del socialismo parecía garantizado.
Sin embargo, la desdicha de la II Internacional fue la de haber sido creada durante un prolongado período de bonanza capitalista. Esto marcó la mentalidad de la capa dirigente de los partidos socialdemócratas y sus sindicatos. Los años 1871-1914 fueron el período clásico de la socialdemocracia. Sobre la base de un crecimiento económico prolongado, le resultó posible al capitalismo dar concesiones a la clase obrera, o, para ser más exactos, a sus capas superiores. Esta fue la base material para la degeneración nacional-reformista de la II Internacional (Socialista), lo cual salió a la luz cruelmente en 1914, cuando los dirigentes de la Internacional votaron a favor de la guerra y apoyaron a “sus” burguesías en la carnicería imperialista de la Primera Guerra Mundial.

La Tercera Internacional

La terrible catástrofe de la Primera Guerra Mundial ayudó a desencadenar la Revolución Rusa, que en 1917 llevó a los trabajadores al poder de la mano de la dirección del Partido Bolchevique, de Lenin y Trotsky. Pero los bolcheviques nunca vieron la Revolución Rusa como un acontecimiento puramente nacional, sino como el primer paso hacia la revolución socialista mundial. Eso es por lo que en 1919 establecieron una nueva Internacional revolucionaria.
La Tercera Internacional (Comunista), generalmente conocida como la Comintern, estaba en un nivel cualitativamente superior al de sus dos predecesoras. Como la AIT, la III Internacional, en su punto álgido de desarrollo, defendía un programa revolucionario e internacionalista. Como la II Internacional, tenía millones de seguidores. De nuevo, parecía que el futuro de la revolución mundial estaba en buenas manos.
Bajo la dirección de Lenin y Trotsky, la Internacional Comunista mantuvo una línea revolucionaria correcta. Sin embargo, el aislamiento de la Revolución Rusa en condiciones de un atraso material y cultural aterrador provocó la degeneración burocrática de la revolución. La facción burocrática dirigida por Stalin se puso al frente, sobre todo tras la muerte de Lenin en 1924.
León Trotsky y la Oposición de Izquierda intentaron defender las brillantes tradiciones de Octubre frente a la reacción estalinista – las tradiciones leninistas de democracia obrera e internacionalismo proletario. Pero iban a contracorriente. Los trabajadores rusos estaban exhaustos tras años de guerra, revolución y contienda civil. Por otra parte, la burocracia se sentía cada vez más segura de sí misma, empujando a un lado a los obreros y tomando el control del Partido.
El auge del estalinismo en Rusia ahogó el tremendo potencial de la III Internacional. La degeneración estalinista de la Unión Soviética sembró el caos entre las todavía inmaduras direcciones de los partidos comunistas extranjeros. Mientras Lenin y Trotsky consideraban la revolución proletaria mundial como la única salvaguarda del futuro de la Revolución Rusa y del Estado soviético, a Stalin y sus seguidores no les importaba la revolución mundial. La “teoría” del socialismo en un solo país expresaba la estrechez de miras de la burocracia, que veía la Internacional Comunista como un mero instrumento de la política exterior de Moscú. Habiendo usado la Comintern al servicio de sus propios intereses cínicos, Stalin la disolvió en 1943 sin hacer amago siquiera de convocar un congreso para refrendar la decisión

La Cuarta Internacional

Expulsado y exiliado, Trotsky intentó reagrupar las exiguas fuerzas que se mantenían fieles a las tradiciones del bolchevismo y de la revolución de octubre. Bajo las condiciones más difíciles, calumniado por los estalinistas y perseguido por la GPU, él solo alzó las banderas de octubre, del leninismo y de la democracia obrera y del internacionalismo proletario.
Desafortunadamente, debido al tamaño reducido de sus fuerzas, muchos de los seguidores de la Oposición estaban confusos y desorientados, y se cometieron muchos errores, en particular de carácter sectario. Esto reflejaba en parte el aislamiento de los trotskistas del movimiento de masas. Este sectarismo está presente hoy en día en muchos grupos que se consideran a sí mismos trotskistas, y que han sido incapaces de entender las ideas más básicas de Trotsky.
Trotsky creó la Cuarta Internacional en 1938 en base a una perspectiva concreta. Sin embargo, esta perspectiva fue falsificada por la historia. El asesinato de Trotsky por uno de los mercenarios de Stalin en 1940 representó un golpe mortal contra el movimiento. Los otros dirigentes de la IV Internacional demostraron de manera fulminante no estar a la altura de las tareas históricas. Repetían las palabras de Trotsky sin entender su método. Como resultado, cometieron serios errores que desembocaron en el naufragio de la IV Internacional. Su dirección fue totalmente incapaz de entender la nueva situación que surgió tras 1945. La ruptura y fragmentación del movimiento trotskista se desata en este período.
No es posible entrar en detalle aquí en los errores de la dirección de aquel entonces de la IV Internacional, pero basta con decir que Mandel, Cannon y compañía quedaron desorientados tras la Segunda Guerra Mundial, y esto dio lugar al abandono total de las ideas del marxismo genuino. La llamada IV Internacional degeneró tras la muerte de Trotsky hasta convertirse en una secta orgánicamente pequeñoburguesa. No tiene nada en común con las ideas de su fundador ni con la corriente genuina del bolchevismo-leninismo.

El movimiento retrocede

La Segunda y Tercera Internacionales degeneraron en organizaciones reformistas, pero al menos les quedaban las masas. Trotsky, en el exilio, carecía de organizaciones de masas, pero sí tenía el programa y políticas correctas y unas consignas claras. Era respetado por trabajadores de todo el mundo y sus ideas eran escuchadas. Hoy, la llamada IV Internacional no existe como organización. Los que hablan en su nombre (y hay unos cuantos) no tienen ni las masas, ni las ideas correctas, ni siquiera consignas claras. Han degenerado hacia el tipo de sectarismo estéril que Marx combatió en la I Internacional. Toda la cháchara de revivir la IV Internacional sobre estas bases está descartada.
Debemos enfrentarnos a los hechos. Hoy, 150 años tras la fundación de la I Internacional, por una combinación de circunstancias, objetivas y subjetivas, el movimiento revolucionario ha dado un paso atrás y las fuerzas del marxismo revolucionario son una pequeña minoría. Eso es la verdad, y quien lo niegue se defrauda a sí mismo y a los demás. Las razones de esto están en parte en los errores del pasado. Pero el factor decisivo que explica el aislamiento y la debilidad de las fuerzas del marxismo revolucionario yace en la situación objetiva.
Décadas de crecimiento económico en los países capitalistas avanzados ha dado pie a una degeneración sin precedentes de las organizaciones de masas de la clase obrera. Ha aislado a la corriente revolucionaria, que en todas partes se ha visto reducida a una pequeña minoría. El colapso de la Unión Soviética ha ayudado a sembrar la confusión y la desorientación en el movimiento, y ha sellado definitivamente la degeneración de los dirigentes estalinistas, muchos de los cuales se pasaron al bando de la reacción capitalista.
Muchos han sacado conclusiones pesimistas de esto. A esta gente le decimos: no es la primera vez que nos enfrentamos a dificultades, y no les tenemos ningún miedo. Mantenemos una confianza inquebrantable en la certeza del marxismo, en el potencial revolucionario de la clase trabajadora y en la victoria final del socialismo. La crisis actual expone el papel reaccionario del capitalismo, y pone sobre la mesa la reconstrucción del socialismo internacional. Hay conatos de reagrupar fuerzas a escala internacional. Lo que se necesita es darle a esa reagrupación una expresión organizada y un programa, perspectivas y una línea clara.

La única salida

Las tareas a las que nos enfrentamos son a grosso modo análogas a las de Marx y Engels en los días de la fundación de la I Internacional. Como hemos explicado antes, aquella organización no era homogénea, sino que se componía de diversas tendencias. Sin embargo, Marx y Engels no se amedrentaron por ello. Se unieron al movimiento general de la Internacional obrera y trabajaron pacientemente para proveerla de una ideología y un programa científicos. Se enfrentaron a muchas dificultades. Al final de su vida Engels escribió: “Marx y yo estuvimos en minoría toda nuestra vida, y estábamos orgullosos de estar en minoría”.
Como Marx y Engels, durante décadas nos vimos forzados a nadar a contracorriente. Pero ahora los vientos de la historia han empezado a cambiar. La crisis económica global de 2008-2009 marcó un punto de inflexión en la situación mundial y los estrategas del capital no ven ninguna salida. Predicen entre 10 y 20 años de recortes y austeridad. Esta ha sido la “recuperación” más lenta de la historia del capitalismo, y sea cual sea la recuperación que dicen que hay no está alcanzando en absoluto a la mayoría de la población.
La mecánica elemental nos dice que cada acción tiene una reacción igual y opuesta. La crisis del capitalismo está provocando una reacción de los trabajadores y de la juventud.En todas partes, bajo la superficie de calma y tranquilidad, hay una corriente efervescente de rabia, indignación, descontento y, por encima de todo, de frustración contra el estado de las cosas en la sociedad y la política. En un país tras otro, las masas han entrado en escena con una fuerza sobrecogedora: Túnez, Egipto, Turquía, Brasil, Grecia, España y Portugal. Incluso en los EEUU hay un descontento generalizado y un cuestionamiento del orden actual que no existía antes.
Hoy, las ideas de Marx son más válidas y necesarias que nunca. Tras seis años de profunda crisis económica, hay desempleo masivo, condiciones de vida que se desploman, ataques constantes contra el Estado del bienestar y los derechos democráticos. Está el escándalo de los banqueros, que han destruido el sistema financiero mundial con su avaricia, especulación y timos, yéndose a casa con bonificaciones estratosféricas. Oxfam publicó una estadística que mostraba que las 66 personas más ricas del mundo poseen más riqueza que los 3.500 millones más pobres, la mitad de la población del planeta. Marx predijo esto en las páginas de El Capital y del Manifiesto Comunista.
Los economistas y políticos no tienen solución a la crisis, cuyas causas no pueden llegar a entender. Hablan de la crisis de sobrecapacidad global, y usan tales términos porque tienen miedo de llamar a las cosas por su nombre. A lo que se refieren es a la sobreproducción, que Marx explicó en 1848. Esta es la contradicción fundamental del capitalismo, que nunca antes ha existido en ninguna otra sociedad. Y la única forma de eliminar esta contradicción es liberando las fuerzas productivas de la camisa de fuerza de la propiedad privada y del Estado-nación.
La clase obrera y la juventud no necesitan que se les recuerde que hay crisis económica, sólo tienen que encender la televisión para ello. Mientras la inseguridad se acumula en un extremo, en el otro se apila la riqueza. La productividad, la cantidad de riqueza producida por hora de trabajo, ha aumentado más de un 50% desde los años 1970 en casi todos los países occidentales, mientras que los salarios reales se han estancado en ese mismo período. Las colosales plusvalías producidas por la clase obrera son tomadas por los más ricos de la sociedad, a los que el movimiento Occupy llamó el 1%.
La única manera de acabar con la anarquía del capitalismo es que la clase obrera tome el poder en sus propias manos, que expropie los bancos y las grandes corporaciones y que empiece a planificar la economía en líneas socialistas democráticas. Cuando la mayoría social – los que realmente son fuente de toda riqueza – sea capaz de decidir cuáles son las prioridades, serán capaces de asegurar que los recursos de la sociedad se usan para satisfacer las verdaderas necesidades de la humanidad y no en aras del lucro privado. Será posible garantizar viviendas y sanidad decentes, educación gratuita en todos los niveles, y al mismo tiempo incrementar tremendamente la productividad del trabajo.
Esta nueva sociedad socialista sentará las bases para la desaparición de las clases. En palabras de Marx: “En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, la sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno sea la condición para el libre desarrollo de todos.”

La Corriente Marxista Internacional

Por las razones que hemos expuesto, actualmente no existe ninguna Internacional de masas genuina. Lo que fue la IV Internacional fue destruida por los errores de sus dirigentes tras el asesinato de Trotsky, y a todos los efectos sólo pervive en las ideas, métodos y programa defendidos por la Corriente Marxista Internacional.
En todas partes la gente está harta de la situación actual. Hay un deseo ferviente de cambio. Movimientos de protesta masivos como Occupy son una expresión de ello, pero al mismo tiempo han expuesto las limitaciones de movimientos puramente espontáneos. Los banqueros y capitalistas han mantenido un control firme sobre el Estado, las protestas perdieron fuelle y todo siguió como antes.
El problema fundamental se puede expresar de manera sencilla. Es un problema de dirección. En 1938, León Trotsky dijo que la crisis de la humanidad se podía reducir a la crisis de la dirección del proletariado. Eso resume completamente la situación actual. Es irónico que los dirigentes de los partidos obreros de masas se aferren al capitalismo y al mercado cuanto éstos están cayéndose a pedazos enfrente de sus narices. Los trabajadores y la juventud han hecho todo lo que han podido para cambiar la sociedad. Pero no han podido encontrar ninguna expresión organizada que responda a sus esfuerzos. A cada paso que dan se ven bloqueados por las viejas organizaciones y direcciones burocráticas que hace mucho que abandonaron cualquier pretensión de defender el socialismo.
Lo que separa a la Corriente Marxista Internacional (CMI) de todas las otras corrientes autodenominadas trotskistas, es, por un lado nuestro actitud minuciosa hacia la teoría y, por el otro, nuestra aproximación hacia las organizaciones de masas. Al contrario que el resto de grupos, nuestra premisa inicial es que cuando los trabajadores entran en acción no lo harán moviéndose hacia algún pequeño grupo en los márgenes del movimiento obrero. En el documento fundacional de nuestro movimiento, Marx y Engels explicaron que “Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros.”. Explicaron que:
“Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, destacan y reivindican siempre los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto.” (El Manifiesto Comunista,Proletarios y Comunistas).
Estas palabras son tan ciertas hoy como cuando fueron escritas. La tarea de los marxistas no es proclamar el partido revolucionario y la Internacional a viva voz sino construirlos en la práctica. Para esto, dos cosas son necesarias: la lucha por la teoría revolucionaria y la educación de cuadros marxistas, y una firme orientación hacia la clase obrera y sus organizaciones.
La Internacional no será construida meramente con proclamarla. Se construirá sobre la base de los acontecimientos, al igual que la Internacional Comunista se constituyó sobre la base de la experiencia de las masas en el periodo tormentoso de 1914-1920. Son necesarios grandes acontecimientos para enseñar a las masas la necesidad de una transformación revolucionaria de la sociedad. Pero además de los acontecimientos, necesitamos crear una organización con ideas claras y raíces sólidas en las masas a escala mundial.
Nuestra tarea es participar en la lucha de clases codo con codo con el resto de nuestra clase, pasar por todas las experiencias y por cada disyuntiva para explicar la necesidad de la transformación socialista de la sociedad. Sólo ganándonos, en primer lugar, a los elementos más conscientes y activos de la vanguardia proletaria y de la juventud podremos alcanzar a las masas que siguen bajo la influencia de la dirección reformista del movimiento obrero. En 1917, cuando eran minoría en los soviets, Lenin dio el siguiente consejo a los bolcheviques: “¡explicad pacientemente!”, y ese es un buen consejo.
Se necesita algo más que campañas de solidaridad, manifestaciones y ocupaciones. Lo que se requiere es una Internacional revolucionaria que sea capaz de dar una expresión organizada y dirección política a la lucha contra el imperialismo y el capitalismo por el socialismo. Esa es nuestra tarea.
Partiendo de pequeños comienzos, la CMI hoy trabaja en más de 30 países. Nuestra web,www.marxist.com (In Defence of Marxism), es la web marxista más exitosa y leída del mundo con millones de visitas cada año. De Brasil a EEUU y Canadá, de Grecia a Venezuela, de México a Gran Bretaña y Francia, la CMI está construyendo las fuerzas del marxismo. En Pakistán, en las condiciones más difíciles que se puedan imaginar, hemos construido una organización con miles de militantes que aúna a lo mejor de los trabajadores y de la juventud. Este es un gran logro pero es sólo el comienzo.
Hacemos un llamamiento a cada obrero y joven que esté de acuerdo con esto para que nos ayude a alcanzar nuestro objetivo final: la victoria del socialismo internacional.
¡Contra el capitalismo y el imperialismo!
¡Por la transformación socialista de la sociedad!
¡Únete a la CMI en la lucha por el socialismo internacional!
¡Proletarios de todos los países, uníos!

Alan Woods
Londres, 28/09/2014

La Asociación Internacional de Trabajadores nació hace 150 años




Hace siglo y medio, concretamente el 28 de septiembre de 1864, en una asamblea pública celebrada en el Saint Martin´s Hall de Londres…
En uno de sus breves artículos deEl País, Manuel Rivas, exponía esta frase que me parece en verdad luminosa: “Hoy todo el mundo tiene una Internacional menos los obreros…” ( 15-01-11)
Esta es una realidad fehaciente, de hecho, aparte del abismo ecológico, el aspecto más determinante de la situación marcada por el triunfal-capitalismo, es la debilidad extrema al que ha llegado el movimiento obrero arruinado política y moralmente por la socialdemocracia y el estalinismo, sin olvidar la parte que le toca a los sectarismos que hablan en nombre de tal o cual ideal histórico.
No hay la menor duda de que está siendo el internacionalismo del egoísmo propietario es un “movimiento” de las grandes potencias, parte central de su política exterior, como lo es para las grandes multinacionales. Otras cosas que existan graves contradicciones entre ellas, pero lo cierto es que el contraste está ahí, y no creo que nadie saque a relucir al respecto la “Internacional Socialista”, como no sea para hablar de lejanas fases históricas. Actualmente es una agencia imperialista más, y en ella se han sentado grandes tiranos como Mubarak y Ben Ali (al evocar el hecho, esa empresaria triunfante que es Carmen Chacón, únicamente se atrevió a decir que “a veces habían sido muy negligentes”), y en ella medran montajes tan siniestros como la Trilateral, la misma entidad que planificó la trama golpista en América Latina en los años setenta, y que ahora cuenta entre sus representantes a la no menos triunfante Trinidad Jiménez, un detalle al parecer tan irrelevante para los medios como sí fuese socia del Club de Polo…Cierto que está el enorme esfuerzo de la Cuarta Internacional que bastante ha tenido con sobrevivir manteniendo un legado vivo…
Decía Engels que mientras las revoluciones burguesas tenían una vocación nacionalista (e imperialista), como había quedado bien patente en la Inglaterra de Cromwell que no perdió un minuto en aplastar la revuelta irlandesa, por no hablar del ejemplo napoleónico, las revoluciones socialistas tenían la obligación de ser internacionalista, apartado que tuvieron claro la revolución francesa de 1848, la misma que dio lugar a una República que se decía democrática, social e internacionalista, en tanto que la “Commune” derribó simbólicamente la columna Vendôme, como un gesto en este sentido…
No hay que decir que el internacionalismo figuró como una de las claves programáticas del socialismo desde sus primeros pasos, y que resultó una cuestión fundamental del pensamiento y la actividad de Marx y Engels, que aportaron una base de clase (internacionalismo proletario) a la idea de la fra­ternidad humana proclamada por la Revolución francesa, e hicieron propia la idea expresada por Percy B. Shelley según la cual una nación que oprime a otra no puede ser libre. Engels comparó «la con fraternización de las naciones, tal como se está produciendo ahora en todos lados por parte del partido proletario» con «el viejo e instintivo egoísmo nacional y el cosmopolitismo hipócrita y egoísta del libre cambio». Mientras que la burguesía de cada país tenía sus propios intereses especiales, «los obreros de todos los países tienen un solo y único interés, un solo y único enemigo, una sola y única lucha» (El Festival de las Naciones en Londres). Marx y Engels consideraban este interés común no sólo en la cooperación a través de las fronteras para defender los intereses inmediatos de clase, sino también en la preparación de «una gran revolución social que se apoderaría de los resultados de la época burguesa, el mercado mundial y las modernas fuerzas de producción y los subordinaría al control común de los pueblos más avanzados» (Marx, Futuros resultados de la dominación británica en la India).
Esto explica que en el momento en que ambos revolucionarios se adhirieron a la Liga de los Comunistas en 1847, su viejo lema «Todos los hombres son hermanos» se cambió por el de «Prole­tarios de todos los países, uníos». Al especificar lo que distinguía a los comu­nistas, colocaron en primer lugar el hecho de que «en las diferentes luchas na­cionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a to­do el proletariado, independientemente de la nacionalidad» (Manifiesto co­munista, parte 2). Al mismo tiempo reconocían que «por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primera­mente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país debe acabar en primer lugar con su propia burguesía» (ibíd., parte 1). Marx subra­yó que «no hay absolutamente ninguna contradicción en un partido obrero internacional luchando por el establecimiento de la nación polaca» (Por Po­lonia, subrayado en el original). Marx, al luchar por la independencia de Irlanda, lo consideró como un estímulo para la revolución social en Ingla­terra (Carta a S. Mayer y A. Vogt, 9 de abril de 1870). Sobre este tema, resulta de enorme interés un trabajo monográfico de Michael Lowy, escrito con Georges Haupt y Claude Weil, El marxismo y la cuestión nacional, una obra necesaria.
Como es sabido, la Primera Internacional se formó «para conseguir un organismo central de comunicación y cooperación entre las asociaciones de trabajadores existentes en los diversos países» (Reglas generales de la AIT., redactadas por Marx), Marx y Engels no consideraron tal organización como algo per­manentemente esencial para el internacionalismo. A tal efecto, Engels escribió en 1885 que la Primera Internacional se había convertido en un «estorbo» para el mo­vimiento internacionalista, y que «el simple sentimiento de solidaridad basa­do en la comprensión de la identidad de la posición de clase basta para fo­mentarlo y mantenerlo unido» «Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas, Conclusión). Las expectativas de Engels eran muy optimistas, Pero el problema no se resolvió con la formación de la Segunda Interna­cional, que, con el estallido de la guerra en 1914, se vino abajo ante el resurgi­miento del nacionalismo.
Cuando se liga exclusivamente la Internacional Comunista con la revolución de octubre, se olvida que desde 1914, Lenin incitó a los internacionalistas a trabajar para «convertir la actual guerra imperialista en una guerra civil» (La guerra y la socialdemocracia rusa); también Rosa Luxemburgo y Trotsky entre otros y otras, se pronunciaron en el mismo sentido.
Lenin también defendió la autodeterminación de las naciones opri­midas dentro de la Rusia zarista (y en otros lugares) «no porque hayamos pensado en dividir al país económicamente, o con la idea de crear pequeños Estados, sino, al contrario, porque queremos Estados grandes y una unión más estrecha, incluso una fusión de las naciones, pero sólo sobre una base verdaderamente democrática e internacionalista, la cual es inconcebible sin la libertad de separarse» (Sobre el derecho de autodeterminación de las na­ciones; subrayado en el original). Puso un interés creciente durante la guerra, y después de ella, en la necesidad de una «unión entre los proletarios revolu­cionarios de los países capitalistas avanzados, y las masas revolucionarias de aquellos países donde apenas hay un proletariado o es éste muy escaso —por ejemplo, las masas oprimidas de los países coloniales del este—, contra el im­perialismo» (Informe sobre la situación internacional y las tareas fundamen­tales del comunismo internacional, en el II Congreso de la Komintern). Insis­tió en que «el internacionalismo proletario exige, primero, que los intereses de la lucha proletaria en cualquier país estén subordinados a los intereses de esa lucha a escala mundial, y, segundo, que una nación que está logrando la victoria sobre la burguesía debe ser capaz y estar decidida a hacer los mayo­res sacrificios nacionales para la caída del capital internacional (Borrador preliminar sobre la cuestión nacional y colonial, para el II Congreso de la Komintern).
Desde la mítica llegada de Lenin a la estación de Finlandia (magníficamente escenifica por Eisenstein en Octubre), la idea de los bolcheviques que le siguieron junto con otras corrientes revolucionarias, se planteaban que la Revolución rusa de Octubre de 1917 era el prólogo de una revolución socialista internacional, de otra manera no entendía que un país tan atrasado como Rusia pudiera plantearse abordar el socialismo. Los desastres de las guerras, el peso de las tradiciones burocráticas en un mar campesino y de analfabetismo, más el aislamiento condujo a una revisión radical de este criterio fundamental. Gradualmente, Stalin se apropió de la idea bujariniana del Socialismo a paso de tortuga” y desde un solo país, para darle la vuelta hacia abajo –hacia el patriotismo gran ruso- del internacionalismo de período de Lenin. En nombre del “internacionalismo proletario” se impuso una política marcada por el egoísmo nacional. Tales elementos se acentuaron tras la II Guerra Mundial, cuando este aislamiento lle­gó a su fin, porque, como reconocía el informe del gobierno soviético del 30 de octubre de 1956, habían tenido lugar «violaciones y errores que despre­ciaban el principio de la igualdad de derechos en las relaciones entre Estados socialistas».
Desde entonces, la asisten­cia mutua (particularmente importante para países agobiados por el cerco imperialista como Cuba, Vietnam o como Angola y otros tiempos atrás) y los intentos para integrar lo que se vino a llamar el «sistema socialista mundial», que empero, llegó acompañado de un resurgir del nacionalismo y a gravísimos conflictos como el que enfrentó China y la URSS. Estos conflictos dieron lugar a guerras y a intervenciones militares, habitualmente presentadas como una «asistencia internacionalista contra la contrarrevolución». En su momento, tales problemas contribuyeron una muestra de la degradación del mal llamado “socialismo real”, y a su desintegración ulterior, un hecho histórico que está en el centro de la grave situación en que se encontraría la izquierda militante en las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI. Actualmente, en plena “mundialización”, se hace más necesario que nunca asumir el criterio expresado por Marx y Engels en el Manifiesto comunista: «Al mismo tiempo que el antagonismo de las clases en el interior de las naciones, desaparecerá la hostilidad de las naciones entre sí».
El internacionalismo que alimentó los mejores capítulos de la historia social del movimiento obrero de antaño. Lo hizo con la AIT, en los mejores tiempos de la Internacional Socialista, lo hizo la fracción internacionalista que proclamó la guerra a la guerra entre 1914 y 1918, la internacional comunista tuvo su tiempo de esplendor en su cuatro primeros congresos, la oposición al estalinismo lo fue del internacionalismo contra la rusificación del Komintern, la IV Internacional pagó cara su travesía del desierto aunque dejó escrita páginas imperecederas (resistencia al estalinismo, solidaridad con la revolución argelina, con Cuba y el Vietnam, etc.)…Hoy es evidente que mientras el capital financiero ha hecho suyo un internacionalismo a su medida, las izquierdas alternativas tienen por delante un enorme desafío. Se trata de internacionalizar las respuestas, de desarrollar todos los puentes, de crear un nuevo internacionalismo a partir de los internacionalistas que han sabido resistir, así como de una puesta al día de los grandes ideales.
Ideales que viven en la medida en que se enriquecen con la práctica y la reflexión, con la pluralidad y la democracia desde abajo.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

sábado, 11 de octubre de 2014

La tercera guerra de Iraq




El 11 de septiembre pasado –fecha más que simbólica– el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se dirigió a la nación para anunciar su nueva estrategia militar contra el Estado Islámico (EI) que, según él, representa una “amenaza para todo Oriente Medio”. Obama precisó que las fuerzas estadounidenses atacarían al EI “esté donde esté”, incluso en Siria (1). Esta nueva estrategia pasa por el lanzamiento de ataques aéreos “sistemáticos” contra los yihadistas (2) y el aumento del número de especialistas militares estadounidenses enviados a Iraq para apoyar a las tropas iraquíes en cuestiones de adiestramiento militar, inteligencia y equipamiento.
Obama añadió que el ejército estadounidense no participaría en ofensivas terrestres contra el EI, y que Washington no tiene intención de luchar contra los yihadistas “a solas”. “La fuerza estadounidense –aclaró– puede marcar una diferencia decisiva, pero no podemos hacer por los iraquíes lo que ellos tienen que hacer por sí mismos, como tampoco podemos ocupar el puesto de los aliados árabes para garantizar la seguridad de su región”.
Barack Obama, que fue elegido en 2008 como crítico a la invasión de Iraq de 2003 ordenada por su predecesor George W. Bush, aseguró que no estaba enviando de nuevo tropas al terreno. Y, en un ejemplo típico de denegación freudiana (die verneinung), declaró: “Como comandante en jefe, no permitiré que Estados Unidos se vea envuelto en otra guerra en Iraq”. O sea, que ha comenzado la tercera guerra de Iraq.
La primera, más conocida como “Guerra del Golfo” (1990-1991), fue liderada por el presidente de Estados Unidos George H. Bush a la cabeza de una coalición de treinta y cuatro países que se opusieron, bajo autorización de la ONU, a la invasión de Kuwait por las fuerzas iraquíes de Sadam Husein. Terminó con la derrota de Iraq y la evacuación de Kuwait.
La segunda (2003-2010) fue desencadenada por el presidente George W. Bush (hijo del precedente) en la atmósfera de paranoia que siguió a los atentados del 11 de septiembre de 2001 y bajo el falso pretexto de que Sadam Husein poseía “armas de destrucción masiva”. La ONU no autorizó esa guerra. Las fuerzas iraquíes fueron derrotadas en pocas semanas pero nunca se consiguió la paz; Iraq se sumergió en un caos de violencia del que aún no ha salido.
Como las dos precedentes, y tras casi veinticinco años de enfrentamientos, esta nueva guerra no conseguirá su objetivo. Primero porque nunca se ha ganado una guerra únicamente con bombardeos aéreos, y segundo porque, sencillamente, los objetivos de esta guerra no están nada claros.
¿De qué se trata? ¿De derrotar al Estado Islámico? Pero si aún no se ha conseguido vencer ni siquiera a Al Qaeda, del que el EI es una criatura todavía más monstruosa y más radical… ¿Se trata acaso de preservar la unidad de Iraq? Pero entonces, ¿por qué empezar la ofensiva actual armando masivamente a los peshmergas kurdos que anuncian públicamente su intención de separarse y de proclamar la independencia del Kurdistán iraquí? O quizás se trate, como se pretendió en 2003, de establecer una democracia auténtica en Iraq. Pero entonces, ¿por que se toleró, hasta hace muy poco, que Nuri Al Maliki, primer ministro iraquí de 2008 a 2014, condujese una política escandalosamente discriminatoria a favor de los chiíes y contra los suníes, empujando a estos a los brazos del EI? (3).
Por otra parte, la gran coalición constituida en torno a Estados Unidos para atacar al EI y que supera los cuarenta países (4) aparece como demasiado heterogénea y hasta contradictoria. Uno de sus pilares, por ejemplo, Arabia Saudí es una de las peores dictaduras del mundo, con miles de presos políticos en sus mazmorras, con pena de muerte para los homosexuales, discriminaciones aberrantes contra las mujeres, con una concepción del Islam (el wahhabismo) de lo más retrógrada e integrista que existe, y sobre todo un país que ha financiado durante años al Estado Islámico antes de descubrir, como el Dr. Frankenstein, que su engendro se le había ido de las manos. O Qatar, otra espantosa dictadura, que financia a los Hermanos Musulmanes por todo el mundo islámico, y entre ellos a Hamás, la organización palestina que gobierna Gaza y que Estados Unidos y la Unión Europea han inscrito (aunque esta decisión sea discutible) en la lista oficial de las “organizaciones terroristas”. ¿No hay una contradicción en querer hacer la guerra a los terroristas del EI aliándose con países que financian abiertamente otro terrorismo islámico?
Es obvio que la decisión del presidente Obama de comenzar una nueva guerra en Oriente Próximo modifica además la estrategia global de Estados Unidos en materia de conflictos y de prioridades geopolíticas. Washington había decidido iniciar un amplio movimiento de un nuevo despliegue hacia Asia, donde se halla su contrincante principal para el siglo XXI, China, y donde está hoy (y mañana más) el centro económico del mundo. Según los grandes “tanques de pensamiento” estadounidenses, Europa ya no necesita (a pesar de la situación en el este de Ucrania) de una presencia militar importante norteamericana. Y aunque los enredos de Oriente Próximo van a seguir siendo inextricables, ya no ponen en peligro la seguridad estratégica de Estados Unidos puesto que, gracias al petróleo y al gas de esquisto descubiertos en territorio estadounidense, la dependencia de los hidrocarburos de Oriente Medio ha dejado de ser significativa.
Por eso, desde su llegada al poder, el presidente Obama prometió terminar con las guerras en Oriente Medio y retirar las tropas de Iraq y de Afganistán. Ahora vemos que esto se hizo demasiado rápido, de modo chapucero, sin consolidar políticamente el terreno abandonado. Lanzándose, entre tanto, a operaciones improvisadas (el ataque contra Libia y la tentativa de derrocamiento de Bachar el Asad en 2011) que han tenido consecuencias nefastas, dispersando arsenales militares en una región ya sobrearmada y estimulando la emergencia de milicias yihadistas de nuevo tipo, más radicales aún que Al Qaeda. Así lo entiende el analista paquistaní Ahmed Rashid, autor de Pakistán ante el abismo. “Al Qaeda está un poco anticuada”, admite Rashid, “se está quedando atrás; el EI va más lejos, son más extremistas”. Más radicales porque, según el escritor, persiguen a punta de pistola limpiar su tierra de ciudadanos chiíes y borrar la frontera que separa Iraq y Siria para levantar su nuevo califato. “Al Qaeda”, dice Rashid en referencia a la red que todavía comanda Ayman al Zawahiri, “cree en los Estados, quiere que permanezcan”. Yihadistas, miembros de Al Qaeda o talibanes comparten ideas, quieren su califato, el imperio de la ley islámica, pero cada uno a su manera. “Los talibanes de Afganistán, por ejemplo”, apunta, “no quieren matar a todos los chiíes como el EI” (5).
Esta movilización intensa de la violencia, esta nueva barbarie, este radicalismo atrae, extrañamente, a jóvenes yihadistas del mundo entero, y en particular, de los países occidentales. El ministro francés de Exteriores, Laurent Fabius, alertó de que son cincuenta y uno los países de donde proceden yihadistas para sumarse al EI. Solo de Francia ya se han trasladado más de novecientos…
Los bárbaros no pueden ganar. Eso al menos esperamos, pero no olvidemos la advertencia de Ibn Jaldún (1332-1406), inventor de la sociología y de la filosofía de la historia, cuando nos recuerda qué es la historia: el relato de imperios abatidos por el furor de los bárbaros… (6).

Ignacio Ramonet

Notas

(1) El presidente Obama ordenó, el pasado 23 de septiembre, bombardear las bases del EI en Siria. Para que estos ataques no sean ilegales, el mandatario necesitaba, según eminentes juristas internacionales, el acuerdo del Congreso, y sobre todo, para respetar la legalidad internacional, el visto bueno del Consejo de Seguridad de la ONU, que no hubiera obtenido a causa del veto de Rusia y China. Al parecer, antes de iniciar los bombardeos, Washington informó a Damasco, y las autoridades sirias declararon que “no se oponían a la acción internacional contra los terroristas”.
(2) De hecho, desde el 7 de agosto pasado, Estados Unidos ya estaba bombardeando objetivos del EI en Iraq.
(3) La elección de Haider Al Abadi, también chií, en sustitución del autoritario Al Maliki, el pasado 14 de septiembre, podría cambiar las cosas si el nuevo Primer Ministro convence a la comunidad suní de que cesarán las discriminaciones contra ella. El objetivo es que los suníes se incorporen a la guerra contra el EI.
(4) A la Conferencia Internacional sobre la Paz y Seguridad en Iraq del pasado 15 de septiembre en París, acudieron representantes, en su mayoría ministros de Exteriores, de los siguientes países: Alemania, Arabia Saudí, Bahréin, Bélgica, Canadá, China, Dinamarca, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, España, Estados Unidos, Francia, Iraq, Italia, Japón, Jordania, Kuwait, Líbano, Omán, Qatar, Noruega, Países Bajos, República Checa, Reino Unido, Rusia y Turquía. Además, también prometieron ayudas: Albania, Australia, Estonia, Dinamarca, Polonia, Japón, Suiza, Noruega, Finlandia, Hungría, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Nueva Zelanda y Corea del Sur. En total, la coalición liderada por Estados Unidos para combatir a los yihadistas del Estado Islámico (EI) supera, pues, los 40 países.
(5) El País, Madrid, 21 de junio de 2014.
(6) Léase Gabriel Martinez-Gros, Brève histoire des empires. Comment ils surgissent, comment ils s’effondrent, Seuil, Paris, 2014.

(Tomado de Le Monde Diplomatique)

“El gran peligro ahora es que la derecha pueda convocar a un referéndum revocatorio el 2015”

Entrevista con el intelectual, periodista y militante revolucionario, Modesto Guerrero

“La humanidad tiene que hacerse guerrera en estos tiempos que corremos para no ser exterminada”

Bertold Brecht, El compromiso en literatura y arte

El luchador social y político venezolano, Modesto Emilio Guerrero (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=186222), va y viene entre su país de origen y su quehacer académico en Buenos Aires, Argentina. El autor de "¿Quién inventó a Chávez?" (2007) y su extraordinaria crónica "Reportaje con la muerte" (2002), entre muchísimos títulos y artículos imprescindibles para comprender el proceso bolivariano e internacional, acaba de obtener otro reconocimiento, esta vez otorgado por el Consejo Municipal de Caracas con el Premio Luis Britto García. Después de un sencillo almuerzo, Modesto me invita a su departamento, esa verdadera biblioteca blindada del más alto pensamiento humanista de todos los tiempos y el lugar donde se abren los fuegos.
-¿Cuál es la situación actual del gobierno encabezado por Nicolás Maduro y las tendencias posibles de avizorar en el inmediato y mediato plazo?
“El gobierno de Maduro continúa transitando por ese período traumático que va del sistema político armado en torno a Chávez y un nuevo sistema político que está en gestación. El trauma del vacío político y de liderazgo tan complejo dejado por Hugo Chávez no puede ser llenado en tan breve tiempo, salvo que ocurra un acontecimiento gigante que ponga a prueba a Maduro.”

La transición

-¿Cuáles son las señas de la transición que mencionas?
“En menos de un año la administración Maduro ha sufrido el asesinato de 63 personas por la derecha. Casi triplica a los muertos durante los 14 años del período chavista. Ahora bien, con bastante inteligencia ha ido reconstruyendo el proceso, aunque todavía no está estructurado. ¡Allá la gente que lo crea! Prueba de ello es que surgió una rebelión militar dirigida por un grupo filo-fascista y referenciada por Leopoldo López y María Corina Machado cuyo objetivo fue tumbar a Maduro. Afortunadamente fracasó. En Venezuela ha brotado una corriente fascistoide que jamás había existido en su historia. El problema es que el gobierno no se preparó para los hechos, pese a que estaban previstos. Y dirigir es prever.”
-¿Y en las proximidades?
“Está operando una nueva asonada. Hay en curso una campaña más o menos bien orquestada, dentro y fuera de Venezuela, con el fin de justificar acciones de calle.”

La crisis del chavismo y la innecesaria negociación con la derecha. Una explicación.

-¿Qué ocurrirá desde tu análisis?
“Yo considero que Maduro saldrá bien parado, independientemente de que nuestros enemigos intentarán siempre hacernos trizas. Ellos también son militantes. No pueden realizar un golpe de Estado porque carecen del partido militar y ya no les resultó una guerra civil. Ojalá que no me equivoqué. De todos modos, lo que se está organizando como tendencia es la crisis del chavismo. Luego de los acontecimientos de febrero de 2014, el gobierno institucionalizó las negociaciones con sus adversarios sin necesidad de hacerlo. Fue un reconocimiento gratuito, un verdadero regalo.”
-¿Por qué lo hace el gobierno?
“Porque se niega a aplicar “el golpe de timón” y el “programa de la patria” legados por el propio Hugo Chávez. Se niega a acelerar las transiciones segmentarias que conducirían al post-capitalismo. Lo dice, pero sólo realiza gestos. Claro, se nombró el Consejo Federal del Poder Popular, pero por arriba y no estructural. No se trata del movimiento social en la calle por el poder popular. El movimiento existe, pero el gobierno no lo lidera y prefiere compartir el programa con la oposición golpista. Así y todo, el gobierno sigue siendo un compuesto de izquierda que administra un Estado burgués en crisis. Por eso buena parte de la economía actual está al servicio de la acumulación capitalista y no al contrario. Los cambios en el gabinete (salida de dos ministros revolucionarios) fueron para protegerse de las corrientes internas del chavismo, de sus críticas, de los propios movimientos sociales, para defenderse como sistema de poder. Esas son las formas y contenidos actuales de la transición.”

Las críticas al gobierno desde el pueblo en disposición de combate

-¿Cuáles son las críticas fundamentales al gobierno que provienen del pueblo organizado y auto-conciente?
“La burocracia gubernamental, que es más que la corrupción. Comporta una situación sintomática de una arquitectura gangrenada que puede dañarlo todo. Del Banco Central, que no controla la CIA, fueron girados entre 22 a 29 mil millones de dólares a la banca privada para importaciones que no llegaron, y si llegaron, se fueron para Colombia. Las cifras que digo provienen de informes oficiales.
Asimismo, está la corporización (“emprendimientos no santos”) al interior del Estado por la orilla de la burguesía que no está dentro del gobierno. A su vez, la “boli-burguesía” se encuentra en los intersticios de la burocracia estatal. Y junto con la vieja burguesía forman un solo cuerpo orgánico. La diferencia es que la “boli-burguesía” vive de la renta petrolera directa a través de contratos y arreglos, mientras que la burguesía anti-chavista, el gran capital, sigue siendo rentista indirectamente. ¿Por qué? Porque no controla PDVZA. Esas burguesías combinadas lograron fisurar al Estado mediante múltiples mecanismos: el dólar, la deuda, los préstamos, los créditos industriales. De hecho, la economía que más ha crecido es la privada y no la estatal.
Un tercer reclamo popular tiene que ver con la mala administración. No se recoge la basura (salvo Caracas), por ejemplo. En alrededor de 200 alcaldías chavistas no colectan los desperdicios. Sí, en efecto, la gente todavía tiene tolerancia y deferencia frente al desastre. Al decir de Borges, “nos une el espanto”. Sin embargo, no se puede hacer política estratégica con esa fórmula.”

De todos los peligros, el peligro mayor

-¿Cuál es el peligro central, entonces?
“Que el chavismo en su crisis en curso, explote, se divida. Y puede ocurrir si parte de su base social trabajadora y comunal, urbana y rural –que está muy molesta, con incertidumbre, insegura-, comience a protestar en el ámbito público y el gobierno ya no pueda contenerla. Ante un escenario así, la derecha tiene una fecha “cantada” que puede usar: el 2015, cuando ella puede convocar a un referéndum revocatorio.
En el plano táctico y cotidiano, el gobierno hace cosas buenas. Pero en el largo plazo no consigue acumular para el “golpe de timón”, o sea para destruir al Estado burgués. Es como si el gobierno no quisiera liberar las fuerzas sociales para realizar la revolución socialista, sino que únicamente las quisiera administrar. Y ello pasa en la hora crítica donde producto del desencanto y el propio desgaste de la figura de Chávez, fragmentos del pueblo se recogen en la alienación individualista, el consumismo, el abandono de la militancia. Si no reconocemos que en Venezuela podemos sufrir una derrota, ¿cómo podemos construir los factores de la victoria?”
-¿Qué pasa si cae el gobierno bolivariano?
“Habría una derrota política con traducción inmediata hacia una derrota social, pero no aplastante si es electoral. Si es militar, basta observar lo sucedido en Chile en 1973. Y si gana la derecha, lo más probable es que no acabaría de una sola vez con los avances populares. Usaría las mismas misiones para desmontarlas. Es decir, la desarticulación del chavismo sería acompasada y “democrática”. Y una derrota así significaría un retroceso histórico que tendría ondas expansivas hacia el resto del mundo, en particular, en países del Medio Oriente, en la izquierda europea y, sobre todo, en América Latina. Se facilitaría la derechización a escala regional. Y esto es relevante: procesos revolucionarios como el venezolano, al llegar a un punto de conciencia política elevada del pueblo por medio de conquistas concretas, tal como ocurre en gran parte del mío, no puede devolverse. Ahora bien, si cae Venezuela, ¿a quién culparán? A la mal llamada “ultra izquierda” (como en el caso chileno, de nuevo). Toda vez que, en verdad, la responsabilidad política sería del propio gobierno debido a que se habría vuelto paulatinamente funcional al capitalismo, drenando sus soportes sociales (como en el caso del sandinismo en 1989).”

“Hay que dar la vida por una organización nacional del poder popular”

-¿Cuál es la diferencia del proceso que atraviesa Venezuela hoy que la lleva a parecerse más a Chile de 1972-73 o a la Bolivia del 1974, que a la Nicaragua de 1989, a la Guatemala de 1956 o a la Argentina de 1955?
“El factor diferenciador es el poder popular. Menos urbano y politizado que en Chile, donde su clase trabajadora tenía un peso superior política y culturalmente. En Venezuela, la cultura política de las clases subalternas tiene otra conformación y carece de la tradición chilena y boliviana. En Venezuela el poder popular se expresa como poder comunal. Hace menos de tres años sólo existían tres comunas organizadas: ahora se cuentan 380 y alrededor de 3.800 consejos comunales, más otros organismos como los comités de agua, de tierra urbana y rural, las milicias bolivarianas, las cooperativas, los comités de vida en las empresas, los nuevos círculos bolivarianos. Hablo de más de 60 tipos de agrupaciones de las fuerzas de todos aquellos que viven de su trabajo, tanto políticas, como político-militares.”
-La categoría “poder popular” (PP) suele resultar difusa a la hora de refrendarla con la realidad…
“En Venezuela el PP representa un recurso contrario a lo que prevemos como derrota. Es decir, estamos frente a una iniciativa popular auto-reproductiva y con capacidad de modificar el metabolismo capitalista. Y Chávez legó un programa político para el PP. Aquello que se logró germinalmente en Chile y no en Argentina. Aquel movimiento que combina el antiimperialismo con formas de socialismo.”
-¿Y la conducción política necesaria de acuerdo a las condiciones específicas del territorio-país?
“Tienes el sujeto social, el sujeto político y sobran las vanguardias, al revés de lo que opinan muchos intelectuales de Argentina, pro-chavistas a lo sumo.”
-¿De dónde saca esa conclusión gran parte de la intelectualidad de la izquierda argentina amiga del gobierno venezolano?
“Es producto del desprecio y la incomprensión, a la vez, de cómo la historia modela sus vanguardias.”
-¿Qué falta entonces?
“Una dirección, un estado mayor, un partido, etc. Es preciso centralizar, modificar su actual naturaleza y establecerlo a escala nacional y no solamente local. Que sea independiente del Estado sin ser anti-gobierno. No hay contradicciones graves que justifiquen una posición contraria al gobierno. Esto es completamente diferente a lo ocurrido en Nicaragua. Y para ello necesitamos tiempo porque la fabricación de la vanguardia avanza más lenta que la crisis política del chavismo y que la urgente necesidad del enemigo de liquidarnos. Contradictoriamente la generación de la vanguardia demanda formación, teoría revolucionaria, madurez histórica y paciencia. Su desafío es superarse así misma.”
-¿Cuál sería la responsabilidad política e histórica de la vanguardia condensada, del conjunto de cuadros político-militares que tienen puesta la cabeza y el empeño en acción para la revolución socialista?
“El problema en Venezuela –y su devenir amerita otra entrevista- es que las vanguardias están molecularizadas, acaudilladas, son voluntaristas y aún no logran incorporar a amplias franjas del pueblo tras un proyecto unitario convincente y potentemente movilizador. Las agrupaciones revolucionarias tienen una historia de flaquezas al respecto que no facilitan la emergencia de una vanguardia superior a la existente. Históricamente en Venezuela estamos frente a una izquierda que nació estalinista y nacionalista. Antes de Chávez, y salvo excepciones menores (las guerrillas de 1958), sólo existía una izquierda que se prohibía la tarea de transitar hacia el socialismo, en dos versiones. La frente-popular de conciliación de clases y la guerrillera-nacionalista. La segunda tiene el valor de haberse enfrentado directamente al enemigo, y está muy bien, pero su formación se tradujo en que “si hay un líder, lucho, y de lo contrario, no lucho. O sólo lucho si la relación de fuerzas es buena”. En este sentido, Chávez fue siempre heterodoxo (“si las relaciones de fuerzas son desfavorables, las cambiamos”), contra toda desviación, en último término, positivista.”
-¿Qué solución adviertes ante el panorama descrito?
“Hay que dar la vida por una organización nacional del poder popular asentado en las comunas, de abajo hacia arriba, no institucionalizada ni cooptada, de la manera que sea y como se llame. Con un día de reunión, una periodicidad, una sistematización veloz de su propia experiencia y un programa político. Por lo demás tiene a su favor a la página www.aporrea.org que ostenta una cantidad extraordinaria de visitas y un poder mediático al cual el enemigo le teme más que a las vanguardias dispersas, y no se presta a comparación ni competencia a escala mundial. La represión estatal en el plano policial y militar no es sistemática, salvo hechos acotados, e incluso cuentas con gran parte de ese aparato de tu lado. ¿Qué más quieres? Uno tiene derecho a tener el optimismo de la voluntad.”

Andrés Figueroa Cornejo

viernes, 10 de octubre de 2014

Noam Chomsky: EEUU es el creador del Estado Islámico




Noam Chomsky, reconocido escritor y filósofo de Estados Unidos, criticó la política estadounidense en Oriente Medio y relacionó el surgimiento del Estado Islámico (EI) con la intervención de ese país en Iraq.
En una entrevista concedida a Truthout sostuvo que “La aparición del EI y la difusión general del yihadismo radical es una consecuencia bastante natural del martilleo de Washington sobre la frágil sociedad de Iraq“.
“Creo que Estados Unidos es uno de los creadores fundamentales del EIIL. (…) Sus intervenciones destructivas en el Medio Oriente y la guerra en Irak fueron las causas básicas del nacimiento del EIIL”, declaró Chomsky.
En otra parte de sus declaraciones y en alusión al alto el fuego acordado el pasado mes de agosto entre el régimen de Israel y el Movimiento de Resistencia Islámica Palestina (HAMAS), denunció el incumplimiento del régimen usurpador, mientras la parte palestina, según el lingüista norteamericano, “lo cumple”.
Teniendo en cuenta el apoyo militar, económico, diplomático e ideológico de Washington al régimen de Tel Aviv, acusó a las autoridades israelíes de llevar adelante sus políticas expansionistas en los territorios ocupados palestinos “dejando a los palestinos en cantones desmembrados”.
En referencia a la reciente agresión israelí contra el pueblo palestino de la Franja de Gaza durante la cual murieron más de 2160 personas, criticó el suministro armamentístico de EE.UU. al régimen de Israel.
“En un momento dado, las armas israelíes parecían estar agotándose, y los EE.UU. suministraron amablemente a (el régimen de) Israel armas más avanzadas, lo que le permitió seguir la embestida”, deploró.
En los 51 días de agresiones israelíes, iniciadas a principios del pasado mes de julio contra la nación palestina en Gaza, no solo perdieron la vida al menos 2160 palestinos como hemos referido con anterioridad, sino que 11.100 resultaron heridos y las infraestructuras básicas resultaron seriamente dañadas.

Creador clave

Chomsky asegura estar de acuerdo con las recientes declaraciones del escritor y exagente de la CIA, Graham Fuller, que acusó a EE.UU. de ser uno de los “creadores clave” del grupo terrorista, como resultado de la guerra contra Iraq emprendida en 2003.
“La situación es un desastre para EE.UU., pero es un resultado natural de su invasión“, dijo Chomsky.
“Una de las graves consecuencias de la agresión de Estados Unidos y Reino Unido fue la de inflamar los conflictos sectarios que ahora están destrozando Iraq en pedazos, y que se han extendido por toda la región con consecuencias terribles”, agrega en académico.
Chomsky advierte que el fanatismo religioso no se propaga sólo en los países de Oriente Medio, sino también en EE.UU., fenómeno del que responsabiliza en parte al Partido Republicano.
“No hay muchos países en el mundo donde la gran mayoría de la población crea que la mano de Dios guía la evolución, y donde casi la mitad de ellos piense que el mundo fue creado hace unos pocos miles de años”, dijo.
“Y a medida que el Partido Republicano se ha vuelto tan extremo sirviendo a los ricos y al poder de las corporaciones, que no puede apelar a la opinión pública para que apoye sus políticas reales, se ha visto obligado a recurrir a estos sectores como una base de votantes, dándoles una influencia sustancial sobre la política”, denunció Chomsky

jueves, 9 de octubre de 2014

Artículo de Fidel: El porvenir incierto




En su evolución, el Homo Sapiens, como ser pensante único entre millones de especies vivas, jamás tuvo idea de la naturaleza y la razón de su existencia. Dotado de la capacidad de pensar, estaba regido por severos instintos. Nada sabía del resto de su maravilloso planeta. No se conoce siquiera desde cuándo posee esa capacidad; en raros casos se afirma que hace un millón de años o un poco más, pero en general se considera que no más de 200 mil años.
Hoy se conoce que el número de planetas con apariencias similares al nuestro se eleva a miles de millones en la misma galaxia donde se ubica el nuestro, dentro de lo que se denomina universo. Espero no ofender a nadie por abordar el tema de lo que somos o creemos que somos.
Hace dos días, el 5 de octubre, el sitio web del canal de televisión Russia Today, un medio de divulgación serio, publicó que Laura Mersini-Houghton, prestigiosa profesora de la Universidad de Carolina del Norte, ha demostrado que los supermasivos agujeros negros no existen, y que la teoría del Big Bang es infundada. Esto, pienso, implica un trauma para muchas personas que convirtieron tal teoría en un acto de fe.
La mayor autoridad en este tema sería el científico británico Stephen Hawking, un hombre de excepcionales méritos por su consagración a la ciencia, a pesar de una cruel afección que lo obligó a grandes sacrificios para comunicarse con los demás, cuando era todavía muy joven.
Los científicos más conocedores de estos temas se comunican e incluso publican sus resultados en términos técnicos difíciles de comprender por los que no hemos tenido el privilegio de familiaridad alguna con esa ciencia.
Stephen Hawking se convirtió, con la publicación de la “Historia del Tiempo”, en el autor de un libro sobre el importante tema, cuyas ventas ascendieron a más de 10 millones de ejemplares. Seguramente que, aparte de su interés intrínseco, los principales compradores fueron los miembros de la comunidad de científicos dedicados al estudio de estos trascendentes temas que suman ya varios millones de eminentes investigadores. Haré lo posible por leer y comprender esa obra, cuando mi actual tarea relacionada con la producción de alimentos en cantidad y calidad suficientes es prioritaria, y en la que todavía el esfuerzo se puede traducir en un importante beneficio.
Es mucho lo que ignoramos y muy poco lo que sabemos de nuestra propia ignorancia.
El segundo ejemplar de Hawking, “El universo en una cáscara de nuez”, escrito según él en un lenguaje más inteligible para los profanos en la materia, lo leí y subrayé muchas de las ideas que más me interesaron.
Jamás en su evolución el género humano tuvo ni podía tener una idea clara de su propia existencia, porque esta sencillamente no existía, simplemente evolucionaba con el mismo ritmo de todo lo que existe. Es una realidad que no surge contra nadie ni debe ofender a nadie.
Cada día podemos aprender algo nuevo. Ayudar a los demás y ayudarnos en lo posible a nosotros mismos.
Ayer escuchaba las declaraciones del nuevo Secretario General de la OTAN, antiguo Primer Ministro de Noruega, quien desde el pasado primero de octubre, hace solo seis días, asumió el cargo. ¡Cuánto odio en el rostro! ¡Qué increíble empeño en promover una guerra de exterminio contra la Federación Rusa! ¿Quiénes resultan más extremistas que los propios fanáticos del Estado Islámico? ¿Qué religión practican? Después de eso, ¿se puede disfrutar la vida eterna en la diestra del Señor?

Fidel Castro Ruz
Octubre 7 de 2014
9 y 30 p.m.

Las desigualdades como causa del ébola




Una epidemia que viene avanzando hace más de cinco meses y dejando miles de muertos a sus espaldas se convierte en una pesadilla cuando aparecen 2 casos fuera del ghetto mundial que es África Occidental. El virus se filtra por las brechas que deja un sistema desigual y descarnado. Del otro lado del mundo, los laboratorios farmacéuticos se frotan las manos. Las desigualdades como causa del ébola

Tras el primer caso de ébola contagiado fuera de África el riesgo de propagación de la epidemia en los países ricos se hace evidente. En Estados Unidos se cargan las tintas contra el agonizante Thomas Duncan por haber “ocultado” al pasar por migraciones el antecedente de contacto con enfermos de ébola en Liberia. Es el chivo expiatorio yanqui. En España, la fatalidad parece regir los contagios, entre declaraciones del investigador David Heymann y la OMS, todos coinciden en que el contagio del ébola en Europa es inevitable. Nadie mira hacia atrás para investigar las causas que originaron esta epidemia.

Pánico en Dallas

En el caso de EEUU, el antecedente del viaje desde Liberia del paciente Thomas Duncan fue registrado por la enfermera que hizo el cuestionario de rigor. Sin embargo, el paciente fue dado de alta porque el médico, responsable de tomar esta decisión, no fue comunicado de este antecedente. Una vez más, la primera actitud es responsabilizar a la enfermera, o al médico, o a ambos. Lo cierto es que este incidente (y el posterior contacto de Thomas Duncan con un centenar de individuos, muchos de los cuales ahora están siendo vigilados) se habría evitado si no existiera la división de clases al interior del equipo de salud: si no existiera la barrera entre profesionales y no profesionales, si el equipo de salud funcionara como un grupo democrático en la toma de decisiones, si la enfermera hubiera podido decir: “este paciente debe quedarse internado”.
Entre el pánico generado la semana pasada, cuando se conoció el caso, investigadores de la CDC (Centers for the Disease Control) denunciaron que el presupuesto para el programa encargado del control de enfermedades por el ébola había sido recortado luego de la crisis de 2007. Al mismo tiempo, los bancos responsables de la crisis recibieron rescates millonarios del estado.
Los contactos de Thomas Duncan no han desarrollado síntomas aún. Teniendo en cuenta que el período de incubación es entre 10 y 21 días, y que Duncan fue internado el día 28 de septiembre, restan unos 10 días para asegurarse que no hubo contagio. Los casos de “alto riesgo” están en aislamiento.

El caso del Estado español

Ya son 6 las personas aisladas por sospecha de contagio de ébola, en lo que parece ser una bola de nieve. Frente a la tormenta de denuncias por las irregularidades en el manejo de los dos misioneros enfermos de ébola, la Ministra de Sanidad Ana Matos y el gobierno de Rajoy se esfuerzan por minimizar la emergencia y defender su gestión. Su responsabilidad, sin embargo, es indiscutible.
La respuesta de los trabajadores de la salud, obligados a trabajar en condiciones precarias, no se hizo esperar. La Plataforma de Defensa de la Sanidad Pública exige la dimisión de la Ministra de Salud y convocó una concentración este miércoles a las 18hs en las puertas del Hospital Carlos III.

África bajo el agua

En una edición anterior denunciamos que la política de los países desarrollados era dejar que África se hunda, en tanto y en cuanto Europa y (Norte) América se mantenga a flote (y fuera de peligro). La epidemia de ébola en África lleva más de cinco meses y cerca de 3500 muertos, según cifras oficiales, que estarían muy por debajo de las reales. Hasta hace muy poco, la civilización occidental miraba para otro lado.
A los muertos invisibles por paludismo, dengue, tuberculosis y diarreas, este año se sumaron los muertos por ébola. Hubo algunas voces de alerta que no alcanzaron para prevenir lo inevitable: la llegada de la enfermedad a Europa y EEUU. Ahora la mirada está puesta en los países desarrollados.
Desde que la amenaza de que el ébola llegue a una población con mayores recursos se hizo patente, los laboratorios farmacéuticos pusieron todas sus energías en desarrollar un tratamiento efectivo. Al menos cinco terapias distintas fueron ya probadas en enfermos de ébola. Los laboratorios Novartis, Dreyfus, GlaxoSmithKline, Gale, Johnson & Johnson, PHAC, USAMRIID, Tekmira, Chimerix, Fujifilm, Biocryst, Inhybikase, Sarepta, Drexel y Unither están investigando drogas para el tratamiento. Las acciones de los laboratorios que apuntan a este nicho del mercado están subiendo en la bolsa de Nueva York.
Mientras tanto, África se sigue hundiendo. Los recursos que han sido destinados a detener la epidemia no alcanzan para revertir el peso de siglos de opresión y miseria. El origen del ébola en África se explica por las condiciones sociales y económicas que sufre la población. Y también hay responsables de esto. Las naciones imperialistas de Europa y Norteamérica han saqueado recursos naturales y devastado poblaciones enteras con el comercio de esclavos. Más recientemente, han impuesto la liberalización de las políticas económicas y han abierto un nuevo coto de caza, esta vez para las aves de rapiña del mercado internacional. La empresa de capitales estadounidenses Farm Lands of Africa goza de un contrato por 99 años para explotar miles de hectáreas en Guinea. La italiana Nuove Iniziative Industriali destina 700 mil hectáreas para la producción de biodiesel en una tierra donde la comida no alcanza. La economía de Sierra Leona se basa en la industria extractiva de diamantes y metales, abrumadoramente dominada por empresas extranjeras.
Estas políticas neocoloniales no pueden separarse de sus consecuencias sobre la salud y el bienestar de la población. El afán de lucro y la “mano invisible del mercado” son las principales causas del origen y la diseminación del ébola.

Juan Cruz Ferre

martes, 7 de octubre de 2014

Cuba desconocía las intenciones de Kissinger de invadir la Isla en 1976




El Presidente Gerald R. Ford (a la derecha) y su Secretario de Estado, Henry Kissinger, en la Casa Blanca.

Cuba jamás supo, hasta ahora, de la propuesta del ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger de “machacar” a la Isla en 1976. Néstor García Iturbe, quien representó al gobierno de La Habana en las primeras negociaciones secretas entre ambos países desde el triunfo de la Revolución, asegura que en la última reunión sostenida el 7 de febrero de ese año el ambiente fue distendido y solo se trató el tema de la visita de ciudadanos residentes en Estados Unidos a sus familiares en Cuba.
“No teníamos idea de que Kissinger estaba proponiéndole en ese momento al Presidente (Gerard) Ford que arrasara con la Isla. Aquel último encuentro en el aeropuerto nacional de Washington transcurrió con normalidad, aunque sí suponíamos que no todo estaba normal”, asegura García Iturbe, hoy profesor titular del Instituto Internacional de Relaciones Internacionales, de La Habana.
Sus declaraciones se producen a propósito de los documentos desclasificados la semana pasada, contenidos en el libro Back Channel to Cuba (El canal oculto hacia Cuba), de los investigadores William M. Leogrande y Peter Kornbluh, que narra las negociaciones y contactos secretos entre Washington y La Habana desde 1959.
El libro revela un memorando del encuentro sostenido entre el Presidente Ford y su Secretario de Estado: “Creo que vamos a tener que machacar a Castro”, dijo Kissinger en una reunión en la Casa Blanca el 25 de febrero de 1976. “Pero no podemos hacerlo antes de las elecciones (presidenciales )”, añadió. “Estoy de acuerdo”, respondió Ford.
Otro documento reseña la reunión con Ford el 15 de marzo de 1976, donde Kissinger comentó que el propósito del bombardeo a Cuba era “humillar” a los cubanos. Planeó, además, minar y bombardear los puertos de la isla y sus instalaciones militares en respuesta a la decisión del gobierno cubano de enviar tropas a Angola. El plan contemplaba una respuesta militar soviética, lo que habría desembocado en una “guerra general”. El ataque, pensado para después de las elecciones, no se produjo, porque fue un demócrata, Jimmy Carter, quien finalmente se alzó en las urnas.
“Sabíamos que no estaban felices con nuestra presencia en África, y lo habían dicho por escrito. Pero ellos estaban financiando en ese momento las fuerzas sudafricanas que invadían a Angola. Nosotros podíamos estar tan molestos como ellos, y no interrumpimos las conversaciones ni planificamos bombardeos”, añade García Iturbe.
Aplazado hasta después de noviembre el bombardeo que pedía Kissinger, Washington optó por utilizar a terroristas subcontratados por la CIA para tratar de “humillar” a la isla. El año 1976 fue uno de los más sangrientos en la historia de las operaciones terroristas organizadas desde Estados Unidos contra la nación caribeña, recuerda García Iturbe.
En los últimos seis meses de 1976, terroristas entrenados por Estados Unidos detonaron más de 50 bombas contra instalaciones cubanas en el exterior, incluyendo las dos que causaron la voladura de una aeronave civil de Cubana de Aviación con 73 personas a bordo, hace hoy 38 años. Uno de los autores intelectuales de ese atentado en el que murieron todos los pasajeros, Luis Posada Carriles, vive en Miami, protegido por las autoridades estadounidenses.

Rosa Miriam Elizalde

Los héroes de nuestra época




Mucho hay que decir de estos tiempos difíciles para la humanidad. Hoy, sin embargo, es un día de especial interés para nosotros y quizá también para mu­chas personas.
A lo largo de nuestra breve historia revolucionaria, desde el golpe artero del 10 de marzo de 1952 promovido por el imperio contra nuestro pequeño país, no pocas veces nos vimos en la necesidad de tomar importantes decisiones.
Cuando ya no quedaba alternativa alguna, otros jóvenes, de cualquier otra nación en nuestra compleja situación, hacían o se proponían hacer lo mismo que nosotros, aunque en el caso particular de Cuba el azar, como tantas veces en la historia, jugó un papel decisivo.
A partir del drama creado en nuestro país por Estados Unidos en aquella fecha, sin otro objetivo que frenar el riesgo de limitados avances sociales que pudieran alentar futuros de cambios radicales en la propiedad yanki en que había sido convertida Cuba, se engendró nuestra Revo­lución Socialista.
La Segunda Guerra Mundial, finalizada en 1945, consolidó el poder de Estados Unidos como principal potencia económica y militar, y convirtió ese país —cuyo territorio estaba distante de los campos de batalla— en el más poderoso del planeta.
La aplastante victoria de 1959, podemos afirmarlo sin sombra de chovinismo, se convirtió en ejemplo de lo que una pequeña nación, luchando por sí misma, puede hacer también por los demás.
Los países latinoamericanos, con un mínimo de honrosas excepciones, se lanzaron tras las migajas ofrecidas por Estados Unidos; por ejemplo, la cuota azucarera de Cuba, que durante casi un siglo y medio abasteció a ese país en sus años críticos, fue repartida entre productores ansiosos de mercados en el mundo.
El ilustre general norteamericano que presidía entonces ese país, Dwight D. Eisenhower, había dirigido las tropas coaligadas en la guerra en que liberaron, a pesar de contar con poderosos medios, solo una pequeña parte de la Europa ocupada por los nazis. El sustituto del presidente Roosevelt, Harry S. Truman, resultó ser el conservador tradicional que en Estados Unidos suele asumir tales responsabilidades políticas en los años difíciles.
La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas —que constituyó hasta fines del pasado siglo XX, la más grandiosa nación de la historia en la lucha contra la explotación despiadada de los seres humanos— fue disuelta y sustituida por una Federación que redujo la superficie de aquel gran Estado multinacional en no menos de cinco millones 500 mil kilómetros cuadrados.
Algo, sin embargo, no pudo ser disuelto: el espíritu heroico del pueblo ruso, que unido a sus hermanos del resto de la URSS ha sido capaz de preservar una fuerza tan poderosa que junto a la República Popular China y países como Brasil, India y Sudáfrica, constituyen un grupo con el poder necesario para frenar el intento de recolonizar el planeta.
Dos ejemplos ilustrativos de estas realidades los vivimos en la República Popular de Angola. Cuba, como otros mu­chos países socialistas y movimientos de liberación, colaboró con ella y con otros que luchaban contra el dominio portugués en África. Este se ejercía de forma administrativa directa con el apoyo de sus aliados.
La solidaridad con Angola era uno de los puntos esenciales del Movimiento de Países No Alineados y del Campo So­cialista. La independencia de ese país se hizo inevitable y era aceptada por la co­munidad mundial.
El Estado racista de Sudáfrica y el Go­bierno corrupto del antiguo Congo Belga, con el apoyo de aliados europeos, se preparaban esmeradamente para la conquista y el reparto de Angola. Cuba, que desde hacía años cooperaba con la lucha de ese pueblo, recibió la solicitud de Agostinho Neto para el entrenamiento de sus fuerzas armadas que, instaladas en Luanda, la capital del país, debían estar listas para su toma de posesión oficialmente establecida para el 11 de noviembre de 1975. Los soviéticos, fieles a sus compromisos, les habían suministrado equipos militares y esperaban solo el día de la independencia para enviar a los instructores. Cuba, por su parte, acordó el envío de los instructores solicitados por Neto.
El régimen racista de Sudáfrica, condenado y despreciado por la opinión mundial, decide adelantar sus planes y envía fuerzas motorizadas en vehículos blindados, dotados de potente artillería que, tras un avance de cientos de kilómetros a partir de su frontera, atacó el primer campamento de instrucción, donde varios instructores cubanos murieron en heroica resistencia. Tras varios días de combates sostenidos por aquellos valerosos instructores junto a los angolanos, lograron detener el avance de los sudafricanos hacia Luanda, la capital de Angola, adonde había sido enviado por aire un batallón de Tropas Especiales del Ministerio del Interior, transportado desde La Habana en los viejos aviones Britannia de nuestra línea aérea.
Así comenzó aquella épica lucha en aquel país de África negra, tiranizado por los racistas blancos, en la que batallones de infantería motorizada y brigadas de tanques, artillería blindada y medios adecuados de lucha, rechazaron a las fuerzas racistas de Sudáfrica y las obligaron a retroceder hasta la misma frontera de donde habían partido.
No fue únicamente ese año 1975 la etapa más peligrosa de aquella contienda. Esta tuvo lugar, aproximadamente 12 años más tarde, en el sur de Angola.
Así lo que parecía el fin de la aventura racista en el sur de Angola era solo el comienzo, pero al menos habían podido comprender que aquellas fuerzas revolucionarias de cubanos blancos, mulatos y negros, junto a los soldados angolanos, eran capaces de hacer tragar el polvo de la derrota a los supuestamente invencibles racistas. Tal vez confiaron entonces en su tecnología, sus riquezas y el apoyo del imperio dominante.
Aunque no fuese nunca nuestra intención, la actitud soberana de nuestro país no dejaba de tener contradicciones con la propia URSS, que tanto hizo por nosotros en días realmente difíciles, cuando el corte de los suministros de combustible a Cuba desde Estados Unidos nos habría llevado a un prolongado y costoso conflicto con la poderosa potencia del Norte. De­sa­parecido ese peligro o no, el dilema era decidirse a ser libres o resignarse a ser esclavos del poderoso imperio vecino.
En situación tan complicada como el acceso de Angola a la independencia, en lucha frontal contra el neocolonialismo, era imposible que no surgieran diferencias en algunos aspectos de los que po­dían derivarse consecuencias graves para los objetivos trazados, que en el caso de Cuba, como parte en esa lucha, tenía el derecho y el deber de conducirla al éxito. Siempre que a nuestro juicio cualquier aspecto de nuestra política internacional podía chocar con la política estratégica de la URSS, hacíamos lo posible por evitarlo. Los objetivos comunes exigían de cada cual el respeto a los méritos y experiencias de cada uno de ellos. La modestia no está reñida con el análisis serio de la complejidad e importancia de cada situación, aunque en nuestra política siempre fuimos muy estrictos con todo lo que se refería a la solidaridad con la Unión Soviética.
En momentos decisivos de la lucha en Angola contra el imperialismo y el racismo se produjo una de esas contradicciones, que se derivó de nuestra participación directa en aquella contienda y del hecho de que nuestras fuerzas no solo luchaban, sino que también instruían cada año a miles de combatientes angolanos, a los cuales apoyábamos en su lucha contra las fuerzas pro yankis y pro racistas de Sudáfrica. Un militar soviético era el asesor del gobierno y planificaba el empleo de las fuerzas angolanas. Discrepábamos, sin embargo, en un punto y por cierto importante: la reiterada frecuencia con que se defendía el criterio erróneo de emplear en aquel país las tropas angolanas mejor entrenadas a casi mil quinientos kilómetros de distancia de Luanda, la capital, por la concepción propia de otro tipo de guerra, nada parecida a la de carácter subversivo y guerrillera de los contrarrevolucionarios angolanos. En realidad no existía una capital de la UNITA, ni Savimbi tenía un punto donde resistir, se trataba de un señuelo de la Sudáfrica racista que servía solo para atraer hacia allí las mejores y más suministradas tropas angolanas para golpearlas a su antojo. Nos oponíamos por tanto a tal concepto que más de una vez se aplicó, hasta la última en la que se demandó golpear al enemigo con nuestras propias fuerzas lo que dio lugar a la batalla de Cuito Cuanavale. Diré que aquel prolongado enfrentamiento militar contra el ejército sudafricano se produjo a raíz de la última ofensiva contra la supuesta “capital de Savimbi” —en un lejano rincón de la frontera de Angola, Sudáfrica y la Namibia ocupada—, hacia donde las valientes fuerzas angolanas, partiendo de Cuito Cuanavale, antigua base militar desactivada de la OTAN, aunque bien equipadas con los más nuevos carros blindados, tanques y otros medios de combate, iniciaban su marcha de cientos de kilómetros hacia la supuesta capital contrarrevolucionaria. Nuestros audaces pilotos de combate los apoyaban con los Mig-23 cuando estaban todavía dentro de su radio de acción.
Cuando rebasaban aquellos límites, el enemigo golpeaba fuertemente a los valerosos soldados de las FAPLA con sus aviones de combate, su artillería pesada y sus bien equipadas fuerzas terrestres, ocasionando cuantiosas bajas en muertos y heridos. Pero esta vez se dirigían, en su persecución de las golpeadas brigadas angolanas, hacia la antigua base militar de la OTAN.
Las unidades angolanas retrocedían en un frente de varios kilómetros de ancho con brechas de kilómetros de separación entre ellas. Dada la gravedad de las pérdidas y el peligro que podía derivarse de ellas, con seguridad se produciría la solicitud habitual del asesoramiento al Presidente de Angola para que apelara al apoyo cubano, y así ocurrió. La respuesta firme esta vez fue que tal solicitud se aceptaría solo si todas las fuerzas y medios de combate angolanos en el Frente Sur se subordinaban al mando militar cubano. El resultado inmediato fue que se aceptaba aquella condición.
Con rapidez se movilizaron las fuerzas en función de la batalla de Cuito Cuanavale, donde los invasores sudafricanos y sus armas sofisticadas se estrellaron contra las unidades blindadas, la artillería convencional y los Mig-23 tripulados por los audaces pilotos de nuestra aviación. La artillería, tanques y otros medios angolanos ubicados en aquel punto que carecían de personal fueron puestos en disposición combativa por personal cubano. Los tanques angolanos que en su retirada no podían vencer el obstáculo del caudaloso río Queve, al Este de la antigua base de la OTAN —cuyo puente había sido destruido semanas antes por un avión sudafricano sin piloto, cargado de explosivos— fueron enterrados y rodeados de minas antipersonal y antitanques. Las tropas sudafricanas que avanzaban se toparon a poca distancia con una barrera infranqueable contra la cual se estrellaron. De esa forma con un mínimo de bajas y ventajosas condiciones, las fuerzas sudafricanas fueron contundentemente derrotadas en aquel territorio angolano.
Pero la lucha no había concluido, el imperialismo con la complicidad de Israel había convertido a Sudáfrica en un país nuclear. A nuestro ejército le tocaba por segunda vez el riesgo de convertirse en un blanco de tal arma. Pero ese punto, con todos los elementos de juicio pertinentes, está por elaborarse y tal vez se pueda escribir en los meses venideros.
¿Qué sucesos ocurrieron anoche que dieron lugar a este prolongado análisis? Dos hechos, a mi juicio, de especial trascendencia:
La partida de la primera Brigada Mé­dica Cubana hacia África a luchar contra el Ébola.
El brutal asesinato en Caracas, Vene­zuela, del joven diputado revolucionario Robert Serra.
Ambos hechos reflejan el espíritu heroico y la capacidad de los procesos revolucionarios que tienen lugar en la Patria de José Martí y en la cuna de la libertad de América, la Venezuela heroica de Simón Bolívar y Hugo Chávez.
¡Cuántas asombrosas lecciones encierran estos acontecimientos! Apenas las palabras alcanzan para expresar el valor moral de tales hechos, ocurridos casi simultáneamente.
No podría jamás creer que el crimen del joven diputado venezolano sea obra de la casualidad. Sería tan increí­ble, y de tal modo ajustado a la práctica de los peores organismos yankis de inteligencia, que la verdadera casualidad fuera que el repugnante hecho no hubiera sido realizado intencionalmente, más aún cuando se ajusta absolutamente a lo previsto y anunciado por los enemigos de la Revolución Venezolana.
De todas formas me parece absolutamente correcta la posición de las autoridades venezolanas de plantear la necesidad de investigar cuidadosamente el carácter del crimen. El pueblo, sin embargo, expresa conmovido su profunda convicción sobre la naturaleza del brutal hecho de sangre.
El envío de la primera Brigada Médica a Sierra Leona, señalado como uno de los puntos de mayor presencia de la cruel epidemia de Ébola, es un ejemplo del cual un país puede enorgullecerse, pues no es posible alcanzar en este instante un sitial de mayor honor y gloria. Si nadie tuvo la menor duda de que los cientos de miles de combatientes que fueron a An­gola y a otros países de África o América, prestaron a la humanidad un ejemplo que no podrá borrarse nunca de la historia humana; menos dudaría que la acción heroica del ejército de batas blancas ocupará un altísimo lugar de honor en esa historia.
No serán los fabricantes de armas letales los que alcancen merecido honor. Ojalá el ejemplo de los cubanos que marchan al África prenda también en la mente y el corazón de otros médicos en el mundo, especialmente de aquellos que poseen más recursos, practiquen una religión u otra, o la convicción más profunda del deber de la solidaridad humana.
Es dura la tarea de los que marchan al combate contra el Ébola y por la supervivencia de otros seres humanos, aun al riesgo de su propia vida. No por ello debemos dejar de hacer lo imposible por garantizarle, a los que tales deberes cumplan, el máximo de seguridad en las ta­reas que desempeñen y en las medidas a tomar para protegerlos a ellos y a nuestro propio pueblo, de esta u otras enfermedades y epidemias.
El personal que marcha al África nos está protegiendo también a los que aquí quedamos, porque lo peor que puede ocurrir es que tal epidemia u otras peores se extiendan por nuestro continente, o en el seno del pueblo de cualquier país del mundo, donde un niño, una madre o un ser humano pueda morir. Hay suficientes médicos en el planeta para que nadie tenga que morir por falta de asistencia. Es lo que deseo expresar.

¡Honor y gloria para nuestros valerosos combatientes por la salud y la vida!

¡Honor y gloria para el joven revolucionario venezolano Robert Serra junto a la compañera María Herrera!

Estas ideas las escribí el dos de octubre cuando supe ambas noticias, pero preferí esperar un día más para que la opinión internacional se informara bien y pedirle a Granma que lo publicara el sábado.

Fidel Castro Ruz
Octubre 2 de 2014
8 y 47 p.m.